domingo, 14 de marzo de 2010

Ese fugaz instante

Horas, mi vida esta llena de horas vacías.
Horas desiertas, huecas, agónicas…
Mi vida aquí trascurre como una lenta sucesión de tiempo, sólo tiempo, tiempo que no conduce a nada, pero no puedo escapar de mi prisión.

Te escribo querida Katherine para hablarte de él. Ya lo hice en la anterior carta pero fue sólo de pasada. Palabras breves, escuetas, porque no conocía demasiado bien al señor Harper. Hablo en pasado te habrás dado cuenta. No lo conocía pero eso ha cambiado. Sí, nos hemos conocido y hemos intercambiado más que palabras. No te ruborices no es lo que piensas aunque debo reconocer que él despierta en mí cierto interés que no puedo entender. Es un hombre rudo y extraño. Un hombre que me inspira confianza aunque sé que no es digno de ella. Sin embargo eso no me importa. El señor Harper representa todo lo que yo anhelo: misterio, pasión, deseo…
Cada atardecer le veo pasear ante su ventana iluminada como un pobre y atormentado penitente. Y eso me conmueve porque entiendo, comprendo su dolor, sé que desearía salir al mundo, escapar, huir de un invierno interminable. Huir de Rotland, de su gélido amanecer, de su tierra áspera, de sus gentes hostiles…

Christopher Harper está tan atrapado como yo a este lugar. Su único consuelo es la obsoleta biblioteca y en ella se sumerge cada noche. Luego, a altas horas de la madrugada, le oigo salir sin que nadie más lo advierta.
Desde lo alto de mi ventana y si la luna llena lo permite le veo deambular entre la espesa y alta hierba hasta la colina que limita las tierras de los Rotland. Siempre pensativo, cabizbajo y apurado. En verdad lo ignoro pero sé que no vaga hasta el pueblo y que tampoco se reúne allí con nadie. O así me consuelo. Christopher es un ser solitario, tanto como lo soy yo. Así que avanza hasta lo alto del acantilado, ganando terreno con enorme facilidad casi como si quisiera correr, volar, planear al amor de la corriente y la brisa.
Luego la pendiente del camino que él mismo ha hecho con sus pasos se lo traga y yo aguardo impaciente tras la ventana a que vuelva a aparecer de regreso. No puedo especificar si son muchas horas las que esta ausente porque soy incapaz de medir el tiempo si sé que esta lejos. El tiempo no existe para mí, Katherine, cuando eso pasa.
Después cuando adivino su silueta recortada contra la luz dorada del amanecer una alegría impropia se despierta en mí y desearía poder tener alas para volar hasta él, para cogerle de la mano y llevarle conmigo allá a donde él quiera ir.

Durante el día me siento abotargada, lenta, apenas puedo mantener los ojos abiertos y eso dificulta mi tarea como institutriz. De todas formas los señoritos Rotland carecen de talento e ingenio por lo que apenas avanzan en sus materias, algo que no dice mucho de mi pericia como maestra. ¿Soy yo la responsable de que Robert y John tengan tan poco cerebro? El único cambio que se registra en mi semblante cansado es cuando el señor Harper entra en la habitación. Siempre aparece trastabillando, cargado con mamotretos que hablan de ciencias y teorías matemáticas. Pero él siempre parece enérgico y contento cuando esta en presencia de los niños.
Nunca hablamos de nada en particular, sólo de nuestros alumnos y sus dificultades. Jamás se ha interesado por nada que no sea eso.

Una noche le seguí. Sabía que no era adecuado pero no me importó.
El frío se calaba en mis huesos, se aferraba a mi garganta y a mis dedos. La lluvia había reblandecido la tierra arenosa y suelta del camino. Era difícil andar sin tropezar, pero eso tampoco me importó. El ventarrón me arrebató el chal, el único abrigo que poseía pero no me di la vuelta, decidida como estaba a descubrir su secreto. Y lo hice.

El señor Harper es un soñador y cada noche, cada madrugada, abandona las suaves y cálidas mantas para mirar el cielo estrellado. Christopher es un gran enamorado del universo, del cielo y de sus misterios más insondables. Gracias a su telescopio el señor Harper se evade de la rutina, de las oscuras paredes de nuestra cárcel. Gracias a su telescopio, una ventanita apasionante con vistas a otros mundos lejanos, el señor Harper es verdaderamente feliz. Desconozco si aquellos mundos que ve son mejores que el nuestro, pero así parece porque durante horas se distrae mirando las estrellas.
Yo me regalo con los ojos con dicha visión y de alguna manera soy feliz.
Las lentas y agónicas horas del día se esfuman cuando espero a que anochezca. La noche velada y sombría llega, y con ella la esperanza, la ilusión por verle de nuevo. Siento el frío en mi cuerpo, siento que voy perdiendo mi salud. Toso y carraspeo cada vez mas, cierta debilidad me esta consumiendo pero nunca en dos semanas he faltado a mi cita en lo alto del acantilado. Y ya no lo haré.

