viernes, 22 de septiembre de 2017

Di que sí

La  tarde  caía sofocante sobre las montañas cercanas moteándolas de un color rojizo.  En un tinte cada vez más púrpura la noche acechaba sobre los plácidos tejados al vecindario. Hacía demasiado calor para hacer nada, y la sensación de agobio crecía lo mismo que la desgana, una desgana que se dilataba, ya sin estructura, como el hielo del vaso.
Tenía las manos encharcadas, la nuca sudorosa, la frente nublada y me dolía la cabeza. Las moscas andaban a sus anchas por la terraza, los mosquitos se afanaban en chuparme la sangre, mi perro ladraba sin parar mientras corría de un lado a otro como si se hubiera vuelto loco por culpa de un gatito majadero que deambulaba provocador por el tejado cercano con un equilibrio digno de un maestro acróbata. Pero aparte de que la tarde caía calurosa, los mosquitos se estaban dando un festín a mi costa y que el dolor de cabeza iba a más, todo era perfecto: la calma, la paz, el silencio, la plenitud de no necesitar nada para ser feliz, ¿qué más podía pedir…? Me gustaba mi nueva vida y adónde me había llevado.
Entonces el timbre sonó insistente resonando en mis oídos. Me incorporé malhumorada, no esperaba a nadie y no quería ser molestada. Traté de no  hacer caso al ruido infernal, pero la persona del otro lado de la puerta no parecía dispuesta a rendirse. Buba, mi perro, saltó hasta la puerta y se quedó quieto, muy quieto y muy calladito, lo cual me sorprendió, mi perro jamás se comportaba de esa manera. Me levanté descalza del sofá, me sujeté un poco mejor el desinflado moño, alisé con una mano los shorts y coloqué el descocado tirante de mi camiseta que insistía en resbalar por mi hombro derecho sin permiso. Miré por la mirilla y no vi nada, pero aquel majadero seguía haciendo sonar el timbre. Suspiré para abrir la puerta en un acto impensado e impulsivo.
–¡Eh, que vas a quemarme el timbre! –grité sin pararme a mirar al que tenía delante, quizá porque mi perro se había arrojado a la puerta, dispuesto a escapar, y yo quería impedirlo.
Lo primero que vi fue una mano que asía por el collar a mi Buba, y luego reparé en el anillo, aquel anillo de poderoso brillo y mágica fosforescencia.
Durante algunos segundos la refracción de la gema bailó en mis ojos hasta que rodó como una bola de billar por el agujero de mis pupilas. Sentí cierta extraña sensación que no sabría calificar cuando esa mano agarró la mía. Rápidamente busqué los ojos de aquel individuo, ojos grises, profundos y siniestros, fríos como el hielo.
–No grites…  –su voz era melosa, y densa como la miel, y a mí no se me ocurrió contradecirle porque el brillo del anillo seguía encandilando mis ojos con cierto poder hipnótico.
Su mano seguía sujetando mi mano que yo no podía recuperar. Se coló en el interior cerrando la puerta tras de sí. Buba parecía hipnotizado igual que yo, mi resistencia no servía porque no se materializaba, así que mi lucha era estéril. Yo era un trozo de granito, y estaba terriblemente asustada por advertir que ninguno de mis impulsos eléctricos funcionaba, ninguna de la ordenes de mi sistema nervioso tenían respuesta.
–No te muevas…
¿Cómo?, pensé, ¿cómo moverme si me sentía hecha de piedra? Intenté no mirarle, alejar el pánico de mí, dejar la mente en blanco, no pensar en la piedra del anillo, no pensar que había techo ni suelo. Debí romper la conexión hipnótica que me atenazaba al intruso porque logré exhalar un grito terrorífico y desorbitado. Acto seguido una mano grande y maloliente me hizo callar.
–Error número uno, ¡no se grita! –Susurró muy cerca de mi oído.
Recuerdo que le miré inquieta sin saber qué hacer, tragando saliva, mirando en todas direcciones, sintiendo un nudo en el estomago. Entonces aquel chico de ojos grises me miró a los ojos fijamente, tanto que me hizo estremecer, creo que nunca había experimentado ese tipo de temor, el del miedo ramificándose dentro de mí con miles de tentáculos afilados.
–Me sorprende que seas cada vez más fuerte, créeme no va a pasar nada que vaya en contra de tus principios, sólo quiero que compartas conmigo un poco de tu fortuna, ¡y del dinero de tu caja fuerte, claro está! Me ayudas y te ayudo, es simple, ¡nada que pueda lamentar una millonaria como tú!
¿Esto ya había pasado antes? ¿Eso había entendido? ¿Ese ladrón cara dura había usado la hipnosis para robarme? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Tan maleable era mi mente? Algunas tinieblas se disolvieron, el recuerdo empezó a aparecer como el humo de una hoguera incendiaria. Ese asaltante sabía lo del premio, sabía dónde vivía, sabía cómo alterar mi voluntad. Me sentí tan invadida que creo que mi primer impulso fue abandonarlo todo, dejarle ganar.
–Esta vez será un poco más, cien mil, para ir tirando… ¡ni recordaras que fue tuyo alguna vez!
Intuí la luz que desprendía la gema acercándose a mi rostro. Era una luz roja que hizo que me escocieran los ojos. ¡Esto no podía estarme pasando a mí, no podía dejarle ganar!
–Y no vuelvas a cambiar la contraseña, es terriblemente frustrante –dijo llevándome por la casa hasta el punto exacto dónde yo ocultaba el dinero, obviamente ya había estado allí.
Llenó una bolsa con billetes que ni él ni yo contamos. Seguramente mucho más de lo que venía a buscar.
–Eres mi mejor marioneta, ¿sabes?, la más generosa –sus manos acariciaron el tirante caído sobre mi hombro lo que me hizo desfigurar la cara por el asco–, siempre es un placer visitarte…
Mi primer impulso había sido gritar, pero mi segundo impulso más irracional que el primero fue golpearle, arrebatarle el anillo, revolverme con él en la mano para advertirle que no diera un paso más hacia mí. Imagino que no se lo esperaba porque se carcajeó con incredulidad.
–¡No podías permanecer calladita y sin moverte, eh! Ahora tendré que hacerte daño, ¡anda!, devuélveme eso...
Hablaba en serio pero yo me adelanté volviendo a atacarle. El brillante anillo le arañó el rostro, rasgando su cara, abriendo una herida que le cruzó el pómulo y de la que resbalaron algunas gotas de sangre. La joya brilló fulminantemente, haciendo que el ladrón se quedara aturdido, paralizado, aparentemente dominado por la poderosa luz. Todo parecía haberse vuelto rojo, una extraña pero grata sensación de poder recorrió mi espina dorsal.
Sobre la piedra vi cómo las salpicaduras de sangre se fundieron hacía el corazón de la gema que por unos segundos se volvió oscura y malévola. Y tuve una visión, temblorosas imágenes de otras épocas, de poderes alquímicos, brujerías, y rituales, antecedentes de dominación y absolución. Sentí miedo pero no me atreví a deshacerme del anillo, quizá porque era mi mejor escudo contra el asaltante.
–¡Quieto! –le ordené, y él ladrón se convirtió en estatua.
Parecía imposible pero ahora era a mí a quien el anillo obedecía. Me temblaron las manos. La magia del objeto se hizo débil y el ladrón gruñó empezando a deshacerse de la hipnosis. Buba ladró avisándome. No podía dudar, era urgente que actuara bien y con rapidez. Empuñando el anillo le apunté con él.
–Siéntate ahí, no me mires, harás lo que yo te diga, reconocerás tus delitos, todos, devolverás lo que has robado, te vas a entregar, ni siquiera imagines que te libraras de esto, ¡quiero que te arrepientas, que confieses, y que acabes en la cárcel! Di que si…
–Sí –le oí decir.
–Vamos, ¡rápido!, hazlo ahora mismo. Di que sí…
–Sí –fue un sí tan sumiso y resignado como inmediata fue acatada mi orden.
El ladrón llamo a la policía y se entregó allí mismo.
Desde la ventana vi como las luces estroboscopicas del coche policial resplandecían.

