domingo, 12 de septiembre de 2010

Luna Azul (1ª parte)

El viejo Martín se sentía muy solo viviendo en aquel asilo de las afueras tan lejos de la que fue su casa y su ciudad. Desde allí no se veía el mar pero cada noche se consolaba observando la luna. Una luna grande y azul que le miraba con la misma nostalgia con que lo hacía él.
Su nuevo hogar no era del todo malo. Allí estaba atendido, acompañado y nunca le faltaba de nada, pero no era un hogar, no era su hogar. Era un sitio para retirarse del mundo y no para estar en familia. Eso le atormentaba. Gradualmente y cada vez mas iba sintiendo que había olvidado lo que significaba estar en familia, sentirse arropado y protegido.
Sus hijas le llamaban, sí, pero era en contadas ocasiones y siempre para hablar de problemas, de pagos, de complicaciones. Martín se sentía el paño de lágrimas de sus dos hijas, un paño que siempre estaba ahí dispuesto para oír y consolar. Se sentía usado, gastado, olvidado, pero no podía hablarlo con nadie, a nadie le interesaban las penas de un pobre viejo. Caminar era lo único que le relajaba. Salía a los jardines del asilo y se distraía mirando las flores, contando las gotas de rocío de las hojas, perdiéndose en los verdes rincones. También pensaba, pensaba en el ayer y en su mujer, y se consolaba; en todo caso ya no quedaba tanto tiempo para reunirse con ella.


A la noche Martín salía de puntillas de su habitación. Le gustaba vagar hasta la terraza, le gustaba mirar la luna triste, ella entendía como nadie sus problemas de insomnio.
-¿Qué hace aquí?- profirió uno de los enfermeros al verlo acurrucado sobre la barandilla y a la intemperie, -si esta desvelado ha debido decírnoslo y no hacer esto- y el afectado enfermero le cogía por un brazo para llevarlo hasta adentro, -¡lo ve!, ya se ha enfriado, ande vaya a su habitación, en seguida le traeré una manzanilla, ¡venga don Martín, ya me ha oído!
El viejo Martín ponía su gesto de niño travieso y reiniciaba la vuelta a su dormitorio con cierta reticencia. Aún no se acostumbraba a que le dijesen lo que tenía que hacer. Y eso le hacía gracia, hacía sesenta años que nadie lo trataba como a un niño.


Los domingos su familia venía a buscarlo. Para Martín aquel día, por excelencia aburrido e interminable, se convirtió en su favorito. Siempre se levantaba muy temprano para estar preparado cuando llegasen a buscarlo, no quería hacerles esperar. Se duchaba en diez minutos, buscaba en su armario sus mejores galas (y las únicas) y se vestía. Siempre se peinaba con colonia, era su manía. Su favorita era “Old Spice”, pero tenía cientos, miles, que amontonaba en un cajón (su familia no era muy original en cuanto a regalos), no obstante Martín nunca se ponía otra, aquella le traía recuerdos, era su olor. Los zapatos que mas le gustaban eran relucientes como el charol y le apretaban, pero no tenía otros. A las nueve y media Martín solía estar preparado para salir, aunque en raras ocasiones salía a esa hora. Su familia pasaba por él mucho después del mediodía, así que el viejo Martín solía permanecer tres o cuatro horas sentado en el recibidor, con los pies palpitantes por el dolor, con el traje arrugado y ya despeinado. Y no le importaba, esperaba paciente porque la idea de verlos le alegraba.


Martín nunca sabía quien vendría a recogerlo, eso siempre suponía una sorpresa. Un día lo hacía su hija Luisa con su coche destartalado, otras veces lo hacía Pedro, el marido de su hija Juana, con toda la pandilla de mocosos a bordo en una vieja furgoneta en la que nunca había sitio. Hiciera quien lo hiciera Martín se sentía feliz de salir de allí. Los últimos domingos ni su hija Luisa ni su yerno Pedro habían venido a buscarlo: problemas, vacaciones, falta de dinero, fueron algunas de las excusas.
“Cogeré un taxi e iré por mi cuenta”, propuso Martín a sabiendas de que le iba a salir por un ojo de la cara. “Ni se te ocurra papá, ya irá Tony a buscarte”, le avisaba su hija Juana colgando el teléfono.
Tony era el mayor de sus ocho o nueve nietos, hacía muy poco que se había sacado el carné de conducir y aunque no era mal conductor Martín siempre sufría cuando se subía a bordo del pequeño coche. A Tony le gustaba pisar el acelerador, pocas veces respetaba un ceda el paso y siempre fumaba, además nunca abría la ventanilla y jamás bajaba el volumen de la radio. Por norma general, cuando Martín llegaba a destino se sentía mareado y fatigado.
-Ay papá- le decía su hija Juana rodándole una silla, -estas pálido y tienes mala cara, ¿quieres un vaso de agua?
Martín aceptaba la silla y el vaso de agua, y descansaba hasta que el mareo desaparecía. Entonces su hija empezaba con las preguntas de rigor pero apenas escuchaba sus respuestas porque siempre tenía que atender a varias cosas al mismo tiempo. Que si la sartén al fuego, que si la lavadora, que si se escapaba el gato.
-¿Papá tendrás algo de calderilla para comprar el pan?
Martín se alegraba de servir para algo y rebuscaba en su bolsillo. Solía ser bastante dadivoso cuando abría su monedero. Hasta creía que era lo que daba sentido a su vida: los domingos siempre traigo el pan, pensaba.
-¿Y tus hijos por donde andan?, ¿por qué no han venido a recibirme?- preguntaba.
-Ya sabes papá como son los niños, por ahí andarán, con sus cosas…
Eso le apenaba, todo cambiaba y lo hacía muy rápido. Aún recordaba como era antes cuando sus nietos eran pequeños, cuando siempre corrían para darle un beso, cuando rebuscaban inquietos en sus bolsillos alguna golosina o le buscaban para oír sus relatos. Ya nadie le hacía caso, ya nadie le tomaba de la mano ni le achuchaba.
-Son mayores, quieren salir y jugar con sus amigos- le explicaba su hija como si él no tuviera idea de lo que significaba crecer. Y si que lo sabía.


