sábado, 4 de abril de 2020

Parcelas


Ya era una observadora silenciosa mucho antes de serlo por obligación. Debido a la inesperada pandemia a la población se la obligó a ejercer un confinamiento forzoso que enclaustró a mucha gente al tamaño de su parcela, pisos estrechos, casas desoladas, dúplex con jardín, metros cuadrados para salvarse del invisible pero peligroso virus para el que nadie estaba preparado.
Mirar a través de su azotea se convirtió en un grato espectáculo para ella. Y esas personas que apenas conocía empezaron a formar parte de su vida. Esos vecinos desconocidos que nunca habían tenido nombre fueron llenando sus horas, en el pasatiempo de mirarles.
Primero hacía un barrido con los ojos, como pasando lista. Si ella estaba, le gustaba mirar primero a su vecina más cercana. “Esa flor ha crecido, el tallo está más alto”, parecía que decía la mujer de los guantes amarillos y el pañuelo rojo en el pelo que se reclinaba ante sus macetas cómo una jardinera dedicada y meticulosa. Seguro que lanzaba piropos a sus plantas pues era evidente con cuánto interés y expectación las admiraba.
Esa misma expectación se la despertaba a ella los esbeltos dedos de un pianista virtuoso a dos casas de la suya. Lo único que se veía de él en aquel gran ventanal con cortinas blancas eran sus rápidos dedos, y ella sabía que era un chico porque a veces, por encima de las notas, le llegaba su tímido canto. ¡Qué bonito tocaba!, y a veces con que pena.
En el patio de la casa de abajo corrían varias gallinas parduscas. Pitas, pitas, coc, coc, coc. Un cubo de madera lleno de pienso había quedado abandonado a merced de las revoltosas gallinas como precipitadamente, la causa, seguramente, tenía que ver con ese humo espeso que salía por una puerta vieja y desgastada, y por el olor a pan quemado que flotaba en el aire, tanto, que no tardó en ser testigo de  las carreras de la mujer de pelo gris en el interior de una nublada cocina.
En la otra parcela un perro ladraba a un mirlo posado en la rama de una higuera fértil, la ropa tendida deslumbraba, casi transportando un embriagador olor a limpio.
Cortando la línea del horizonte estaba ese edificio punteado de ventanas tan borrosas en la distancia que sólo por la noche parecían cobrar vida, cuando parpadeaban luces encendidas, naranjas, cálidas, cual guirnalda de luces para una fiesta en una noche de verano.
En un balcón colgaban preciosos helechos y un collar de cuentas bailaba y cantaba con el viento, ¡que peculiar serenata producía con la respiración del mundo!
Alguien silbaba, pero repetía canciones. Luego de un rato se le oía decir: “¡Guapa, guapa!” Que ligón era ese loro parlanchín.
En una azotea próxima unos chicos hacían deporte con unas palas de pádel. Casi al lado, una señora con rulos limpiaba el cristal de un ventanuco. En el último piso de la casa de al lado una chica delgada con pelo del color de la miel dibujaba un corazón en un papel en blanco. En la ventana de abajo otra chica de aspecto similar tecleaba en una vieja máquina de escribir historias que pretendían ser cómicas, y sonreía soñadora, poniéndoles nombre a sus protagonistas.