Anonadada observé el radiante anillo. ¿Debería entregarlo? Tuve esa idea fugaz. Trataba de decidirlo pero ese rumor no me dejaba razonar, las moscas seguían zumbando a mí alrededor y no me dejaban pensar, así que de manera inconsciente dirigí el anillo hacia esos majaderos insectos. Funcionó. Cesó su zumbido, se apagó el incordio, y la mosca escapó calladamente por la ventana abierta. Abierta se quedó mi boca. ¿Significaba eso que la magia del anillo afectaba a cualquier cosa viva del planeta? Increíble, y pensé que después de todo era inútil deshacerme del objeto, nadie me iba a creer, ¿quién lo haría?, además no se veía tan mal en mi dedo, así que tuve una idea mejor…



música: Audioslave-Sound of a gun


sábado, 16 de septiembre de 2017

El despertador humano


 

Seguro que tú también te lo has preguntado, pero antes de la invención del despertador –un invento que podríamos denominar de reciente creación (apenas tres siglos)–, ¿cómo se levantaban de la cama a tiempo?

Buceando en información recopilada, y según consta, en 1787 el relojero Levi Hutchins movido no solo por el ingenio, sino por los imperativos de su oficio (mientras sus coetáneos se levantaban con la salida del sol, el señor Levi debía hacerlo a las 4 de la mañana, lo que obviamente le impedía valerse para estos fines de la luz del astro rey), añadió un mecanismo de apariencia trivial a la manecilla pequeña de su reloj que activaba una campanilla cuando llegaba a una hora determinada, creando así el primer despertador tecnológico de la historia. Porque si hablamos de despertadores, tenemos que mencionar que ya existían ingenios elaborados en diferentes épocas y lugares destinados a medir y a avisar del tiempo trascurrido: la clepsidra, de origen mesopotámico que delimitaba fracciones de tiempo, según lo que tarda una cantidad de agua en pasar de un recipiente a otro de iguales dimensiones; el reloj de sol egipcio, vinculado en principio a funciones sacerdotales; el pájaro mecánico inventado por los griegos (250 a.C.), que sonaba cuando subían la mareas; los campanarios de las iglesias comunales que tañían, en los albores del mercantilismo (siglo XII), al ritmo de las actividades de comerciantes y artesanos; el reloj de arena usado para establecer la duración de las misas (siglo XVI), o el cuerno utilizado por los encargados para despertar a los trabajadores de los talleres en los distritos textiles ingleses (siglo XVI).

