martes, 1 de junio de 2010

Aventuras de un bohemio arrepentido

José M. Gil temía tanto ver llegar al cartero que siempre que éste enfilaba el empedrado caminito de tierra de su entrada se ponía enfermo. No podía evitarlo. Empezaba a roncharse y a respirar mal, además su tensión arterial se disparaba peligrosamente. Aunque no era para menos, quizás porque sabía que su llegada siempre anunciaba noticias de su vástago…

Pedro, su retoño, jamás le había dado quebraderos de cabeza hasta el momento en que, por casualidad, encontró las libretas perdidas de su abuelo, única herencia del pobre hombre. En ellas el chico había descubierto una nueva y singular palabra: bohemia. Don Gustavo Gil, su abuelo, había sido todo un erudito en su tiempo, un pensador, un literato, un artista. En aquellas ajadas libretas había plasmado miles de ideas que de nuevo empezaron a bullir, esta vez en la calenturienta cabecita de su nieto Pedro, quien imaginó que podría emular a su abuelo, buscar ese mundo del que hablaba, errar por ahí, sin ajustarse a nada, sólo para alcanzar aquella utopía escrita en el papel. Libertad, revolución, justicia…

Abanderado en aquellos ideales tomó manta y carretera, y desapareció del confortable calor de su hogar. Su incansable búsqueda se prolongaría durante tres años.
Paris, Viena, Bruselas, Ámsterdam, Londres, Oslo. José M. Gil estaba informado de las peripecias de su hijo por sus cartas y postales, que siempre llegaban puntuales y en abundancia. Cuando el orgulloso padre pensaba en su hijo siempre se lo imaginaba en alguna tertulia interesante en un café o creando arte en la oscura habitación de alguna pensión, como todo un bohemio.

Estocolmo, Praga, Mónaco, Ibiza…Entonces las cartas empezaron a llegar desde un mismo sitio, todas adornadas con cierto tono desesperado. Y José M. Gil consideró que como cualquier padre era su deber ayudar a un hijo si este lo necesitaba. Y lo necesitaba urgentemente. Al primer giro de dinero siguieron otros, siempre por las mismas causas. Hasta que el incauto padre se preguntó a si mismo como lo habría hecho su hijito para sobrevivir durante aquellos cuatro meses en que había estado vagabundeando por Europa. Estaba claro que Pedro Gil no tenía conocimientos en gran cosa, jamás había trabajado y aunque era inteligente no tenía la capacidad poética propia de los Gil, así que no podía figurárselo aferrado a una pluma, pero tampoco a un pincel. Eso sí, muy de vez en cuando recibía un paquete desde Ibiza. En su interior siempre había algo hecho en arcilla: un florero, un cenicero, un intento de sujetapapeles. “Estoy subvencionando al peor artista del mundo”, protestaba José M. Gil, cada vez mas nervioso por la situación. “Quizá deba cambiarme el apellido, quizá deba llamarme de ahora en adelante: José M. Gili”

Libertad, libertad, y que otro pague la cuenta. Ese era el ideal bohemio de su hijo. El mismo que aparecía en las fotos con aspecto de hippie destartalado, tocando los bongos junto a una mulata escultural en una cala muy bonita con luz de atardecer. Ese que parecía estarse pegando la vida padre a su costa, valga la redundancia.

-¡Qué, Don Gil!, ¿otra vez le ha escrito su hijo?- decía el cartero con cierto tono de chascarrillo.
José M. Gil aceptaba la carta con cara de circunstancias, cerrando la puerta con un pie. “Debe ser para lo de siempre, como si lo viera”, pensó. Sin grandes aspavientos abrió el sobre y leyó el folio de papel reciclado doblado por la mitad. Al principio no dio crédito a lo que leía, creyó que era San Inocente o San Imposible, luego tomó aliento, se restregó los ojos y vocalizó en voz alta lo que estaba leyendo…

“Vuelvo a casa papá. Ya no quiero ser bohemio, creo que esta vida no esta hecha para mí”

José M. Gil no pudo entenderlo de ninguna manera. Aunque él no había necesitado tres años para darse cuenta de aquello: Pedro Gil sólo había sido bohemio de titulo pero no de corazón.




6 comentarios:

Virginia Martínez Escalona dijo...

Claro, la pregunta sería ¿qué es ser bohemio? Creo que este chico quería libertad por la cara y disfrutar de la vida como la "beat generation" de los años 50...mucho disfrute de la vida, pero ¿y qué más? Me recuerda un poco a la parábola del hijo pródigo (sí, efectos secundarios de haber estudiado en un colegio de monjas xd, aunque siempre me gustaron las parábolas). Quizás me esté yendo por otros sentidos, y tú querías expresar otra cosa, pero lo he visto desde ese punto de vista. En mi opinión, creo que el bohemio busca algo que no está en la vida convencional que lleva, o en el orden establecido de la sociedad. Quiere romper con una forma de vida pasiva, conformista, pero haciendo algo, ya sea pintura, escribir, música, hacer algo bueno para la sociedad, o para otras sociedades.

Me ha gustado mucho este relato. En serio, es genial. Muy bien escrito, y muy evocador. Te felicito Ana!
Muchos besos!! :D

Angel dijo...

Muy bonito texto. Me imagino como le va cambiando la cara al padre cada vez que el cartero le lleva de nuevo noticias de su hijo. Seguro que al principio hasta presumía que su hijo era un gran hombre, diciéndolo con el orgullo bien alto. Y al final con ganas de darle un cogotazo, diciéndole ¡ya te lo dije yo que te dejaras de tonterías!.
Menos mal que aún siguen quedando esos viejos bohemios, aunque parezca que siempre hacen falta. Por muy de locos o vividores que los podamos tachar.

Ana dijo...

Virginia has entendido exactamente lo que quería trasmitir con este relato, así que me siento satisfecha, jaja. Yo también estudié en un cole de monjas, y me encanta esa parábola del hijo prodigo. Gracias por tus palabras en cuanto al texto, me has animado un montón, no estaba yo muy convencda pero esto me da fuerzas y mas viniendo de ti.
Un besote
:D

Pues sí Angel, un padre orgulloso de su hijo y de pronto se dice, ¿pero porque no le di un cogotazo a tiempo?, ¿porque permití esta situación? Pero menos mal que siguen quedando bohemios de los buenos, no esos que confunden bohemia con sibaritismo.
Un besazo y gracias por pasarte por aquí, me alegro de que te haya resultado bonito.
;)

Durrell dijo...

:)Este relato tuyo me ha hecho sonreir. Muy buen final. Si es que el diablo sabe más por viejo que por diablo y a ese hijo se le estaba viendo el plumero jajaja. Está muy bien construido y expuesto. Espero que consigas muchos puntos porque lo vale. Veremos qué han dejado los otros compis...

Un besazo ;)

Raquel dijo...

Anita pues que te puedo decir que no te haya dicho ya, sólo que tienes un don y es tu espontaneidad, no la pierdas en tus textos, deja que estos fluyan a donde quieran, no les pongas cotos. Te aseguro que es mejor así, aunque pueda parecer imperfecto, porque es ahí donde esta el genio de cada uno, donde esta la voz del relato, y la tuya es fresca, chispeante. Me ha gustado porque en el relato te veo a ti, tu voz de escritora.

Un beso grande.

Ana dijo...

Un besazo Durrel, gracias por el apoyo y por pasarte por aquí. El tema de esta semana no podía ser mejor, jeje.
:D

Un beso Raque, ¡que halago! Pero tienes razón, me siento mas cómoda con el humor, me gusta improvisar, jaja. Supongo que ese es mi estilo.
:D

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