miércoles, 27 de octubre de 2010

De la noche eterna

(…) El año si fue el mismo, 1526, y el escenario, los altos Cárpatos, el curso del Danubio y el huir de una guerra. Pero en realidad no huía de ella, huía de ellos…
(…)Como iba diciendo huía de ellos, de mis propios vecinos. Yo me había vendido a los turcos como espía y jugaba a dos bandas. Se ganaba dinero con ello, un cierto respeto e inmunidad. Yo era de todos y de ninguno. En realidad yo sólo atendía a una sola persona… a mí. Cuando todo se descubrió y mi nombre saltó a la palestra por traidor, todos los de mi bando y hasta del contrario se reunieron para poner precio a mi cabeza. Estaba atrapado en aquel invierno, sin un lugar a donde ir, señalado y muy solo. Vagaba como un mendigo entre la nieve, cuando alguien me reconoció. Estaba tan hambriento, tan cansado, que el agotamiento me tenía nublado, por eso no tuve los reflejos muy despiertos y por eso sufrí en carne las consecuencias. Admitía mi culpa porque era mía, pero no me arrepentía, lo único que lamentaba era no haber partido lejos y salir de aquel infesto lugar. Las guerras nunca me gustaron.

Sufrí en mis carnes las peores humillaciones. Me llevaron al lago, helado a causa del invierno. Ni siquiera sé si eso era un lago, lo único que recuerdo es que estaba congelado. Me desnudaron, me marcaron la piel a latigazos, me fustigaron con todo cuanto cayó en sus manos. Algunas mujeres me arrancaron el pelo a tirones y muchos de los niños que iban con esas mujeres me escupieron. Cuando sentí la primera piedra en mi espalda creí que esa era la losa de la culpa, pero fue mucho más que eso. Las pedradas fueron casi mortales, pero no del todo. Herido, magullado, vejado y muerto de frío me ataron los pies a las riendas de un caballo desbocado, con fama de salvaje e indomable. La ruindad me desolló la piel de la espalda y cuando creía, con cierta inocencia por mi parte, que mi martirio ya había acabado, oí acercarse los pasos de varios caballos que me habían perseguido por el bosque. Y en mi retina vi despuntar el filo siniestro de un hacha y cerré los ojos. Esperaba el tajo final, limpio y rápido supuse, pero no fue así. No me cortaron la cabeza, si no que echaron en las heridas de mi espalda kilos de sal. Mi cuerpo era carne viva.
Me aferré a mi dolor para no pensar que esos hombres seguían ahí, festejando y riendo, y tramando nuevos tormentos a mi costa. Durante una noche entera estuve expuesto a los animales. Ratas y cucarachas campaban sobre mis heridas, mordisqueándome, infectándome hasta los pensamientos. El amanecer no trajo nada bueno, por eso no lo extraño…

Recuerdo a un hombre de voz ufana, de dientes podridos, aliento podrido, corazón podrido y alma podrida. Su hedor no sólo era físico. Le conocía de vista, un día lejano en el tiempo, cuando tuve que salir precipitadamente por la ventana del dormitorio de su choza. Debo reconocer que su mujer me gustaba mucho. Ese día él oyó ruidos y me pilló encaramado en el alféizar, supongo que una cara como la mía no se olvida así como así. Mientras me perdía en la negrura de la noche, abotonándome la camisa y con los gritos suplicantes de su mujer de fondo, rebotando en mis oídos, pensaba que era un delito que un tipo tan feo tuviera semejante esposa. Era un dulce suave, una mujer hermosa.

Ese amanecer de hace cuatrocientos setenta y seis años fue el último que vi. Aquel hombre feo me hizo pagar con creces la insolencia de aquel día.
-Sabía que mirabas mucho a mi mujer y tenía que poner un remedio… dijo acariciando el filo de una navaja.
Leí el deleite en su mirada, gozaba. Como yo no podía tenerme en pie, dos hombres altos y muy fuertes me tenían sujeto por las axilas y hasta eso me dolía. Eran soldados turcos. Recuerdo que había una gran hoguera, como esta de hoy. Una inmensa hoguera. Aquel hombre feo no sé que manejos se traía ni que pretendía. ¿O si?, ¡si lo sabía! Allí apareció un hierro incandescente e impotente observé que se acercaba a mí peligrosamente, bamboleándose temerariamente, haciendo surcos en el aire. No había que ser muy listo para averiguar lo que iba a pasar. Me va a dejar ciego, pensé, y busqué un recuerdo bonito que llevarme a esa constante oscuridad, pero más me valía la muerte y más me valía desearla. Nadie sabe lo que es, lo que fue, lo que significó…

