viernes, 8 de mayo de 2020

Esenciales (5)

Unos ronquidos rompen la monotonía sorda de la madrugada. Es un resoplido largo seguido de un espasmo al que le sigue un silencio abrupto, es un interminable segundo sin respiración en el que cabe una vida entera y que va a culminar con un petardeo de nariz. Marta ha oído esos ronquidos durante veinticuatro años, el tiempo que lleva casada con Pedro. Es curioso pero esos ronquidos le ayudan con su insomnio, salvo cuando está muy preocupada, entonces nada le relaja y se pasa media noche mirando al techo, recordando y pensando.
Conoció a Pedro cuando era una chavala que no pensaba en el futuro, y por eso se quedó embarazada por sorpresa y fue mamá a los diecisiete. No estaba en los planes pero siguieron adelante. Sus padres y suegros organizaron una atropellada boda, con vestido blanco incluido pero sin viaje de recién casados. Ellos estaban de acuerdo y firmaron el contrato vinculante con alegría, creyendo que sería divertido eso de vivir juntos, cuidarse, formar una familia.
Tuvo a Aralia cuando sus compañeras preparaban sus exámenes de fin de curso, pero ella no siguió estudiando. Fue duro convertirse en madre, y cómo quería ser algo más que eso al año de nacer su hija se puso a trabajar limpiando, ni siquiera se planteó que pudiera hacer algo más.
Marta es feliz, le gusta estudiar los ronquidos de ese cuerpo cálido y amado que se tiende a su lado cada noche, le gusta ese hombre despeinado de cejas pobladas, acento gallego, y ojos azules como el mar profundo. Es su héroe en zapatillas. Debido al estado de alerta tiene que teletrabajar en casa, es profesor de primaria y se pasa el día resolviendo dudas de matemáticas e inglés por teléfono. Marta le admira profundamente, nunca tiró la toalla ni en los peores momentos, cuando ambos tuvieron que seguir adelante a base de trabajos esporádicos y mal pagados, pero él terminó la carrera, y ella se siente dichosa de haberle ayudado en aquellos momentos porque fue cuando mas tuvo que dar el callo. Aún recuerda los extenuantes maratones limpiando escaleras en una comunidad de vecinos dónde nadie pagaba las cuotas, el sueldo regalado porque no le terminaron pagando. Aún recuerda sus trabajos como interna en una casa pudiente, esas miradas de superioridad de algunos inquilinos porque le obligaban a ponerse delantal y suecos blancos, la lucha contra algunos estereotipos y prejuicios sobre sus orígenes presuntamente étnicos, porque aun habiendo nacido en el mismo país siempre ha tenido que lidiar con el racismo. Nunca olvidará el menosprecio a su trabajo cuando estuvo unos meses trabajando como limpiadora en una universidad y esos niños tontos vaciaban las papeleras por los pasillos  para divertirse, como si la cosa fuese muy graciosa. Tampoco olvidará el tiempo trabajado en el hospital, la vez que tuvo una grave salpicadura en el ojo con detergente e hipocloruro sódico, la dificultad para respirar, el escozor, ni esa vez que por poco pisó una jeringuilla usada que en un descuido había caído al suelo de la habitación de un paciente. Y ahora, al verla con su uniforme blanco, también la aplauden a ella, que extraño se le hace que empiecen a valorar su servicio solo por la pandemia. Limpiar en el centro médico se convirtió en su primer trabajo estable y aunque eso la expone a toda clase de cosas, se siente realizada porque es una labor tan importante como fundamental. Mantener los espacios limpios, libres de virus, libres de bacterias, libres de amenazas.
Últimamente está tan nerviosa que ha vuelto a fumar, un vicio que ha dejado y retomado con intermitencia. Por la mañana antes de incorporarse al turno ella fuma un cigarrillo tras otro, a oscuras, en la calle, aferrada al bolso, esperando que den las siete para fichar. Ya no habla con las compañeras, se miran con cariño a un metro de distancia, algunas llevan mascarillas de alegres telas, y otras van con las que dispensa la farmacia que rondan el euro y que pierden color con la respiración. Esa mañana le van a hacer la prueba del covid-19 a todas, normas internas y de control. Marta no tiene síntomas, no debería tener miedo, pero ha escuchado que van a sacarles sangre, que van a meterles un hisopo hasta el fondo de la nariz, que hay gente que llora, que duele mucho, que hay gente que se marea. Marta tiene aprensión, siempre lo pasa fatal cuando se trata de la salud, se vuelve negativa y neurótica.
Esa mañana ya ha fumado cuatro cigarros, y su mechero de colores se queda sin gas. Lo ha estado encendiendo y apagando a cada rato, hipnotizada por la llama, en un tic extraño al que nadie hace caso. “¿Y si doy positivo y tengo que aislarme de mi familia?” piensa encendiendo la llama, “¿y si les he contagiado a ellos?”, y vuelve a encender la llama, “¿qué pasará si estoy enferma?, ¿cómo podré dormir por las noches sin sentir a Pedro a mi lado?”,  y para alejar la triste imagen enciende otro cigarrillo. La ceniza cae al suelo, el humo sale por su nariz, y así, entre calada y calada, embriagada por la nicotina que la envuelve piensa que ojalá ese humo frenara las amenazas y los miedos que se agitan a su alrededor.


