martes, 12 de enero de 2010

Que hablar puede con los ojos

Aquella mirada me sorprendió, era apasionada, borrosa por la distancia y por la lluvia pero evidentemente estaba enardecida por el deseo, una clase de deseo que duele. Eso hizo que me doliera el estomago, que algo se estremeciera en mi electrificado cuerpo, como si tuviera una pecera por estomago y un batallón de pececitos estuvieran braceando con mi digestión. ¿Qué iba a hacer?
Huir, decidí, huir cuanto antes, escapar de esos poderosos ojos.
Era cobarde y estaba demasiado sorprendida, además me sentía rabiosa por su culpa, ¿cómo?, ¿cómo lo había hecho?, precisamente él ¿porque había conseguido ruborizarme?

Fingí no haber reparado en su presencia en aquella ventana, preferí hacer como que no estaba allí y corrí hacía adentro, a refugiarme. Pero yo sabía que estaba ahí, que seguía ahí, y por alguna razón le espié veladamente a través de la gruesa cortina de la ventana. Mi corazón palpitó con fuerza, eso me ahogó y no pude reprimir soltar un delator suspiro que dibujó un blanco vaho en el cristal. ¿Pero que estaba haciendo?, me recriminé, él me iba a ver, él iba a saber que había provocado esa inquietud en mí, y no podía consentirlo, no, con él no.

Me tumbé sobre la cama, temblando por el frío y las ropas mojadas, pero había algo ardiente en el fondo de mi pecho, y creo que procedía del recuerdo vívido de esa mirada, aquella mirada en la que los dos habíamos ardido deseando fundirnos a una temperatura de cinco mil grados Fahrenheit.
¡Ay!
Me revolví entre las sábanas, incapaz de quitarme de la cabeza su imagen, la dirección de sus ojos profundos, su expresión que revelaba cierta atracción, detenido en las formas que evidentemente habían dejado al descubierto la trasparencia del camisón mojado. Comprendí cuanto deseó él ser el agua de la tormenta para resbalar así por mi piel, comprendí cuanto apetito había estado oculto tras la mascara del desden y la indiferencia.

Me reí sola y divertida, rozándome contra las sabanas. Por fin le había desenmascarado. Él ya no era aquel niño pequeño del colegio que me tiraba de las trenzas y me hacía rabiar, ya no era el muchacho que me robaba los deberes para romperlos, ya no era el que me odiaba a muerte porque yo quería jugar en su mismo equipo, no era ese que siempre que me veía se ponía verde porque le caía mal, mi enemigo, mi vecino. No, ahora no... Ahora era mi siervo, esclavo de mis labios, de mi cuello, de mi pecho y mi vientre. Ahora estaba en mis manos y yo me sentía poderosa.

Recordé entonces el incidente de días pasados: había sido él claro, aunque fingió y se alarmó cuando le acusé al verle cerca de mi mesa y luego hallar la carta, había sido él quien había escrito tan engoladas palabras: y como moría cada noche de insomnio porque no podía dormir pensando en mí, pensando en el tacto de mi abrazo, en el sabor de mi boca, en el olor de mi piel, y como quería estremecerse, y como deseaba buscarme cada amanecer para morir en el aroma de mi ser”.
¡Buff!, hundí la nariz en la almohada.
Aunque nunca había ocultado su odio por mí entendí que si había estado ocultando su repentina simpatía, bueno no era precisamente simpatía pero no sabía que nombre atribuirle. Supongo que aquella mirada le delató, rumié. Aquella penetrante mirada...

Esa mirada me persiguió y no pude dormir, no era odio, no era amor, pero me hacía sentir y jugué.

Llovía a cantaros pero eso no me detuvo. Era excitante y divertido, era osado… y sexy. Salí al balcón esperando verle, tentarle, llamarle. Quería regodearme, devolverle algo de la antipatía con la que siempre me había obsequiado. Pero había desaparecido de aquella ventana y eso inflamó mis venas.
Subí a la azotea movida por un impulso difícil de explicar, decepción, ira, si tal vez eso.
La lluvia me gustaba, así como bailar debajo de ella. Él, mi vecino, mi enemigo, mi admirador secreto estaba ahí, enamorado, y en sus ojos no había ni rastro de odio, o desprecio, sus ojos no eran afilados, ni crueles, no había en ellos deseo de jugar a la guerra conmigo, como siempre, todo lo contrario. Aquellos ojos no querían lucha, guerra u hostilidad, aquellos ojos querían calor, placer, amor.




El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada.

(Gustavo Adolfo Bécquer)

2 comentarios:

Raquel dijo...

Ay los amores adolescentes... :) Me ha gustado tu relato, me recuerda a las cosas que escribía antes, cuando era una ingenua quinceañera.
Me gusta ese final abierto e incitador.

Un beso grande, Anita.

Ana dijo...

Gracias Raque, es que en el fondo soy como una adolescente :D
Otro beso para ti... MUAKSSS!!!

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