Cansado de respirar, de seguir respirando en esa noche eterna, y de las risas complacidas y del dolor, sentí un pinchazo en mi vientre, no fue un gran dolor, sólo un picor extraño. Me llevé las manos al estomago y sentí algo que había manchado mis manos, era sangre, mi sangre. No podía verla pero aprendí a olerla.
Aquel hombre feo se jactaba de haberme acuchillado y amenazaba con cortarme los dedos de las manos, o las manos, o las orejas, porque era un sádico loco apoyado por todo un ejército que estaba en mi contra. Yo era su enemigo y ellos me dispensaban el castigo que creían justo. El hombre feo era casi la voz cantante, porque según decía, estaba en su justo derecho.
A un hombre ya no se le podía hacer más y a mí se me escapaba la vida por todos los poros de la piel. Pero quedaba una última vileza…
Rompieron la capa de hielo con un machete y sin ningún miramiento lanzaron mi cuerpo contra las gélidas aguas. Sumergido en aquella semioscuridad que había debajo del agua, percibí un halo de luz, y fue como si se formara una neblina extraña ante mí y algo me impulsó a mover las piernas y los brazos con las últimas fuerzas que residían en mí. Debía nadar hacía aquel punto. Estaba ciego pero podía ver un borrón ante mis ojos. No sabía si era por los nervios, por lo reciente que estaba todo, pero yo podía adivinar un borrón desvaneciéndose en esa agua plateada y gris. Y en esa atmosfera logré salir a flote y alcanzar la orilla helada. La nieve crujía bajo mis dedos y yo la estrujaba para lograr aferrarme a la vida. Lo último que deseaba era morir ahogado, no me importaba que fuera desollado, rebanado o acuchillado, pero nunca bajo el agua. Desde entonces el agua me aterra. Y exhausto me dije, me lo repetí: voy a vivir, sobreviviré, voy a hacerlo.
Estaba seguro de aquellos soldados y aquellos justicieros ya se habían marchado, con seguridad habrían dado por cierto que yo había caído hasta el fondo como una piedra y que eso sumado con las diversas heridas que llevaba encima habían acelerado mí anunciada muerte. Podía haber sido así de seguro, ¡si!, seguro que si no hubiera hecho el pacto, hubiera sido así.

Estaba en aquella orilla que quemaba mis manos pero ya ni el dolor podía afectarme, y entonces, de pronto, escuché con total nitidez las campanas de una iglesia, pero no era una iglesia también era un antiguo y sagrado monasterio. Sus dueños eran monjes benedictinos y yo poseía entonces un gran fervor religioso hacía esa orden y hacía san Benito de Nursia del que muchas veces había oído hablar. Era extraño que esos monjes se hubieran refugiado en esas montañas… Para estar mas cerca de Dios hijo, mas cerca de él…
Las campanas retumbaron con un vibrante y compasado sonido y despertaron en mí la esperanza en el desasosiego. Adiviné casi intuitivamente la presencia de uno de ellos, por la vereda helada que bordeaba el lago. Incluso creo que en mi cabeza vi la imagen de su rostro. Le llamé a gritos, jadeando ayuda, levantando los brazos sobre la nieve manchada de sangre, resbalando en el agua. Pero cu compasión cristiana y católica brilló por su ausencia. En cuanto me vio gritó como si fuera un monstruo, persignándose y restregándose los ojos por aquella aparición tan diabólica. Mi aspecto debía ser espantoso.

No podía resignarme a morir de frío o desangrado, abandonado por las leyes divinas, por mi Dios y por todo lo que había amado. ¡Y no lo quería, y lo maldecía!

Lo maldije con tanta fuerza que sentí una furia en mí sobrenatural. Y ofrecí mi alma al maligno, entregándosela a cambio de unos ojos, de una venganza, de una vida eterna y nueva. Mi cruzada comenzó inmediatamente…Entonces el cielo se oscureció, allí aprecié el mismo borrón y la misma claridad que había observado debajo de la capa de hielo, cuando nadaba para salvar mi existencia. El borrón se hizo redondo, alargado, como un túnel larguísimo y extenso que se perdía en una explosión de luz amarilla y ocre. Y que me envolvió. Sentí mi vida salir de mi cuerpo y volver a entrar, y escuché una voz ronca y supe lo que debía hacer. Desperté sobre la orilla del lago y me asomé hacía las gélidas y muertas aguas para ver mi rostro. Era yo, pero mis ojos eran muy singulares. Casi blancos tenían la capacidad de inspirar un algo de temor. Pero era yo, con el pelo casi rubio como mi madre y con los ojos muy blancos por el fuego interno, pero con un cuerpo de guerrero y de asesino, y con la capacidad de proyectar la forma de cualquier animal.

Mi primer propósito era la venganza, y hasta que no me vi saciado no la di por terminada.
Aquella noche salté las tapias del monasterio. Y ante la cruz de un cementerio la arranqué y la coloqué boca abajo. No era negar la existencia de un Dios, era la destrucción completa. ¿O acaso no estaba escrito en la Biblia que había que ayudar al prójimo? Pues a mí no me habían ayudado, no habían sentido ni un poco de caridad cristiana ni se habían comportado como buenos samaritanos. Y se los hice pagar. El monje fue mi primera victima y el incendio provocado de la iglesia mi segunda. Los soldados y todos los que participaron en mi agonía pública fueron los siguientes, hasta que me llegó el turno de ajusticiar al hombre feo y pensé: ¿qué es lo que le provocaría mayor sufrimiento? ¿Qué le dolería tanto como para volverle loco?