Pero hoy te quiero hablar del más curioso de todos: el despertador humano.
Hace ya varios años, cuando el avance tecnológico aún iba lento, trabajar en las ciudades era una costumbre muy popular y la gente vivía a partir de horarios establecidos en vez de horarios “naturales”, como se usaba en trabajos de campo.


Por el año de 1920 aún no existían los relojes despertadores, por lo que la sociedad tuvo que acudir a una solución más simple: pedirle a alguien que les tocara la puerta por la mañana.
El knocker-upper fue una profesión durante la Revolución Industrial en Inglaterra e Irlanda alrededor de 1920 y su trabajo consistía en despertar a la gente para que llegaran a sus respectivos trabajos a tiempo.
No era tan sencillo, los que se dedicaban a esto tenían herramientas especiales, utilizaban una vara para golpear la puerta de sus clientes o arrojaban piedras a sus ventanas. A ellos les pagaban de manera semanal y ni siquiera se cercioraban de que el cliente hubiera despertado. Cuando el cliente vivía en un edificio alto, el despertador golpeaba hasta la ventana con una vara lo suficientemente larga.
Muchas personas que se dedicaban a esto, en especial en las ciudades más desarrolladas como Manchester, eran hombres y mujeres viejos y algunos oficiales que buscaban ganar un dinero extra.

Cabe destacar que Charles Dickens hace mención de esta curiosa costumbre en su libro “Grandes Esperanzas”. Un oficio de ayer que ya no tiene tiempo ni sitio en la sociedad de hoy.



Fuentes:

sábado, 9 de septiembre de 2017

+⑨


Bohemio Mundi suma años: ¡¡nueve!!
Estamos de celebración en el blog, así que no podía pasar por alto esta fecha, es ya una tradición. Al ser una planeta en constante construcción ya te he hablado antes de este mundo que se mueve, que crece, que se expande en sus nuevos rincones, esos espacios dónde la creatividad crece, el amor se siembra, la paz se planta como un jardín de girasoles y la música se vuelve cascada y rio, no furioso pero si plácido y brillante como una laguna que refleja la luz de la luna, mi astro favorito. Nuestro planeta bohemio recibe la cálida luz del sol, de esa que llevan consigo sus eventuales pero sobre todo estables visitantes, darle las gracias a cada uno de los seguidores y comentaristas del blog por traer tanta luz a este planeta.

Hoy quiero profundizar más en esta cifra, porque el nueve es un número muy especial, los antiguos Caldeos dirían que mágico, místico, que está en todo lo que nos rodea.
El 9 suma…
Si sumas todos los números de nuestro sistema  numérico 1+2+3+4+5+6+7+8+9= 45, reducido el 4+5= 9
Si se suma o se multiplica a su propio múltiplo, el resultado es si mismo ej: 9x1= 9, 9x2= 18, 1+8= 9, 9x3= 27, 2+7=9, etc.
Un Gran Año Sideral equivale a 25.920 años. Estas cifras sumadas 2+5+9+2+0= 18, que reducido es el número simple 9.
En cada día hay 86.400 segundos que reducidos suman 18,  1+8=9
Un círculo (símbolo de la rueda de la vida) tiene 360 grados, 3+6= 9
El ritmo normal de respiración para el ser humano medio es de dieciocho veces por minuto 1+8=9
El ritmo cardíaco medio es de 72 latidos por minuto, 7+2= 9
La cantidad de latidos por hora suma 4.320, 4+3+2+0= 9
En 24 hrs. tu corazón late un promedio de 103.680 veces, 1+3+6+8+00 = 18= 1+8= 9
En ese mismo período respiras como promedio 25.920 veces, es decir la misma cifra que un Gran Año Sideral.
En Astrología los aspectos armoniosos o ángulos formados entre los planetas son de 30, 60 y 120 grados, que reducidos dan los armónicos 6 y 3; sin embargo los aspectos inarmónicos corresponden a los ángulos entre planetas de 45, 90 y 180 grados, cifras equivalentes a 9.
Los investigadores han descubierto que se producen cambios mundiales con consecuencias arrasadoras cada 180  años 1+8+0= 9
El Novendial (9) era un ayuno que se hacía en la primitiva Iglesia Católica Romana, para evitar catástrofes y calamidades de cualquier especie. De ella proviene la actual práctica que duran nueve días denominadas "novenas".
Hoy en día en el comercio basta con rebajar un centavo o elevarlo hasta la cifra 99 para atraer compradores. Cuando el potencial cliente ve el número 9 repetido en su inconsciente se produce "la orden de compra".
El 9 es usado 49 veces en la biblia
9 es el cuadrado de 3 y 3 es el número de la perfección divina.
El 9 puede ser representado por 3 triángulos que simbolizan los triples aspectos del hombre: cuerpo, alma y espíritu, esto indica que el 9 es el numero de la universalidad, de la conciencia amplia que todo lo abarca.



Mas curiosidades asociadas al número 9:

9 Veces que se casó Pancho Villa, todas por la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana.
9  Sinfonías compuestas por Beethoven.
9  Círculos del Infierno en la Divina Comedia de Dante Alighieri.
9  Vidas de un gato, según los anglosajones.
9  Meses de gestación de los humanos.
9 Musas: Calíope (elocuencia, belleza, poesía épica  y canción narrativa), Clío (historia y epopeya), Erato (poesía lírica-amorosa y canción amatoria), Euterpe (música, especialmente la de flauta), Melpómene (tragedia), Polimnia (cantos y poesía sacros), Talía (comedia y poesía bucólica), Terpsícore (danza y poesía coral) y Urania (astronomía, poesía didáctica y ciencias exactas).


