sábado, 22 de febrero de 2014

Máscaras y prohibición


En los tiempos en los que la picaresca no estaba bien vista, pues suponía un síntoma de libertad despreciable para aquellos enemigos del libre albedrío, los carnavales fueron duramente maltratados y prohibidos a través del tiempo.
La aversión venía casi siempre de los gobiernos conservadores o las sociedades reaccionarias pero principalmente de las esferas religiosas.
Para los detractores, la fiesta constituía «la trasgresión de las normas establecidas, el protagonismo de la burla, la sátira, el desenfreno, la promiscuidad, el exceso también en lo culinario como preludio del hecho de desterrar la carne para cumplir con la exigida abstinencia cuaresmal, y, en definitiva, una rebeldía popular llevada en volandas a través del disfraz, de la máscara, de los cánticos alegres, de la algarabía y de la broma ». Algo que a estos adversarios de la libertad no le sonaba a guasa.

Quizás por todo ello hoy he querido asomarme a la historia del carnaval de mi tierra y a las muchas prohibiciones a lo largo de su historia:

Fueron los conquistadores de las islas, a mediados del siglo XV, quienes trajeron tradiciones ligadas con las fiestas del carnaval. Pero también sus restricciones.
Durante el reinado de Carlos I se dictaron a petición de las cortes, leyes prohibiendo las fiestas de carnaval y las mascaras. Igual ocurrió con su hijo Felipe II, que tampoco tenia sentido del humor, aunque no pudo evitar el uso de antifaces en su propia corte. Felipe IV por el contrario, restauró la costumbre de las mascaras y no sólo en tiempos de carnaval, famosa es la anécdota cuando hizo vestir al Almirante de Castilla de mujer y a la reina de “obrero mayor”. Felipe V y Felipe VI prohibieron estas expansiones de una manera toral, aplicando duras penas y multas tanto a nobles como a los plebeyos. «Cuatro años de presidio para un noble que se disfrazara y el mismo tiempo de galeras para los plebeyos además de multa de mil ducados a ambos».

En Tenerife las primeras referencias escritas que se conservan sobre la fiesta datan de finales del siglo 18. Hablamos de manuscritos, algunas disposiciones oficiales, pero especialmente prohibiciones o regulaciones que pretendían canalizar el desenfreno de esos días en evidente salvaguarda del “orden social y moral” por parte de la autoridad civil y eclesiástica.

En 1778, la clase más selecta de la sociedad santacrucera, (autoridades militares, viajeros de importancia, personas de renombre) disfrutaban de unas veladas donde reinaba, a parte del juego, la música y los bailes, las representaciones teatrales y las actuaciones de las primeras agrupaciones citadas en distintos documentos como “comparsas”, que asaltaban -de ahí la palabra “asaltos” para referirse a bailes de Carnaval-  en las casas particulares de la llamada alta sociedad, donde, tras ofrecer su actuación o repertorio, se les invitaba a un refrigerio.
Evidentemente, las capas más populares de la población, vivían unos carnavales más bulliciosos y participativos, con más ambiente festivo y despojado de toda etiqueta y del encorsetamiento que se exigía en la alta sociedad, en sus celebraciones en calles, plazas y tabernas. Sus divertimientos motivaron, por parte de la autoridad pertinente, las disposiciones restrictivas y ciertas prohibiciones que afectaban al uso de algunos artículos durante la fiesta, así como la regulación de ciertas actitudes y hasta el uso de la máscara.
Artículo 31.- En los Carnavales se observarán las siguientes reglas:
3ª.- Se prohíbe a las máscaras hacer parodias que puedan ofender a la Religión, a la decencia y a las buenas costumbres, dirigir insultos o bromas de mal género y usar de palabras o ejecutar acciones o gestos que sean contrarios a la moral y al decoro.
Queda terminantemente prohibido que los hombres se disfracen con traje de mujer.
4ª.- Se prohíbe a los enmascarados llevar armas o espadas, aunque lo requiera el traje que vistan.

El uso de la máscara en tiempos de Carnaval fue motivo, durante siglos, de las más fervientes prohibiciones y enconadas persecuciones, pues no en pocos casos proporcionaron en más de una ocasión la impunidad indebida, el encubrimiento, el secreto oculto o el misterio enigmático en actos de venganza, romances, conspiraciones, amoríos, burlas o ajustes de cuentas que la autoridad debía atajar. En Santa Cruz, aunque también se implantaron las mismas medidas restrictivas o prohibiciones que en el resto del reino, y otras emanadas de la autoridad local, el uso de la máscara, careta o antifaz no pudo ser abolido, llegando a su punto más álgido con las llamadas “tapadas”, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, protagonizadas por damas pertenecientes a la “sociedad selecta” que, cubriéndose el rostro con una máscara, se mezclaban con la gente en festejos populares y en las horas de paseo en los días de fiesta para espiar y criticar. Hay quien sostiene que, entre las citadas “tapadas”, podría esconderse, “debajo de un refajo dieciochesco de blondas”, algún representante del sexo contrario.” Estas tapadas vienen a ser las antepasadas de las mascaritas.