¡Miauuuuuu! El gato que se había escapado de la casa del patio cruzaba el tejado a la carrera, desapareciendo entre el follaje de un campo de tréboles del descampado de atrás.
De pronto olía a sofrito de cebolla. Y ella, aún subida en su atalaya, recordó sus pies recorriendo el huerto para rapiñar una ramita de hierbabuena con que alegrar la sopa de fideos.
Ya no crecía la hierba en la veredita que llevaba al columpio donde cinco niños traviesos peleaban, al tiempo que el motor de una moto encerrada en el garaje parecía un carraspeo.
Que curioso se le hacía a ella ver a todos en su parcela, cada uno en su propio espacio, en ese perfecto escaparate para el observador lejano. Le intrigaban, y empezó a pensar en sus historias, en los nombres de toda esa gente. Se los inventó. Les puso sus propios nombres, y bautizó hasta el gato. ¡Que cerca estaban esas personas, pero que lejos también! A la mujer del pañuelo rojo la llamó María. María sólo quiere ver el mar, no sabe nadar pero le apetece tocar las olas con la yema de los dedos y dibujar su nombre en la arena. La mujer de pelo gris  se llama Jimena, se despista pero no quiere olvidar lo importante, la fecha remarcada con rotulador verde que se adivina en el calendario de la cocina. El chico del piano se llama Ernesto, un día dejó un pañuelo olvidado en la casa de su profesora, no sabe que la hija adolescente de ésta lo encontró y desde entonces lo usa de diadema, pues le gusta el olor que deja en su pelo. Para él es el recuerdo del último cumpleaños con su madre, ojalá pueda recuperarlo, es lo que piensa nostálgico, deslizando los dedos por el teclado del piano. La guirnalda de luces es de la habitación de Eva, de tres meses. Su madre, Estefanía, está loca porque llegue la hora de volver a clases, quizá el próximo trimestre, si vuelve la normalidad, pero no sabe si podrá. El loro se llama Walter, también tiene un sueño, fantasea con una selva llena de palmeras, pero vive en una jaula. Los chicos que juegan, David y Raúl, solo piensan en esos momentos normales ahora tan extraordinarios que han dejado de ser ordinarios, como quedar en la plaza. La señora de rulos, Maribel, anhela la belleza poética de un atasco con lluvia. Diana, la enamorada,  se pasa el día pensando en ese corazón de papel que no puede latir como el de la persona que anhela abrazando su cuerpo con necesidad y entusiasmo. Lucía, soñadora, escribe sobre el humor porque le hace llevadero el sentirse lejos, sola, aislada, se muere por ir al teatro, a reír, y a oír más risas, sonoras, estridentes, cerca de ella. Con los cinco niños se lució, quería que todos sus nombres comenzaran por A, y cómo son niños, se imagina que lo único que desearán será volver al colegio. Tantas son sus fantasías, que incluso cree que ese motor ronroneante de la moto tiene un deseo, llegar a la luna, porque necesita kilómetros por delante.
Ella también se muere por hacer más kilómetros, por saber más de la gente que vive en esas parcelas, por dejar de espiar, por romper la barrera. Y esa tarde, sin dudar, se acerca a la tapia que separa su casa de la del vecino, encarama un pie sobre una piedra, se asoma, y dice, hola…


