viernes, 4 de marzo de 2016

Frío


La brisa que caracoleaba en la ventana antes de colarse por ella estaba cargada de un potente olor a flores, extraño asunto pues afuera nevaba, cubriéndolo todo de un denso manto blanco. Ese despliegue invernal había quemado cualquier signo de vegetación meses antes, y el terreno que rodeaba la casa parecía un yermo reducto de tierra petrificada, a veces barrizal, pero casi siempre pista de patinaje. La verdad oculta tras ese aroma que empalagaba y desagradaba a partes iguales era de carácter sobrenatural: la casa estaba encantada.
Voces, ruido de pasos, registros de un piano lejano, risas, objetos que cambiaban de lugar. A veces el estremecimiento era mayor, una sensación palpable de que algo convivía entre aquellas paredes con los eventuales inquilinos, esa honda, profunda, intensa presencia que deslizaba unos dedos fríos, tumefactos y genuinamente fantasmales en una espalda humana, alguien que soplaba en el oído, que tomaba asiento sobre una cama, en una silla, como si quisiera presenciarlo todo desde su mundo de sombra, espiando, invisible.
Annie había sentido todos y cada uno de esos sobresaltos nada más pisar el lugar. Hacía sólo una semana que había sido contratada como guardiana, precisamente para cuidar la casa durante el invierno. El día de su llegada cayó la primera gran nevada importante, dejando al caserón sin electricidad, cerrando lo caminos, incomunicándola por completo. Como descubrió más tarde la casa no contaba con un generador de emergencia, así que se vio obligada a buscar velas y linternas, pero a ciegas se conformó con hacer uso de la azulada luz que le proporcionaba su teléfono móvil porque no encontró nada. ¿Cuánto resistiría la batería?, y luego, cuando se le agotara, ¿cómo podría volver a cargarla? Aquellas cuestiones dieron paso a otro interrogante más importante: ¿por qué el propietario no le había advertido sobre ello? De haberlo sabido se lo habría planteado de otra manera. Bien era cierto que había aceptado el puesto con alegría, necesitaba el dinero, y además un sitio tranquilo donde preparar sus oposiciones, creía que así mataría dos pájaros de un tiro. Por la web el lugar tenía una pinta bastante diferente, la casa resultaba menos vieja, menos lúgubre, mucho más encantadora. ¡Pero cómo le estremecía en aquellos momentos!
Nunca hubiera imaginado el horror que supondría verse atrapada en aquel lugar, sola, a oscuras, aguardando a que se restableciera la luz. De primeras achacó la terrible frialdad de las habitaciones a su cansancio, a la debilidad del largo viaje por carretera, quizá a algún fortuito fallo en el calefactor general. Luego, con el paso de las horas, ese frío era una presencia tan palpable como la propia casa. La perseguía con su áspero aliento, la derribaba, la acorralaba, la obligaba a recorrer las habitaciones buscando inútilmente una escapatoria para esa sensación que la agarrotaba. Pero era en vano, esa presencia estaba con ella, en ella, tocándola, susurrando a sus espaldas, atrancando las ventanas cegadas por la nieve, nunca desaparecía, nunca descansaba, lo poblaba todo, hasta el peor rincón de sus pesadillas.
Resistió un par de días, aterrorizada, decaída, casi sin comer, viendo como los colores de las cosas se desvanecían perezosamente, tan débil que ni siquiera había podido deshacer la maleta ni sacar los libros de su bolso. Allí había un poder que no podía controlar pero que era más fuerte que ella.
Al quinto día le pareció que una luz coloreaba de dorado la vieja habitación. ¿Un rayo de sol en medio de la tormenta? Con un respingo de sorpresa se vio a sí misma en el reflejo del cristal, espiando a través de la ventana. Por primera vez las brumas se disolvieron. Esa odiosa casa, su trampa mortal, había caído en ella, en la trampa de la nieve, de los seres que habitan en ella. La luz la despertó del trance de la muerte, vio el caserón como era en ese momento: habían pasado diez años…
Annie ni siquiera vivió cinco días allí, no superó la primera noche, el frío la secuestró, se la llevó, lo que había supuesto horas habían sido meses y años. ¿Qué era ahora? Tras el cristal acariciado ahora por una luz primaveral se descubrió, traslucida, flotando, mirando hacia afuera, al mundo que ya nunca disfrutaría. ¿Quién era ella? Sólo una sombra alargada, un borroso reflejo, un vacuo recuerdo. Sin duda algo que se iba diluyendo lentamente con el paso del tiempo, algo que iba desapareciendo, una estela que se borraba, un camino que se llenaba de maleza, una nada, sólo una voz lejana… nada, no era nada… ya nada tenía sentido.