La otra noche el señor Harper me vio. Disimulé, me hice la despistada pero en seguida confesé, lo que le dejó muy turbado. Sus ojos dorados se convirtieron en dos pozos negros. No tardó en buscar una excusa y en desaparecer. Como ves Katherine, el señor Harper es tan torpe haciendo amigos como lo soy yo.
Durante días me esquivó, rehusó pasar tiempo a mi lado retrasando sus horas de clase con los niños o comiendo en otros salones. Sutilmente desapareció de la biblioteca cuando cierta noche nos encontramos allí los dos, solos, despeinados y en bata. Sus ojos antes oscuros brillaron para mí al fondo de la habitación y percibí un intento por sonreír. Eso disparó mi corazón. Y busqué un tema de conversación en los libros para romper el hielo.
El señor Harper se mostró receptivo, incluso abierto.

-¿Le gustan los clásicos?- preguntó señalando con su mano el que yo aferraba contra mi pecho, -a mi me gustan las novelas de capa y espada, ¿ha leído algo de Dumas?

No sé que respondí pero hablamos sin parar ante la lumbre de la chimenea, juntos, en el gastado diván de cuero marrón. ¡Es tan distinguido y tan maravilloso! Podía percibir el calor de sus manos, el perfume de su cuello...
Hablamos del cielo, incluso hicimos planes. Quería convertirme en su alumna, quería aprenderlo todo de él.

El señor Harper lo prometió, prometió mostrarme la luna con su telescopio. Pero aquel día enfermé. Me sentí tan indispuesta que me desmayé. El doctor Stoker lo diagnosticó de leve bronquitis. ¿Ya sabes? Cama y reposo.
No quería decepcionar al señor Harper y me presenté en la cita. Sudaba por la fiebre, temblaba por el frío, pero él creyó que era por su presencia a mi lado y espontáneamente me atrajo hacía su regazo y me abrazó. Dijo que sentía lo mismo que yo y me besó. ¡Me besó!
Justo entonces todas las estrellas parecieron caer sobre mí como flechas cuando la tierra se abalanzó sobre mí o yo sobre ella. Caí. Mi leve bronquitis ha derivado en una pulmonía. Llevo una semana a agua hervida y a algo que parece puré de zanahoria pero que no sabe a puré de zanahoria, ¡en realidad no sabe a nada!

Durante mi recuperación el señor Harper apenas ha podido venir a visitarme. La señora Rotland me ha descontado los gastos médicos y ha amenazado con buscar a una nueva institutriz para sus hijos, exclusivamente al cuidado de Christopher. Lo peor es esta debilidad… ¿Y si muero? No quiero morir ahora que he encontrado el amor, ahora que Rotland ya no me parece una cárcel.
La otra noche Christopher se coló en mi habitación a medianoche. Me acarició la frente dulcemente y el pelo. Llevaba consigo su pequeño telescopio que colocó amablemente cerca de mi ventana para que yo pudiera admirar la noche. ¡Fue tan bonito, tan romántico! Nunca hubiera imaginado que él pudiera llegar a ser así, ser tan impulsivo, tan vehemente.

Si muero pronto no quiero que llores ni te aflijas por mí. Le dije. Quiero que sigas mirando al cielo… búscame cada noche, asómate a esa ventana y escudriña la galaxia. Cuando muera me convertiré en un cometa, o en una nebulosa, ¡en algo bonito y brillante! Si muero pronto sé que iré a visitar esos mundos, no he visto lugares más bonitos que los que tú me has enseñado…no podría haber lugar mejor para mí.
Christopher pensó que exageraba y rió por mi ocurrencia. Siempre he sido muy exagerada y algo melodramática pero verdaderamente siento que la vista se me escapa del cuerpo. ¿Por qué tiene que ser tan cruel vivir, amar, despedirse?
Con mi suerte nunca me convertiré en cometa sino en meteorito. Siempre he sido ruda, destructiva cuando he querido y muchas veces me han dicho que poseo un humor negro, ácido. Así que ser meteorito pega más con lo que soy.