¡Y ahora que siga la fiesta, estáis invitados a tarta!



Fuentes :

jueves, 31 de agosto de 2017

Literatura en una palabra IV

La lectura es el mejor ejercicio para el cerebro, le da agilidad, lo hace preciso, agudo y despierto, la lectura hace a la persona completa, la eleva, la llena, le hace recrearse, vivir, soñar, creer. La lectura siempre ha sido una parte importante en Bohemio Mundi. Hace siglos que no comparto reseñas o impresiones sobre libros, y hoy quiero remediar eso, no con muchas palabras, sólo con una, una sola.
Aquí van algunas palabras, algunos libros y mis impresiones personales, puedes estar de acuerdo o no. Una bohemia espera tus comentarios. ¿Has leído alguno de estos libros? ¿Opinas como yo? ¿Tendrías alguna recomendación que hacerme?
Como siempre, ¡feliz lectura!

“Confesiones de una heredera con demasiado tiempo libre” de Belén Barroso. “Tres abuelas y un cocinero muerto” de Minna Lindgren.Yo antes de ti” de Jojo Moyes. “De hombres y langostas” de Elizabeth Gilbert. “El exorcista” de William Peter Blatty. “Alas de fuego” de Laura Gallego. “Ready Player One” de Ernest Cline. “Una vacante imprevista” de J.K.Rowling. “El corredor del laberinto” de James Dashner. “Cada siete olas” de Daniel Glattauer. “Ciudades de papel” de John Green. “La isla de Alice” de Daniel Sánchez Arevalo. “El hogar de miss Peregrine para niños peculiares” de Ramson Riggs. “Alguien como tú” de Xavier Bosch. “El noviembre de Kate” de Mónica Gutiérrez. “Martina con vistas al mar” de Elisabet Benavent.  






Mas aquí↓:

viernes, 25 de agosto de 2017

Esther Gili


Me encanta su trabajo, es precioso, colorido, su estilo es fresco, nada sobra, los colores fluyen con armonía, sus imágenes tienen chispa y carisma. Hoy te presento a esta genial ilustradora de nombre Esther Gili.

Esther Gili (Madrid, 1981 estudió Ilustración en la Escuela de Arte n.10 de Madrid. Desde entonces trabaja como ilustradora para varias editoriales y colabora regularmente con el estudio USER T38 realizando ilustraciones y storyboards para cine y publicidad. Ha recibido varios premios de cómic e ilustración, como el INJUVE o el Jóvenes Creadores de Madrid.
LIBROS
"Olivia y las plumas" editado por Kireei (2017).
"39 Semanas y mis experiencias como madre novata" editado por Lunwerg (2016).
"Palabras de Sirena" editado por  Mosquito Books (2016).
"Encantadas" editado por Lumen Infantil (2015).
"Cantar de Mio Cid" colección clásicos a medida de Anaya (2007).
LIBROS DE TEXTO
Ilustraciones para la editoriales Anaya, Santillana, SM, Oxford University Press y Edelvives.
PUBLICIDAD
Ilustraciones para los siguientes clientes a través de USER T38.
Panrico, Minute Maid, Camper, Tierra de Sabor, Ing, Honda, Cacique, Movistar, La Caixa, Marcilla,  Azucarera, etc.
CINE
Ilustraciones para "Zipi y Zape y el club de la canica" de Oskar Santos.
Ilustraciones para la película “Guerrilla” de Steven Soderberg.
Ilustraciones de los mapas de arranque de la película “Alatriste”  de Agustín Díaz Yanes.
Ilustraciones para el libro de las encrucijadas que aparece en la película “El Laberinto del Fauno” de Guillermo del Toro.
COMIC
Participación en "La Vieille dame qui n´avait jamais joué tennis" de ediciones Dupuis.
Participación en los Monográficos Arruequen.
Participación en “Guernica variaciones Gernika” de la Semana Negra de Gijón.
Participación en el álbum “Lanza en astillero” de Ediciones Sins entido.
Participación en el álbum “Tapa roja” de Ediciones Sins entido.
Participacion en la Dos Veces Breve nº3 y nº6.






 







