viernes, 5 de junio de 2015

Superviviente


Hay momentos de la vida que están teñidos en sepia, ella lo sabía, que el pasado amarillea. Y sin embargo desconocía que eso no le pasa a los sentimientos, no se destiñen, no se cuartean ni se parten pero sí que se desgastan y se acaban. No sé sabe bien a que están unidos, pero se ajan, se marchitan, se deshojan como los pétalos de una margarita. Ella lo aprendió a base de rodar por el mundo, a base de gastar suelas en carreteras que parecían llevarla siempre a ninguna parte.
El amor nunca fue duradero para ella. No tuvo la ternura de una abuela, la devoción de una madre, el cariño de un padre, la simpatía de una hermana. No tuvo nada de eso, ni siquiera recuerdos de haberlos tenido. No poseía nada. Nada que se hubiera vuelto amarillo por el paso de los años. La única lección aprendida era su soledad, y con ella viajaba, espantando todo aquello que pudiera transformarla, partirla, desarmarla de su propia orfandad.
Si le habían enseñado a amar olvidó haberlo hecho, de la misma manera que había olvidado quien era ella misma. Quedaba sólo esa cicatriz del pómulo. Esa marca que no parecía pertenecerla, que no cuadraba con su fisionomía.
En su piel aquellas marcas antaño rosadas se habían vuelto blancas. Otra lección aprendida: cuando el cuerpo recuerda no se amarillea más bien pierde el color.
A veces aquella cicatriz se oscurecía. Era como si le estuviera hablando. Le hablaba de accidentes y de familias que no tuvo, de padres y madres, de abuelos, de hermanos, de roturas. De sensaciones lúgubres que acudían en tropel a sus sienes y que golpeaban en sus retinas con puños cerrados. Tenía miedo, miedo a tener y a perder. Miedo a necesitar, a formar parte de algo. Y a desgarrarse.
Un día se dio cuenta de que no era que no pudiera recordar sino que había desaprendido a vivir y en consecuencia ella misma había borrado lo vivido. Por eso huía, para que el dolor no la encontrara otra vez. Limpió su mente y ensució su alma. Y se hizo dura, dura como el rechazo, dura como el adiós cuando se hace definitivo.
Fue por eso por lo que rara vez decía hola, para no abrirse al mundo ni a esos pocos que querían recibirla entre sus brazos. Inmunizada contra el amor comprendió que era amnésica de los sentimientos. Pensando que la única solución era seguir arrastrando sus traumas por otros escenarios vivió como un fantasma porque así se sentía, como una muerta en vida en un tiempo prestado. Cada latido de aquel corazón era una traición al recuerdo de la vida que perdió y de las vidas que se perdieron. No quería reconocer que no era al amor a lo que tenía miedo sino a la muerte. La muerte es el adiós definitivo. La rotura más real y más palpable. Y entendió que ella no era más que una superviviente que no sabía seguir adelante.
Rodó, siguió rodando por su mundo día tras día y estación tras estación, hasta que resolvió que su dolor era redondo, daba la vuelta cada vez y siempre aparecía al girar en una esquina, atrapándola, acorralándola. La única forma de escapar de aquel círculo que a veces parecía un lazo a su cuello era contraatacándolo con su contrario. Cambiar la forma, cambiar la esencia. Anular el dolor con felicidad, eliminar la tristeza con alegría, combatir la amargura con el placer, y la soledad con el amor. Regar su vida, recuperar a la margarita, dejar atrás al blanco y al negro, volver al color.




Música: If You Want Me - Marketa Irglova + Glen Hansard

6 comentarios:

amparo puig dijo...

Impresionante relato. Sí, cuando la vida te ataca a veces hay que darle un par de guantazos. Y siempre es mejor amar y no dejar que los sentimientos hagan callo. Impresionantes letras, de verdad.

Montse Martínez Ruiz dijo...

Buen relato, Ana, muy bueno. Tu pluma escribe muy bien, ya te lo he dicho, eres capaz de hacernos meter en el personaje y sentirnos identificados con él en una o otra medida.
La lucha, eso es la vida, la lucha del día a día, y hay que echarle valor porque a poco que te descuides ya te ha dado un bofetón. Menos mal que hay momentos buenos!!
Un beso, guapa.

Carol Torrecilla García dijo...

Ana, me ha llegado al corazón como un puñetazo. Y eso es bueno, porque con tus palabras sacudes a las personas. Si nos dejases impertérritos no serías una verdadera escritora.
Has descrito muy bien la soledad y el abandono, el miedo y el rechazo, los muros que se levantan y la supervivencia.
¡Qué más decirte que tú no sepas que pueda comentar aquí!!!
Un relato precioso, elegante y muy real.
La canción, ideal.
Por favor, no dejes de escribir.
Abrazos muy fuertes:
Carol

Inma_Luna dijo...

Hay a quienes la vida se las pone canutas.
Bonito relato amiga.
Besitos

miquel zueras dijo...

Muy buena historia. La cicatriz de verdad la tenía en el corazón. Nunca cambian de color las cicatrices, por algo será.
Saludos!
Borgo.

Ana Bohemia dijo...

Muchas gracias Amparo, acertadamente me quedo con lo que dices: no dejar que los sentimientos hagan callo. Responder con fuerza y sobrevivir... ser uan superviviente de verdad.
Un abrazo
:D

Gracias Montse, la lucha es constante, como dices llegan los reveses pero no puedes permitir que te tiren al suelo, que te impidan levantarte y seguir, siempre hay que buscar la luz aunque te encuentres en un callejón.
Un beso
:)
Agradecida Carol, has captado muy bien le mensaje del relato: la soledad de la chica, el abandono y el miedo, miedo al rechazo, al dolor, al sufrimiento, has captado muy bien como ella levantó esos muros fríos que creía necesarios para su supervivencia.
Un besote
:)

Gracias Inma-Luna, me alegra mucho que el relato te haya gustado, un placer que visites mi blog y me leas. Besos.
:D

Muchas gracias Miquel por leer mis relatos. Efectivamente la peor cicatriz de todas no estaba fuera de su cuerpo, la llevaba dentro, en ese corazón dolido.
Saludos
:D

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