Música: Foreigner-Girl on the moon

viernes, 27 de marzo de 2020

En tu casa



Puedes llamar casa, hogar, al lugar donde habitas, donde resides, donde te guardas de la lluvia y del frío o del calor. Dónde descansas, dónde haces muchas cosas, dónde vives, ríes, y amas. Pero no sólo se puede llamar hogar a un lugar físico, yo llamo hogar al gesto que me hace sentir como en casa, que me reconforta, me salva, me ayuda, me atiende…
Yo llamo hogar a ese guiño, a esa sonrisa cómplice, a un corazón grande.
Nuestro hogar es el corazón que abres.
Esta pandemia nos ha confinado en nuestros hogares pero al mismo tiempo nos ha abierto muchos otros hogares cálidos, muchos corazones nobles. Basta asomarse a la actualidad más amable para darse cuenta…
¿Por qué somos grandes en tiempos de crisis? Por nuestra solidaridad, por nuestro sentimiento de unidad, por la enorme empatía que florece cada día. Esa es nuestra fuerza como civilización y como humanidad, cuando hace falta tiramos del carro unidos, vamos allá con nuestro pico y pala para reconstruir lo que se ha ido al traste, hacemos de nuestro instinto de ayudar un ejercicio de solidaridad contagiosa. Hay de todo, por supuesto, no quiero dar una imagen bucólica de la situación, pero lo que sale a flote en la tempestad, es la ayuda, el bote salvavidas que aparece en medio del naufragio, la ayuda que practicamos las personas de a pie, las pequeñitas, como tú y yo, ese instinto de ayuda, de ser útil.
He leído que “nunca estuvimos tan cerca desde tan lejos”, y es verdad, y damos las gracias, gracias a esos profesionales que se vuelcan, a esos vecinos que ayudan a los más vulnerables. Gracias a las iniciativas para entretener, para educar, para hacer más llevadero un encierro forzoso. Gracias por las donaciones, por los voluntarios que cosen mascarillas a destajo en sus hogares. Gracias a los que con su creatividad inventan, investigan, a los que ponen lo que tienen por el bien de todos, a esos que incluso crean respiradores con sus impresoras 3D desde casa. Gracias a esos que ponen la tecnología al servicio del bien común, a los artistas que amenizan. Gracias por las cadenas de favores, por las asociaciones que acogen a los que no tienen hogar, por la red de apoyo a los transportistas que siguen haciendo kilómetros para seguir abasteciéndonos. Gracias a los empleados de supermercado, y a los que limpian. Gracias por el humor, por levantarnos el ánimo, por conseguir que la creatividad suba, que la gente lea, por hacer que se vuelva a apreciar una buena charla.  Gracias por esos aplausos a los sanitarios, por salvarnos. Y por hacer que aunque esté en mi casa también esté en la tuya, en tu casa, porque el mejor hogar es el corazón cuando lo abres, cuando abres tu corazón abres tu casa, no hay lugar más grande que ese.

When I think of home
I think of a place where there's
Love overflowing;
I wish I was home,
I wish I was back there,
With the things I've been knowing.


Música: Home-MJ Rodriguez y Billy Porter.

sábado, 21 de marzo de 2020

Ojalá



