sábado, 21 de agosto de 2010

¿Qué tengo que hacer para que me ames?


David siempre había sido romántico, tímido y detallista, dulce y tranquilo, sereno y calmado, ese que al tiempo que movía sus afilados dedos sobre el teclado del piano iba despertando en ella, nota a nota, los mas dulces sentimientos. María soñaba con él, con su porte altivo, con sus oscuros ojos, con su jugosa boca, esa que a veces veía curvarse hacía abajo, esa que ella hubiera querido saborear una y otra vez hasta desgastarla.
No lo conocía absolutamente de nada, tan sólo de las audiciones a las que él se había presentado en el teatro en el que ella trabajaba… pero lo quería. Era por lo que le hacía sentir; por la candidez, por la pureza de su arte, arte que le hacía suspirar con fuerza de huracán cada vez que él la llevaba de la mano por esos mágicos caminos de la música. Senderos en donde la luna era clara, caminos alfombrados de las más bellas flores, lugares repletos de almas sensibles, elevadas. Ella era su fan y oyente número uno, una fan que se electrificaba sólo con posar sus dedos en los mismos sitios en los que él los había posado antes.
¡Tanta sensibilidad, tanta delicadeza, tan bella música…!
Cuando el teatro cerraba María se sentaba sobre el taburete que David había ocupado ante el piano de cola y tímidamente tocaba algunas teclas, sonidos que trataban de reproducir algo que ella hubiera escuchado de él. Soñaba entonces con los castaños mechones de su sedoso pelo, con su olor y su calor. Lo amaba… era perfecto.
María no lo comprendió, lo había idealizado, se había dejado llevar por ideas románticas e irreales, así que lo elevó a la altura de los dioses, de los ángeles. La repentina fama de David fue un triunfo para ella, quien silenciosamente repetía cada noche aquella especie de ritual, como si pensara que aquello, aquella tonta manía, le había dado suerte a su amado. Y María necesitaba que su amor, su platónico amor siguiera teniendo esa suerte… porque se merecía triunfar, porque se merecía el éxito.

El éxito llegó, ¡si!, y los contratos, y las seguidoras, legiones de ellas. Chicas que se lanzaban en los idílicos brazos de su amor, niñas que se desmayaban sólo al verlo pestañear, mujeres que se despojaban de todo su pudor al rogarle por un beso o por algo que él hubiera usado, daba igual si era un clínex o un vaso usado.
A ella no le apenaba verlo rodeado de tantas mujeres, sabía que él se debía a su música, a sus composiciones. Se engañó, por supuesto, porque su David, su ser perfecto, era un hombre como todos los demás.

Un día él irrumpió por sorpresa en el escenario cuando ella ocupaba su sitio ante el piano. María se quedó paralizada por la sorpresa y apenas reparó en que su romántico, tímido, detallista y dulce amor no tenía el mismo pulcro aspecto de siempre, de cuando se debía al publico. Estaba drogado, borracho, pero de eso tampoco se percató ella quien sonriendo inocente avanzó hasta su artista favorito. ¿Qué puedo hacer para que me ames?, ¿Qué me puedo hacer para que me quieras?, ¿Qué puedo hacer para que repares en mi? Iban diciendo sus ojos.
Temblaba, estaba emocionada, él la estaba mirando a los ojos… ¿Qué mas podía desear?, ¿quizás que tocara algo para ella?
La admiración la cegó porque no comprendió la manera lasciva en la que él la observó. No era cándido, ni puro…
-¡Le admiro!-habló embargada por una alegría insólita, -si no le molesta podría tocar algo para mí de…
-¿Qué quieres que te toque?-bramó él roncamente, quien no tardó en abalanzarse groseramente para apretujarla en un abrazo.
Sorprendida por el arranque, María no pudo contener a aquel hombre lleno de manos. Ese que estaba demasiado acostumbrado a que nadie se negara a sus deseos. A que nadie objetara o se alarmara…
-¿Quieres un beso?, ¡eso es lo que desean todas y yo me debo encantado a ellas!, ¿o prefieres un autógrafo?, ¿en donde lo firmo?, ¿aquí?-eligió un sitio de su anatomía, derramando un alcoholizado aliento sobre ella,- en este pedacito de piel tan bonita…
María quiso apartar aquellas ávidas manos de su escote. Luchó con él, peleó, se dobló los tobillos y las muñecas, y gritó. Nadie oyó nada, estaban solos.

