“Los ingleses son muy
raros”, eso era lo que
pensaba Laura cada día al asomarse a la ventana de la habitación para sacudir
las alfombras del hotel.
Era
invierno, el febrero más frío que recordaba, pero tal cosa no parecía molestar
a aquellos extranjeros, los mismos que sin miramientos se lanzaban en plancha
sobre las gélidas aguas del Atlántico sólo para darse un remojón. Los mismos
que iban isla adentro en chanclas con calcetines, esos que no sabían que el sol
que más calienta es precisamente el sol de invierno, aquellos que pensaban que
cualquier rincón inexplorado es una aventura a conquistar, y que ninguna
distancia es larga en una isla pequeña. A Laura le hacía gracia ver sus
mortecinas pieles blancas achicharradas por el sol, y al mismo tiempo le
resultaba curioso lo organizado que lo tenían todo, siempre ajustados a un horario.
¡Tenían tiempo incluso para la hora del té!
Laura
no sabía hablar inglés, de hecho nadie le había dicho que fuera necesario para
aquel trabajo, al contrario, la dueña del hotel, que era tía lejana suya, no
había mencionado que fuera imprescindible cuando le ofreció el empleo. «Sólo
será ordenar las habitaciones, cambiar las camas, limpiar un poco, ¡ya sabes!,
tenerlo todo a punto».
El
hotel era muy pequeño, sólo veinte habitaciones que por otro lado nunca estaban
ocupadas al completo. A veces se aburría porque a media mañana ya no tenía nada
que hacer. Entonces buscaba otras tareas: jardinera, camarera, cocinera… Sólo
había una excepción; nunca pisaba la recepción, era territorio exclusivo de su
tía, además, tampoco habría sabido desenvolverse allí.
Llevaba
ya seis meses y ahorraba cada céntimo porque quería viajar, ser ella la que
llegara a un hotel con su mochila al hombro, ver mundo, vivir, perseguir
horizontes… y que otro le hiciera la cama a ella.
Su
tía estaba muy contenta con su ayuda y con su trabajo, tanto que se permitió no
contratar a nadie nuevo en toda la temporada, y cuando se acabó el verano sólo ella se quedó
en su puesto. Laura era un 3X1, y eso en tiempo de vacas flacas… ¡vamos que la
chica era una ganga!
A
Laura le gustaba estar allí, trabajar allí, el único pero era que no entendía
algunas costumbres de los ingleses. Tampoco se enteraba de nada de lo que le
decían a veces, lo que era muy frustrante.
Aquella
mañana había aparcado el carrito con la ropa a un lado del pasillo. Se
encontraba doblando cuidadosamente unas toallas cuando un gigante rubio vestido
con un escueto calzoncillo blanco la tomó por el brazo y tiró de ella con
aspavientos. Por supuesto gritó y se negó pensando lo peor. Dejándose llevar
por la imaginación, hasta se atrevió a tirarle toallas sucias a la cara,
pidiendo ayuda, aullando un socorro desesperada porque la estaban atacando.
El
gigante rubio la soltó, balbuciendo algunas cosas que no entendió, sólo pillando algo, lo más elemental: “Sorry”
y “Help”. Parecía muy avergonzado, con las mejillas encendidas (¿o eso era producto
del sol?), además parecía mojado, calado de arriba abajo.
Sumida
en un desacertado estupor, se limitó a observarle perpleja. La situación la había
superado, empezó a sentirse idiota, como una pasmarote, paralizada por ese susto
que todavía la mantenía en vilo.
El
inglés repitió un “Help” que sonó suplicante, señalando con un tembloroso dedo
al final del pasillo, a la puerta abierta de una habitación.
“¿Ayuda,
ayuda?”, repitió ella como un loro y corrió tras él, al comprender que era el
inglés quien sí que tenía motivos para pedir socorro.
Había
un follón enorme en el cuarto de baño. Otro rubio enorme trataba de contener la
inundación, la ducha se había roto, había agua por todas partes, un chorro a
presión lo salpicaba todo. Laura tuvo un momento para dudar, un segundo en el
que se vio superada por las dimensiones de semejante lío. Entonces resbaló, por suerte el inglés estaba
allí para ayudarla, para que no perdiera el equilibrio, aferrándose con sus grandes
dedos a su cintura. Fue entonces cuando recordó donde estaba la llave de paso. Sólo
tuvo que cerrarla y todo cesó.
Los
dos ingleses asintieron y hablaron muy deprisa. “Thanks” un palabra que
repitieron un montón. Laura se sentía intimidada y se limitó a decir que todo estaba
bien. ¿Lo estaba? El corazón le palpitaba desbocado.
Aquellos
ojos azules la estudiaban con simpatía, pero ella sólo quería que el mundo se
abriera y la tragara. No tardó en huir, evitando patinar en el piso mojado. En
seguida salió con dificultad en busca del cubo y la fregona, tendría que
limpiar todo aquello y luego llamar al fontanero. Cuando regresó atribulada a
la habitación percibió los billetes de propina que había sobre la mesilla, y
que el gigante rubio ya se había puesto algo de ropa encima. La esperaba para
decirle algo.
Ella
no comprendió nada y sólo le salió decir: “Mi no entender you”, asintiendo como
una geisha enloquecida. El inglés sonrió,
gesticulando, uniendo después sus palmas como si rezara, para seguir repitiéndole
lo mismo: “sorry, sorry”.
-¡Ah!,
ya…
Laura
había entendido que se estaba disculpando.
Al
levantar la vista vio que el rubio seguía poniendo caras. La señaló, y luego
sus labios se curvaron hacía abajo. Laura
supuso que era una imitación de la cara que ella misma habría puesto minutos
antes… ¡y muy buena! ¿Mofa?, ¿recochineo?, ¿por qué siempre era tan negativa
con la gente descocida? El inglés al ver que ella no pillaba adonde quería ir a
parar, vocalizó un no, un no que quería decir que no había querido asustarla. Laura
sonrió cohibida y levantando el palo de la fregona le indicó que tenía trabajo.
Y tenía, le esperaba un buen tute sacando agua y secando el suelo.
No
volvió a ver al inglés hasta dos días después. Lo había esquivado
pretendidamente porque, aunque no quería admitirlo, aún se moría de la vergüenza.
Y todo esto me pasa por no chapurrear ni
dos palabras del inglés, pensó, decidida a aprender sin falta. Aunque, por
como lo miraba aquel rubio imponente eso no parecía necesario, como si él estuviese
dispuesto a entenderse con ella de la manera que hiciera falta.
Música: Tokio Hotel-By your side