jueves, 17 de agosto de 2017

Calma chicha

No me apetece llenarme de arena, raspa, es un incordio, la llevas siempre encima, se cuela por debajo del bañador, se escurre entre los dedos de los pies, se mete en las orejas y entre el pelo, es una lija insoportable que, grosera, me araña siempre que la brisa cambia de dirección. He protestado muchas veces ante mis padres durante el trayecto pero ellos creen que es una inútil exageración, una excusa en la que me parapeto para no admitir que los sucesos acontecidos en una playa similar a esa hace dos años me han dejado alguna grave secuela psicológica. No es verdad, ya casi lo he olvidado, pero son ellos quienes siempre lo traen a mi presente, y a mi memoria, y a mi modo de ver no creo que les parezca una carga incómoda, creo que les sirve como justificación ante el mundo para mi extraña forma de ser. “Si el pobre no hubiera sido testigo de aquel trágico acontecimiento…”. “¿Qué?”, me pregunto yo para terminar la frase, y creo que sé lo que responderían: “Que no estarías como una regadera”.
Nunca he creído que estuviera loco, aunque admito que ese cuaderno lleno de dibujos extraños no es algo que sea muy normal en un chico de doce años. Supongo que ese es el motivo para estar aquí. Aunque imagino que los consejos de Orlando, mi psiquiatra, un hombre empeñado en rescatar a mi joven mente de un próximo naufragio, han tenido algo que ver.
El olor a algas me revuelve las tripas en cuanto pongo un pie en tierra firme. Se trata de una cala pequeña, de arena blanca y satinada. La orilla está copada por bañistas de pieles oscuras, tumbados en sus tumbonas de rayas parecen en conjunto unos torreznos bien hechos a la espera de que los retiren de la sartén, lejos de ese aceite que chirría. Se oyen risas y chapoteos. Arriba vuelan algunas cometas de kitesurf y me quedo un instante fascinado por sus colores. Mis padres me han preparado una nueva jugarreta cuando me presentan a Nico y Andrea, dos niños de mi edad hijos de unos compañeros suyos de trabajo. Quieren que sea un chico alegre y social, normal, pero yo tengo miedo de que se rían de mí, he prometido que no me separaría de mi flotador, sé que resulta infantil y bastante bobo, pero no han podido convencerme de que lo dejara en casa. Sus condiciones pero también las mías, ese era el trato.
La arena se siente bastante blanda bajo la planta de mis pies, pero está demasiado caliente. El viento cesa y el mar parece un plato. Bajo esa quietud puedo distinguir en el agua algunos pequeños bancos de peces irisados, lo que de manera fortuita hace que mi respiración se vuelva superficial e incontrolable.
–¿Te pasa algo? –Me pregunta uno de los niños– Estás sudando mucho…
Y sin avisar tira de mi mano y me lleva hasta donde aguarda su pandilla. Nos presentamos sin demasiado ingenio. “Esta es María, este es Jonathan, ella es Carlota, y esos dos son Daniel y Simón”. Me fijo en sus ojos, en sus pecas, en los dientes torcidos, en las minúsculas motas de conchas y esqueletos de crustáceos que se han adherido a sus talones.
Sus temas de conversación giran en torno a cosas de las que no sé nada: youtubers, haters, trolls, y cosas que no me interesan… Me entero de que María quiere ser maquilladora, y que Simón ya es cocinero, descubro que María vive a cinco calles de mi casa, María descubre que yo vivo en su mismo barrio, y Carlota comenta como sin querer que sabe que me enchufan pastillas antidepresivas porque Andrea se lo ha dicho, al parecer por un descuido de su madre, ella ha leído “Heridas Emocionales”, Jonathan no lo ha leído pero se muestra interesado, y suena falso cuando le propone que se lo preste un día de estos, demasiado simpático. Daniel interviene para decir (presumir y cambiar de tema) que ha estado en el parque de Harry Potter no hace mucho. Le doy vueltas a que podría hacer un esfuerzo y contar algo más pero entonces todos reparan en mi flotador.
Se mofan. Lo ven ridículo, y llegan a ser crueles sin necesidad. Me enfado, mi cara se acalora, mi estomago se contrae. No me gusta lo que hacen, lo que dicen, que lo toqueteen, que hagan bromas, que me miren con esos ojos oblicuos y burlones, ¡no saben nada, no entienden nada! Les arrebato el flotador ansioso. Lo es, es ridículo, y no tengo justificación. En realidad sí… podría contarles todo, y no, no puedo atar a mi lengua.
Les cuento lo tranquilo que estaba el mar aquel día de hace dos años, tan en calma, tan plano, hago una comparación de las olas muertas con ese mismo mar que tenemos delante, hasta les advierto que podría ser el mismo…
“Sabéis, aún lo veo, a ese niño descuartizado sobre la arena, vi la sombra de lo que le atacó, era oscura y alargada, por un momento creí que se trataba de una nube reflejada, pero la sombra emergió del agua, aquella sombra tenía dientes como cuchillos, que se hincaron en aquella carne tierna y blanca, oí gritar al niño, lo vi chapotear, sus ojos asustados me miraron buscando ayuda, su boca se abrió vomitando sangre, oí masticar a la bestia. Era un tiburón de seis metros. Sucedió todo muy rápido, pero yo lo recuerdo como algo interminable, sobre todo nadar de vuelta a la playa aterrorizado, grité tanto, tragué tanta agua. Cuando por fin llegué a la orilla me arrojé sin fuerzas, incapaz de moverme, paralizado. Quieto sobre la arena sentí que algo chocó contra mis pies, desvié los ojos asustado, era un brazo humano, el agua era una sopa llena de pedacitos de carne, tropezones de grasa y huesos, que yo me había tragado en mi frenética carrera hasta la orilla. No sé que fue del niño, sólo sé que los que iban subidos sobre colchonetas y flotadores se deslizaban más rápido sobre el agua, mucho más que los que nadaban a brazo partido, ¡si yo hubiera tenido un flotador de esos, si aquel niño hubiera tenido uno…!”
Sé que empiezo a ser desagradable cuando les hablo de aquel brazo amputado, del muñón arrancado, de los colgajos de piel, del olor de la sangre, del color de esa carne muerta, ¡y quiero que se estremezcan!, me divierte hacer que se asqueen, se lo tienen merecido por meterse con un niño traumatizado. Así que sigo contando cosas, detalles, hasta que todos profieren un grito asqueado y salen corriendo lejos de mí espantados y horrorizados.
–¿Que les has contado? –Mi padre aparece detrás de mí y no se le ve feliz.
–Nada papá –ensayo mi mejor cara de inocente–, les hablaba de mi flotador.
Pero él lo sabe, los dos lo saben, mamá también, que lo que vi aquel día dejó una marca en mi mucho más profunda que el mordisco de un tiburón. 