«La máscara era un extraño paquete, envuelto en sábanas, viejos trajes o en un disfraz. La máscara no enseñaba ni un pelo de su cabeza. La máscara va por la calle con su voz de falsete rompiendo, con la estridencia de sus gritos, la armonía del ruido generalizado. En otros tiempos dicen, arrojaban polvos de talco que un día fueron prohibidos.»

Una serie de acontecimientos acondicionaron (y truncaron) de algún modo la celebración del Carnaval en Santa Cruz: el desastre colonial del 98, la dictadura de Primo de Rivera, el inicio de la guerra civil, el estallido de la primera guerra mundial, los años de la posguerra…
*En 1929, cuando el régimen de Primo de Rivera daba sus bandazos finales, se publicó una Real Orden según la cual, en adelante, o sea, a partir de 1930, se consideraba un periodo de días festivos reducido, exclusivamente, al domingo de Carnaval y domingo de piñata, quedando prohibida por tanto cualquier manifestación carnavalera fuera de dichos días. Tras la caída de la dictadura parecía que tal disposición iba a ser derogada por el nuevo gobierno presidido por Berenguer pero no fue así, y, a propuesta del mismo, el Rey dispuso que se mantuviese su vigencia y por ello el pueblo de Santa Cruz, resignado, dio por acabada la fiesta al término del domingo de Carnaval.
*Durante el transcurso de la guerra civil española fue suspendida, como puede suponerse, cualquier manifestación o actividad de diversión colectiva, y, por supuesto, las fiestas de Carnaval. El pueblo, precisamente, no estaba entonces para fiestas.
En febrero de 1937 se publicó en la prensa una Orden del Ministerio de la Gobernación comunicando la absoluta prohibición de la celebración de los carnavales.
Todo hizo pensar que se trataba de una medida coyuntural, o sea, mientras duraba la contienda bélica, pero no fue así.
*En el periodo comprendido entre 1940 y 1960, la veda y persecución de la fiesta persisten, aunque prima la tolerancia en sus expresiones callejeras, populares y clandestinas.  Existen bailes de disfraces en sociedades, y en la calle los más pícaros, -las mascaritas y las murgas-, retan la suerte y a la autoridad para salir corriendo en cuanto ven aparecer a la autoridad competente evitando así el tener que pernoctar en comisaría. La complicidad de la mayoría de la población se daba por contado para dar el chivatazo a los callejeros carnavaleros si aparecían los grises, aunque la represión y contundencia de la acción policial ejercida en la fiesta no fue realmente excesiva, e, incluso, se hacía "la vista gorda" en la mayoría de las ocasiones,


Los carnavales del año 1954 fueron los más restrictivos.
El gobernador civil Carlos Arias Navarro dispuso (entre otras cosas) lo siguiente:
 -Primero: Queda prohibido rigurosamente el uso de caretas, antifaces, dominós y disfraces, tanto en las calles y lugares públicos, como en los bailes y festejos que se celebren en locales cerrados.
 -Segundo: Queda igualmente prohibida la celebración de los llamados “bailes de carnaval”. Sólo serán autorizadas las sociedades que así lo soliciten (…) siendo responsables los directivos de las mismas, de los actos que se cometan al infringir, por el uso de caretas y disfraces la prohibición establecida.

Las distintas autoridades civiles y religiosas autorizan en la década de los 60 -hecho sin precedente e insólito en España-, las fiestas de Carnaval en Santa Cruz de Tenerife aunque disfrazando su nombre con el eufemismo gracioso, pero necesario en aquella época, de "Fiestas de Invierno”. Si en esta época, ya de por sí, había que omitir la palabra "carnaval" (de ahí el invento de “Fiestas de Invierno”) pues sonaba a lujuria, así como cualquier otra palabra que "incitara al pecado y a los malos pensamientos", más justificada era la omisión de cualquier noticia sobre la actividad de los que retaban en cada momento la prohibición establecida, por lo que, en estos años, los medios de comunicación, haciendo una labor contraria a sus principios profesionales, callaron la noticia, pues "el temor estaba en que, desde Madrid, descubrieran la trampa y ordenaran la temida marcha atrás". No convenía en absoluto "que Madrid se enterase", así que, "los periódicos se guardaban mucho de publicar cualquier cosa que oliera a Carnaval por si llegaba a Madrid la noticia. Era un pacto tácito admirable".
El Carnaval de esta época, como queda dicho, se desarrollaba, en mayor o menor grado, según el parámetro de tolerancia de los distintos gobernadores. Pero ya hay mayor tolerancia y apertura por parte de los mandatarios.
Y cambiaron de nuevo las cosas y se volvió a celebrar la fiesta con cierta normalidad a pesar de continuar en vigencia la prohibición, y el carnaval santacrucero va tomando, poco a poco, una línea ascendente en participación ciudadana y regocijo popular.
La autoridad gubernativa se vuelve más indulgente con el transcurso de los años, sin duda alguna por el buen comportamiento y actitud cívica y sana que los chicharreros demostraban año tras año en el disfrute de la fiesta.
El entusiasmo y comportamiento fue la pieza fundamental para que años más tarde, otras poblaciones tinerfeñas y de otras islas del archipiélago iniciaran sus esfuerzos en resurgir el Carnaval en sus municipios.
Aquellos primeros pasos fueron la base para poder dar despegue definitivo al Carnaval de Santa Cruz de Tenerife -tras el paréntesis de la guerra civil y el Carnaval clandestino vivido en la posguerra -, aunque, y como excusa para la permisión de su celebración, encorsetado en un marcado carácter turístico, consiguiéndose logros de extraordinaria relevancia como el que fueran declaradas en 1967 "Fiestas de Interés Turístico Nacional", para que, en la actualidad y desde el día 15 de enero de 1980, ostenten el rango de "Fiestas de Interés Turístico Internacional".

