martes, 16 de junio de 2020

Las vidas de los negros importan


Un hombre justo dijo un día que "nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión". Ese hombre justo se llamaba Nelson Mandela, un activista sudafricano que dedicó gran esfuerzo a desmontar la estructura social y política heredada del apartheid a través del combate del racismo institucionalizado. No fue la única figura que peleó por cumplir un sueño: "Tengo un sueño, un solo sueño, seguir soñando. Soñar con la libertad, soñar con la justicia, soñar con la igualdad y ojalá ya no tuviera necesidad de soñarlas". Lo dijo Martín Luther King Jr. hace más de medio siglo. Sus palabras no se han perdido, están más vigentes que nunca, su idealismo pacifista tan onírico en su formato ha dejado una profunda huella, y sin embargo aún hay muchos que sienten la necesidad de soñar, de reivindicar, ya que el día en el que la gente no sea juzgada por el color de su piel sino por el contenido de su carácter no ha llegado, seguimos esperándolo.

Desgraciadamente somos testigos de que el racismo no es una palabra enterrada ni erradicada. En pleno siglo XXI el racismo no es el mal recuerdo de una sociedad intolerante y despiadada, ese veneno está fresco y escuece, las nuevas y las viejas generaciones han crecido con esa ponzoña dentro, algo que pone en relieve el terrible peso de la discriminación, del racismo interiorizado. Una vieja herida que nunca llega a cerrarse.

"El racismo es la mayor amenaza para el hombre, lo máximo del odio por el mínimo de razón" (Abraham J. Heschel).”

El pasado 25 de mayo de 2020, George Floyd, un hombre de raza negra, moría a manos de un agente tras ser detenido por la policía de Minneapolis, en Estados Unidos. El suceso fue grabado en vídeo y dio la vuelta al mundo, provocando una oleada de disturbios y protestas. El descontento social dio paso a movimientos como el Black Lives Matter (las vidas de los negros importan), un movimiento que condena la violencia contra las personas negras. La muerte de Floyd es una de la más reciente en una larga lista de abusos y brutalidad policial, especialmente contra la etnia afroamericana, aunque los latinos y asiáticos suelen ser igualmente protagonistas de esta historia de xenofobia, algo que nos cuesta entender al ser la americana una sociedad multicultural, establecida por inmigrantes de todo el planeta.

Pero no nos engañemos, el racismo es global, no exclusivo de los norteamericanos. Casi todas las sociedades y países del mundo tienen un historial de odio y colonialismo. América latina sufrió el abuso de las potencias europeas, especialmente de la española. El auge de la esclavitud de los africanos y árabes fortaleció el comercio naval entre los siglos XVI Y XIX. Muchos pueblos nativos americanos fueron esclavizados por parte de los colonos quienes robaron sus territorios, limitaron sus fronteras y redujeron su población. En Japón y otras regiones de Asia trataron de mantener la pureza de la raza señalando y denigrando a los extranjeros. La Alemania de Hitler y sus ideas supremacistas llevaron a miles de judíos a campos de exterminio. Muchas guerras entre pueblos vecinos y hermanos han sido generadas para defender el derecho natural de las razas «superiores» a imponerse sobre las «inferiores».

Para combatir el racismo, la Organización de Naciones Unidas adoptó en 1965 la Convención internacional sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial y estableció el día 21 de marzo como Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial. Pero el espíritu racista ha resistido.

Hoy repasaremos de dónde viene el profundo racismo hacía los negros en EEUU y por qué existe.

El problema de la segregación en Estados Unidos data desde los tiempos de la colonia. El país alcanzó la independencia en 1776, pero la esclavitud continuó siendo parte de la vida cotidiana, sobre todo en las plantaciones de los estados del sur. La esclavitud fue un fenómeno extendido en Estados Unidos desde sus primeros pasos como país, incluso entre "los padres fundadores". Un ejemplo es Thomas Jefferson, quien fue propietario de alrededor de 200 esclavos. La compra y venta de esclavos no era una práctica clandestina sino todo lo contrario, contaba con sus propios mercados.