11 comentarios:

Nicole Sagan dijo...

Hola, Ana: me ha gustado mucho este cuento; la atmósfera que has creado es muy palpable....
Abrazos

Nicole Sagan dijo...

Hola, Ana: me ha gustado mucho este cuento; la atmósfera que has creado es muy palpable....
Abrazos

amparo puig dijo...

Bravo, bravísimo. Una historia que perturba y desasosiega y contada con un lenguaje rico. Me ha encantado. Estoy sola en casa. Si oigo algo intentaré pensar que son mis gatos. Un abrazo.

Inma_Luna dijo...

Muy buena la historia.
Besitos

lopillas dijo...

Lograste crear suspense y además me desconcertaste con ese final. Gustome.
Besitos bohemia!!

Montse Martínez Ruiz dijo...

Fabuloso relato, Ana, me ha encantado.
Bien contado desde el principio en donde vas creando el ambiente inquietante y después llega la amenaza, el frío que envuelve a la protagonista hasta acabar con ella en ese final que has resuelto excelentemente. Me gustan las historias que acaban en esa especie de suspense, en la nada.
Besitos, guapa!!

Raquel dijo...

Me ha encantado Ana. Me inspira frío de verdad. Como han dicho ya, una atmósfera muy conseguida, y un desarrollo muy conseguido, se lee del tirón y engancha.
Un abrazo :)

miquel zueras dijo...

Bravo, Ana! Me ha encantado este cuento con el que muestras tu dominio de la literatura gótica. Todos estamos siempre ansiosos de un cuento de aparecidos, muertes, presagios, fantasmas… aquí es algo tan intangible como el frío, convertido en un personaje inquietante que vampiriza a la protagonista.
Saludos!
Borgo.

Pepe Cahiers dijo...

Estupenda narración, con ese espíritu a lo "El resplandor" y con un final prodigioso, y es que hay casas que están predestinadas a ser fantasmales sin paliativos.

Saludos

lopillas dijo...

Acabo de verte en un blog de una historia de zombies. Te han mordido! Aaaaaaaahhhhhhhh :D
Guapa!

Ana Bohemia dijo...

Muchas gracias Carol, eres muy amable como siempre.
Un abrazo inmenso
:D

Gracias Amparo, mi intención era ese desasosiego de permanecer en un limbo, ajena a la verdad de la muerte, así que me alegra mucho que hayas captado la intención del relato.
Un abrazo
;)

Gracias por leerme Inma_Luna, y por disfrutar del relato.
Un abrazo
:)

Gracias Lopilla, gustome que te gustase.
Besos guapa!!
PD: Parece que tengo el perfil de la primera victima, jaja, fuí la primera baja, jaja. no pude ni plantarles cara a los zombies.
:D

Muchas gracias Montse, un gusto que hayas disfrutado del suspense y del frío de la historia, mientas lo escribía y releía no me cabía otro final que ese.
Un besote
:)

Gracias Raque, como es un relato corto tiene que leerse del tirón, sin adornar de mas.
Besos
:D

Muchas gracias Miquel, jeje, yo no diría que domino lo gótico pero si que me gusta mucho escribir cosas así, pero gracias de todas formas por el piropo. Sí, creo que como bien dices el frío es otro personaje del relato, un personaje aterrador.
Saludos!!
:D

Gracias Pepe, me encanta El Resplandor, me encantaría escribir algo así y tan bien como Stephen King. Lo de las casas fantasmales es muy cierto, como si le rodearan energías siniestras.
Saludos
:)

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