viernes, 28 de diciembre de 2012

#Atención, pregunta # 24


¡Ahh!, ¿pero qué es esto?

No basta saber, se debe también aplicar. No es suficiente querer, se debe también hacer.
Johann Wolfgang Goethe
 
Nunca fue una guerra justa… ya que  él ni siquiera sabía que estaba embarcado en semejante contienda. El día de mi venganza estaba marcado en el calendario con una gran equis roja: ¡se las haría pagar todas! Todas sus petulancias, sus desplantes, sus pedanterías, sus soberbias, todas sus vanidosas poses de sabio redomado.
La espera había sido larga y mis intenciones maliciosas, pero el día había llegado…
El Científico no lo sabía pero la casa estaba llena de “minas”. En realidad lo que estaba plagado de “sorpresas” era su laboratorio: había cambiado su percha por una de goma, de modo que cuando fuese a colgar su abrigo… ¡estaba deseando verlo!
También había sustituido el jaboncillo del lavabo por otro… digamos especial ya que su cualidad no era la de generar espuma y lavar la piel, más bien la dejaba negra.
Su silla de trabajo también había sido saboteada, pues había destornillado algún que otro tornillito de nada, además había introducido por debajo del cojín un artilugio muy “sonoro”, ¡la pedorreta le dejaría sordo!
Sobre la mesa, pero en especial y de manera muy generosa sobre algunos documentos, había vertido un líquido inocuo pero que parecería talmente una mancha de tinta… por supuesto falsa, pero la primera impresión sería de infarto para él.
La nevera con muestras también había sufrido mi atentado, había dispuesto algunas capsulas de petri con unos visitantes falsos muy reales, unos cuantos gusanos de mentira activarían todas las alarmas.
Asimismo había embadurnado los pomos de las puertas -la del baño y la de las salidas- con una sustancia harto pegajosa.
Sobre el dispensador de papel había instalado un chisme muy sensible que arrojaría chorros de agua al menor intento suyo por acercarse… así que no podría limpiarse las manos, y aunque intentase hacerlo los petardos le alejarían, porque ¡sí!, esa era la puntilla, había desperdigado por el suelo algunos de esos petardos que estallan al ser pisados.
En previsión de lo que pudiera pasar había extendido el perímetro de mi maldad hasta la cocina, allí había dejado a la vista algunos alimentos falsos pero apetecibles: se partiría los piños al hincarle el diente al brioche de leche, las cucharas se doblarían, el salero derramaría todo su contenido, el vaso no tendría fondo y lo que de verdad pudiera comer sabría a pimienta o a jabón… y las servilletas, ¡uff!, las servilletas estarían recubiertas de polvo pica-pica, por no hablar del sutil pero concienzudo cambio de etiquetas a las botellas.
Sólo esperaba que él como víctima no juzgara la broma con demasiada… rudeza.
Dejando a un lado la cuestión del buen gusto, había que reconocerlo,  ¡eran unas bromas geniales! Además si él no sabía el día en que vivía yo no tenía la culpa, legalmente, y como 28 de diciembre, estaba en todo mi derecho de no ser nada… inocente.
 
Aquella mañana amaneció muy temprano, ¿o eran mis ganas de que empezara el día? Cuando le vi acceder a su santuario dispuesto a desentrañar con alegría y laboriosamente todos los misterios del universo me froté las manos igual que un malo de teleserie barata. Sabía que sería cuestión de minutos… ¡la suave música de los petardos delataría mi victoria!
¡Cuánto me reí de él! Qué bien pagada me sentí. Que me pidiese explicaciones me lo veía venir, ¡claro!, ¿y qué podía decir?
 -Lo siento Científico, he desarrollado todo mi ingenio en la creación de esta broma… y no me arrepiento, ¡es culpa tuya si eres un inocentón confiado, haber tenido más cuidado!
 -Espero que con tu éxito hayas experimentado un intenso sentimiento de júbilo…
Lo dijo al tiempo que se rascaba sin parar la cara con una mano negra y empapada.
 -¡Sí!, o dicho de otra forma,  ¡me lo he pasado pipa burlándome de ti!
Nunca estimé del todo las consecuencias de aquello, jamás imaginé que pudiera haber represalias…  pero las hubo, aunque fueron ilegitimas porque el día de  las inocentadas ya había pasado y de largo… ¡tramposo!