Las personas de raza negra estuvieron entre las principales víctimas de la práctica del linchamiento (ejecuciones sumarias). Las víctimas eran exhibidas para causar miedo y servir de ejemplo. Los esclavos se dedicaban principalmente a labores de servidumbre, especialmente en los cultivos de algodón, una fibra textil que hizo que el país creciera económicamente debido a su exportación a lo largo del siglo XIX. Para maximizar sus beneficios, secuestraron a millones de esclavos negros en África. Tras la Guerra de Secesión, la esclavitud se abolió, pero el sentimiento supremacista siguió presente en muchos estados. La rama más intolerante la encarnó el Ku Klux Klan, una organización de extrema derecha que con frecuencia recurrió al terrorismo para oprimir a sus víctimas.

Durante los siguientes años la segregación era evidente en los guetos en los que se tenían que hacinar, donde los cines eran 'para gente de color' y no podían pisar las escuelas de los blancos.


-En el sur, la discriminación no era sutil sino que estaba claramente marcada. En algunas estaciones de ferrocarril se mostraban carteles que indicaban que sólo los blancos podían hacer uso de los cuartos de espera-

Pero la segregación comenzó a generar actos de resistencia. Una de las primeras rebeliones fue la de Rosa Parks, quien en 1955 se negó a ceder a un blanco su asiento en un autobús. Por ello, fue detenida y multada. En 1957, el gobierno federal ordenó escoltar a varios estudiantes negros para que pudiesen entrar en una escuela secundaria en Little Rock. En 1962, James Meredith, quiso matricularse en una carrera universitaria, pero el gobernador de Alabama intentó evitarlo presentándose personalmente. En plena escalada de tensión, tuvo que intervenir el presidente Kennedy para defender que tenían los mismos "derechos y oportunidades". Meredith se convirtió en el primer afroamericano que entraba en la Universidad de Misisipi. Este paso le costó que le intentaran asesinar en una manifestación por los derechos de los negros. La resistencia se fue organizando y así surgieron los Panteras Negras, un grupo que nació en el estado de California inspirado en el pensamiento de líderes como Malcolm X. Pero fue Martin Luther King quien asumió el liderazgo de los movimientos pacifistas en defensa de los derechos civiles de los afroamericanos. El activista fue asesinado en 1968.

Miles de personas se manifestaban cada día por sus derechos. La policía miraba cómo los blancos les enseñaban sus banderas supremacistas con el lema 'quién necesita negrata' sobre una esvástica. Si los agentes de la ley actuaban, era para tirar gas lacrimógeno a los negros, rociarlos con mangueras o arrestarlos por centenas.

La victoria de Obama y su ascenso a la presidencia de Estados Unidos en 2009 fue un hito esperanzador para la población de color, pero el entusiasmo duró poco. Freddie Gray, Michael Brown, Eric Garner o Trayvon Martin, todos ellos murieron a manos de la Policía bajo el mandato de Obama, ni siquiera el máximo mandatario de la nación, el primer presidente negro, supo como erradicar el racismo policial.

Apenas hace unos días, otro joven negro, Rayshard Brooks, de 27 años de edad, fue asesinado en el aparcamiento de un restaurante de comida rápida por los disparos de un agente en Atlanta (Georgia, EEUU) después de resistirse a ser detenido y pelearse con dos agentes blancos. El suceso, provocó la dimisión de la jefa de policía de la ciudad. 

Las vidas de los negros importan, no debería recordarse, no debería ser una advertencia, pero ya estamos viendo que aún se necesita recordarlo, sus vidas importan, su color de piel no es un delito.

Video:
Angela Davis-Violencia
Fuentes:


martes, 9 de junio de 2020

Pólvora mojada


Una lágrima acarició su mejilla y se precipitó al suelo al acabar en la punta de su nariz, una niebla húmeda le empañó los ojos, un picor extraño invadió su garganta, y boqueó para toser y espantar un suspiro al mismo tiempo, pero no resultó.
No quería hipar de llanto, su madre decía que los sollozos eran susurros al desamor, y que al desamor no hay que hablarle bajito ni al oído, sino a los ojos y en tono determinante, el hipo era una traición a su entereza, esa entereza que no era suya y que por eso se le estaba escapando, amontonándose en una montaña de añicos que iba creciendo… ¡De todas formas, ¿por qué tenía que ser ella la fuerte si se estaba hundiendo en el barro?!
Todo había empezado con un beso robado, con un beso había subido cual meteoro hasta un planeta rosa que con el tiempo se fue destiñendo. Y allí, al borde de la llanura gris ya sentía que nada era como tenía que ser: ojos, frases, gestos contradictorios, delatores del hastío y la mentira. Podía ver en sus ojos esa chispa del que tiene que enfrentar algo por sorpresa, “¿qué me dejas?”, y arrugaba la frente para darle a entender que no entendía nada y que se merecía una explicación. Y ella, que tenía tantas palabras que decir, tantos reproches que expresar, tanta basura que sacar, se quedó en blanco, ese blanco del vestido de aquella chica con la que le había visto la tarde anterior, no era solo que le hubiera visto, lo había sentido, esa complicidad, esa unión, ese bienestar que con ella había perdido. ¿Cuánto hacía que no reían, que no hablaban mirándose a los ojos? Ella lo sabía incluso antes de confirmarlo, él ya no estaba por ella, y se habían perdido, él la había dejado ir sin más pero fingiendo que nada pasaba, tratándola como a una tonta que no ve, que no sabe que algo ha cambiado en el paisaje. Esa rabia al verlo con otra, esa impotencia incendiaria se había quedado en nada, en un explosivo mojado, un llanto inoportuno que la hacía parecer desgraciada y deprimida. Él la había traicionado ¿por qué no podía echárselo en cara? ¿Por qué quería salvar su autoestima haciéndole creer que la traidora era ella? Le quería, pero sabía que no era suyo, nunca lo fue, y si todo había sido una mentira tampoco estaba mal acabar con una…
-Ya no te quiero, por eso te dejo.
Él no podía discutir algo tan contundente, y hundiendo los hombros la vio dar media vuelta  para cruzar la calle.
Ella hizo un esfuerzo para no mirar atrás, y en cuanto salió de su vista rompió a llorar como una niña pequeña, con el corazón alborotado, hipando como nunca en su vida. No iba a seguirla, ni a detenerla, sólo la odiaría por un tiempo, quizás ni siquiera eso, la olvidaría pronto, ya lo había hecho.


Música: Alice Wonder-Bajo la piel

miércoles, 27 de mayo de 2020

Pedacitos


No, el espejo no estaba roto, pero ella miraba su reflejo distorsionando sus facciones, exagerando su nariz, estrechando su frente, separando un ojo y agrandando el otro, haciendo que sus orejas se vieran diminutas y sus pupilas intensas, insondables, brillantes cual lagrima de cristal.
No podía reconocerse… esa no era ella, ni sus ojos, ni su boca…
Quizá se había perdido a sí misma hacía demasiado tiempo, tal vez ya no sabía quién, cómo era, ¡nada!, no sabía nada, y no entendía nada, pero esos pedacitos descompuestos de su propia imagen no eran ella…
¿Quién era la mujer que la miraba desde ahí?
No era la chica de diecisiete años que se hacía esa pregunta, era una mujer plantada en medio de una salina con el viento del mar golpeando su frente, tendiendo al viento la falda de su uniforme de niña buena. Las arrugas que nacían ya bajo sus ojos eran párrafos en donde había escrito a base de llantos historias enteras de desdicha y decepción. Ese súper cúmulo de materia amontonado en su lagrimal no era un pegote de rímel, eran dos enciclopedias ilustradas de la soledad y el aislamiento mal llevado.
Hacía demasiado tiempo que sus padres la habían dejado en aquella cárcel disfrazada de colegio, y ella había desarrollado un complejo; la niña abandonada, la chica mala, la horrible estudiante, la ausente, el cero, el visto, el mensaje por compromiso, la llamada de tres minutos, un gif como felicitación, el plan que se posterga, la cita cancelada…
No estaba a gusto, no se sentía a gusto, ni siendo cómo era, ni pensando cómo lo hacía, ni sintiendo lo que sentía, pero desconfiaba de sus momentos de calma, esos interludios de la tormenta personal que anestesiaban el rencor, porque la dejaban a la deriva, naufraga en la salina, sentada sobre la sal que tanto habían derramado sus ojos. Y no le gustó el saldo, por más que aquellas escamas de sal fuesen su coraza durante algún tiempo, no le gustó el saldo, no quería seguir perdiendo, ni pagando un tributo al dolor. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Cuál era el propósito? ¿Arrugarse? ¿Curtirse en esa sal que le estaba secando la risa y la juventud? ¿Secarse al sol? Ella sólo quería exprimir la vida y ser fuerte, aceptar que no la querían, sí, pero que no era un cero, ¡contaba! Ella contaba…
Contaba hasta diez, hasta cincuenta, y entonces, en aquel momento, con una madurez que no había tenido nunca, comprendió que había llegado el momento de crecer, de darse a sí misma el respeto que nadie más le había entregado, el afecto que nunca había sentido, el cariño que se merecía, el amor, el propio,  que disolvería la sal.