Había soñado con su boca, con su calor y con su olor. Y ahora que lo tenía encima todo aquello le revolvió. El pegajoso sudor sobre su piel, su ebrio aliento, aquella ansiedad, aquellos violentos movimientos, incluso sus dedos tan afilados… Era un hombre sucio, desaliñado, un oso enorme y pesado. ¿Dónde quedaron la sensibilidad y la delicadeza que la habían enamorado? ¿Quién era aquel patán asqueroso, aquel ser insensible y bárbaro? ¿Porque le estaba haciendo aquello?
Violentada por lo ocurrido ni siquiera tuvo el valor de mirarle a la cara. Entonces, aquel ser desagradable se fue, dejándola sola y derrotada, y todo se quedó envuelto en un sórdido silencio. Sintió rabia, y odio, y ganas de llorar, de gritar… pero se quedó callada. Y el tiempo pasó, horas, minutos, perdió la cuenta y tampoco le importó…
¿Qué debía hacer?, ¿ir a la policía? Decidió que no podía dejarlo pasar, no era justo, no había estado bien… no era justo.
Cuando encontró el valor de moverse, de avanzar un par de pasos, descubrió a alguien envuelto en las sombras del escenario, alguien que la miraba, alguien que quizás había sido testigo de…

El corazón le dio un vuelco en el pecho cuando vio que se trataba del señor Pérez, manager del pianista y uno de los dueños del teatro. No parecía sorprendido, no parecía escandalizado y sus ojos no tenían esa chispa de condena por lo que sabía que había pasado, más bien parecía preocupado, pero no por ella, no por la chica aterrada que lo miraba con ojos desorbitados…
-Lamento lo que ha ocurrido pero no puedes hacerlo…
-¿Hacer qué?-gruñó ella a la defensiva, captando el tono de amenaza.
-Hundir su carrera, ¡no puedes!, tiene problemas, ¡le has visto!, no controla sus adicciones, todo esto le ha venido muy grande, dinero, fama, mujeres, cree que todos quieren algo de él, utilizarle, exprimirle, aprovecharse, está deprimido… ¿no lo ves?, ahora mismo se encuentra en un momento fulgurante, un escándalo le destrozará y se hundirá en la miseria, y con el nivel de adicción que tiene algo así podría matarle, destruirle… ¡no lo hagas, no vayas a la policía, ni a la prensa!

María sintió que se mareaba y tuvo que sujetarse al piano para no caer redonda al suelo. El señor Pérez, tan preocupado por su inversión, por el renombre de su producto y por las negativas repercusiones que el comportamiento de su engendro pudiera reportarle, estaba concentrado en sus cosas y ni siquiera advirtió la molestia de la chica.
María quiso correr, desaparecer, pero algo la tenía paralizada.
-Te daré dinero y olvidarás esto, te daré lo que quieras, pero…
-¡Como puede tratarme así!-gimió dolida, -¿cómo puede arreglar este asunto como si fuera un mero tramite?, ¿ha visto lo que ese hombre me ha hecho?
-No era él, no era el David que conocemos, es sólo la bestia que aparece cuando se droga, el demonio que lo domina cuando pierde la consciencia de quien es y de donde está el mundo…
-¡No me importa!, ¡no puede tapar a un monstruo!
-Lo he hecho y lo seguiré haciendo, y si no…
-Si no, ¿qué?
-Destrozaré tu vida, volveré todo esto en tu contra, no conseguirás nada, perderás todo, ¿te imaginas la perspectiva de un futuro sin trabajo, sin reputación? Ni te imaginas como se ensañarán contigo, creerán que eres una mas, una de esas buscavidas una que se vale de una mentira para hacerse famosa, ¿te gusta esa etiqueta? ¡Pues es la que te voy a colgar! Será tu palabra contra la suya- el señor Pérez hablaba de manera fría, incluso cruel, entonces concluyó, -piensa en esto: mala fama, pobreza, soledad, la calle. ¿Quieres eso para ti?, ¿quieres perder tu trabajo?

Era tan injusto, era como vivir una pesadilla de la que no se podía despertar. Y María sintió que el peso del mundo la aplastaba. De alguna manera sabía que aquello ya había pasado, otras veces, con otras chicas. Lo peor era que ella sabía que él lo seguiría haciendo, porque le cubrían, porque le defendían, porque no le culpaban, porque él no era el malo de la historia…
-Ya le he dicho que esto no puede volver a pasar, este hijo de perra no me va a arruinar, haré lo que este en mis manos, lo ingresaré en una clínica, los castraré, yo sé que no es mal chico- farfulló el manager, justificándolo, -es alguien sensible, con talento, pero tiende a hundirse, a deprimirse, es entonces cuando mejor compone, como si estas bajadas al infierno le ayudarán a encontrar su genio, su creatividad… ¡pero si le hundes!, si le hundes él se morirá…

María no pudo soportarlo más, así que crispó los puños y tomó una decisión, la más cobarde... Huyó y durante un tiempo trató de olvidarlo. De olvidar su cobardía, su miedo, su flaqueza, su vergüenza.
Sin embargo no podía soportar la perspectiva de su sola presencia, encontrárselo en los pasillos, en el escenario, su indiferencia, pensar que para él ni siquiera había significado nada, que no se arrepentía, que no le dolía, que ni lo recordaba, era mas de lo que ella podía soportar, así que abandonó el teatro y su empleo, y eso que había dicho el señor Pérez del futuro sin trabajo y en soledad, se cumplió. Y ellos ganaron. No ganaron, pensó María, yo les dejé ganar…
¡Que duro era el mundo!, ¡que duro era vivir!

