sábado, 15 de agosto de 2009

En el camino

El heno se amontonaba bajo el sol. La brisa trasportaba la fragancia fresca de las flores que crecían cerca de la orilla del río. Los árboles se agitaban como en una danza. Los caminos libres y secos aparecían difuminados por pequeños remolinos de tierra. La vida seguía siendo tranquila allí, donde todo era sencillo, donde sólo importaba vivir y disfrutar de estar vivo.
Nat se sentía dichoso, pletórico, seguro que hoy la vería pasar, pensaba, hoy era jueves y los jueves era el día en que siempre aparecía cruzando con rapidez la vereda que llevaba al pueblo. No sabía quien era, ni como se llamaba, sólo sabía que cuando la veía su corazón explotaba de alegría. Luego pasaba el jueves y se quedaba desolado, compungido, esperando verla aparecer por el camino, contando los días y las horas, recordando en cada momento su sonrisa, y como se movía cuando andaba, y como el viento desordenaba su cabello. Nat no la conocía, pero la miraba pasar y soñaba despierto, embelesado el día se hacía noche, y la noche se hacía frío, y regresaba a su casa.

Se calentaba las manos ante el fuego del hogar y volvía a soñar, y en ese sueño ella volvía a pasar por el camino, pero en vez de alejarse como hacía siempre se detenía a mirar por encima de la valla el inmenso campo cultivado que había ante si. Las flores se abrían entonces, naciendo ante sus ojos, las mariposas revoloteaban sobre su cabeza, divirtiéndola, y el sol calentaba su cuerpo, relajando sus sentidos, así que llevada por la placidez del momento, la chica, saltaba la valla. Entonces le vería. Cara a cara se quedarían un segundo en silencio, escuchando el arrullo de los árboles. Él le tendería la mano y ella, sin pensarlo, le aceptaría. El hambre le hizo despertar, y eso le enfureció, no quería que fuera un sueño, no quería que fuera sólo una quimera. Sabía que del sueño despertaría, por eso no quería soñar.

Así que esperó siete días, de nuevo llegó el jueves y miró al camino por si la veía llegar, pero pasó la mañana y no apareció. Preocupado, el sol se fue entibiando, el cielo se encapotó y rompió a llover. Nat sintió un pequeño escalofrío cuando meditabundo los truenos cayeron del cielo con fuerza. Dejando que las gotas de lluvia resbalaran por su cara trepó la valla, y sentado encima, se puso a esperar. La lluvia calaba sus huesos pero Nat no se movió de allí, y durante dos horas dibujó impaciente con sus ojos la parte del camino que la niebla no había podido borrar. Todo estaba mojado, oscuro, en silencio. Aterida, la tierra parecía envuelta en vapor mientras el sonido del agua resbalaba camino abajo, siguiendo el desnivel de la pendiente.
Era inútil esperar, se convenció, consciente de que el mal tiempo la había hecho quedarse a resguardo, seguramente en su hogar. Dándose por vencido saltó de la valla y sus pies fueron a dar contra un charco, pero ajeno a eso, se puso a andar sin rumbo. Pensó que no podría aguantar hasta el siguiente jueves. Pensó que acabaría olvidándose de su cara, del movimiento de su cuerpo al andar, pensó que sería demasiado tiempo, más del que pudiera soportar. Cuando por fin se dio cuenta descubrió que sus pies le habían conducido hasta el pueblo. Un pueblo pequeño de casas estrechas y altas, un pueblo de callejones, de ventanas con balcones, un pueblo desierto a causa de la tempestad.

Nat sintió un pesado y hondo malestar en su tripa, lo atribuyó al hambre, al trabajo y al cansancio, pero se trataba de algo mas profundo que eso… Nat estaba enamorado. Respirando por la boca de manera jadeante espió las ventanas de aquellas casas. Ventanas iluminadas algunas, en donde apenas podía distinguirse actividad, ventanas cerradas otras, protegidas del frío tras gruesas cortinas donde era imposible saber quien vivía. Eso le enfurecía porque él anhelaba verla, ansiaba encontrarla de improviso tras algún cristal. Y suspiraba sin saber porque, respirando frenéticamente porque todas las casas parecían iguales y en todas sólo podía adivinarse tenues sombras que podían pertenecer a cualquiera, incluso podía ser la que él buscaba, pero no lo sabía, no lo podía saber. Sufrió por eso y cerrando los puños echó a correr. Había acariciado la idea de encontrarla como un tonto, porque después de un tiempo comprendió que cada jueves la chica tomaba el camino hacía el pueblo, lo que quería decir que no vivía en el.