Música: Mazzy Star - Fade Into You

jueves, 21 de mayo de 2020

Ventanas


Una cosa era ver mi reflejo al otro lado de la ventana e imaginar que estaba fuera. Otra cosa muy diferente era salir de verdad. "El brillo de las luciérnagas" (2013), Paul Pen.

Durante un tiempo vivimos confinados tras nuestras ventanas. Dejaron de ser un elemento insulso que sólo dejaba pasar un brillo, el del sol, el de la luna, el de la farola de la esquina, ya no eran sólo un cristal empañado que mitigaba  al otro lado la lluvia, el viento, la niebla. Los virus no atraviesan vidrios. Durante un tiempo abrir la ventana se convirtió en el único contacto con el exterior,  un escaparate de emociones, un escenario de habilidades, y tras la ventana contamos los días, deseando que todo pasara. De esa forma se pudo socializar, conservar la esencia de comunidad, el sentimiento de formar parte de algo. Mirar ventanas  se convirtió en algo hipnótico y poderoso, como pasar las páginas de una revista, como ojear un álbum de fotos, curiosidad, expectación, intriga, ventanas abiertas a la imaginación…

Entre nuestra alma y nuestro cuerpo hay muchas pequeñas ventanas, y a través de éstas, si están abiertas, pasan las emociones, si están entornadas se cuelan apenas; tan solo el amor puede abrirlas de par en par a todas y de golpe, como una ráfaga de viento. "Donde el corazón te lleve" (1994), Susanna Tamaro.






Música: Come together - The Beatles.

viernes, 8 de mayo de 2020

Esenciales (5)

