viernes, 2 de diciembre de 2011

Un baile con la muerte

La vista era siniestra. Aquel silencio, roto sólo por el gemido del viento doblando en las esquinas de los solitarios panteones, le ponía los pelos de punta. De noche el cementerio adquiría unas dimensiones irreales, como nunca habría imaginado, cada árbol se alzaba de manera extraña, picuda, esforzada, proyectando sombras retorcidas que se balanceaban sobre las losas de las tumbas jugando en una carrera loca contra el viento y las hojas sueltas. Las pétreas estatuas aparecían imponentes, extrañas, sus muecas forzadas parecían endurecerse, sus medias sonrisas parecían curvarse, sus miradas frías parecían adquirir vida pues la seguían con la vista. Pronto se sintió aterrorizada. ¿Que hacía allí?

Pasar la noche en el cementerio sólo por una apuesta demostraba una inmadurez bastante grande, casi tanto como el haberle mentido a su madre al respecto e igual que quedarse ahí, sobre el duro suelo, abrigada con esa manta de viaje que había doblado cuidadosamente para que cupiese en su bolso. ¿Por qué había entrado en aquel juego? ¿Por Sergio? No, no por él… por sus ojos, unos ojos profundos, preciosos, a los que no podía resistirse.
Creía que era una chica con agallas, creía que él la admiraría por aquello. Sabía que era una atrevida aventurera, una osada, pero… pero aquello había empezado a superarla. ¿Y quien iba a pegar ojo en un lugar así? Lo intentó, se acurrucó sobre una tumba pequeña, muy lisa, casi tanto como una mesa de billar y encogida se envolvió con la manta. Casi estuvo a punto de cruzar al mundo de los sueños cuando aquel ruido la despertó…
¿Un tintineo? ¿Qué era lo que oía?
Con rapidez se deshizo de la manta y de manera nerviosa examinó las negras sombras. ¿Qué esperaba encontrar? No lo sabía… Quizás…
Volvió a cerrar los ojos pero algo pasó zumbando muy cerca de su oído, incomodándola, rozándola. Nerviosa trató de pensar en otra cosa, en las avispas y en el delicioso néctar que tenían que extraer cada día con tanta flor como había alrededor, pero ciertamente no olía a flores…
Repentinamente algo se movió a sus espaldas. Percibió el rápido movimiento, la brisa veloz de una huída. Un sentimiento de horror le atenazó de la garganta, no podía moverse, paralizada por el pánico. De pronto oyó el gorjeo de algún pájaro y no pudo sino sentirse avergonzada… puede que aquel escenario macabro la tuviese algo sugestionada. “¡Sólo era un pájaro!”, se dijo intentando calmar su respiración, sólo un maldito pájaro de esos que hacen sus nidos en los bosques oscuros y silenciosos de los camposantos.
Carraspeó, trató de relajarse pero volvió a sentir que algo se movía, una sombra. Imaginó que eran los chicos de la pandilla que sólo pretendían darle un susto y haciéndose la valiente se encaró a aquella silueta. Le pareció que la sombra respondía con una risa ahogada y aquello le dio el empuje que necesitaba para ir detrás, en una imprudente persecución.

Mas adelante una débil luz ocre, como la vacilante luz de las velas, se abría paso en lo que parecía un antiguo mausoleo cuya puerta estaba abierta. La sombra penetró en el interior del panteón como si su intención fuese dirigirla a aquel lugar, y así lo hizo ella, consciente de su necedad.
Un frío extraño la embargó cuando avanzó un par de pasos y comprendió que estaba sola, que allí no había nadie. Pero… ¿y esa música? Sostuvo una vela entre sus manos temblorosas y descubriendo unas escaleras que bajaban se atrevió a enfilarlas. Allá abajo el perfume añejo del musgo embalsamaba el aire, las poderosas arañas habían tejido metros de hilos de niebla, la vetusta pared estaba hecha de piedra, una piedra de la que sobresalían pequeñas raíces y ramas. Su cabello se llenó con la pegajosa sustancia de las telarañas y el polvo que pronto quedó suspendido en el aire, arrastrado por sus pasos a medida que ella descendía la extraña escalera. Pronto la llama parpadeó y el fuego se volvió azul.
Agudizó la vista porque lo que allí descubrió no podía ser… y chilló. Chilló desandando a la carrera el camino que solo la condujo hasta una pesada puerta cerrada. La arañó mientras suplicaba que alguien la ayudara, la pateó, la golpeó… Alguien subía por la escalera. Alguien que sólo buscaba una pareja de baile. Apremiada intentó buscar otra salida, algún ventanuco, alguna grieta. Lo único que halló fue aquel sarcófago de piedra. Rodó con esfuerzo la losa y salvando el asco se metió allí, a la espera de que amaneciera y aquello desapareciera…. Pero a los muertos no se les engaña, ni se les desprecia, sobre todo en la única noche en la que se les permite danzar.


Este relato apareció en número 3 “Especial Samhain” de la revista digital “El vagón de las artes”. ¡No dejes de echarle un vistazo!

4 comentarios:

Durrell dijo...

En lo más intrincado del relato ha sonado el timbre de mi puerta y deberías haber visto el salto que he dado en la silla...

Está espléndidamente narrado y con un muy buen final. Enhorabuena.

Voy a ver la revista :)

Montones de besos

Ana dijo...

Montones de besos a ti Durrel, por leerme, sumergirte en el relato de esa forma e incluso sobresaltarte. Gracias. La revista está muy bien, te recomiendo que le eches un vistazo.
Un abrazo cariñoso
;)

Nicole Sagan dijo...

Hola Ana. La verdad es que desde la primera frase ya no puedes dejar de leer. Claro que eso me pasa con cada post de tu blog, pero es que estos relatos son geniales. Los que publicas.
Yo también voy a visitar la revista.
¡Ay! Tu blog es es esssssssssss
el mejóoooo. XD

Ana dijo...

Muchas gracias Nicole por tu comentario, eres la mejooorr, jaja. Me alegro de que te haya gustado el relato, la revista es interesante.
Un abrazo cariñoso
:D

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