Desilusionado regresó a su casa y ante la lumbre del fuego se calentó el cuerpo. Tembloroso se acostó un rato, pálido, invadido por la fiebre. Entre delirios le pareció verla, ante él, sonriéndole, tendiéndole la mano, tan real parecía que Nat se desprendió de las mantas y trastabillando alcanzó a dar dos o tres pasos antes de caer como un plomo al suelo. Debió pasar allí la noche porque cuando la luz del amanecer atravesó el pequeño ventanuco de su habitación, se despertó en el piso, dolorido y con el cuerpo destemplado. Se rascó la cabeza con desazón, cegado por la luz y arrugando los ojos adivinó una sombra, alguien le miraba desde arriba. Por un momento pensó en la visión y creyó que era ella. La alegría pronto se convirtió en decepción cuando descubrió que se trataba de su viejo gato que sibilino le observaba con ojos rayados. Lo apartó y se puso en pie con agilidad. Autómata saludó a su madre y a su padre quienes comían un poco de pan seco en la cocina, y se fue al campo a trabajar la tierra. Y durante siete días no habló, no hizo nada más que pensar en ella.

Otro jueves llegó. Esperanzado Nat se quitó el sudor de la frente y respiró la suave brisa de la mañana, una mañana radiante y azul, sin atisbo de nubes. Sabiendo que no llovería se puso a esperar bajo un árbol. Tan rendido estaba por el trabajo que cayó en un largo sueño y para cuando despertó, la tarde lóbrega de cernía sobre él. Bajó la vista para contener el dolor de su corazón y encerrándose en si mismo inició el trayecto a su casa.

Desfallecido aquella noche no probó bocado, tampoco desayunó al día siguiente y nadie le vio tomarse ni un vaso de agua. Preocupada por su hijo, la madre de Nat le fue viendo apagarse, agonizar más y más, y lentamente. La tristeza de su hijo era evidente pero nadie sabía porque, ¿cual era la razón para que no comiera, ni bebiera, ni disfrutara como antes lo hacía de la vida?, ¿Qué ahogaba a su corazón de esa manera?

Aquella noche Nat soñó, y en su sueño la vio llegar alegremente por el camino. Él estaba lejos, arriando a los bueyes, labrando como siempre hacía la tierra de su abuelo. Extasiado al verla le gritó para llamar su atención, pero la muchacha no le escuchó. Y aunque gritó más y más alto hasta quedarse afónico, la chica no mostró ni una sola señal que le indicara a Nat que ella se había percatado de su presencia. Despertando de golpe se dio cuenta de que había estado gritando de verdad. Retiró las sábanas nervioso, boqueando, sintiendo su nuca empapada en una capa fría de sudor. Aquel amor, aquella obsesión le estaba enfermando el cuerpo y la razón. Y levantándose para beber algo de agua, salió a la oscuridad de la noche para beber del pilón.
La noche estaba clara, brillante, repleta de diminutas estrellas agrupadas en constelaciones desconocidas. Las montañas misteriosas parecían estar en calma mecidas por el viento, un viento que arreciaba del norte y que él se detuvo a escuchar. Tomó un poco de aquel aire vigoroso, sintiéndose distinto, más insignificante ante la magnitud del universo. Tuvo deseos de correr, de escapar lejos de aquella soledad que no quería, lejos de aquella vida, una vida que carecía de sentido si no conseguía el amor de aquella mujer, si no volvía a deleitarse con aquella sonrisa, una sonrisa que le encogía el corazón.
Metió la cabeza entera en el pilón y contuvo la respiración durante unos minutos. El agua helada le despejó las fantasías o eso creyó, pues al sacar la cabeza del abrevadero le pareció ver en medio del campo la sombra bailarina de una chica. ¿Sería un fantasma, un hada o un duende que divertida jugaba con él? ¿Existiría de verdad aquella chica o era el producto de su vana fantasía?
Se restregó los ojos y la visión desapareció, tal vez nunca la vio, nunca existió, nunca fue real. Riendo a carcajadas se tendió en la hierba alta y contemplando las estrellas soñó con los ojos abiertos. Soñó que el dios de las cosas insignificantes le concedía un deseo, uno sólo: poder hacer feliz a aquella mujer. Como si en serio le hubiera escuchado aquel dios, algunos ecos nocturnos, como tambores lejanos, sonaron para advertirle que estuviera atento, pues tal vez lo que soñaba con tanto afán se haría realidad.