Unos ronquidos rompen la monotonía sorda de la madrugada. Es un resoplido largo seguido de un espasmo al que le sigue un silencio abrupto, es un interminable segundo sin respiración en el que cabe una vida entera y que va a culminar con un petardeo de nariz. Marta ha oído esos ronquidos durante veinticuatro años, el tiempo que lleva casada con Pedro. Es curioso pero esos ronquidos le ayudan con su insomnio, salvo cuando está muy preocupada, entonces nada le relaja y se pasa media noche mirando al techo, recordando y pensando.
Conoció a Pedro cuando era una chavala que no pensaba en el futuro, y por eso se quedó embarazada por sorpresa y fue mamá a los diecisiete. No estaba en los planes pero siguieron adelante. Sus padres y suegros organizaron una atropellada boda, con vestido blanco incluido pero sin viaje de recién casados. Ellos estaban de acuerdo y firmaron el contrato vinculante con alegría, creyendo que sería divertido eso de vivir juntos, cuidarse, formar una familia.
Tuvo a Aralia cuando sus compañeras preparaban sus exámenes de fin de curso, pero ella no siguió estudiando. Fue duro convertirse en madre, y cómo quería ser algo más que eso al año de nacer su hija se puso a trabajar limpiando, ni siquiera se planteó que pudiera hacer algo más.
Marta es feliz, le gusta estudiar los ronquidos de ese cuerpo cálido y amado que se tiende a su lado cada noche, le gusta ese hombre despeinado de cejas pobladas, acento gallego, y ojos azules como el mar profundo. Es su héroe en zapatillas. Debido al estado de alerta tiene que teletrabajar en casa, es profesor de primaria y se pasa el día resolviendo dudas de matemáticas e inglés por teléfono. Marta le admira profundamente, nunca tiró la toalla ni en los peores momentos, cuando ambos tuvieron que seguir adelante a base de trabajos esporádicos y mal pagados, pero él terminó la carrera, y ella se siente dichosa de haberle ayudado en aquellos momentos porque fue cuando mas tuvo que dar el callo. Aún recuerda los extenuantes maratones limpiando escaleras en una comunidad de vecinos dónde nadie pagaba las cuotas, el sueldo regalado porque no le terminaron pagando. Aún recuerda sus trabajos como interna en una casa pudiente, esas miradas de superioridad de algunos inquilinos porque le obligaban a ponerse delantal y suecos blancos, la lucha contra algunos estereotipos y prejuicios sobre sus orígenes presuntamente étnicos, porque aun habiendo nacido en el mismo país siempre ha tenido que lidiar con el racismo. Nunca olvidará el menosprecio a su trabajo cuando estuvo unos meses trabajando como limpiadora en una universidad y esos niños tontos vaciaban las papeleras por los pasillos  para divertirse, como si la cosa fuese muy graciosa. Tampoco olvidará el tiempo trabajado en el hospital, la vez que tuvo una grave salpicadura en el ojo con detergente e hipocloruro sódico, la dificultad para respirar, el escozor, ni esa vez que por poco pisó una jeringuilla usada que en un descuido había caído al suelo de la habitación de un paciente. Y ahora, al verla con su uniforme blanco, también la aplauden a ella, que extraño se le hace que empiecen a valorar su servicio solo por la pandemia. Limpiar en el centro médico se convirtió en su primer trabajo estable y aunque eso la expone a toda clase de cosas, se siente realizada porque es una labor tan importante como fundamental. Mantener los espacios limpios, libres de virus, libres de bacterias, libres de amenazas.
Últimamente está tan nerviosa que ha vuelto a fumar, un vicio que ha dejado y retomado con intermitencia. Por la mañana antes de incorporarse al turno ella fuma un cigarrillo tras otro, a oscuras, en la calle, aferrada al bolso, esperando que den las siete para fichar. Ya no habla con las compañeras, se miran con cariño a un metro de distancia, algunas llevan mascarillas de alegres telas, y otras van con las que dispensa la farmacia que rondan el euro y que pierden color con la respiración. Esa mañana le van a hacer la prueba del covid-19 a todas, normas internas y de control. Marta no tiene síntomas, no debería tener miedo, pero ha escuchado que van a sacarles sangre, que van a meterles un hisopo hasta el fondo de la nariz, que hay gente que llora, que duele mucho, que hay gente que se marea. Marta tiene aprensión, siempre lo pasa fatal cuando se trata de la salud, se vuelve negativa y neurótica.
Esa mañana ya ha fumado cuatro cigarros, y su mechero de colores se queda sin gas. Lo ha estado encendiendo y apagando a cada rato, hipnotizada por la llama, en un tic extraño al que nadie hace caso. “¿Y si doy positivo y tengo que aislarme de mi familia?” piensa encendiendo la llama, “¿y si les he contagiado a ellos?”, y vuelve a encender la llama, “¿qué pasará si estoy enferma?, ¿cómo podré dormir por las noches sin sentir a Pedro a mi lado?”,  y para alejar la triste imagen enciende otro cigarrillo. La ceniza cae al suelo, el humo sale por su nariz, y así, entre calada y calada, embriagada por la nicotina que la envuelve piensa que ojalá ese humo frenara las amenazas y los miedos que se agitan a su alrededor.


Música: Heroes-David Bowie.

sábado, 2 de mayo de 2020

Esenciales (4)