La última vez que nos tocamos fue un roce accidental, yo iba a coger la bolsa de la compra y tú me la pasaste, tus dedos rozaron mi mano, algo efímero y sin importancia, pero esa fue la última vez que sentí tu piel. La última vez que nos besamos en los labios pasó tan rápido que aunque la busco ya no veo la huella. ¡Ojalá te hubiera acariciado más!
La última vez que besé tu mejilla abuela, tú estabas en la puerta de tu casa, frágil y encorvada, mirándome con ternura, preguntándome cuando volvería a visitarte; “pronto”, dije, y fue una promesa incumplida. Desde la última ventana de tu edificio te vi decirme adiós desde la distancia como de costumbre, para verme marchar. Siempre me reconfortó esa manía tuya de alargar la despedida de esa forma, con los ojos, con los gestos, poniendo el corazón a mi disposición. ¡Ojalá te hubiera dado más besos!
La  última vez que te sujeté la mano mamá estabas atravesando un paso de cebra, lenta por esas rodillas oxidadas, apurando el paso ante la impaciencia del tráfico veloz. Te cogí la mano sólo para espolearte, el tiempo necesario para salvar la calle y seguir nuestro rumbo. ¡Ojalá no te hubiera soltado nunca!
La última vez que te toqué papá fue para pasar mi mano por tu espalda, estabas sentado a mi lado en el sofá, tomando un vaso de agua, tosiendo, y yo posé mi mano ahí cómo se hace cuando a alguien le cuesta tragar, tú me miraste con los ojos rojos, asintiendo para decirme que estabas bien.  ¡Ojalá hubiera dejado la mano en tu espalda más tiempo!
El último abrazo que nos dimos hermanos, sucedió hace tanto que el recuerdo se siente destemplado, estábamos tristes y necesitábamos consuelo, era el momento. Que nos queremos es como la ciencia infusa, se sabe que está ahí, no hace falta darle más vueltas, pero no somos cariñosos entre nosotros, cómo si nos sintiéramos tontos por besarnos y tocarnos, cómo si eso fuese algo infantil, fuera de lugar para unos adultos hechos y derechos. Y ahora, ahora cuanto daría  por  poder hacerlo. ¡Ojalá nos hubiéramos dado más abrazos!
En poco tiempo todo ha cambiado, estamos aislados los unos de los otros, el contacto que es tan necesario está vetado por un virus peligroso e invisible que quiere alojarse en nosotros para atacarnos, un virus que se trasmite rápidamente por el aire y por el contacto físico, ese contacto que sin duda está íntimamente relacionado con las relaciones humanas, que intensifica tanto las emociones, y que es tan necesario como una vacuna para este mal. Y ahora que tenemos que vivir separados, que está prohibido tocarse, abrazarse, socializar físicamente, ahora es cuando comprendo el porqué estamos recubiertos de piel con miles de terminaciones nerviosas, porque están diseñadas para sentir el mundo y las personas a través de sus ellas, de sus poros, fibras, vellos, porque nos conecta, nos acerca, porque nos calma, nos alivia, nos llena el corazón,  nos hace sentir menos solos, más necesitados, comprendidos y amados….
Ojalá hubiera respirado mas tu aire, ojalá no te hubiera soltado, ojalá te hubiera apretado mas, ojalá hubiera sido más cercana, y juntar tu piel a la mía, tu mejilla a la mía, tu boca a mi boca, tu mano a mi mano, cuando pude.


