martes, 14 de julio de 2009

Tras el Crepusculo

El paisaje era frío y desolador. A lo lejos, la línea del horizonte se rompía abruptamente contra la silueta de un acantilado, no había salida.

Sus ojos eran verdes, muy brillantes, mordaces y algo groseros. No sabía que él tuviera la capacidad de mirar así, de mirar como si pudiera traspasarme la piel.
Respiré repetidamente, exaltada y fuera de mí, el corazón me latía muy aprisa en el pecho. Temblando por el susto no me di cuenta de que seguía siendo de noche. Pero ya no estaba en casa.
Le devolví una mirada acusatoria, como respuesta él simplemente sonrió. Su sonrisa, sardónica y pretenciosa me desquició.
Retrocedí un paso, y luego dos, tentando una salida por donde huir. Pero me tomó de la muñeca, no pude escapar a su fuerza. Me revolví pero choqué contra su pecho. Despeinada levanté la vista, y él, muy despacio me retiro el pelo de los ojos. La rabia que sentí me acaloró el rostro, y gruñí para deshacerme de su opresión.
-¡No te saldrás con la tuya!- grité.
Pero la realidad no parecía esa, pues si que se estaba saliendo con la suya.
¿Cuánto más tendría que soportarlo? ¿Por qué yo?
Estaba a su lado, como quería, vivía en sus dominios lejos de mi madre, compartía su mesa todas las noches, soportaba su rudeza, su autoridad. ¿Qué más? Si pretendía mi sumisión jamás la encontraría por mucho que yo fuera una liebre atrapada en su territorio.

La luna se adivinaba entre nubes brumosas y grises, completamente redonda, tan esotérica como siempre. Por un segundo aquellos rayos plateados bañaron de luz su rostro y algo inquieta adiviné en ellos un brillo irreal. Sacudí la cabeza presa de algún delirio, y ajena a todo, le di la espalda. Nada me importó más que escapar de su presencia, ajena al hecho de estar en medio de un bosque oscuro y tenebroso, en camisón, descalza y aterrada. Pero él me rodeó y se plantó ante mí.

-¿Adonde vas?
-No lo sé- reconocí con voz temblorosa.
Entonces me envolvió los hombros con sus brazos, y añadió divertido: -volvamos.
Le detuve inmediatamente, y asqueada quité sus manos de mi cuerpo.
-¡Suéltame!

Él sonrió de medio lado, campechano, como si nada, como si no hubiera gritado en su oído con todas mis ganas. Pero no se apartó de mi camino. Di un paso a la derecha y él me imitó. Di un paso a la izquierda y también me copió. Bufando histérica me mordí los labios con fuerza y él sin dejar de reír alzó una mano para acariciarme los labios doloridos. Repugnada le di un empujón pero apenas se movió del sitio. Entonces la luna se destapó completamente y su luz rebotó otra vez contra aquel rostro turbador. Sus ojos brillaron demasiado verdes para ser reales y asombrada abrí la boca como una idiota. Riendo a carcajadas sus dientes, blancos y perfectos, me resultaron temiblemente afilados.
Hasta el momento todo aquello me había pasado desapercibido, pero en ese instante no pude obviar lo que tenía delante.
Me llevé las dos manos a la boca y mirándole incesantemente medí sus pasos, sus movimientos.

-¿Te pasa algo?
-Nada.
-Te has puesto muy nerviosa- susurró, acercándose lentamente, muy lentamente.
-No, será el frío -, farfullé frotándome los brazos, - estoy helada.

A la expectativa le estudié. Estudié su semblante y su mirada, mirada que cruzaba líneas insolentes sobre mi cuerpo. Con el vello de punta me sentí desnuda, como si no tuviera nada que esconder, y no me agradó sentirme tan vulnerable.
-¿Frío?-cuestionó, y sus ojos relampaguearon meditativo, -es de madrugada, si, puede ser que sientas frío.
¿Es que tú no?, se me pasó por la mente preguntar pero resultaba evidente que la única muerta de frío era yo. Carraspeé y sonreí por compromiso. A lo lejos un lobo comenzó a aullar. Levantando su nariz hacía el cielo pareció escuchar aquel sonido con atención.