lunes, 31 de julio de 2017

Bandas musicales y obras literarias




Hay un idilio que nunca falla, la que une la música y la literatura: música dentro de la literatura, literatura dentro de la música,  músicos que escriben o escritores melómanos que hacen mención de las canciones o las bandas que más les inspiran y conmueven.


The Velvet Underground
También es el título de un libro sobre sadomasoquismo de Michael Leigh titulado exactamente "The Velvet Underground" que un amigo de Reed y Morrison y hermano de Maureen Tucker, encontró tirado en la calle.



The Doors
Es conocida la irremediable relación letras-música de Jim Morrison, por lo que el también escritor tomó el nombre para la banda del ensayo "The doors os perception” de Aldous Huxley, quien a su vez, se había inspirado en una cita del poeta William Blake.



Belle&Sebastian
La banda escocesa tomó su  nombre de una colección de libros infantiles llamada Belle et Sébastien por Cécile Aubry que también fue una serie de televisión en 1965. En esta historia se relatan las aventuras de Sébastien y su perro Belle.



Joy Division
Originalmente tenían el nombre de "Stiff Kittens" y aunque así aparecieron en algunos folletos de presentación, al grupo nunca le agradó ni lo aceptó oficialmente. Joy Divison, como los conocemos, proviene de la novela "La casa de las muñecas" del escritor judío Yehiel Feiner, allí describía las “Joy divisions”, grupos de mujeres judías usadas como esclavas sexuales por los nazis como una forma de luchar contra los tabúes.



Moloko
El nombre del dúo británico se inspira en la novela La naranja mecánica de Anthony Burgess, donde Moloko significa leche (de la palabra ucraniana para leche молоко). Exactamente es el nombre de una bebida láctea que Alex y sus "drugos" consumen mezclada con narcóticos.



Moby
Richard Melville Hall tomó su segundo nombre por Herman Melville, su tío bisabuelo, responsable de la famosa obra "Moby Dick", de la cual, tomó su nombre artístico.


Fuentes:

lunes, 24 de julio de 2017

Los amantes sin nombre

Siempre habían estado juntos, así que no podía recordar la primera vez que se vieron. Debió ser en la casa de su primo, continuamente llena de visitas y vecinos. Ella era libre como un pájaro, jovial y divertida, una niña consentida que no sabía demasiado de la vida, igual que le pasaba a él. Jugaban juntos pero nunca la vio como una amiga, ella era demasiado despreocupada como para tomarla en serio o plantarle una etiqueta. 
Naturalmente pasaron de jugar a juguetear. No sabía si era amor lo que le llevaba a mirarla con otros sentimientos porque lo que sabía del amor era que debía ser un acto hermoso entre dos personas enamoradas, el amor debía ser una unión de afecto, de entrega, una alianza solemne, pero no había sido así, no había empezado así.
Había habido deseo, había habido cierta ferocidad, y un poco de morbo, y un poco de turbación por si eran descubiertos, y urgencia, había habido urgencia cuando él cruzó la habitación, la tomó por los hombros, la levantó de la silla y aparatosamente la besó en los labios. Durante un rato sintieron que podían comerse a besos... y boqueando ambos intentaron respirar sin conseguirlo. Sus pies tropezaron. Sus manos se rodearon por las cinturas. Cayeron sobre el sofá uno sobre el otro, con los ojos relampagueando de avidez. Cuando los labios se pusieron libidos él la curó posando su boca sobre su boca, y así la alivió, saboreando con gusto, lentamente, la jugosa carne de sus labios. Ninguno sabía que se podía sentir todo aquello y celebraron aquel descubrimiento muchas más veces. Siempre a solas, a escondidas, como dos amantes clandestinos.
Entonces él se enteró que ella siempre había sido la novia de su primo, y en el fondo no se sorprendió ni se sintió traicionado. Se alejó, eso sí, y trató de mantenerse a un lado. No podía desaparecer del todo así que intentó anestesiar sus sentimientos, apagarlos, frenarlos, contenerse… Fue ella la que no se ató, la que no renunció a la pasión que sentía estando a su lado, esa pasión que era la medicina que nunca recibía, la que su novio nunca le ofrecía. Con ese argumento volvió a su lado, siempre de manera secreta, siempre velando por no ser descubiertos. Y fue fácil hacerlo, al menos durante un tiempo.
Su lugar favorito para encontrarse era allí donde crecía la hierba alta, al otro lado del caserón, donde terminaban las lindes de la propiedad. Recostados boca arriba cerraban los ojos a la brisa, medio despiertos, semidesnudos, embrujados por el sonido que el viento emitía al pasar rozando las hojas de los árboles. Respiraban juntos, hondo, creyendo que todo sería siempre tan dulce como ese sonido.
Pero la clandestinidad empezó a pesar, y en parte también los celos, esa tristeza que se le antojaba un cuchillo en su corazón cuando sus dedos repasaban sobre el cuerpo de ella las señales que otro amante había grabado a fuego y saliva sobre su cuello.
–Me voy –le dijo un día–, no soporto sentirme así, tan frágil, tan asustado por lo que siento, por lo que haría por ti, tan abatido, tan vencido por tu ser, por tu cuerpo, por tu risa, por tu aliento… y por ti.
Y el tiempo siguió su marcha hacia adelante. Unas cuantas vueltas al sol más tarde volvieron a coincidir. Ella ya era una mujer casada. Él no aspiraba a ello ni lo buscaba. Respetaba a su primo pero seguía siendo débil y volvió a sucumbir. Volvió la pasión, la urgencia, la necesidad, y vino acompañada de un furioso compañero; la posesión.
En público él hacía como si no se soportaran, y a otros ojos parecería que él se conformaba con un roce accidental, una mirada furtiva, un saludo casual para sentirla cerca, ese escueto momento del beso en la mejilla para oler su piel, para sentir su calor… En privado era todo muy distinto, porque en su escondite la maleza seguía creciendo alta pero la brisa ya no era fragante ni dulce.
–Tengo miedo cuando me miras así –Le confesó ella en uno de sus encuentros, cuando, piel con piel, sus senos pequeños y redondos presionaban aquellos otros, lisos y suaves, que trasportaban hasta su nariz un ligero aroma a hierba sesgada.
–Y yo –susurró él muy despacio en su oído–, tengo miedo de sentir ciertas cosas que aún están en mí, que me arañan y me consumen, sin embargo, ¿por qué te quiero?
–No deberíamos seguir con esto, no podemos, ya hay rumores, sabemos que nuestros actos traen consecuencias…
–¿Desde cuándo te importa eso?
¿Le importaba? Él tenía razón, no lo hacía. Y por otro lado estaban demasiado atrapados en su espiral amorosa como para salir indemnes de ello. Nunca serían un capítulo cerrado.
–Me acerco a ti y tú huyes, te tiendo mi mano y la rechazas. Sólo hay un lugar en el que realmente seas mía y es este… –Él apresó con sus manos su rostro–. No, no hagas eso, entornas los ojos cuando estas cansada, no quieres decir adiós, no quieres decir hasta aquí, no quieres ver ni sentir esto, pero siempre vienes y sientes esto, hay algo en ti que sólo se quiere dejar llevar, antes te creías fuerte ahora eres sólo débil…
–¿Hasta cuándo podremos seguir con esto?
–¿No puede ser para siempre?
Y sintió que en realidad ya habían pasado una eternidad allí tumbados, en la hierba, sobre la tierra, sin que importara nada ni nadie, esclavos de algo que no deberían sentir y que sin embargo sentían, explotando una pasión que nunca terminaba.




“Y así dos orillas tu corazón y el mío, pues, aunque las separa la corriente de un río, por debajo del río se unen secretamente”.

José Angel Buesa

viernes, 21 de julio de 2017

Segundos fuera

Tan relativo es el tiempo que cinco minutos bastan para soñar una vida entera, como decía el maestro Benedetti.
Ya he hablado del tiempo antes, de su cualidad elástica cuando se alarga soporíferamente al menos en el trabajo, y de su condición fugaz, sobre todo cuando deseas atesorarlo. Sea como sea, minuto a minuto, segundo a segundo, acontecen innumerables sucesos a nuestro alrededor que ni siquiera percibimos…


En un segundo un rayo de luz recorre 7.5 veces la circunferencia de la Tierra.
Irina Privalova corrió 50 metros en 5.96 segundos imponiendo un nuevo récord.
9 segundos tarda en recorrer a máxima velocidad un submarino Virginia tipo nuclear los 377 pies que mide de largo.
El río Mississippi vierte 157 millones de galones de agua en el Golfo de México en 35 segundos.
Usain Bolt es el hombre más rápido de la historia en 100 metros planos: 9.58 segundos.
Joey Chestnut es capaz de comer un hot dog en 11 segundos.
Y con 34 segundos por jugar, los 49s de San Francisco anotaron un touchdown que les dio la victoria ante los Bengalíes de Cincinnati en el Super Bowl XXIII.
Un avión de guerra F-22 tarda 3.16 segundos en recorrer una milla.
Un Tesla Roadster completamente eléctrico alcanza 100 kilómetros por hora en 4 segundos.
El primer y más famoso vuelo de los hermanos Wright duró 12 segundos.
Y una hormiga del Desierto del Sahara recorre a máxima velocidad, 30 centímetros en 36 segundos (durante el momento más caluroso del día, en la superficie la hormiga puede sobrevivir máximo 5 minutos).
En un minuto la Tierra es golpeada por 360 rayos…

¡Y todo esto en menos de un minuto!

Y bueno no sé si has tardado sesenta o más segundos en leer esta entrada, pero ¿a qué no se tarda nada en culturizarse un poquito más cada día?