Aquel grito desgarrador sonó como a película de terror de serie B, salvo que el chillido no procedía del televisor, sino que venía del laboratorio del Científico…
Aún en pijama salté como una culebra escaleras abajo y aterrada fui a ver qué demonios pasaba.
Cuando entré sólo vi sangre, sangre por todas partes, y sentí un vertiginoso mareo y por algunos instantes creo que me quede ciega y sorda.
 -¡¡Ayúdame!! , corre, me he cortado…
Como si entendiera que no podía creerle sólo con la terrible visión de aquel paño empapado de rojo, me dejó ver la herida, un corte que parecía a punto de desgajarle el dedo. Contuve mi bilis.
 -En mi botiquín, ahí encontrarás gasas, hay también…
 -¿Dónde está tu botiquín? –bramé girando nerviosa por el laboratorio sin distinguir nada que se le pareciera ni remotamente.
 -Ahí –señaló débilmente con su mano afectada- en ese armario de metal… -y el paño se le cayó al suelo-. ¡Rápido, date prisa, por favor!
Localicé el dichoso armario. Ciega y torpe corrí hacía mi objetivo, cuando lo alcancé este me mordió…
 -¡Por favor! -le oí impacientarse y como no podía perder más el tiempo posé mi mano en el tirador para abrirlo, pero el armario siguió pellizcándome, mordiéndome, atizándome secamente-. ¡Ábrelo de una vez! –siguió gritando él con voz afónica.
 -Eso intento pero es que…
El Científico aulló, y yo, haciendo de tripas corazón volví a la carga cayendo sobre el armario. La descarga que recibí fue tal que me hizo caer de culo al suelo.
 -¡Ahh!, ¿pero qué es esto?

 -Se llama electricidad –se río el Científico deshaciéndose del dedo falso y todos los demás engaños, y agachándose a mí altura para hablarme en confidencia, dijo-: Y lo que acabas de experimentar, lo que ha puesto tu pelo así y te ha bajado los humos, se llama corriente eléctrica.
“Hace veintiséis siglos, un filósofo griego, Tales de Mileto, realizó un curioso descubrimiento: si se frotaba un trozo de ámbar contra un tejido de lana, el ámbar adquiría la propiedad de atraer los cuerpos ligeros, tales como plumas, briznas de paja, partículas de polvo y hojas delgadas de oro. Por otra parte, los antiguos indios habían observado que ciertos cristales atraían las cenizas calientes. Pero, hasta el siglo XVI, el estudio de esos fenómenos no realizó auténticos progresos.
Hoy sabemos que toda materia está constituida por átomos formados por partículas, algunas de las cuales están cargadas de electricidad: los protones tienen una carga positiva y los electrones una carga negativa. Los cuerpos cargados de electricidad se comportan como imanes: un cuerpo negativo y otro positivo se atraen, pero dos cuerpos cuya carga es del mismo signo se repelen.
Normalmente, los átomos son neutros: tienen el mismo número de protones (positivos) y de electrones (negativos). Esto se debe a que los electrones que se encuentran en exceso en alguna parte tienden a irse por si mismos, saltando de átomo en átomo, hacia aquellos que tienen falta de ellos.
En los cuerpos aislantes (ámbar, plástico, vidrio, lana, seda, etc.) la estructura de los átomos se opone a estos desplazamientos. Así, cuando se les añaden o cuando se les restan electrones, permanecen electrizados negativamente o positivamente: están cargados de electricidad estática (que no se mueve)
Ciertos cuerpos son, por el contrario, conductores (los metales, el carbono, etc.). Los electrones que están en exceso en un lugar se desplazan por sí mismos hacía la parte que faltan. Este desfile de electrones es lo que constituye la corriente eléctrica.
El mismo nombre de electricidad fue inventado por el científico inglés William Gilbert…” 

 -¿Y a mí que me importa eso ahora?, ¡me has electrocutado!, ¡¿estás loco?!
 -Sólo han sido unos voltios de nada…
 -¿De nada?, es como si me hubieran agujereado la mano, ahhh sádico de mierda… ¡me ha dolido, me duele!
 -No exageres… -me miró con expresión culpable y luego añadió-: ¿acaso no sabes que los metales son buenos conductores de la electricidad?
 -¿No me digas? -rebufé-, ¿y cómo demonios iba a saber que ibas a electrizar el armario? -me levanté de un salto para marcharme, mascullando-: no ha tenido gracia, idiota, ¡y pensar que estaba preocupada por ti!…