-Es la hora de lo lobos- comentó, y yo sólo fui capaz de asentir.
Si, era la hora de los lobos, de las brujas y de todos los seres del bosque. Y nosotros no teníamos cabida allí. ¿Por qué seguíamos ahí?

Intenté hacer memoria pero fui incapaz. No pude, por más que lo intenté, recordar cómo habíamos aparecido en la espesura del boscaje trasero a la casa. Sólo sabía que yo estaba ahí porque podía sentir el suelo bajo mis pies, que él estaba ahí porque podía verlo y que desde la cena tenían que haber transcurrido algunas horas.
Alguna vez había tenido que ir a mi habitación, pues llevaba el camisón puesto, pero luego todo se nublaba. ¡Ah, la cabeza me martilleaba!

-¿Te sientes indispuesta?- se interesó, pero no quise responder, -¿algo de la cena te ha sentado mal?
-¡La cena!- balbucí, -ni siquiera me acuerdo que comí.
-Pero belleza, ¿cómo no vas a acordarte?, ¿no recuerdas lo que hablamos, lo acalorada que te pusiste y que tiraste todos los platos al suelo?

Su voz me envolvía, me mareaba, me hacía sentir pesada y lenta. No recuerdo eso, pensé. No recuerdo que habláramos. Nunca lo hacíamos. Yo fingía comer, él fingía no molestarse, todo, siempre, era indiferencia, ¿Por qué aquella noche no?
Tragué nudos. Él, estratega, me tomo de la mano, y por el camino del bosque me condujo hasta un claro. Allí, los efluvios de la luna parecían más potentes.
Hacía dos semanas que vivíamos bajo el mismo techo. Deseaba casarse conmigo, yo me oponía. Desde hacía ese mismo tiempo mi familia no tenía deudas en el pueblo, mi padre trabajaba feliz en sus tierras, mi hermano pretendía a nuevas doncellas con su nueva y bien ganada herencia, y mi madre dormía tranquila creyendo haber encontrado un digno marido para mí.
Él había llegado para barrer todos nuestros problemas, con una única condición: tenerme. Sólo la necesidad me había hecho aceptar, necia, la cláusula, único requisito para que todos los demás alcanzaran la bien deseada felicidad. Pero, ¿Qué pasaba conmigo? ¿Dónde me dejaba eso a mí? A nadie le importaba, porque todos tenían lo que buscaban.
Bueno, no todos… Él aún no me había tenido, y yo no había podido librarme de su presencia en aquellas dos semanas. Había despedazado el traje de novia, había mandado a paseo al cura, le había dado una patada al cocinero del banquete, me había encerrado en mi cuarto y para lo único que salía era para cenar todas las noches, invariablemente, a su lado.
¿Qué habría pasado aquella noche en la cena?

Estrujé mis sienes hasta que me sentí agarrotada. A mi lado, sentado en el claro, él me contemplaba.
-Quizás la copa- apuntó, y noté cierto tonillo de regocijo en su voz.
Suspiré hondamente. No bebía, jamás probaba el alcohol.
-El agua- sugirió, -a veces se enturbia y sabe rara.
-No fue el agua- objeté, empezando a dilucidar algo al final del túnel. La luz pareció penetrar en mi memoria.
-Estábamos sentados en la mesa, ¿verdad?
-Um, si, es donde se come- resopló disfrutando, -a no ser que encuentres otros lugares mejores- sonrió triunfal señalando al suelo, -este parece un buen sitio, apropiado para un camping, siempre me ha gustado comer aquí, se encuentra caza muy fácilmente.
-Tú y yo estábamos presidiendo aquella estúpida mesa enorme, tú en una esquina y yo en la otra punta. Las velas de los candelabros parecían muy gastadas, no había buena luz…
-¡Si tú lo dices! Pero yo te veía estupendamente, a pesar de la distancia.
-No hablábamos como de costumbre.
-No, claro, si hubiera querido hablarte habría tenido que enviarte un mensajero para que llegara al final de la mesa, ¡siempre estas tan lejos!, parece que te escondieras, ¿es de mí?
Arrugué la frente deseosa de no oírle, me distraía y no podía pensar. Me mordí las uñas y caminé de un lado para el otro.
-Siéntate por favor, me mareas.
No le escuché.
-Estaba malhumorada- recordé finalmente.
-Siempre lo estas- dijo.
-Pero mi enfado no era por lo de siempre.
-¿Y que es lo de siempre, si puede saberse?- cuestionó levantándose ágilmente para detener mis pasos, -¡no, no me lo digas!, ya lo sé, que me odias y siempre me odiaras.