Fuentes: Un día más culto app

martes, 27 de junio de 2017

Tirarse a la piscina

El diván del psicólogo era de piel marrón, olía a cuero, empujaba sus pensamientos, dejando entrar la luz de los recuerdos pasados, diluyendo las tinieblas de otras vidas, vidas donde no llegaba el sol. Él sabía que había muerto de forma trágica en cinco de sus siete vidas pasadas, ahogado si entramos en detalles, ahogado, así que el que le volviera a pasar era una posibilidad muy alta, tanta que había desarrollado un pánico exagerado al agua…
No había bañeras en su casa, las duchas eran cortas, sólo bebía espesos zumos, evitaba salir de casa los días de lluvia, todo porque estaba en su sino que algo malo le podía pasar a causa de ese ruin elemento que era el agua.
Sinceramente no era vida. Lo que más le fastidiaba era no poder ir a la playa o a la piscina, no poder meterse en el mar, no poder remojarse como hacía todo el mundo en verano, cuando el calor ahogaba y apretaba. Ni siquiera palpar las gotas caer a través de su ventana le relajaba, sentir el agua chorreando en la fría palma de su mano le traía a la mente un instante de dolor, el impacto de un relámpago, una explosión, un golpe contra el suelo, la inconsciencia, un río que crecía…
Los círculos intelectuales en los que se movía habrían puesto el grito en el cielo si hubieran sabido que el bueno de Marc, hombre formal, pasaba seis horas de la semana tumbado en un diván, sometido a hipnosis, recuperando recuerdos de aquellas vidas truncadas. Pero lo cierto era que cada vez se le hacía más sencillo enfilar aquel pasillo lleno de luz blanca, y abrir la puerta que lo llevaba a esa parte de si mismo que le daba la bienvenida. La  existencia se volvía más fácil, más gratificante. A pesar de todo, a pesar de ver siempre su final, nada era inesperado, y eso, le proporcionaba una paz extraña, una certidumbre, una fe sin sorpresas.
Al principio las imágenes eran sólidas y planas, pero pronto adquirían dimensión, e incluso, textura. ¿Era real? ¿No lo era? Se veía a sí mismo caminando hacia la nada, la luz titilando, la brisa campaneando en sus oídos, en donde el monótono sonido de las chicharras roncas de grillar amortiguaba sus pasos sobre la yesca. El campo adquiría un color desvaído, entonces el disonante vuelo de una libélula le distrajo, tropezó, perdió el equilibrio, el mundo se dio la vuelta, antes de acabar enterrado en aquella verdosa charca recibió la caricia de las iridiscentes alas del insecto en su cara, luego la boca se le llenó de agua… ¡y la puerta se cerró de nuevo! El momento de abrir los ojos en el diván siempre le dejaba desconcertado. Sus muertes siempre eran tan inesperadas y traicioneras.
Un río furioso, una ciénaga inadvertida, un naufragio en un mar helado, aquel avión volcando sobre el lago, y el peor de todos, el asesinato en la piscina. Marc regresaba muy poco a aquella vida, quizá porque los enfurecidos ojos de aquella mujer le acosaban en sus pesadillas. Su asesina. Había algo que presentía, una punzada de remordimiento en su corazón cuando pensaba en ella. A veces cerraba muy fuerte los ojos, relajaba su mente, inhalaba, prestaba su atención al rostro de aquella mujer, cada detalle, cada adorno, hasta que aparecía a su lado, y él la tocaba, pero ella le rehuía… el impulso de su memoria se frenaba siempre en ese instante, nunca podía ver nada mas allá de ese momento, hasta esa noche. Esa noche la naturaleza de su yo pasado se reveló: el odio, el maltrato, el abuso, la negrura de su ser, su cobardía para con aquella mujer, su manera de anularla. Entendió porque ella había acabado asesinándole, lo merecía, ¡lo merecía!
No pudo olvidarlo. Sentía aquel residuo de maldad recorriendo sus venas. Durante días y semanas se sintió infectado por aquella vida. El alcohol fue su refugio. “¿Morir ahogado en mi vómito?”, imaginó. “Sería un buen final para un desgraciado como yo”. Pero eso no pasó por mucho que lo buscara.
Una tarde, embriagado de dolorosos recuerdos, caminó sin rumbo, y llegó hasta un precioso jardín. Las enredaderas parecían caer de los arboles como delicadas cortinas, los flamboyanes explotaban a todo color a su alrededor, las flores lo salpicaban todo. De pronto los destellos del sol se reflejaron en las alas de una preciosa libélula que una parte de su alma reconoció, así que no se abstuvo de perseguirla. El azulado resplandor del agua se movió danzarín en sus retinas. Allí delante encontró una piscina. Sus pasos se clavaron de golpe en el suelo. No lo pensó mucho, fue un impulso, una necesidad, y Marc se zambulló en aquellas aguas sin miedo, como quien desea de una vez por todas dar cuenta, pagar, expiar, encararse al destino. Se hundió hasta el fondo, envuelto en burbujas, asfixiando un grito, deseando encontrar la luz blanca y la puerta. Marc tuvo la impresión de que trascurrieron mil años, mil siglos. Las imágenes se ralentizaban, se apagaban… Antes de que se fundieran unas manos lo abrazaron por el pecho, tirando de él hacía arriba.
La mujer que lo había salvado le miraba asustada y preocupada. Él recibió un impacto: ya conocía esos ojos, salvo que ya no estaban llenos de furia, sólo de agua.




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