viernes, 4 de mayo de 2012

Ojos de gato




Raúl contempló el ligero balanceo de las ramas, los mosquitos alrededor de la ventana abierta donde una franja de luz señalaba un paseo de piedra. Su vecina estaba allí, escuchando las risas de sus padres y hermanos. Él la espió, lo hacía a veces, silencioso, siempre en secreto. La luna alta estaba magnífica, grandiosa y perfectamente redonda. Sus ojos brillaban dilatados y pese a la oscuridad inspiraban mucho miedo. Siempre se lo decían, que sus ojos eran de gato, ojala lo fueran, así podría ver de noche, así podría espiar aquella ventana de la casa de enfrente y comprobar que Sabina estaba ahí, que no había salido aquella noche, que no había cometido otra nueva imprudencia al tratar de hallar hoja de acacia plateada o adentrarse en el bosque negro para arrancar raíz de barbón.

Sabina era bruja y tocaba la lira, y hablaba de cosas como sangre de dragón y ojos de gato negro, mandrágora, raspadura de cuerno de unicornio, y cosas así, además poseía una marmita entera con polvo de escorpión, y le amenazaba a veces con utilizarlo en su contra. Raúl la creía porque ya antes había sido testigo de su poder. Se preguntó si estaría cometiendo alguna gran estupidez, presumía de conocerla y sabía que cuando se lo proponía podía resultar perversamente peligrosa.
Hasta el momento lo de convertirse en bruja sólo había sido un juego tonto, un juego de niños para pasar entretenidos las tardes de los sábados, pero de un tiempo a esa parte Sabina se había terminado por creer que poseía poderes reales, tanto así, que había terminado por asustarle.

Contempló una vez mas aquella enorme luna, tan perfecta como Sabina había vaticinado y un escalofrío recorrió su cuerpo. Tenía que habérselo impedido, tenía que haber evitado que saliera, pero no lo había hecho y ahora no podía lamentarse. Debía hacer algo, en aquel momento, antes de que fuera tarde… Así que se perdió calle abajo, arrastrándose. Le parecía oír la voz de Sabina, fría, al borde de la locura cuando entre risas ahogadas le confesó lo que tenía preparado hacer a medianoche.
“Esta noche mi poder aumentará, me entregaré a él y él se entregará a mi”.
Siempre decía cosas como esa, cosas como que la única manera que tiene una bruja de poseer un poder destructivo es que dicho poder le fuera otorgado personalmente por Satanás. Y por encima de todo, esto era lo que ella más deseaba: que aquel ángel malvado le concediera todo el poder.
Raúl crispó la mano en un puño, le parecía que ya nada era un juego, o que en todo caso ya no era divertido.
Sabina ya había celebrado otros encuentros nocturnos, que terminaban o a  medianoche o como mucho al amanecer. Él había asistido a alguno de ellos, siempre con la idea de que era algo inocente, gracioso y divertido. Se lo pasaban bien allí, juntos, al calor de un fuego contando historias macabras. Sin embargo Raúl tenía la atormentadora sensación de que algo muy grande había trasformado a Sabina, ahora el recuerdo de sus agrias palabras le resultaban insoportablemente martirizadoras.
“Hoy seré otra esposa más del Diablo y él me recompensara”.

Siguió hacía adelante, caminando con rapidez, de vez en cuando levantaba la barbilla para mirar a su alrededor. ¿Y si los veía aparecer?, ¿y si llegaban sobre sus caballos negros o escobas voladoras y le encontraban allí? Sabina no le haría nada malo, a no ser que intuyera lo que él estaba dispuesto a impedir.
“Bueno,” se dijo, “me auto proclamaré el elegido a terminar con esta farsa, con esta estúpida locura. Ella tendrá que hacerme caso y desistir de meterse en problemas” Se convenció, aunque en parte sabía que le iba a resultar muy difícil.