El silencio es denso en toda la casa, un tic tac apagado retumba en alguna parte de su mesilla, podría caer en trance si tuviese tiempo para esas cosas, las horas se amontonarían, todo se retrasaría, pero ese es un lujo que no puede permitirse. Aún adormilado oye el ronroneo de Cotton, su minino blanco de ojos verdes, que siempre acerca su hocico a su barba para darle los buenos días. Es en ese momento cuando más piensa en ella, cuando más nostalgia siente, la melancolía delatora de los amores que nunca se superan.
Mauro acaricia al gato, la única anestesia para su necesidad de contacto y cariño, y se pone en marcha sin más gasolina en el cuerpo que un café bebido a prisa y de pie ante el fregadero de la cocina.
Mauro es transportista. Hace años que su trabajo le hace ir por la vida a contracorriente, acumulando kilómetros a las espaldas y madrugadas solitarias. Cuando tiene tiempo escribe poesía, talla animalitos en las cascaras de las nueces, aunque su mayor pasión son los puzles. Le gustan los puzles. Es una tarea minuciosa, entregada, que requiere una concentración total, tres mil piezas verdes, mil azules, puede pasarse horas tratando de diferenciar tonalidades. A bordo de su pesado camión escucha audiolibros o podcats de todo tipo, con frecuencia en inglés o francés para entrenar el oído. Debido a la actualidad de la pandemia su esfuerzo se ha triplicado. El cansancio pesa y ha tenido que sustituir los audios por rock de los 60, Steppenwolf, Lynyrd Skynyrd, ritmos que aceleran su corazón y le mantienen despierto. Las carreteras son monótonas cuando las has recorrido tantas veces cómo lo ha hecho él.
Le asusta la repetición, le hace confundir la realidad, es el peor síndrome de los que siempre van y vienen. Hay una especie de letanía, en las líneas blancas, amarillas, en las señales de tráfico borrosas, en las luces de otros mensajeros y traficantes de mercancías. Su labor es imprescindible para el abastecimiento de empresas, supermercados, grandes superficies, la presión por cumplir con las entregas es su mayor fuente de estrés. No debería pasar nada para no llegar a tiempo, la circulación ha descendido debido al confinamiento de la población, pero después de tantas horas al volante su cuerpo necesita despertarse de nuevo, estirarse, levantarse. Debería descansar, terminar su turno, pero sus empleadores necesitan que esté al pie del cañón. Él es el que se la juega, pero sabe que le necesitan.
Le duelen las muñecas, el cuello, sus piernas se acalambran, necesita ir al baño, pero no hay establecimientos abiertos. Los bares de carretera han cerrado. Nadie ha pensado en las necesidades de los conductores por obligación como él. Y Mauro se desvía un segundo del camino sólo para parar un momento, bajarse  en medio de la nada, tomar aire, ver otro amanecer. Parado allí, ve las luces de los camiones, desfilan como balas, parpadean en sus retinas, le traen recuerdos fantasmas y fantasmas de la carretera, García Márquez hablando de los falsos recuerdos que eran tan convincentes que sustituían a la realidad. Bebe la última gota de su botella de agua y vuelve a ponerse en marcha. A veces le parece que está viviendo en una película de ciencia ficción, en alguna peli de sobremesa de antena 3, atrapado en el argumento más barato, más distópico, pero no es así, todo es real, está pasando.
Por delante aún tiene tres horas más de trayecto, cuatrocientos kilómetros, sabe que dentro de su guantera ya no queda agua, ni más comida que un par de chicles mentolados, una linterna sin pilas, un bloc de notas sin usar, un ovillo de hilo, un diente de tiburón que es una especie de amuleto de aquel viaje de novios que hizo veinte años atrás, pero nada que calme su sed. Ha llegado a un área de servicios con gasolinera de autopago cuando lo ve. Es un food track de aspecto clásico, abierto, alumbrado, apetecible, lleno de víveres, agua, zumos, snaks, fruta, termos de café, de té, todo gratis. Hay un cartel que dice, “Sírvase lo que necesite. ¡Que tenga buen día!”. Mauro muerde una manzana, toma un refresco, y deja de ver al mundo como un lugar árido y distópico, se siente agradecido, cuidado, enérgico, menos solo.