Me pasé el día con los nervios de punta, definitivamente el “electrochoque” no me había servido de mucho, ¿lo haría un baño caliente? Seguramente sí, decidí. Y me preparé una buena bañera, con sales, fragancias y patitos de goma. Me exfoliaría la piel, me lavaría el pelo y luego me cepillaría durante horas…
¿Cómo iba siquiera a sospechar que sus manitas también se habían inmiscuido en mis botes y en mis champús? Un Científico abusón con grandes conocimientos químicos…
Mi grito, al quitarme la toalla de la cabeza, tuvo que emitir una onda expansiva tan potente que seguramente fue registrada por el sonar de muchos submarinos. El timbre de mi grito tuvo que cruzar el hiperespacio y rebotar en alguna galaxia lejana. Mi grito superó en gran medida al de cualquier película de terror o al de todas juntas. Fue un grito que paralizó al mundo entero…
Mi bonito pelo ya no era bonito, ¡era de lo más naranja!
Al nanosegundo le tenía allí, en mi baño, alarmado por mi enajenado berrido. Fue una suerte haberme tapado a tiempo porque estuvo a punto de pillarme con “el traje de Eva” puesto.
Quería recriminarle, saber que hacía ahí y porque me había hecho eso, pero no pude contenerme y me tiré encima para atacarle. Antes de conseguir siquiera tocarle ya me había reducido, ni siquiera pude darle algunos buenos arañazos y tortazos.
“Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento” Repetía sin cesar, lo que me hizo despertar de mi neurótico trance. Además, ¿qué iba a arreglar con pegarle?
Me puse a llorar, lloré a moco tendido, lloré hasta deshidratarme…
 -¿Yo compro un par de bombones salados y un jabón ennegrecedor, y tú intentas matarme por eso?, ¡jóder como te pasas…! -hipé apartando sus conciliadoras manos y sus pañuelos-. ¡Y mi pelo!,  ¿qué te había hecho mi pelo?
 -Nada –contestó con una vocecilla arrepentida y cara de pena- era precioso.
Carraspeó mirándome de soslayo:
 -Yo… bueno… después de lo de esta mañana no quería continuar con mi revancha, pero… ¡se me olvidó que había puesto ese tinte en el bote! Fue un error.
Arrugando el entrecejo esperó, incluso creo que puso la cara por si me apetecía darle un puñetazo, pero no lo hice… al contrario. Nos aguantamos la mirada un buen rato hasta que no pudimos más y acabamos estallando en carcajadas.
 -¿Enterramos el hacha de guerra? -propuso- ¿fumamos la pipa de la paz?, ¿volvemos a agregarnos al Facebook?
Me rasqué la barbilla haciéndome de rogar. Pero él no dejó de auscultarme con los ojos.
-Con una condición…
 -La que quieras…
 -¡Será caro, te costará!
 -No me importa, pero… bueno no tengo muchos ahorros, pero ¡sí, sí!, está bien…
 -Tendrás que pagarme la peluquería…
 -¡Hecho!
 -Y creo que me merezco un buen regalito estos Reyes…
 -¡Vale!
 -Y…
Antes de que yo siguiera pidiendo carraspeó para interrumpirme:
-¡Y algo más!, te invitaré a comer, ¡y no será una hamburguesa te lo prometo! No seré tan cutre como…
Como el egiptólogo, pensé, y comprendí enseguida por donde iban los tiros, y eso que ni le había vuelto a ver...
Al decirlo como disimulando, como si la idea no le entusiasmara, como si sólo lo hubiera hecho para saldar una deuda, sólo procuró cubrirse las espaldas, pero aunque fingió bien, aunque representó a la perfección su papel de indiferente, en el fondo no pudo borrar la expresión encantada de su rostro.
Me ofreció la mano para sellar el acuerdo y yo, mirándola un segundo, un instante, no le hice esperar demasiado para apretársela asintiendo.
Antes de que saliera por la puerta, susurré:
 -Espero que me lleves a un lugar bonito…
 -Cualquier lugar es bonito si tú estás en él.
Aquel piropo me dejó desconcertada. Creo que él también comprendió la repercusión de sus palabras, y para aplacar mi estupor, dijo:
 -Ah, no tires de la cadena, he instalado una bomba fétida…
Le oí bajar a tropel las escaleras. No supe a donde fue ni lo que hizo, ¿a desarticular alguna trampa más? Me quedé tan pensativa, su aptitud me dejó tan absorta, que me olvidé por completo del aviso de la cisterna… ¡y vaya si lo lamenté!



Música: Misery-Maroon 5
Fuentes: Larousse juvenil. Wikipedia. Goear.

3 comentarios:

Raquel dijo...

Me ha gustado mucho este capitulo tan bromista, y eso que las bromas no suelen gustarme, porque hay algunas muy bestias y gamberras, pero las inofensivas son hasta graciosas, lo del pelo naranja es un drama, pero peor hubiera sido verde, como a Ana de las tejas verdes. El final me ha hecho reir.
Eres toda una escritora.
Besos.

Raquel dijo...

Me ha gustado mucho este capitulo tan bromista, y eso que las bromas no suelen gustarme, porque hay algunas muy bestias y gamberras, pero las inofensivas son hasta graciosas, lo del pelo naranja es un drama, pero peor hubiera sido verde, como a Ana de las tejas verdes. El final me ha hecho reir.
Eres toda una escritora.
Besos.

Ana dijo...

Hola Raque... Hola Raque. En duplicado...
Yo no soy amante de las bromas y eso que alguna he hecho y sufrido, pero normalmente es fácil caer en el mal gusto, así que mejor no hacerlas.
Yo creo que es mas drama verte naranja que verde, jeje, pero sí, el pelo de una mujer no se toca.
Muchas gracias por leerme, por tu comentario, por reírte, por ser mi alma gemela, literalmente.
Un beso grande hermana
:D

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