Estuvo contento sin saber bien porque. Y el jueves se asomó de nuevo. No hizo nada, no espió como otras veces aquella parte del camino, no la buscó ni la esperó, simplemente hizo su trabajo con más empeño e interés que nunca. Arrancó las malas hierbas, retiró las piedras y las amontonó a un lado, señaló la tierra e hizo las particiones, dio de beber a los animales y se alejó colina arriba buscando en unos arbustos que había visto la madriguera de algunos conejos que pudiera cazar. Estuvo un buen rato fabricando algunas trampas, después enfiló el riachuelo hasta que el río se ensanchó, allí tomó un baño desnudo. Se sintió pleno, libre, no le dolió el corazón, no se sintió encogido por la pena, en definitiva comprendió que había estado sufriendo por gusto, porque el mundo era un lugar para soñar, pero sobre todo para ser feliz.
Después de secarse al sol fue a revisar las trampas que había colocado. Entusiasmado descubrió que no había ido mal del todo, tenía caza suficiente para una semana. Tranquilamente hizo un fuego y allí comió hasta quedar satisfecho. Se echó una larga siesta pero no soñó. Para cuando despertó el sol herido del día agonizaba en un horizonte violeta. Lo contempló un segundo y sin más enfiló, saltarín, el camino a su hogar. Los matices del cielo llamaron su atención y sin mirar por donde iba tropezó con alguien y cayó. No le costó demasiado incorporarse del suelo, pero en cuanto descubrió con quien se había topado sus músculos dejaron de responderle. Desmadejada en el suelo una muchacha rubia de ojos verdes y serenos trataba de ponerse en pie torpemente. Pisándose las faldas su mayor preocupación eran las tinajas de su cesto. No estaban rotas pero habían perdido gran parte del líquido que contenían. Por el olor Nat adivinó que se trataba de vino. Disculpándose repetidamente Nat le echó una mano a la chica de sus sueños, mano que ella no aceptó. Cruzado de brazos con expresión curiosa pero divertida la dejó hacer. La chica logró ponerse en pie, y se arregló el desordenado pelo y hasta se alisó las arrugas del vestido. Después lamentó su suerte:

-No, ¿y ahora que haré? Su voz era embriagadora, suave, encantadora, justo como Nat esperaba que fuera.
Agachada en el suelo miraba desconsolada la estela morada que en la tierra empezaba a formar grumos espesos. Arrodillándose a su altura intentó llamar su atención, pero sólo consiguió que ella lo mirase con desagrado. Irritada le echó acertadamente la culpa del desastre. Asintiendo Nat le ofreció su ayuda, auxiliándola al mismo tiempo a cargar con las otras pesadas cestas que estaban en el suelo. Sin dejar de mirarle con clara desconfianza la muchacha tuvo que aceptar al fin que éste no tenía malas intenciones.
-Gracias, esbozó.
Él sonrió gradualmente hasta mostrar una entera y abierta sonrisa. Empezaba a oscurecer. La vida animal parecía manifestarse, los pájaros, las ranas de las charcas cercanas, los grillos, todos parecían hablar al mismo tiempo, como si cantaran felices por presenciar aquel encuentro.
Nat habló: -Si estas preocupada por el vino yo puedo comprarte mas.
Suspirando ella negó con la cabeza y dijo: -No hace falta, es sólo que mi señor se enfadará si ve que las jarras no están llenas, le dará por pensar que le he regalado un poco a mi familia y me lo descontara de mi sueldo.
-¡Sería un gran tirano si pensara eso en vez de creerte!, murmuró Nat con gran disgusto.
-No es un mal hombre, me dio trabajo cuando lo necesité, es sólo que a veces suele ser bastante desconfiado, dijo la chica recogiendo la pesada cesta con el vino.
Nat tuvo una idea para solucionar el percance.
-¿Y si nivelamos las jarras y lo que quede lo rellenamos con agua?
No era una idea demasiado brillante, después de todo se puede diferenciar con facilidad un vino aguado de otro normal, pero Nat quería ayudarla de verdad.
No obstante para la muchacha no parecía ser tan descabellada aquella solución.
-Pero, ¿de donde sacamos el agua?
-¡Del río!, exclamó él señalando un atajo por el campo, -allí mismo está, dejamos esto por aquí escondido y vamos.
La joven observó el amplio campo cultivado con titubeo, después de todo era sencillo, pero el tener que franquear un terreno privado no la atraía del todo. Tampoco aquella valla de metro y medio.
Nat escaló la valla, luego le pidió que le alcanzara las cestas una por una. Cuando la chica lo hizo salió corriendo hacía unos arbustos y arrancó algunas ramas, dejó las cestas a buen recaudo camuflándolas con el follaje y regresó al pie de la valla, pues ella todavía no se había decidido a saltar.
-¡Vamos, que va a oscurecer!, la apremió tendiéndole una mano caballerosamente.
Nat clavó una penetrante mirada en ella quien mirando con indecisión la mano tragó nudos, cuando por fin se decidió tenía el miedo pintado en los ojos. Las faldas le restaban agilidad, eran incomodas y se le enganchaban constantemente, pero con la ayuda del chico pudo salvar el obstáculo. Cayendo duramente sobre la tierra todo su cuerpo se estremeció.
-¿Estás bien?
Nat esperó a que ella levantase el rostro, y a que se apartara el largo pelo de los ojos para responder pero no lo hizo, simplemente enfiló el campo abierto, siguiendo una senda que no conocía y en donde se podía perder.
-¿Es por aquí?, preguntó después de un rato, girando la cabeza para verificar que aunque silencioso él seguía allí.
Nat sabía que aquel era el camino largo pero siguió mudo, y sonriendo señaló con su mano al frente. La dejó llevar las riendas, e imbuido en el espectáculo que ofrecía el suave contoneo de su cuerpo Nat se sintió aún mas enamorado. Al cabo de un rato ella volvió a buscarle, esta vez para asegurarse de que el chico llevaba la jarra que le correspondía.
-La tengo en la mano, respondió alegre, -¿tú llevas la tuya?
-Si…
-Nat, así me llamo.
-Anna, yo soy Anna.
Claramente cohibida Anna bajó la vista. Nat, quien todavía le sostenía una mirada cargada de fuerza, agregó que era un nombre precioso, y pensó que ella era preciosa, maravillosa, exquisita. La vio sonreír y se le paró el corazón por un segundo de toda la felicidad que sintió.

Tras una pequeña caminata llegaron al río. Nat se afanó en la tarea de rellenar las jarras, mientras que Anna caminó por la orilla pedregosa contemplando el agua. Un agua brillante, fría y transparente en la que se desdibujaban las nubes del cielo, y sus colores, y la luna, y ella misma. Reflejada en las aguas como envuelta por una luz naranja Anna se sintió maravillada por el lugar y para guardarlo en su memoria recorrió con la vista cada maravilloso rincón de aquel río pequeño y apartado. Con gran gozo se hubiera dado un pequeño chapuzón, pero percatándose de lo tarde que era se volvió con rapidez hacía Nat para apremiarle por si no hubiera acabado ya. Nat hacía rato que había terminado, pero absorto, la contemplaba con ojos profundos deleitado en una visión que por su expresión debía ser de lo mas placentera.