No pretendo asustarte Katherine, precisamente quería pedirte un favor. Ven, te necesito a mi lado, necesito que me sustituyas con los niños, necesito tu talento como maestra. ¿Vendrás?
Quiero presentarte a Christopher Harper. ¿Sabes que ha puesto un anillo en mi dedo? Debo ponerme bien entonces, debo hacer un esfuerzo por él, parece tan enamorado, tan ilusionado. ¿Podría aspirar una chica como yo a una felicidad mayor? ¡Oh no, sería imposible!
Tú amiga… Annie.

Recibí la carta de Ann con inquietud. En su trazo tembloroso adiviné un disfrazado intento por ocultar su miedo con un poco de entusiasmo, sólo un poco, y no suficiente porque yo sabía que tenía miedo, miedo a no poder despedirse de mí.
Pero aquella no era la Annie Gray que yo conocía. La Annie que yo conocía nunca me hubiera pedido que fuera a visitarla si sabía que la iba a ver morir. Ella siempre, durante toda su vida, me había querido ahorrar dolor. Me había protegido.
En la estación de tren recibí la mala noticia, la peor noticia y supe que lo había vuelto a hacer. Me había protegido de verla sufrir, agonizar.
El cochero de los Rotland me llevó rápidamente a la iglesia donde velaban los restos de mi vieja amiga de infancia. En donde las despedidas, inevitablemente, se hicieron a un ataúd cerrado.

No vi entonces por ningún lado al señor Harper, tampoco durante el entierro. Entre lágrimas recogí las pocas cosas de Ann en la habitación que ella consideraba su cárcel. Había sido su jaula hasta que el señor Harper la enamoró. Eso me hizo recordar lo que solía decir de él en sus cartas. Así que me aventuré y salí de la lóbrega propiedad de los Rotland a buscarle.
Salí a la oscura noche y seguí a tientas un camino gastado al paso que se abría entre alta y fresca hierba. La colina tenía un ligero desnivel bastante escarpado que escaloné hasta llegar arriba, al recodo del acantilado. Una figura encorvada en torno a un largo telescopio se recortaba sobre el saliente.


Sin duda se trataba de Christopher Harper. Cierta congoja se aferró de mi garganta al verlo allí, buscando como ella había dicho, los lugares más bonitos de la galaxia.
Le oí llorar en silencio y no me acerqué, no pude. El señor Harper se merecía una despedida para la mujer que amaba. Una mujer que había prometido convertirse en nebulosa o en cometa sólo para él. Para que él en una noche cerrada y oscura como era aquella la descubriese y sintiese que Annie nunca se había ido, que todavía estaba con él si sabía buscar.
Estaba allí en el cielo. Y él tenía que encontrarla…

Annie nunca fue una nebulosa, ni un cometa, tampoco un meteorito, Annie siempre fue una estrella fugaz. Se fue demasiado rápido y dejó un gran recuerdo. Así era ella, siempre rápida, siempre radiante.
El señor Harper no se percató de mi presencia aquella noche. Tampoco la siguiente ni la que seguía a esa. Pero ya no pude dejar de asistir a aquella cita nocturna comprendiendo un poco porque Annie tampoco podía dejar de hacerlo. Basto sólo ese fugaz instante para saberlo, para entenderlo.
Me convertí en la nueva institutriz de Rotland. Acepté el puesto por Annie, y secretamente también por el señor Harper. Él no lo sabía, pero cada noche, los dos teníamos una cita… los dos, contábamos estrellas al mismo tiempo.

Fue imposible dejar de soñar despierta bajo aquel cielo estrellado. Imposible no enamorarse del desventurado Christopher Harper, de su tristeza y sus ojos negros, hundidos. Imposible no consumirse con la pasión que me despertaban sus ojos… él tenía la culpa de eso. Y yo al enamorarme así de él.

3 comentarios:

Raquel dijo...

Enhorabuena, Ana. Un relato precioso, que te va atrapando desde el principio hasta el final. Se lee del tiron.

Un beso grande.

Joseba Morales dijo...

Increible. :D me encanta como escribes y retratas los personajes. ¿te has planteado tratar de publicarlos como recopilatorio?

Un besote¡

Ana dijo...

Gracias Raque, siempre es agradable que le valoren a uno positivamente. Un besito.
:)

Gracias Joseba, nunca me he planteado publicar nada, es sólo una afición pero me ha encantado tu comentario.
Un beso.
:D

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