Resollé a modo de gruñido al volver a ver aquel brillo en sus ojos. De repente no me hizo falta hacer más memoria.
Él acercó su rostro al mío, quieta dejé que me hablara en el oído, y digo quieta porque hubiera querido echar a correr y la sangre no me llegó al cuerpo.
-Parece que ya lo sabes, ¿eh? No te gustó el pato, ¿verdad? No, a ti siempre te han apetecido mas los dulces, llevar una buena cesta de dulces a la casa de tu abuelita, como antes, cuando eras niña.
Intenté moverme pero su boca estaba tan cerca que en lo único en lo que pude reparar fue en sus dientes.
-Siempre me gustaste, ya entonces, con tu desafiante inocencia, con tu gorrito rojo. Tú jamás tuviste miedo del peligro, tú abuela si.
Forcejeé pero estaba atenazada por él, ese que lobunamente se reía de mí. No le gustaba yo, le gustaba la sensación de poder que podía ejercer. Lo único que había pretendido con aquello había sido poner las cosas en su lugar. Nunca fui su victima en aquel cuento y en su opinión no podía acabar así.

-Era sólo un cachorrito cuando nos encontramos hace años, no tenía la capacidad de trasformarme como ahora ya adulto, te lo cuento porque debo ser el primer hombre lobo con el que te has topado, ¿verdad?- movió su nariz por todo mi rostro, una inspección que soporté sin respirar, -hueles como antes…
Cerré los ojos maldiciendo a mi suerte. Cuando los abrí unos enormes ojos verdes me escudriñaban. Se me escapó un grito.
-Gritas como tu abuela, y todo porque me la comí, no sabía bien si te soy sincero, pero seguro que tú estarás más jugosa.
-Seguro- cruzamos una significativa mirada, -¿y para eso has montado todo esto?, no podías atacarme sin más y ahorrarme el suplicio de estas dos semanitas.
-Era más divertido.
-Tronchante si- musité.
Aguardé aunque finalmente nada sucedió.
-No voy a comerte… no quiero comerte, asesiné a tu abuela, cuando lo supiste, antes, en la cena, reaccionaste increíblemente, ibas a matarme con aquel cuchillo…
-Una pena que fuera el del pan, no tenía filo- rememoré apenada.
-Si, no era un arma, no podías hacer nada, pero me admiró el valor, el coraje y la audacia que demostraste. En tu mirada había bravura y fiereza, virtud esta de un lobo, porque eso fue lo que descubrí en ti, tu lado animal.
-Yo no soy como tú- escupí, me desagradaba esa idea.
-No te engañes, ¿recuerdas aquel día en el bosque, hace diez años, recuerdas como me miraste?
-¡No!, no sé de lo que hablas.
-Me hubieras adoptado como a tu mascota y yo hubiera sido como el perro más fiel. Acariciaste mi pelaje, me rascaste las orejas, te entretuviste un rato en darme gusto…

Le corté frenéticamente. No tenía sentido torturarme de ese modo, ¿adonde pretendía llegar?, insinuaba acaso que yo, que a mi, que... ¡Oh! Nunca me gustó, y siempre me dieron miedo los lobos, si alguna vez le acaricié fue creyendo que era un lindo perrito y no una fiera carnívora devorador de abuelitas. De haberlo sabido…
-¿No lo sabias?- leyó mi mente.
-¿Saber qué?- retrocedí, impactada y sin secretos.
-Que algún día vendría a por ti, ¿me dirás ahora, te atreverás a decirme que nunca me esperaste?
-Por favor, esperar a un lobo que fue cruel, despiadado y que destrozó a mi familia.
-Me esperabas, por eso cuando me viste convertido en lobo te desmayaste, por eso te llevé a tu habitación y te deposité en la cama, por eso…
-Me desperté horrorizada y creí que era una pesadilla, y tú estabas ya ahí, detrás de las vaporosas cortinas, como si me hubieras escuchado delirar y hubieras corrido a saber que me pasaba. Fue un acto de caballerosidad, eso pensé, no que estuvieras velando mis sueños.
-No los velaba, esperaba, esperaba a que despertaras para continuar con lo que dejamos a medias.
Boqueé indignada. Era absurdo, era ridículo. Cuando me sujetó de la muñeca no pude impedirlo. Pero ahí estaba, con la palma vuelta hacía él, aguantando otra inspección.

