jueves, 11 de julio de 2013

Si te he visto no me acuerdo


Para huir un rato del aburrimiento y aislarse de la cruda realidad, Marisa se sumergía cada noche en el maravilloso mundo de los chats: ventanillas que se abrían o se cerraban, preguntas y respuestas, directas o indirectas, saludos, desconocidos y propuestas que la asaltaban desde las cuatro esquinas de la pantalla de su ordenador. Había cierta impunidad, cierto anonimato que la agradaba.
Su vida era rutinaria, pero aquello la animaba, la hacía sentir viva, integrada, deseada. Para Marisa el chat era su única vía de escape, una fórmula  para huir de la soledad.
No hacía falta abrir su alma, no hacía falta ser sincera, ni siquiera dar nombres, ni mucho menos dar caras. Unas pocas palabras bastaban.
A veces se divertía, otras se escandalizaba, ¡cuantos tunantes, cuantos gatos callejeros, cuantos cerdos y groseros que había por ahí!
Eso no le pasó con “Finn80” con él surgió la química y hablaron. Se parecían, tenían muchas cosas en común. Ambos estaban cansados de sus vidas, atrapados en un trabajo que no les motivaba, enfrentando el trascurrir de los años en soledad, creyendo que ya no tenían cabida, que no tenían futuro en nada. 
Con Finn Marisa desempolvó su corazón partido. Para los pedazos rotos él fue el hilo y la aguja que los cosió, que los reparó. De nuevo volvía a latir, a sonreír. Cada latido de aquella gastada maquina le inyectaba en el cuerpo una dosis de locura, y en su trastorno no cayó en la cuenta de que estaba siendo ingenua, cándida. Era de nuevo una chiquilla, cómo una niña entusiasmada ante el primer amor.
Confío en él, fue abierta y sincera. Pensó que habían conectado.
En seguida mantuvieron extenuantes conversaciones diarias de más de seis horas, además de abundante correo electrónico que le ratificaba lo que ya intuía: que aquel hombre estaba interesado por ella. Parecía cierto; él se preocupaba por sus asuntos, por su salud y la de su familia, por sus proyectos y sus salidas. La buscaba… la quería. Nunca hablaron por teléfono, pero le enviaba bastantes mensajes, misivas en las que aseguraba pensarla, extrañarla, echarla de menos.
Nunca intercambiaron fotografías, tampoco tenía sentido. Él decía que no era Brad Pitt pero a ella le gustaba, tampoco ella era Angelina Jolie. Se hizo la ciega, empezó a obviar detalles, a justificarlos, a dar segundas oportunidades, a creer, a confiar… no quería perder a ese confidente, a ese ser del mundo virtual que ya tenía un hueco en su corazón. Por eso pasó por alto lo que su instinto le estaba gritando, lo que había empezado a entrever de aquellas dos caras que él le mostraba…
Hablaron de verse muchas veces, pero siempre surgía algún imprevisto, siempre había alguna excusa. “No me ha llegado tu mensaje” o “¡Pues de verdad que te respondí, no entiendo lo que ha pasado!” Todo le dio igual.
Aquel día tenían que verse. Marisa le citó en un centro comercial atestado de gente. ¿Cómo le reconocería? “Estaré de pie frente al escaparate de la dulcería” A los dos le gustaban las golosinas, así que le pareció adecuado.
Antes de la hora él ya le había mandado algunos mensajes, lo que le dio a entender que Finn estaba impaciente por verla. Y era verdad.
Cuando por fin se vieron la burbuja explotó. ¡Pero si eran compañeros de trabajo!, ¡pero si se veían todo los días!
-Pero, ¿qué haces tú aquí?- preguntó él.
-¿Tú eres Finn80?-fue lo único que pudo articular.
-¿Y tú Nikita24?-murmuró él enrojeciendo hasta la raíz.
Aquella misma mañana antes de la cita habían hablado por el chat: de la emoción, de las ganas, de lo mucho que a él le apetecía estar un rato con ella. Pensar que lo habían hecho desde la misma oficina la dejó en estado de shock. ¡Si casi compartían escritorio…!
De pronto ya nada tenía sentido. ¡Pero si era su supervisor!, ¡el que le caía mal, el que le hablaba con aspereza y superioridad! El idiota que nunca tiraba los vasos usados de café a la papelera, el rácano que jamás colaboraba con la rifa de navidad, el mismo que la tenía entre ceja y ceja sólo porque ella era mas eficiente.
Finn es decir Juan se rascó la nuca un poco incómodo. No la miró, de hecho no volvió a mirarla a los ojos nunca más. Marisa jamás entendió que pasó en aquellos pocos instantes. Ella estaba dispuesta a darle una oportunidad, incluso a ser amigos. Pero él le dio la espalda y se marchó, diciendo que esperaba que no contase nada de aquello en la oficina. ¿Sólo le preocupaban los chismorreos? ¿Y donde se quedó el Finn que ella conoció? ¿El que la quería, el que pensaba en ella, el que la entendía? Acaso, ¿la había tomado el pelo?, ¿la había engañado?
No podía pensar en otra cosa. Con el corazón congelado Marisa se enfrentó a aquella pregunta cada mañana y durante algún tiempo echó de menos a aquel amigo virtual, ese que no parecía acordarse de lo que alguna vez los unió, ese que a partir de entonces sólo fue… Juan.

 
 
Música: Rosario Flores-Nada de nada

3 comentarios:

lopillas dijo...

Qué chasco reñasco. Cuántas historias así no habrán hoy en día? A la próxima le pones final feliz porfaplis :)
Me gustó. Besitos

Raquel dijo...

Muy buen relato, Ana. Me ha gustado mucho, pero coincido con lopillas, el final no es nada esperanzador; qué pena que no se dieran una oportunidad.
Un beso :)

Ana dijo...

Hola lopillas, apuntado, para la próxima un happy ending en toda regla.
Gracias por leerme.
Besos
:D

Hola Raquel, lo mismo te digo, prometo ser menos realista para la próxima, jaja.
Muaks
:D

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