miércoles, 25 de febrero de 2009

Dulce Sacrificio

Vi en ella todo un mundo negro y desconocido, profundo y amargo. Una red de telarañas que me atrapaban sumiéndome en ese sueño irreal. Ese sueño gótico que me atraía, y me absorbía, y me hacía tambalear.
Era ella quien derribaba mi voluntad, ella quien atravesaba mis defensas, quien las aniquilaba con sólo pestañear. Y yo me rendía. Me rendía a la tempestad, a la tormenta de mi boca contra su boca.
Subí a su torre, atravesando sus dominios. Una brisa helada acompañaba mis pasos, pasos temerosos entre la oscuridad. Los búhos cantaban, los lobos aullaban, ojos brillaban entre los arbustos como si me espiaran. Sentí su presencia cerca, en el aire y todas las células de mi cuerpo reaccionaron, despertaron y un calor abrasador se hundió en mi pecho… ella estaba cerca, muy cerca.
Alcé la vista, buscándola, anhelando el perfume de su pelo negro como el azabache. Una risa lejana, cortada, un eco aterrador. Allí estaba. Me miró y la miré. La luna se dibujaba en su pálida retina, pero profunda y maldita. Había algo oscuro y diabólico en sus ojos también en su boca roja, más roja que la sangre. Sonrió y le sonreí.

No quería pero la atracción fue más fuerte que mi voluntad y me acerqué. Y mientras lo hacía ella huyó de mí. Abandonó la butaca donde estaba sentada y sus pies pequeños, descalzos se alejaron hacía la ventana. Y allí se quedó, mirándome con apetito. Las estrellas titilaron cuando me decidí a ser su esclavo e intuí que lo leyó en mi pensamiento porque rió. Y aquella risa, ronca, sardónica, se introdujo por mi nariz hacía mi cerebro y todo se nubló porque me maree. Y mareado no era consciente del espacio ni del tiempo, tampoco de la realidad.

Su boca, recuerdo su boca, y aquellos labios rojos, y las cosquillas que me hacía en la nuca, soplando suavemente sobre mi piel. “¿Quieres ser mío?” Y la espiral. “Vas a serlo” Todo se movía rápidamente y creo que volamos, ella y yo por la habitación, volamos hacía el butacón. Un cruce de miradas, una afirmación. Aún estaba a tiempo, me dije, sintiendo que con aquel ataque de lucidez lo echaría todo a perder, y no quería, no quería perderla a ella, aún sabiendo el precio a pagar no quería perderla a ella.
Eché la cabeza hacía atrás, ofreciéndole mi cuello, mi vida, mi alma y la dejé beber. Y así bebió de mí, bebió y se sació. Y ya no hubo más sed, ni dolor, porque todo se calmó, la vida, mi aliento, lo que perdí y ella ganó. Sabía lo que pasaría, y en que me convertiría y no me importaba. Lo sabía y lo aceptaba.

2 comentarios:

Raquel dijo...

Interesante relato gótico, Ana.

"Y aquella risa, ronca, sardónica, se introdujo por mi nariz hacía mi cerebro y todo se nubló porque me maree."

Esta frase yo la cambiaría un poco; yo quitaría lo de "porque me mareee". La dejaría así:

"Y aquella risa, ronca, sardónica, se introdujo por mi nariz hacía mi cerebro y todo se nubló."

Creo que la expliacación suena inecesaria.

Saludos :)

Ana dijo...

Vale, tengo en cuenta la corrección, porque es cierto que suena raro.
Este relato es improvisado, ¡se nota, no? Por eso tendría que repasarlo un poco, de todas formas me alegro que te guste aunque sea un poco.
Besos Ana.

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