Música: Pablo Alborán-Prometo

jueves, 12 de marzo de 2020

Abuelo patata



La casa de mi abuelo estaba llena de paneles fotovoltaicos. Había transformado su humilde hogar para autoabastecerse sin necesidad de otras fuentes de energía que las naturales, era feliz cuidando sus huertos ecológicos, siendo un guerrero verde.
-El soldado patata –reía él poniéndose por sombrero las pobladas ramas de una zanahoria. Y su sonrisa era tan sana cómo lo que comía.
Me gustaba verlo con las manos en la tierra, quitando piedras, sembrando semillas, cantándole a las flores. A la familia le agradaba que fuese un abanderado de las energías renovables, presumían de él porque no había fuente energética más limpia que su propia vitalidad. Bien era cierto que no aparentaba ni de lejos esos setenta y dos años bien vividos, quizás porque nunca se estaba quieto, y porque iba a todas partes en bicicleta, recorría largas distancias a pie, y era un senderista entregado, así que sus piernas eran resistentes, curtidas e increíblemente fornidas. Yo que tenía casi medio siglo menos de vida que él no le hubiera ganado en una carrera campo a través.
Mi abuelo era consciente de la baja forma física de sus hijos y nietos, remediarlo era su principal objetivo, por lo que era frecuente que nos embarcara en excursiones improvisadas, maratones, sesiones de escalada, o largas caminatas. Casi siempre alguien se lesionaba, y la familia regresaba renqueando a la casita del abuelo, todos embarrados, llenos de agujetas y muertos de frío.
-Que blandengues –se mofaba el abuelo cuando nos encontraba curándonos las heridas al calor de su chimenea–. Me estáis defraudando  –se quejaba estirando los músculos del cuerpo para que fuésemos conscientes de su poderosa elasticidad.
Los abúlicos rostros de su parentela le empujaba a hostigarnos para continuar la marcha al día siguiente, o peor aún, para continuarla enseguida, acampando a la intemperie si fuese necesario. Nosotros no lo considerábamos necesario, ¡en absoluto!, así que se sucedían las protestas y quejas, que no servían porque él tenía el poder de convencernos, usaba la técnica valorativa, de comercial agresivo, que le bastaba para llevarse el gato al agua. Yo le tenía por un brujo, era capaz de envolvernos en su niebla y en sus quimeras, y que cayésemos con todo el equipo.
Así que de pronto, volvíamos a estar en medio de la nada, luchando con el viento silbante, el frío rastrero, la odiosa lluvia y el cansancio atroz sólo para sentirnos a su nivel. Era su legado, una lección, un aprendizaje, con todo lo bueno que quería vendernos sobre ser uno con la naturaleza yo sólo podía pensar en que la noche se abalanzaba sobre nosotros, y ¡maldita sea!, habíamos olvidado las linternas en la casa. No era una gran cosa, no era una tragedia para el abuelo, y él y yo fuimos los encargados de buscar un lugar dónde guarecernos. Siempre quería ir abriendo la marcha pero esa vez quiso ir por detrás, creo que fue su sentido de brujo el que le dijo que lo hiciera, y fue una suerte, yo no veía nada, el terreno era muy malo, arcilloso, las piedras sueltas rodaban entre mis zapatos, me sentía torpe tropezando con ellas, no era consciente de que a pocos metros ya no habría terreno, fue entonces cuando derrapé y sin esperarlo estaba dando tres vueltas de campana por el suelo, hasta que dejé de sentir que hubiera suelo. La gravedad iba a tirar de mí hacía abajo, hacía una caída de la que no podía calcular el final, yo sólo me sostenía por una mano, el instinto, algo fortuito. No recuerdo oírme gritar ni oírle gritar, sólo recuerdo el dolor de esos dedos posados en la afilada roca, mi esfuerzo titánico por llevar la otra mano a la pared de piedra, y su voz, esa voz que no perdió la calma dándome instrucciones. La penumbra ya empezaba a reptar por el paisaje, y sólo aquellos ojos brillaban, vivos, asustados, pero llenos de energía.
-No te rindas –oí que decía el abuelo con una voz que no parecía la suya, extraña, rasgada por el miedo de verme en el filo.
Vi sus manos tratando de alcanzarme, pero yo estaba demasiado abajo. Para llegar a sus brazos tendría que impulsarme, colocar bien los pies, sacar mi nervio y escalar, sólo dependía de mí. No lo hubiera logrado sin el apoyo del abuelo, él me fue dando indicaciones, consejos, no le tembló la voz y tampoco los brazos cuando finalmente pudo aferrarse a la capucha de mi chaqueta. Sentí ese tirón como el de un gigante. Y a partir de ese día, el día en el que me salvó la vida, siempre le vi así, un gigante. Nos besamos y abrazamos, hicimos nuestro pacto secreto, no le íbamos a contar nada al resto de la familia. Aquella noche, al raso, empecé a ver el mundo como él lo miraba. Pasaron las horas, llegó la luz, volvió la lluvia y las protestas de los demás. Pero él disfrutaba, no había más que ver su sonrisa triunfal, le gustaba la lluvia, disfrutaba con el perfume del agua entre la vegetación. Estaba feliz por el vigorizante aire helado de la mañana. No creo que se le pasara por la cabeza que todos estaban hartos, embarrados, deseosos de volver a la civilización. Yo no dije nada, quería ser como él.
Fulgores violáceos y anaranjados fueron adornando el paisaje de vuelta. La actividad se reiniciaba, los pájaros se despertaban, los mosquitos zumbaban sobre nuestras cabezas, polen viajero revoloteaba sobre las acacias del camino que llevaba a la casa del abuelo. Fue un alivio cuando el resto de familiares desayunaron y se fueron marchando con sus ruidosos vehículos. Yo esperé, esperé a quedarme a solas con él, rechazando el ofrecimiento de los demás de llevarme cómodamente de regreso a la ciudad.
-Prefiero caminar –dije ante el desconcierto de muchos ojos.
El abuelo me guiñó un ojo con orgullo. No dijimos más, me despedí sonriéndole y me puse a andar respirando hondo. Ya había dado muchos pasos cuando a los lo lejos un generador se puso en marcha con un petardeo, luego una cortadora de césped roncó poniéndose en marcha, y por encima del ruido, le oí cantar, cantar y ser feliz.