Él carraspeó y velozmente apartó la vista. Disimulando el rubor se puso en marcha campo a través por un camino que no era el que había utilizado para llegar. Detrás, Anna caminaba con cuidado intentado seguir su ritmo. Por suerte el chico parecía tener gran manejo con las tinajas y no derramó ni una sola gota. No era eso, sin embargo, lo que mas la preocupaba, lo que la inquietaba era lo que había visto en aquellos ojos y lo que ella misma había sentido al descubrirle: amor, había sentido amor, que era amada, venerada.
Su ceño se contrajo al igual que su alma, había sentido algo tan hermoso, tan bonito, que creyó que era pura sugestión por la belleza del lugar, por la tensión del momento, era imposible sentir amor por parte de un desconocido, él no la conocía, ¿podía quererla?
Nat se sintió al descubierto, desbocado, apenado porque sólo deseaba una cosa, aún sabiendo que no era correcto Nat deseaba con todo su ser cogerla entre sus brazos y besarla apasionadamente. Como no podía, apretaba el paso para llegar cuanto antes al camino y que sus ideas se enfriasen. Anna le veía, le sentía tirante, extraño, y se preguntaba de nuevo si de verdad lo había sentido o se lo había imaginado. Llegaron al lugar donde habían escondido las cestas, todo estaba en orden y él empezó a sacarlas del escondite. Ella también le ayudó y lo hicieron en silencio y sin mirarse, rápidamente y con gran corrección, como un equipo sincronizado. Nat subió a la valla y repitieron la misma operación. Cuando le llegó el turno a Anna de saltar sus nervios se dispararon. Tendrían que tocarse, sería necesario hacerlo, ¿sentiría entonces algo como lo que notó en el río?
Nat se preparó para cogerla. Estiró sus brazos y alargó sus dedos por el perímetro de aquella estrecha cintura, entonces tiró hacía si de ella y Anna fue a caer en sus brazos. Aturdido la sintió cerca de su pecho. La fragancia de su pelo viajó por su nariz hacía su centro y se sintió invadido de ella. Durante un tiempo el universo eran dos personas.
Anna le miró esperando que él la soltara. Nat la miró esperando que no se lo pidiera, no quería dejarla, no quería dejar de sentir su corazón.

Ya en el suelo ella revisó los comestibles de las cestas y alcanzando una manzana muy roja se la ofreció como compensación por su ayuda, no podía darle nada más. ¿Ni siquiera un beso? Pensó él aceptando la manzana, tan tentadora como aquellos labios.
-Gracias Nat por ayudarme.
-No tienes porque darme las gracias, si no hubiera sido por mí no se hubiera derramado el vino y nada de esto habría ocurrido.
¿Nada? Se apenó internamente Anna, repentinamente agradecida por el empujón y por todo lo que se desencadenó trás el.
Un silencio incomodo reinó por un minuto, pasado este tiempo Anna, aunque perezosa emprendió el viaje de vuelta. Su cabeza daba vueltas.
-Adiós, murmuró.
-Adiós- susurró Nat con una mirada seductora, -hasta pronto.
-Si, Nat, hasta que nos volvamos a ver…
-¡Pues claro que si!, exclamó él dándole un bocado a la fruta, -nos veremos cada jueves como siempre si no llueve, aquí, en el camino.
Sorprendida por sus palabras Anna detuvo sus pasos, y girando la cabeza por lo que él había dicho hubo un cruce significativo de miradas. ¿Como podía saber que era el jueves cuando ella bajaba a por víveres? ¿Ya la habría visto alguna vez?
La mueca misteriosa de Nat no le dejó lugar a dudas.
-¿Me conoces?
Él avanzó unos cuantos pasos hasta quedar cara a cara. Dejando que Anna soltara sus bártulos la sostuvo por los hombros, despejando con sus manos el desordenado pelo la miró muy fijamente y le sonrió. Echando un suspiro al aire le dijo lentamente y al oído:
-¿Cómo no voy a conocer a la mujer de mis sueños?, es de allí de donde has salido…
Temblorosa por la emoción Anna prensó los labios y rió levemente. Era cierto lo que había sentido en el río: amor, mucho amor, porque él la quería.



Ilustraciones de miguel peidró.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Un relato precioso!! El amor es mágico ;)
MUAKS!

Ana dijo...

Gracias Sara, me alegro que te guste, pero por supuesto tiene sus fallos, sin embargo gracias por valorarlo.
Besitos.
:)

Raquel dijo...

Extenso relato pero muy bien escrito. Me ha gustado mucho el clima bucólico del relato; los campos, el rio, el trigo al sol...
Bonita historia de amor.
Besos.

Ana dijo...

Besos Raque, es un placer que te guste.
:)

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