Un día cualquiera abrió el periódico y leyó el siguiente titular: “El popular pianista David Velásquez es encontrado muerto a la edad de 27 años”
El artículo revelaba las causas para tan temprana muerte: una sobredosis, una mezcla mortal de alcohol, Rohipnol, y tanta cocaína como para hacer un biscocho. María no se sorprendió, se lo venía venir. No es que lo sintiera, ni mucho menos, pero después de irse del teatro la fulgurante carrera del pianista había tenido un frenazo importante. Inconcientemente María lo achacó a la protección de su ritual, esa manía suya de ocupar el taburete y deslizar sus manos sobre las teclas, eso que ella pensaba que le daba suerte. Yo me llevé su suerte, pensaba a menudo. Y creía que, a cambio, aquella parecía una apropiada venganza.

“Si le hundes él se morirá”, recordó de golpe las palabras del señor Pérez, y comprendió cuan equivocado estaba. Había muerto de todas formas y no por un escándalo…
María tenía un nudo en la garganta. No creía que aquello la convirtiera en una mala persona pero sintió ganas de reír, después de todo el mundo no era del todo injusto.
A aquella sensación inicial se unió una repentina desazón. Y no pudo evitar pensar que si lo hubiera denunciado, si lo hubiera subido a la palestra posiblemente él seguiría con vida, ¡si! acaso desacreditado, pero alguien hubiera puesto en orden sus adicciones.
Yo le maté. ¡No!... él se mató y el señor Pérez, ese que sólo lo miraba como un negocio, y no como una persona con problemas y defectos, ese que no le ayudó.

Aquella noche revolviéndose en su cama no pudo dejar de darle vueltas al asunto: Nosotros le matamos, fuimos nosotros: yo, al no denunciarle, al dejarle libre, si lo hubiera hecho ahora sería un hombre rehabilitado; y su manager, él al encubrir su doble vida, su cómplice, su verdugo…
María tenía razón, todos le mataron: su manager, sus fans, ella… pero principalmente él mismo, pues el pianista sólo fue una victima de si mismo. Quizás por ello todo su legado musical esta lleno de las disculpas que no dio, de los perdones que no pidió, de las sensaciones que provocó, miseria, odio, dolor. Sensaciones en las que María, aquella noche, se regodeó.


5 comentarios:

Raquel dijo...

Un relato muy bueno, Ana. Pero hay cosas que no logro entender, es decir que no entiendo por qué la chica no denuncia y por qué decide callar, aún así me ha gustado aunque el tema es un poco escabroso.
Un beso grande.

Ana dijo...

Si, tenía que ser así, que cuando lo leyeras te quedaras pensando en el porque de no hacer lo correcto, o de lo que tu harías en situaciones así. La verdad es que el tema es un poco serio, y no tengo ni idea de porque escribi algo así, pero me salió solo. De todas formas espero que te haya gustado un poquito...
Muchos besos twins
:D

Chica de ayer dijo...

El pianista de tu relato tiene mucho de bohemio; podría ser perfectamente uno de los locos bohemios sobre los que escribes. La chica es muy idealista, que suele pasar, por eso la comprendo. Lo tenía en un altar, y luego se topó con su lado más gris.

Muchas felicidades por el relato Ana. Me ha gustado :). Un beso grande!

Angel dijo...

Precioso relato, daban ganas de seguir leyendo, muy bueno.

Cuantas veces ha ocurrido que idealizamos a una persona, hasta que la conoces y te das cuenta del error que has cometido? El día que consiga superar ser un idealista podré ver las cosas con un cristal más translúcido.

Un beso

Ana dijo...

Tienes razón Virginia, un bohemio, creo que he enlazado temas, mi cerebro es así, jeje. Si, la chica se llevó un buen batacazo, lo adorada ciegamente sin conocerlo, a veces las cosas no son tan romanticas,ni bonitas, y lamentablemente se topó con su lado mas gris y mas negro.
Gracias por leerme y encima que te haya gustado, es un placer.
Muchos besos
;)

Pues si Ángel, es verdad, ¿cuantas veces idealizas a alguien hasta que lo conoces de verdad? Muchisimas. Creo que es normal llevarse chascos a causa de esto, así que pensándolo no sé si ser idealista será muy bueno... por eso de sufrir a menduo, llevarse chascos y toda la pesca, pero bueno... Gracias por leerme y por tu valoración positiva.
Un beso
:)

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