Música: I'd Love to Change the World - Ten Years After

lunes, 9 de marzo de 2020

Fruta asesina


Platanito y Zanahorita compartían piso al norte de la ciudad “Grano Largo” dónde todo el mundo tomaba leche de vaca para desayunar. Pero Zanahorita tenía intolerancia a la lactosa, y se pirraba por los zumos naturales de pera, naranja y manzana, algo que sulfuraba a Platanito quien tomaba a su compañero de piso por un psicópata de frutas, y es que si se bebía tan alegremente a sus primos lejanos, ¿por qué no iría un día a hacerle una emboscada para acabar dentro de un smoothie con una cereza y nata en lo alto? Ese día Platanito preparó su venganza para eliminar a Zanahorita de su vida, aunque para ello tuviera que contactar con un cazador de hortalizas.


sábado, 29 de febrero de 2020

Fuego rastrero



Salima, sal en la piel y fuego en la sangre. De encender tanto la lumbre donde cocinaba todo el día, de encender las bujías con las que recorría los cañaverales a la hora del crepúsculo. Para conversar con los espíritus, decían las malas lenguas, aunque el motivo real se alejaba del romanticismo con el que lo adornaba el pueblo. Hay que culpar a su padre, al que le costaba mirar con sus ojos especialmente de noche, el velo de unas terribles cataratas velaba sus retinas todo el día y empeoraban al anochecer con la negrura de los campos en los que trabajaba. A don Manuel se le empañaba la visión todo el día, y así, medio ciego, aquejado a sus años de una grave artritis, seguía pelando cañas en los campos por un sueldo de esclavo en la certeza de que nunca vería llegar la mecanización a aquel lugar. Salima era todo lo que tenía, su más bello amor, ella era su corazón, sus ojos y sus manos, su hija preciosa, la luz de su vida, la adoraba, y tanto era su celo que le tenía prohibido trabajar fuera de la casa. Don Manuel era muy consciente del corrupto mundo en el que vivía, de los hombres y su lujuria, de las mujeres y su envidia, de la fascinación que podía despertar alguien como Salima, una belleza con piel de seda negra y ojos hechiceros. No quería que nadie la lastimara, le importaba poco si tenía que deslomarse en los cañaverales por unos pocos reales, no quería que su niñita mancillase sus manos y su juventud en un mal trabajo, marchitando su vida para que otros la explotaran por un poco de dinero. Pero no tenían dinero. Nunca tendría lo suficiente  para viajar a la capital en dónde podrían operarle de la vista. Y no le importaba, lo hacía por ella, la protegía.
Salima sólo salía de noche, bujía en mano, cantando iba por los campos para que su padre la oyera llegar. Con la luna aparecía ella puntual a recogerle, y de la mano regresaban a su cabañita, a pasar la noche inventando canciones, un juego que aliviaba la simpleza y la rutina de aquella sencilla vida. Y al día siguiente lo mismo, y así todos los días, hasta que un día algo cambió inesperadamente. El fuego, el fuego lo cambió todo…
El fuego, allá, ante el fuego rastrero de los rastrojos, algo llamó la atención de la chica, alguien más bien, y una especie de energía, cómo un imán, la empujó a acercarse más de lo debido para espiar al que producía aquella música. Un grupo de personas se reunían en torno a las improvisadas hogueras, embargados por el alegre sonido y las risas. Oyendo puntear la púa del güiro tuvo el deseo de cantar, a Salima le gustaba cantar, llevaba dentro ese latir suave de la tierra, ese canto que tuvo que dejar salir, que llenó el aire y el corazón de quien la oyó.  Él la oyó, ese trovador caribeño la oyó, y la encontró. Se prendió del gesto desconfiado, de aquellas piernas salvajes que pretendían huir a la carrera, de esos ojos asustados con los que ella le miraba. Nunca había visto una criatura semejante, le parecía sacada de una fantasía, algo irreal, poderosamente bello, realmente inocente. Salima y el desconocido se observaron, hasta que se sintió acorralada por la sonrisa de aquel hombre y por la luna llena. No intercambiaron más que dos palabras antes de recordar la bujía y a su padre, pero ya no pudo sacarse al músico de su cabeza. Y al día siguiente, a la hora del crepúsculo, lo volvió a encontrar en el camino. “¿Quieres cantar conmigo?”, le dijo, “nunca he oído una voz más preciosa que la tuya”.