Asomada a la ventana descubrí a Anezka, la hija de aquel canalla apestoso. Su nombre significaba pura y era lo que su madre pretendía que fuese, a diferencia de Ahabael, la madre, pero la niña lo era, era pura, muy pura, como lo que yo necesitaba. Y de su sangre pura debía beber cuando diese por terminada mi venganza.
Esa noche rapté a la chica, sólo tenía unos quince años y estaba muy asustada. Le dije: voy a matarte, pero quiero que tu padre lo vea. Y ella ni siquiera gritó de terror, sólo lloró, lloró toda la noche y todo el día. La muerte no es nada Anezka, yo ya la he pasado y mírame, reboso vida.
(…) Pero no pude mantenerla conmigo, no quiso que la convirtiera en lo que yo soy, sobre todo después de que su padre muriese en mis brazos. Murió por tramposo, porque quiso pensar que era mas listo que yo y se equivocó. Einar, el padre de Anezka pertenecía a los valacos y yo en un tiempo también lo fui, ellos fueron los que me traicionaron a mí, delatándome ante los turcos y enviándome a la muerte con aquel ensañamiento del que sólo me libré por aquel demoniaco juramento. No me hizo falta bautizarme, pero comprendí que yo sólo, aún con poder no podría hacer frente a futuros problemas con pueblerinos con sed de justicia, como el padre de la chica pura. Así que esa noche cuando Einar quiso asestarme un verdadero tajo mortal, yo, tranquilamente le asesté una puñalada en el corazón. A propósito, muy bueno el corazón, buenísimo, Un hombre feo con un suculento corazón. ¡De rechupete!

De los valacos que se resistieron al susto de verme levitar con forma de murciélago o aspecto de lobo, sólo puedo decir que logré arrastrarlos de mi lado con una unción de sangre y un sencillo rito que les otorgó el aspecto de vampiros.
Y ahora son mi batallón, mi escuadrón, que siempre se va renovando con almas nuevas y cándidas. Formamos una secta secreta. Cada noche de conjunción astral debo realizar un ritual mágico, yo debo repetir lo que hice la primera vez con la pobrecita Anezka. Y así siempre conservaré la juventud, la belleza y la vida eterna. Y cumpliré con el pacto que hice antaño. Así pues, siempre que llega la sanguis noctis yo sé que debo encontrar a la sucesora, la chica de la pura sangre, la pura chica pura, y su especial estigma. Estar destinada a que yo beba de su sangre la noche que se abren las dos puertas y tú has llegado a mí como llegaron las otras. Pueden vivir en Asia, en China, en la nieve o en la playa, en el norte o en el sur, pero siempre llegan a mí como está escrito y siempre son ellas las que se acercan como tú hiciste. (…)


Extracto de una historia que escribí en el año 2002 y que ahora al leerla de nuevo me ha divertido mucho… ¡ay, como cambian las cosas!

4 comentarios:

இலை Bohemia இலை dijo...

A mi me gusta releer mis cosas viejas, las que escribí en un cadernos que de pronto aparece, o las que dejé durmiendo en un cajón o transcribí de una servilleta...a veces me sorprenden, a veces no me gustan y a veces, como en tu caso, me hacen reir...

Oye me encanta como te ha quedado el lateral de la derecha de tu blog, esos esqueletos danzantes que me recordaron a la divertida peli del ejercito de las tinieblas, todos los mensajes, los gifs, los retazos...genial!!!


Besotes

Ana dijo...

Gracias Bohemia, me pasa igual que a ti, siempre estoy releyendo cosas de hace mil años, además hay cuadernos que considero pequeños tesoros porque son como ventanitas en el tiempo, me hacen recordar y muchas veces reír, y creo que eso es bueno...
Esos esqueletos son hipnoticos y tienen una ventaja: bailan todo cuanto se les eche, jaja...
Un besote
;)

Raquel dijo...

Yo tampoco puedo evitar reirme un poco. Recuerdo esta historia, y lo exagerado que me apreció la tortura, pero ahora me parece que tenía que ser así.
Me ha gustado mucho, está bien escrito. Por lo menos me he quedado con ganas de leer más, de saber cómo acaba.
Tienes que seguir escribiendo, como antes y no distraerte tanto en Internet ;)
Un beso.

Ana dijo...

Tengo que seguir tu consejo, además me apetece escribir como antes y no etretenerme tanto en chorradas, a ver si me tomo un tiempo para hacer algo mas productivo...
Un beso y gracias por pasarte por aquí.
;)

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