Música: Lynyrd Skynyrd-Free bird

domingo, 26 de abril de 2020

Esenciales (3)


Las primeras luces clarean la ciudad, se arrastran por debajo de la persiana, acaban filtrándose en su dormitorio, el amanecer siempre llega, no es un eslogan del señor fantástico, es que así funciona el mundo. Que siga habiendo cierto orden natural, aunque sea en la hora en que amanece, le proporciona tranquilidad.
Malena ha aprendido a moverse por la casa compartida como un gato, sin hacer ruido, sigilosa. También ha aprendido a dejar su desgana y su miedo debajo de la almohada, a que no se le note que está agotada y asustada. Como cajera de supermercado está en primera línea del coronavirus, sus guantes, sus mamparas, sus medidas profilácticas se quedan en pañales para toda la carga vírica a la que puede estar expuesta, ni ella misma lo sabe. Han reducido el horario de apertura pero está trabajando más que nunca, sin embargo nadie premia su esfuerzo, su sueldo siempre ha sido bajísimo, pero la precariedad va mucho más allá de lo monetario. Está en los turnos extenuantes, en la demanda de proactividad de sus pagadores para enmascarar las multitareas de sus trabajadores, “repón mercancía, limpia, despacha fruta, no respires un segundo, que pueden pensar que te están regalando el sueldo”.
Malena se mueve a pie por la ciudad, su uniforme es como un salvoconducto, poco menos que la capa de Superman. A ella nunca le ha gustado; el polo lleno de bolitas por los lavados, los pantalones cargo con mil bolsillos donde aparecen chicles, notas, gomas de pelo, bolígrafos sin tinta, las botas reforzadas que tanto le aprietan… Es una chica presumida, pinta su boca de rojo aunque nadie repare en ello, las mascarillas ha enmascarado su sonrisa. Arregla sus uñas aunque se acaben rompiendo. Sus vaqueros viejos le quedan grandes, ella que tanto presumía de sus curvas no tiene tiempo de comer, quince minutos de descanso que se quedan en diez, en cinco, y que nunca le dan a tiempo, no hay nadie para sustituirla, ni siquiera para ir al baño.
Malena suele doblar turno, ella nunca dice que no, tiene que mandarle dinero a su madre, tiene que ahorrar. Le gustaría dedicarse a otra cosa, aunque tampoco lo tiene claro. Mientras tanto trabaja en la caja. En su tiempo libre se evade haciendo tiradas de tarot, las cartas son como ancestros con mucho que decir, y a ella le gusta escuchar. Otra cosa que le gusta son las baladas, se emociona cantando, aunque le da una vergüenza horrible que la oigan.
A Malena no le desagrada el trabajo, aunque últimamente eso ha cambiado, no soporta a la gente que rompe la barrera, ni a esos que lanzan las monedas con asco, ni entrar en un debate inútil con los ancianos que vienen todos los días a comprar dos cosas cuando están dentro de la población de riesgo, no le hace ninguna gracia esa gente de humor dudoso que le tose o estornuda encima sólo para hacer el chiste, ni puede con los comentarios malintencionados de las marujas que le dicen con tonillo eso de que por lo menos tiene trabajo.
A veces disimula la humedad de sus ojos, y la frustración, porque con los guantes puestos tampoco puede enjugarse los ojos. Semanas atrás le hacía gracia atender las llamadas alarmadas de los que creían que el desabastecimiento había llegado al papel higiénico, ahora a los que llaman con el mismo cuento tiene ganas de chillarles que sí: “Sí, claro que queda papel higiénico y cuando no llegue nada mas os lo podéis comer con un poquito de sal, al gusto eso sí, que si no se sube la tensión”.  Aunque aún más estresante es estar todo el día respondiendo a la razón de que no quede tal o cual cosa. “¿No vas a reponer?”, preguntan como si dieran por hecho que ella tiene que estar a mil cosas. “No, las estanterías están así para que les dé el aire”. Lo peor es que algunos se lo creen, cómo si la gente se estuviera acostumbrando al cinismo.
A pesar del aforo limitado se agolpan en su mostrador, Malena está cansada, y le pide a la mujer que se ha acercado más de la cuenta si se puede poner detrás de la línea. Ha sido educada, sin embargo el rostro de la desconocida se desfigura hasta tal punto que pronto empieza a proferir insultos y humillaciones contra ella. “Hedionda y apestada serás tú, si esto te jode haber estudiado, gilipollas de mierda”. Por un segundo Malena cree perder la entereza, ya ha tragado demasiada mierda, lo ha oído pero siente la mirada de su supervisor clavada en ella, y haciendo de tripas corazón hace cómo si no pasara nada y dirigiéndose a la cliente le pregunta si necesita una bolsa.


Música: Rozalén-Aves enjauladas

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