sábado, 2 de mayo de 2020

Esenciales (4)



El silencio es denso en toda la casa, un tic tac apagado retumba en alguna parte de su mesilla, podría caer en trance si tuviese tiempo para esas cosas, las horas se amontonarían, todo se retrasaría, pero ese es un lujo que no puede permitirse. Aún adormilado oye el ronroneo de Cotton, su minino blanco de ojos verdes, que siempre acerca su hocico a su barba para darle los buenos días. Es en ese momento cuando más piensa en ella, cuando más nostalgia siente, la melancolía delatora de los amores que nunca se superan.
Mauro acaricia al gato, la única anestesia para su necesidad de contacto y cariño, y se pone en marcha sin más gasolina en el cuerpo que un café bebido a prisa y de pie ante el fregadero de la cocina.
Mauro es transportista. Hace años que su trabajo le hace ir por la vida a contracorriente, acumulando kilómetros a las espaldas y madrugadas solitarias. Cuando tiene tiempo escribe poesía, talla animalitos en las cascaras de las nueces, aunque su mayor pasión son los puzles. Le gustan los puzles. Es una tarea minuciosa, entregada, que requiere una concentración total, tres mil piezas verdes, mil azules, puede pasarse horas tratando de diferenciar tonalidades. A bordo de su pesado camión escucha audiolibros o podcats de todo tipo, con frecuencia en inglés o francés para entrenar el oído. Debido a la actualidad de la pandemia su esfuerzo se ha triplicado. El cansancio pesa y ha tenido que sustituir los audios por rock de los 60, Steppenwolf, Lynyrd Skynyrd, ritmos que aceleran su corazón y le mantienen despierto. Las carreteras son monótonas cuando las has recorrido tantas veces cómo lo ha hecho él.
Le asusta la repetición, le hace confundir la realidad, es el peor síndrome de los que siempre van y vienen. Hay una especie de letanía, en las líneas blancas, amarillas, en las señales de tráfico borrosas, en las luces de otros mensajeros y traficantes de mercancías. Su labor es imprescindible para el abastecimiento de empresas, supermercados, grandes superficies, la presión por cumplir con las entregas es su mayor fuente de estrés. No debería pasar nada para no llegar a tiempo, la circulación ha descendido debido al confinamiento de la población, pero después de tantas horas al volante su cuerpo necesita despertarse de nuevo, estirarse, levantarse. Debería descansar, terminar su turno, pero sus empleadores necesitan que esté al pie del cañón. Él es el que se la juega, pero sabe que le necesitan.
Le duelen las muñecas, el cuello, sus piernas se acalambran, necesita ir al baño, pero no hay establecimientos abiertos. Los bares de carretera han cerrado. Nadie ha pensado en las necesidades de los conductores por obligación como él. Y Mauro se desvía un segundo del camino sólo para parar un momento, bajarse  en medio de la nada, tomar aire, ver otro amanecer. Parado allí, ve las luces de los camiones, desfilan como balas, parpadean en sus retinas, le traen recuerdos fantasmas y fantasmas de la carretera, García Márquez hablando de los falsos recuerdos que eran tan convincentes que sustituían a la realidad. Bebe la última gota de su botella de agua y vuelve a ponerse en marcha. A veces le parece que está viviendo en una película de ciencia ficción, en alguna peli de sobremesa de antena 3, atrapado en el argumento más barato, más distópico, pero no es así, todo es real, está pasando.
Por delante aún tiene tres horas más de trayecto, cuatrocientos kilómetros, sabe que dentro de su guantera ya no queda agua, ni más comida que un par de chicles mentolados, una linterna sin pilas, un bloc de notas sin usar, un ovillo de hilo, un diente de tiburón que es una especie de amuleto de aquel viaje de novios que hizo veinte años atrás, pero nada que calme su sed. Ha llegado a un área de servicios con gasolinera de autopago cuando lo ve. Es un food track de aspecto clásico, abierto, alumbrado, apetecible, lleno de víveres, agua, zumos, snaks, fruta, termos de café, de té, todo gratis. Hay un cartel que dice, “Sírvase lo que necesite. ¡Que tenga buen día!”. Mauro muerde una manzana, toma un refresco, y deja de ver al mundo como un lugar árido y distópico, se siente agradecido, cuidado, enérgico, menos solo.


Música: Lynyrd Skynyrd-Free bird

5 comentarios:

Carol Torrecilla García dijo...

Ana, me encantan tus cuentos porque derribas prejuicios frente a profesiones cuyos empleados siempre hemos imaginado de una determinada forma. Esos personajes tuyos están repletos de vida, podemos identificarnos con ellos y comprender que todos somos mucho más parecidos de lo que creemos.
Precioso homenaje, Bohemia.
Tu gran corazón se ve delatado gracias a tus palabras.
Un fuerte abrazo, amiga. Te quiero mucho.
😘😘😘😘😘😘

Montse dijo...

Emotivo tu relato y muy bien llevado porque, como siempre, nos haces meternos en el personaje, ver lo que siente y así podemos empatizar con ellos ¡esta pandemia deja corta a la ciencia-ficción!
Mil besos, Ana y cuídate mucho.

Ana Bohemia dijo...

Hola Carol, muchas gracias, tu gran corazón también se delata por tu cariño y por valorar siempre tan bien los relatos. Gracias de corazón por animarme.
Un besote
:)

Hola Montse, me ha gustado escribir sobre estos personajes esenciales, sobre lo que sienten y como ven el mundo con este nuevo panorama que nos está tocando vivir.
Mil besos para ti también, y cuídate mucho, mucha salud
:)

amparo puig dijo...

Hola Ana. Qué buen y bien escrito homenaje a los transportistas. La solidaridad en tiempos de pandemia es, si cabe, más maravillosa. Muy bueno.

Ana Bohemia dijo...

Hola Amparo. Me quedo con la solidaridad, es ejemplar en estos tiempos.
Un abrazo

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