-¿Cómo fue que te hiciste esta marca?- preguntó, recorriendo con su dedo una fea cicatriz sonrosada que siempre había tenido.
No lo sabía y no me importaba. Pero él odiosamente parecía haber hallado la respuesta, respuesta que muy bien podía haberse inventado.
-Yo te mordí hace diez años, fui yo. Por eso tú eres parte de mí y yo de ti. Te transformaste aunque no lo recuerdes, te trasformaste y eres mi igual, mi mitad. Yo dejé una marca en ti y tú otra en mí- murmuró tocándose el pecho, -por eso no podía parar hasta encontrarte. Por muy reprimido que tengas tu lado salvaje el lobo vive en ti.
-¿Vive... en mi?- tartamudeé y empecé a creerle. Porque todo daba vueltas y cobraba sentido. Y mi corazón bombeaba mucha sangre, y un calor agobiante me abrasaba la cara.
-Hoy ha salido de su coraza, del disfraz en donde estaba escondido. Antes, allí en el comedor, dejaste de ser la niña de la caperuza roja y te convertiste en una loba. ¿No me crees?

Y sin más empezó a quitarse capas de ropa. El abrigo, un chaleco, y finalmente la camisa. Cuando su torso desnudo quedó ante mí, descubrí aturdida la señal bastante profunda de una herida que tenía toda la pinta de haber sido realizada con unas uñas, pero no unas uñas normales.
Con el cuerpo marcado, desgarrado, estiró una mano hasta mí, invitándome a que rozara con mis dedos las señales en la piel. Negué con la cabeza y no lo hice, no podía ser verdad, yo no podía haberle hecho eso, yo no era capaz.
Asqueada, confusa, bastante mortificada por lo oído, sentido y vivido di un paso en falso, tropecé y caí hacia delante, pero no me di de bruces contra el suelo; él me sujetó. Palpitante de terror me atreví a abrir los ojos, ese ser, esa bestia que tenía ante mí no podía ser el hombre que desde hacía dos semanas pretendía ser mi esposo. No era humano, no era como yo…

La luna resplandecía en un cielo negro, brillaban las estrellas, distantes y pequeñas, como luces de diminutas luciérnagas. El horizonte chispeaba como sucedía siempre tras el crepúsculo. La luna se veía tan grande, irradiaba tanta luz, alumbraba de una manera tan extraña el paisaje de mí alrededor que todo parecía llamear, centellear con una luz plateada. Yo misma me sentía mareada, extraña, como si mi cabeza se encontrara muy lejos de mi cuerpo. Aquella bestia peluda me miraba con ojos profundos y rojos, todavía me sujetaba, yo todavía le sujetaba.
Crucé primero una débil mirada sin percatarme, luego descubrí que yo misma no era yo misma, ¡mis manos no eran las mías, ni mi cuerpo! Me había transformado. Donde antes había un cuerpo de mujer había ahora un monstruo, donde antes habían piernas, habían ahora patas, donde estaban los brazos antes habían ahora garras. Mi cuerpo no era el mío pero si mi mente, y tuve deseos de gritar, de llorar. Sin duda lo hice pero de mi garganta no salió ni un alarido, ni un quejido, lo que salió de mi laringe fue un desolador y ronco aullido. Aullé un buen rato, llorando por mi nueva condición. Aullé lastimeramente entendiendo que era cierto, que él y yo estábamos hechos el uno para el otro.

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Inspirado en el lobo y caperucita roja.

2 comentarios:

Raquel dijo...

:) me ha gustado esta versión de la caperucita roja. "Lástima que fuera el cuchillo del pan" jejeje.
Divertido relato. El dialogo de los dos me ha gustado bastante.
Un beso.

Ana dijo...

:)Gracias...
Intuía que lo del cuchillo del pan te iba a causar, ayy. Un beso.

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