Cantó para él, se enamoró de él. Su cuerpo fue guitarra entre aquellas manos, flauta de caña dulce entre aquellos labios, juntos recorrieron todas las notas del pentagrama. Y siempre el fuego, el fuego de los rastrojos como escenario. Ellos ya eran llamas en los brazos del otro, llamas creciendo cada vez que se abrazaban.
Salima nunca le habló a su padre de aquel hombre, nunca le dijo lo que le hacía retrasarse a la cita con él, y ella aprendió a improvisar excusas tontas para no levantar las sospechas de su padre. ¡Cómo se le paralizaba el corazón cuando él le hablaba de aquellos vagos del cañaveral!: “No me gustan esos caribeños. Sólo quieren dinero para seguir adelante, están de paso, vienen y cogen ese trabajo o cualquier otro, el que les ofrezcan, pero no hacen nada bien, porque no es un trabajo que quieran retener, a mí me dan más tarea de la que alivian, sólo cantan y beben, creo que es mejor que no te acerques por allí, ya buscaré yo la manera de llegar a casa por mi cuenta”. Salima protestaba. “No, papá, soy tus ojos, siempre te he ayudado y no voy a dejar de hacerlo”. Pero su padre era inflexible.
Ella no podía escapar como antes. El caribeño la buscó por un tiempo, pero luego, al perderle la pista se fue olvidando de ella, no hubo mucha pena por su parte, sólo estaba de paso…
En secreto se conformaba ella con verlo en sus sueños, feliz como siempre, con su sonrisa blanca de luna llena. La pena que sufría era tan inmensa que dejó de cantar. Un pajarito sin voz, la llamaba su padre, ajeno al mal de amores que callaba a su preciosa hija.
Unas semanas más tarde, lavando la ropa en un riachuelo en dónde se reunían otras mujeres del pueblo, Salima oyó que hablaban de aquel músico. Su excitación inicial por tener por fin alguna noticia se convirtió en profunda pena. “Se fue”, decían, “huyó nada más enterarse del percal, no quiso hacerse cargo de la chica ni de lo que va a venir en unos meses”.
Las mujeres siguieron hablando de aquel caribeño bien plantado, de los estragos que sus pasiones habían ocasionado, de las muchas conquistas que había dejado desconsoladas, cuando sin más equipaje que el güiro se le vio coger el transbordador río arriba hacía lo desconocido. Había cierto encono en las palabras de algunas de ellas, posiblemente hablara el despecho de otra presa abandonada. “Ese no es más que un desgraciado, un mentiroso con labia, ¡maldita sea su estampa!” Salima también lo maldijo secretamente, y las llamas de su corazón se volvieron volcán rugiente aunque el llanto terminó por apagar su fuego pero no pudo frenar  lo que crecía en su vientre.



Música: Jehro-Salima

jueves, 20 de febrero de 2020

Fifi


Fifi Bigotes Blancos era un gato gordinflón de color gris. Fue adquirido en la tienda “Pelitos” cuando la señora Rosita se enamoró de ese angora turco que parecía una perla de río, tan esférico, tan gris, con esos ojos de verde lima encendido, y lo compró. En la tienda adquirió un collar que nunca le pudo poner, una cama-cuna, comida, algunos juguetes con cascabeles y un cepillo de púas que Fifi aprendió a odiar con todo su ser.
La señora Rosita lo bañaba en la pila de fregar los platos, algo a lo que Fifi se resistía con enérgica violencia, odiaba el olor de las tuberías, a repollo pocho y desecho, y consideraba una ofensa a su porte y distinción ser lavado en un lugar tan denigrante como un fregadero, por eso siempre intentaba escapar por la ventana, pero cómo estaba tan gordo nunca podía irse muy lejos, pues no pasaba por la ventana.

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