A día de hoy pocos recuerdan aquella época donde la celebración se disfrutaba con el riesgo de multas y prisiones, donde la fiesta supo disfrazarse a si misma con el eufemismo de “Fiestas de Invierno”, donde todo se hacía de tapadillo. Ahora la cita con el ritmo y el color se grita a los cuatro vientos. Como dicen por mi tierra el carnaval da puntapiés a la vida convencional, y la gente sale a la calle devorada por la alegría, en el remedo del jolgorio para gastar madrugadas antes de que salga el sol. La música, el arte, la cultura, la risa y el disparate están permitidos.


Fuentes:
 Rincones & Recuerdos de Tenerife, Gilberto Alemán.
Imágenes:

7 comentarios:

lopillas dijo...

:D
Yo llegúe a disfrazarme de mascarita siendo pequeña. Era muy divertido!
Besitos Ana

amparo puig dijo...

Excelente recorrido por los afamados carnavales de tu tierra. Y es que ahí hay tradición y arte y, sobre todo, la euforia de declarar que uno es libre para reir , para cantar e incluso para burlarse de sí mismo. Sin embargo, algunas "personalidades" de nefasto recuerdo como uno de los que citas - Felipe V-, personaje odioso donde los haya, los prohibieron de forma absoluta y cruel. ¿Acaso tenían miedo de ellos mismos?

miquel zueras dijo...

Ni siquiera el franquismo pudo terminar con los Carnavales de Tenerife aunque los llamaban "Festivales de invierno".
Curioso, ahora no hay polémica con las máscaras sino con los burkas.
Saludos. Borgo.

roberto dijo...

Ana. No solamente en tu tierra hubo prohibición, en todas las dictaduras molestraba que el pueblo festejara.
Muy intersante y a la vez abre cerebros tu post para aquellos que aún no tienen en claro que la diversión tambien es para el pueblo un momento de olvido a sus pesares, aunque sean un par de días.
Un abrazo.

Ana dijo...

Hola lopillas, esa impunidad de las mascaritas, mi abuela dice que cambiaban de tal manera la voz y sacaban tantas cotilleos y chanchullos que era imposible saber quien se escondía tras el disfraz, ¡había mucha picardía!
Besos

Hola amparo, aquí el carnaval se vive como un derecho, como una expresión, como algo del pueblo. Felipe V seguro que tenía miedo, ¿era un reprimido o estaba reprimido? A saber si tenía algún consejero especial...
Saludos

Hola borgo, el carnaval supo disfrazarse a si mismo con otro nombre pero con las mismas ganas.
Todo lo que se quiera tapar y cohibir da miedo. Esos burkas no tapan sólo a las mujeres sino su derecho a ser individuos, su libertad y su autenticidad. Nunca entenderé esas sociedades tan cortadoras.
Saludos

Hola roberto, imagino que cortar todo lo que supusiera alegría y fiesta y pueblo era un objetivo a abatir por parte de las dictaduras. Es lo que significa vivir bajo una: estar en la sombra, manejado, limitado... ¡que pena!
Sí, yo también creo en eso, para muchos es una oportunidad de salir de la cotidianidad de la vida, de lo gris, y por unas horas ser quien no eres, sin cargas, sin pensar en crisis o en problemas, siendo uno con la risa y la música, siendo libre por unos días o unas horas.
Un abrazo

Nieves dijo...

Muy buena y trabajada tu entrada sobre los carnavales de tu tierra y muy interesante conocer ciertos detalles sobre ellos, como el de que la mayor prohibición fuera disfrazarse del sexo contrario, con lo que les gusta a algunos. Un fuerte abrazo y que disfrutéis mucho, tú y Raquel, de vuestros maravillosos carnavales,

Ana dijo...

Hola Nieves, ¿qué sería de unos carnavales sin el típico hombre de bigote vestido de flamenca?, jaja, como bien dices a algunos les sale barato y además les encanta, me parece que muchos quieren ponerse en nuestros tacones.
Gracias y que tú también te lo pases muy bien con la fiesta de Don Carnal, por aquí ya estamos empezando. Un abrazo grande

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