Ahí estaban.
Un río de velas les rodeaban. Las intensas voces se elevaban en oraciones resonando en el valle, mientras ella recitaba con arrastrada y alta voz algo que él no podía entender. ¿En que jerga hablaba? No la entendía, y Raúl juraría que esa voz, que esa fea y grotesca voz no le correspondía.
El grupo se apartó y finalmente la vio, desnuda bajo la luz de la luna, estaba en trance, colocada seguramente por alguna mala hierba. Quiso acercarse para ofrecerle su chaqueta pero dudó. Sabina estaba ahí, mirándole, con su esbelta figura recortada en la negrura. Su pelo hasta entonces dorado se había vuelto más cobrizo, y parecía rojo, de un rojo intenso. Su boca pequeña y sus labios normalmente maquillados de oscuro también eran rojos… como rojos fueron sus ojos. Aquella mirada no era normal, aquel gesto tampoco lo era. Esa mujer de ojos profundos, intensos y pendencieros no podía ser ella. Se sintió inseguro e inestable, ahora podía caminar hacía ella y no quería hacerlo. Ahora creía que la Sabina por la que tenía que luchar no existía. Sin duda, la ceremonia había sido un éxito.

El suelo tembló y todo se movió, pero Raúl comprendió que sólo era que se sentía mareado. Elevó entonces la vista y se la encontró, ahí, ya vestida, ante él, expectante, arrebatadora. Al bajarse ella la capucha que cubría su cabeza Raúl descubrió que sus oscuros ojos ardían, que emitían una energía desconocida. Las pupilas clareaban sus negros pensamientos cuando le ofreció ser lo que ella era…

¿Ser qué?, ¿un condenado?, ¿un alma torturada, un siervo?
Pronto se arrepintió de aquella mueca de desprecio, pronto se lamentó de haber pensado aquello, pero ¿cómo podía saber que ella iba a leer en su mente, ofendida ante aquella censura? ¿Cómo iba a saber que la nueva Sabina no toleraba los desdenes- corrompida ante el nuevo poder del que se sabía poseedora- y que era proclive a los escarmientos? Raúl no lo sabía, si lo hubiera sabido ella no le habría convertido en gato… y él no habría acabado aullándole a una luna azul.


Este relato se publicó en el número 4 de la revista digital “El vagón de las Artes”. Si aún no conoces el sitio no lo dudes, ¡súbete al tren!

Música: Sweet dreams - Emily Browning.

4 comentarios:

Raquel dijo...

Muy bueno, Ana. Muy oscuro, y la música le va muy bien.
Pobre muchacho, la proxima vez se lo pensará mejor en lugar de rechazar un poder así.
Así que lo de los gatos de negros de las brujas es por eso... almas condenadas en formas de animal. De todas formas me siguen gustando los gatos incluso los negros, aunque esten tan mal vistos.
Besos.

MEN dijo...

Me has puesto los pelos de punta. Un relato genial. Pobrecito Raul, no se merecía ese final, solo intentaba ayudarla. No debemos subestimar los "poderes" de los demas.
Un bessito

Carol Torrecilla García dijo...

Qué relato tan bueno.
Ana, te felicito. Estaba enganchada hasta el finalllllllll.
Me ha encantado, literalmente.
Me ha gustado hasta la imagen del gato.
Eres una maestra escribiendo.
¡Arriba Ana!!!!
Arribaaaaaaaaaaaaaaa

Ana dijo...

Hola Raque, ¿te gusta la música? Le aporta ese toque esóterico y oscuro, ¿verdad?
Sí, pobrecillo, las brujas no consienten los desprecios... A mí me gustan los gatos, todos los gatos, en especial los negros, jajaja, sus ojos me trasmiten muchas cosas, ese brillo ambarino, felino, me hipnotiza.
Gracias por tus palabras.
Un beso
;)

Hola Men, buena reacción, jaja, los pelos de punta, a veces un escalofrío no esta mal, ¿eh? Pues tienes razón, no se merecía acabar así, a veces las buenas intenciones acaban muy mal, es la historia del mundo, nunca ayudar a nadie que no te ha pedido ayuda.
Muchas gracias por leerme, un gusto leer tus palabras.
Un abrazo
:)

Hola Carol, te agradezco de verdad el comentario, que alguien valore así algo tuyo da mucho gusto, me hace sentir bien si te he entretendio un poco, y si te has enganchado a la historia mas.
La imagen del gato me encanta.
Un beso grande
;)

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