viernes, 14 de abril de 2017

Laura Callaghan


Laura Callaghan es una artista irlandesa que reside al sureste de Londres. Su trabajo de ilustración está lleno de vibrantes detalles en lo que hace uso de toda la paleta de colores inimaginables. Algunos dicen que su arte habla de mujeres sin miedo situadas en escenarios coloridos, y que representa la banalidad sin remordimientos, la trivialidad sin contriciones, la vida sin grandes pesadumbres, aunque sus chicas viven saturadas de caprichos y casi siempre tienen cara de aburrimiento y fastidio. De cada trabajo emerge un trasfondo crítico. Su arte está repleto de estampados y desorden, no hay huecos blancos. Laura trabaja a mano y emplea acuarelas, tinta china y estilógrafo, materiales analógicos para lograr una estética supuestamente infantil como conseguida con rotuladores y lápices de colores. Vive de sus encargos y algunas publicaciones de moda, en las que parece que las poses descaradas de sus chicas encajan a la perfección. También dibuja comics en donde se maneja bien con la parodia. Su estilo fresco es su seña de identidad... vale la pena conocerla.











Fuentes:

miércoles, 5 de abril de 2017

El pozo de los deseos


Era un mágico planeta, pues los sueños siempre se cumplían… pero en ese fantástico mundo de sueños cumplidos alguien no era feliz, y ese alguien sufría mucho, pues no lograba que su único gran deseo le fuera concedido por el brujo de los anhelos, ya que el único requisito que no os he contado para que un sueño se hiciera realidad era que quién lo quisiera cumplir, lanzara una moneda de oro a la fuente de los encantamientos, que por ello era el pozo más brillante, más resplandeciente y especial de todos cuantos se hubieran construido.
La norma, porque siempre hay norma, era que dicha moneda era difícil de conseguir, ya que el príncipe de la región las había hecho requisar una por una, hasta que no quedara arcón o zurrón que guardara ni una sola. El príncipe, avaricioso, las quería todas para sí haciendo uso de su poder como futuro rey, y las malgastaba en las cosas más tontas e insignificantes, porque había ordenado que sólo él tuviera deseos.
Sin embargo y a pesar de la norma, era bastante difícil para el pueblo renunciar a sus aspiraciones de riqueza y de prosperidad, a su codicia, porque aunque alguien tan vil como aquel príncipe lo quisiera, era imposible hacer olvidar a todo un pueblo algo tan importante como un deseo, y nadie había olvidado cómo era soñar. Tanta era la fuerza de ese sentimiento, tan tentadora, que algunos rondaban la fuente de los encantamientos con la idea de bajar al pozo y robar alguna de las monedas. Lo que ellos no sabían era que de esa manera condenaban al dueño de la moneda y chafaban su deseo.
El príncipe, temeroso de que fueran desapareciendo sus deseos y sus sueños tapió el pozo, pero se olvidó de recuperar la última moneda de oro y volver a lanzarla a la fuente, con lo que de esa manera robó y condenó el último deseo que no se cumpliría hasta que la moneda fuera recuperada y devuelta. La fatalidad quiso que el último deseo perteneciera al principie que había deseado convertirse en un rey justo, y que no podría serlo hasta que no recuperara la moneda. Alguien sabía de ella y de la desesperación del príncipe, y llegó a un acuerdo con él, le ayudaría a encontrarla si él abría de nuevo el pozo y le concedía un deseo. El príncipe aceptó, pues sabía que con su promesa aquel desconocido removería cielo y tierra hasta conseguirla, ya que lo que más necesitaba aquel extraño era dejar de sufrir por su sueño incumplido.
La moneda extraviada viajó por muchas tierras, de mano en mano y de dueño en dueño. Tan pronto como obtenían una pista de su paradero la volvían a perder. Viajaron detrás de la moneda de oro sin percatarse de que lo único que ahora realmente deseaban, bastante por encima de todas las cosas, era encontrarla. Un día llegaron a un palacio en el que no vivía nadie. Siglos de silencio encerraban sus paredes desconchadas. Allá les aguardaba una sorpresa, en aquel lugar se toparon con el tesoro más hermoso y bello que sus deslumbrados ojos hubieran visto jamás. Nadie reclamará este tesoro si nos lo llevamos, pensaron, porque nadie sabía de su existencia, pero creyendo que les estorbaría en su empresa de encontrar la moneda, partieron de nuevo, dejando atrás el tesoro.
Siguieron su viaje por todo el planeta, incansables, resistiendo. Atravesaron un interminable desierto tras el cual encontraron unas minas y en ella filones de diamantes, pero al no ver la moneda no perdieron el tiempo y siguieron buscando.
Y el viaje se volvió más frío y más largo, y en lo alto de una altísima montaña, en un templo perdido del tiempo y de las estaciones, fueron a hallar mil vasijas de oro macizo, pero ofuscados por el deseo de encontrar la moneda salieron de allí, sin reparar en nada más. No pensaron que si se llevaban las vasijas podrían fundirlas, podrían fabricar cientos de monedas, podrían formular cientos de deseos, porque era tal la necesidad del príncipe por su moneda perdida que no reparó en las alternativas que se le presentaban.
Y entonces, después de muchísimo tiempo, un día, en un mercado donde compraron fruta fresca, por fin la encontraron, y el príncipe no pudo ser más feliz y dichoso que en aquel azaroso momento.
Los dos extenuados viajeros regresaron al pozo. Les costó hallarlo porque habían transcurrido muchos años, y las malas hierbas y la maleza lo habían camuflado con el paisaje. No obstante, el pozo fue otra vez abierto, y el deseo del príncipe fue cumplido. Y llegó el momento del extraño, que le exigió al rey que cumpliera con su promesa.
–Oh, querido –le contestó el rey con el corazón partido–, la tarea de esta búsqueda no sólo me ha costado años sino toda mi fortuna, así que aunque quisiera ya no quedan monedas de oro para ti y tu deseo.
El extraño miró embelesado a lo profundo del pozo, que titilaba hipnóticos brillos, y con lágrimas en los ojos se precipitó sobre él, desapareciendo en la profundidad brillante, donde murió ahogado por los deseos de los demás.
El rey, profundamente dolido y apenado sintió remordimientos. Había dedicado tanto esfuerzo a un solo deseo que se había olvidado de todo lo demás; de sí mismo, de las riquezas que había hallado por el mundo, y de hacer felices a los demás. Entristecido mandó destruir el pozo de los deseos y decretó que a partir de ese día cada ciudadano luchara por sus propios sueños, que fuera capaz de ir un paso más allá por cumplirlos si era necesario como había hecho aquel extraño por ayudarle. Así nadie lograría un deseo con una moneda sino que lucharía por él, con tesón y perseverancia. Se dice que sus súbditos engañaron al rey, que el pozo nunca fue destruido sino tapiado, para que siempre se albergara la esperanza de tropezar con un pozo que concediera deseos tan fácilmente.



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