martes, 10 de diciembre de 2013

In vino veritas


No era un lugar de moda, oscuro, pequeño, frío. Aquel bar había estado situado en aquella esquina desde siempre, desde que él podía recordar, y ya formaba parte del mobiliario de la ciudad: una taberna para vagos y tunantes.
Se decía que tenía más de cien años, aunque bien podían ser mas, las paredes daban fe de la edad, así como los techos llenos de goteras. Chapones de yeso de antiguos arreglos convivían con las humedades, las arañas y sus telas, además de varias guirnaldas y emblemas deportivos pasados de moda. Sin embargo había cierta armonía en su desorden.
No había camareros eficientes ni buena música. Pero banda sonora nunca faltaba, ya se ocupaban de eso los alegres y beodos parroquianos quienes entonaban con timbrada voz los éxitos, nuevos y viejos, que hiciera falta. El vino sólo era pasable y la compañía, invariablemente, tendía a mejorar cuando él bebía un par de tragos. Pero lo mejor era que para llegar sólo tenía que cruzar la calle. Era una ventaja, no podía dudarlo. Ahorraba mucho en combustible.
Visitaba la taberna bastante a menudo, sobre todo cuando discutía con su resuelta novia Lola, algo que sucedía cada dos por tres.
Esa tarde Miguel ya llevaba tres horas allí, ahogando las penas y castigando el oído de sus achispados vecinos. Ya ni recordaba porque había salido de su casa dando un portazo. Pero no importaba… Quizás era por la bronca de haber dejado una toalla retorcida y mojada en el suelo del baño o tal vez era por algo mas serio, una nueva amenaza sobre abandono y dejar plantado. Pero, ¡oh mala cabeza!, ya no podía discernir cual era la verdad de aquello.
Miguel se sentía mareado. Lo que no le impedía seguir tragando…
-¡Mas vino! -berreaba y su cabeza casi rozaba la pulida barra del bar.
¿Se trataba de algún concurso? ¿Cómo vencer mejor y más rápido su dura resistencia etílica? Pues iba ganado, y el premio, ¡por qué no!,  podía ser un coma o un infarto. Miguel había comprado todas las papeletas para ello.
-Te va a sentar mal -le advertía Paco, dueño, camarero y administrador del lugar.  Un hombre con infinita paciencia y mucha resignación.
-¿A parte de tabernero también eres médico? ¡Me importa un bledo si esto me envía a la tumba! ¡¡Llénalo!!
Paco asentía y obedecía. ¿Para que partirse la cara por un loco?
-Gracias Paquito, ¡que bueno, que bueno que eres! -farfullaba Miguel escupiendo su áspero aliento sobre el pobre hombre–.  No, tú no eres médico, pero algo de psicólogo si tienes, ¿verdad? ¡Tanto escuchar las penas…!
Paco con gesto muy serio prensaba los labios y soportaba el discurso del borracho. Era parte de su trabajo. Y si, había aprendido a oír, a ver y a callar. ¿Qué otra cosa podía hacer?
-¡Pero que bien que sabe esto! ¿Es por esos barriles? Nunca los has cambiado, los reciclas, ¿verdad? ¡Por eso tu asqueroso vino sabe casi como el brebaje mágico de la hada buena del norte, hay tantas mezclas en esto que casi estoy viajando por el tiempo!
Miguel ya desvariaba.
-No estas bien, déjalo ya, ¿eh?, venga, vuelve a casa…
Paco intentaba hacerle reaccionar, arrebatarle el vaso que él aferraba fuertemente con sus dedos, pero, furioso, Miguel había arañado sus manos para impedirlo. 
-¡No voy a volver, es temprano! Además aún hay tiempo para la penúltima…
Paco sabía que no era temprano, pero las horas extras también formaban parte de su trabajo.
-¡Por Baco! Mi amo, mi ejemplo y mi Dios.
Un brindis lanzando con voz afónica que era algo así como un ritual. Una fórmula para llamar, o activar, la inconsciencia. 
-¡Que alegórico te pones Miguel! -dijo uno de los parroquianos, tomando asiento a su lado para pasarle, confianzudo,  una mano por el hombro y hablarle al oído–. Tú sólo respondes por Baco pero yo por Dioniso, dios de la parra, ¡ahora sólo nos falta que encontremos por aquí a nuestras ninfas de la lluvia!
-Ya tengo una de esas en casa… ¡no quiero más! -bramó Miguel, desembarazándose de él.
-Pero venga hombre, no me cortes el rollo…
Miguel le miró con ojos vidriosos, y después de su exhaustivo estudio, añadió:
-Idiota, ¿no sabes que las mujeres sólo sirven para amargarle a uno la existencia? Vuelve con tus uvas y tus hojas en el pelo a tu Olimpo, y mira a ver si encuentras a alguna que te manosee el cordel de la toga, ¡pero déjame tranquilo!
-Uuuy, ¡pues claro que sí! Por nada del mundo querría yo molestar al señorito…
Paco gesticuló un rato con el ofendido parroquiano, mostrando lo que era evidente: que Miguel no estaba en plenas facultades y que ni sabía lo que decía, así que no debía tomarse en serio nada de aquello.