Música: Heroes-David Bowie.

12 comentarios:

Carol Torrecilla García dijo...

Sin duda un colectivo de los más expuestos: el personal de la limpieza.
Siempre a la sombra y pendientes de que todo quede perfectamente limpio y desinfectado.
Los admiro mucho. Tal vez porque mi madre hace muchos años también tuvo que llevar uniforme, delantal, cofia y tacones especialmente comprados para servir la cena, comprendo bien la situación, el riesgo, la dedicación infinita.
Muy bien retratado, Ana, como siempre... Estos esenciales (me refiero a todos los que has retratado) nos salvan la vida cada día. ¡Qué afortunad@s somos al poder contar con ellos! Y qué agradecida me siento....
Gracias por poner con tus letras nuestros sentimientos, querida amiga. Son estos homenajes un reflejo precioso de nuestra gratitud.
¡Te quiero mucho, Ana!
¡Eres extraordinaria como persona y como escritora! ¡Gracias otra vez! 🥰 🥰 🥰 🥰 🤗🤗🤗🤗😍😍😍😍😘😘😘😘😘😘😘😘

lopillas dijo...

Admiro la capacidad que tienes para ponerte en la cabeza de estos esenciales y tramar historias tan bonitas.
Vivan los esenciales y viva tu coco también!
Besitoss

CleveLand dijo...

Todos deberíamos sentir ese miedo aunque no nos toque directamente, porque podría pasarnos. Ser conscientes de todo lo que están sacrificando unos cuántos y agradecer y respetar su trabajo con sinceridad.
Saludos!

Montse dijo...

Genial el escrito, Ana, me has metido su miedo dentro, sentir como ella y las ganas de volver a fumar.
Muchos besos.

miquel zueras dijo...

Has reflejado muy bien la sensación de miedo e incertidumbre por la que todos pasamos ahora. Yo perdí a una pareja a causa de mis ronquidos. Bueno, no fue el único motivo pero influyó bastante. Ah, además hablo en sueños, ella me hacía preguntas y yo a veces contestaba pero claro, siempre decía la verdad... eso a veces es peligroso.
Saludos!
Borgo.

amparo puig dijo...

Bravo, Bravo. He visto la historia. Y ese miedo lo he sentido. Hace 23 años tuve un aborto espontáneo y me anestésico el famoso doctor Maeso , el que contagiada la hepatitis C. Estuve una semana esperando los resultados. Terrible.

Ana Bohemia dijo...

Gracias a ti Carol por compartir tanto y tan importante conmigo, por ser una amiga tan buena y una lectora voraz, por tener siempre palabras de apoyo y de aliento, por estar siempre.
Un besote

Ana Bohemia dijo...

Gracias por lo del coco, le cuesta mucho arrancar a escribir, le obligo un poco, jeje. Un fuerte abrazo y gracias por comentar.
Besitos

Ana Bohemia dijo...

Hola Cleveland, es un miedo de esos que se contagian, que sentimos cada vez más. Hay que tener muy en cuenta el sacrificio de tanta gente, tienen todo el respeto.
Saludos

Ana Bohemia dijo...

Gracias Montse, la ansiedad y el tabaco se relacionan, quizás porque es algo compulsivo. Gracias por comentar.
Besos

Ana Bohemia dijo...

Hola Miquel, jaja, me ha hecho gracia tu anécdota, no que te dejara si no que te hiciera preguntas estando tú en el mundo de los sueños, se supone que no estás en plenas facultades, pero si que puede ser peligroso.
Un abrazo

Ana Bohemia dijo...

Hola Amparo, siento mucho lo del aborto, y encima lo del anestesista chalado, que cosa tan horrible, menos mal que no te pasó nada malo.
Saludos

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