Aquél arqueó las cejas y se marchó, como quien dice, con la música a otra parte.
Durante unos largos diez minutos Miguel se regodeó en el insondable color burdeos de su vaso. Analizando el cristal, evadiéndose en su aroma, calculando la consistencia y los grumos del preciado líquido como todo un entendido catador.
-Ya no son horas decentes, ¿por qué no te vuelves a casa con tu Lola? Estará preocupada por ti.
Miguel hizo como que no había oído y siguió a lo suyo. Hasta que su cabeza fue a posarse sobre la barra.
La barra de aquel lóbrego bar siempre le había proporcionado un buen refugio. ¡Había tanta historia en su madera, en sus agujeros, en sus grietas! En sus sinuosas betas estaban escritos todos sus malos y buenos momentos. Le unía demasiado a aquella barra, después de todo siempre fue un cómodo lugar para abstraerse y dejarse llevar por la nostalgia y el alcohol. No sabia si era de pino, de roble o de haya, solo sabía que era un oyente mas, un cómplice de sus borracheras. La acarició un rato, como quien rasca la barriguita de un amante complacido.
-¿No piensas en Lola? -le repitió Paco-,  ¿no quieres que se tranquilice? Estará inquieta…
- Paco, no creo que esté muy preocupada, además puede que ya no este en casa -suspiró hondamente, añadiendo-: Me dijo que estaba harta de mí y que pensaba abandonarme para siempre.
-Pero no puedes resignarte a perderla… ¡la quieres!
Miguel no había esperado que el tabernero supiese aquello con tanta seguridad y alzó la cabeza como si hubiera recibido un disparo al corazón. Su cara se desfiguró en una mueca dolorida.
-Sólo soy un gato callejero -gimió con pesar-, un arrastrado mendigo de su amor. Y ella quiere a un gatito domesticado, ¿desde cuándo se puede domesticar a un gato salvaje? He intentado ser lo que no soy por ella, pero ¿para qué?
-¿Por amor? -murmuró Paco con ojos distraídos, como si estuviera, más bien, hablando para si mismo.
Miguel estampó el vaso contra la lisa superficie de la tabla y comenzó a reír, a reír como un loco desquiciado que no sabe llorar y sólo puede reír.
-¿Amor? ¡No! Di más bien que fue una alucinación pasajera… y para ella ya pasó, además ya tiene a otro.
-¡No puede ser! -exclamó Paco sin pensar.
-¡Si que puede ser! Se llama Arturito, lo conoció en el gimnasio, es su instructor de fitness, es de los que hacen “miau miau” y hasta le ronronea, ¡lo que ella quería!
El silencio de los dos hombres dejó paso a la voz cantadora del aparato de música. Una desgarrada, profunda y rota Chavela Vargas que le solfeaba atinadamente al desamor.
-¿Es una broma? -chistó Miguel empinando el vaso para acabar su trago al tiempo que olfateaba el aire-.  ¿O es que algún duendecillo cabrón se esta riendo de mí? ¿Quién ha puesto esa música?, ¿has sido tú?
Paco arqueó las cejas y sacó de debajo de la barra un vaso que llenó sin pensar. La música había hablado por los dos, aquella música lo dijo todo. Ambos se miraron, sacudieron la cabeza tímidamente, brindaron y bebieron a la vez.
-Será el destino…
-¡Que cruel que es a veces el desgraciado!
-¡Que me vas a decir a mí! -bramó Paco limpiándose la comisura de la boca con un dedo. Animado, sin saber porque, a compartir intimidades con su borracho cliente.
Después de todo, saber lo de Lola, a la que tenía por una mujer fiel y respetuosa, le había hecho, definitivamente, dar por perdido al amor, un sentimiento, que al igual que la fidelidad, ya no respetaba nadie.
-¿También sufres por amor? -se interesó Miguel acercando su nariz al tabernero.
-¡Y por todo! -masculló este, volviendo a beber del vaso-,  pero no importa, Cupido ya se ha quedado sin flechas para mí, ¡y eso que yo no recuerdo haberlas gastado todas!
-Pues mejor, que sus bromitas y pinchacitos duelen…
Miguel se frotó el pecho, justo encima de su roto corazón. Paco asintió riendo, mirándole un buen rato, advirtiendo que era un borracho, sí, pero que después de todo también era un buen tío, un tío con el que podía sentirse identificado.
Cuando encontró el momento adecuado se atrevió a decir:
-Siempre he pensado que eres un poco como King Kong.
-Ah ¿si? -se atragantó Miguel con el vino-.  ¿Y eso porque? ¿Acaso por qué soy un simio torpe, grande y peludo?
-No –resopló el tabernero–, porque tienes debilidad por las rubias bajitas.
-Eso es verdad  -rió abiertamente Miguel en una carcajada cascabelera-,  bajitas, rubitas, hermosas, con labios de fresa y un cutis tan bonito como el pétalo de una rosa…
Los dos se miraron cómplices, escuchando de refilón aquella voz ronca, profunda, salir del cascaron de aquella garganta dolida que sabía que también de dolor se canta cuando llorar no se puede.

“Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores, otra vez a brindar con extraños y a llorar por los mismos dolores”. 


Selección borrachina:
1. En el último trago-Chavela Vargas. 2. Por tu maldito amor-Alejandro Fernández. 3. Se me olvido otra vez-Chavela Vargas. 4. La copa rota-Calamaro. 5. No volveré-Chavela Vargas. 

11 comentarios:

Carol Torrecilla García dijo...

Aquí estoy Ana, por fin:
¡Qué relato tan maravilloso! Es que cada vez escribes mejor. Qué admiración siento hacia ti. Tú, un bolígrafo y un papel, o como hoy día sería, tú y un portátil sois la pareja perfecta.¡Menuda escritora!
No sé por qué no publicas ya una antología de tus cuentos.
Me encanta leerte.
He vivido el desamor del protagonista sentada en la barra del bar. ¡Si casi me emborracho hasta yo! Y eso que no bebo alcohol....
Tus personajes están vivos, y siento que algún día me los encontraré en cualquier bar al que entre para pedir agua e ir al baño.
Se nota que me ha encantado, supongo.
Voy a escuchar las canciones, que supongo que también son geniales, y te doy las gracias por compartir.
Espero que no te moleste que comparta en redes sociales.
Besos. Diré que todo es tuyo, Ana Bohemia.
Abrazos, de tu amiga:
Carol

Ana dijo...

Hola Carol, me subes los colores, te agradezco tus palabras, en serio, yo soy muy insegura con mis cosas, sé que no es un relato redondo, lo escribir hace tiempo, un par de años, y ha estado por ahí, hasta que se me ha ocurrido rescatarlo para el blog.
Te voy a ser sincera, ¡me encanta escribir! Pero es un arte que se tiene que pulir y ahí ando.
¿Que mejor lugar para ahogar las penas que una taberna sombría en donde suena Chavela? Ella si que sabía como llorarle al desamor.
Puedes compartirlo si lo deseas, abrazos y besos desde una islita que ahora mismo esta en alerta máxima por vientos y lluvias. Gracias por ser tan encantadora
:D

roberto dijo...

Ana. Me he deleitado con tu magnífico relato, lo has llevado esplendidamente que te atrapa hasta el final. Tendrías que hacerlo más seguido, tenías escondido en la manga (mejor dicho en las manos) una buena pluma para la prosa.
Espero otro prontito, Abrazos de éste amigo del otro lado del mar.

Ana dijo...

Hola Roberto, muchísimas gracias por tus cariñosas y amigas palabras. Me ha encantado saber que el relato te ha "llevado". Suelo escribir muy a menudo pero comparto muy poco material, sobre todo por timidez, pero tengo que quitarme ese complejo de encima.
Un abrazo grande desde este rinconcito del Atlántico.
;)

Natalia Ortiz dijo...

Hola Ana :) Me alegra leerte de nuevo. Espero que os esté yendo todo muy bien!
Ya veo que has vuelto a cambiar el logo bohemio, por decirlo de alguna forma.
Aunque la taberna y el amor sean temas comunes, me ha resultado curioso que escribieras sobre ello. Creo que es algo en lo que no pensamos para escribir, y además nos has puesto toda una selección borrachina, jaja, que eso no lo hace cualquiera.
Un abrazo =)

Montse dijo...

Magnífico relato, Ana, tienes un arte para escribir y describir increíble.
La situación, los personajes, el diálogo, todo está bien llevado, atrae desde el comienzo y no se puede para de leer. Me ha gustado mucho.
Un besito.

Ana dijo...

Hola Natalia, encantada de verte de nuevo por aquí. Lo del logo ya sabes que el mundi va cambiando y con él el aspecto. Taberna, borrachera y mal de amores son casi uno. Y con selección musical, para ponernos en la piel de los tunantes borrachines, jaja. Un abrazo y gracias por comentar.
:)

Hola Montse, muchas gracias, es un gusto saber que has disfrutado del relato, eres muy amable. Un beso, feliz finde y gracias por comentar.
:D

miquel zueras dijo...

Sí... siempre los mismos errores. Nunca aprendemos. Lo bueno de los propósitos de Año Nuevo es que se olvidan con la resaca del día siguiente.
Un gran relato tabernario, Ana. Casi se puede palpar la gastada barra del bar. Espero que King Kong no tarde en encontrar su Fay Wray.
Saludos. Borgo.

Ana dijo...

Nunca aprendemos, lo olvidamos todo con el último trago, porque el vino a parte de hacer aflorar la verdad también hace olvidar.
Muchas gracias Miquel, un placer que el relato te haya resultado gustado. Sí, seguro que King encuentro su Queen...
Saludos
:D

Raquel dijo...

Muy bueno, como siempre, deberías hacer caso y escribir más y sobre todo animarte a publicar, o participar en concursos literarios; tienes un don :)
Me ha gustado mucho el relato, y más con la selección borrachina que has puesto.
Un beso :)

Ana dijo...

Gracias hermanita, me gusta mucho la escritura como ya bien sabes, y no sé si es un don pero me encanta llenar papeles con cosas que han salido de mi cabecitra.
Un beso
:)

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