Hacía un par de años él era un héroe para toda aquella tropa, ahora sólo era una sombra, una silueta encorvada que ocupaba una silla una vez a la semana y a la que nadie preguntaba nada.
Martín deambulaba por la casa. En una apartada esquina se topaba con una mesa, allí se encontraba una de sus nietas enfrascada ante una pantalla de ordenador, tan zombie que ni le vio ni le escuchó pasar. En la otra punta había dos o tres nietos más, todos ante la pantalla del televisor jugando con sus maquinitas.
-¡Abuelo te quieres quitar de en medio que no vemos nada!
-Claro, niños, lo siento, ¿a que jugáis?- les preguntaba Martín con la intención de entenderlos un poco mas.
-No desconcentras abuelo y así no se puede, nos vas a hacer perder la partida…
El abuelo asentía en silencio y se retiraba, por nada del mundo quería molestarlos ni mucho menos hacerles perder.
Martín prensaba los labios y se detenía ante el pasillo oscuro. Al fondo en una puerta entornada se encontraba la habitación de sus otros nietos, los mayores. Una desquiciante música retumbaba a todo volumen entre las paredes. Se acercó para mirar. Al asomarse descubrió a un par de adolescentes repatingados por el suelo, a la mitad no los conocía, pero no le gustó que estuvieran fumando. Sin embargo no dijo nada por miedo a que se enfrentaran con él y le plantaran la mosca. “Eso a ti no te importa”, le dirían y aunque no tuviesen razón, ¿qué podría replicar él?, no era padre, era sólo abuelo.
-¿Qué haces papá?- le sorprendía su hija al aparecer por detrás.
-Nada, nada…
-¿Les espiabas?-se interesaba ella poniendo el grito en el cielo.
-¿Yo?, no, es sólo que…- titubeó, pero al fin Martín se atrevió a preguntarlo, -¿te gusta que fumen?
-Pues claro que no, pero ya tienen dieciocho años, ¿qué puedo hacer?
-¿Y que es esa clase de música que oyen?
-Se llama heavie metal.
-En mis tiempos a eso se le llamaba ponerse histérico, ¡por favor eso no es cantar!
Su hija le pasaba un brazo por el hombro para llevarlo de la mano al comedor, al tiempo que decía:
-Ay papá, los mayores ya no entendemos de nada.
-Habla por ti- concluyó él arrugando el entrecejo.


¿Cómo que no entendía de nada? Entendía como funcionaba un barco, y un coche. Podía arreglar un tejado con sólo un martillo, sabía cuando llovería y cual era la mejor época del año para plantar hortalizas. Conocía todas las enfermedades que podían afectar a los animales y hasta podía curarlas. Incluso había aprendido algo de ingles cuando fue pescador… ¿Qué no entendía de nada?, ¿que podía saber ella?
Comieron reunidos pero cada uno a lo suyo: uno pegado al teléfono móvil, la otra de cháchara con el amigo mayor de su hermano, la más pequeña haciéndole las trenzas al pelo falso de su muñeca. Y todos se levantaron autómatas en cuanto fueron acabando.
-¿Abuelo?-le asaltó Tony cuando el viejo Martín salió del lavabo, -¿quieres que te lleve ya de vuelta?
-¿Tan pronto?- el abuelo miró el reloj y observó mortificado que apenas eran las cuatro y media, -¡muy pronto me quieres enviar tú de regreso a aquella jaula!
-Que no abuelito, es que luego quedé con la novia, ¡ya sabes!, y no sé si me dará tiempo a llevarte, ¿acaso no tienes que estar allá a las nueve?
-Los viejos no tenemos toque de queda, ¿sabes?- resopló resignado, -nadie espera por nosotros…
-No seas así agüe, no te pongas triste, te llevaré mas tarde.
Martín le sonrío cuando éste salió corriendo por la puerta, entonces fue a sentarse al soleado jardín. Esperaba una buena dosis de rayos uva, rayos doraditos y calientes que consolasen su maltrecho cuerpo pero no fue así. Pues mientras atusaba al gato empezó a llover y durante toda la tarde siguió lloviendo con fuerza. Muy pronto la tormenta se hizo violenta. Rayos y truenos rasgaban el telón del cielo. El viento ululaba como un búho siniestro. La luz del día se apagó y también la de la casa: sucedió el apagón.
A la luz de las velas ocurrió lo que el viejo Martín había deseado durante todo el día, que su familia se reuniese en torno a él.


-¿Acaso os dan miedo los truenos?- reía el abuelo al ver a los nietos temblar, -si no pasa nada…
-Entonces, ¿por qué se enfada el cielo así?- gimoteaba la mas pequeña de las nietas a la que él sentó en sus rodillas.
-No se enfada, es sólo que canta, pero lo hace muy mal y desafina.
Todos se rieron y algo se removió en el interior del viejo Martín.
-¿Y abuelo que hacías tú de pequeño cuando se iba la luz?
-Nosotros no teníamos luz, ¡y no estoy exagerando!, nos alumbrábamos con una lámpara de petróleo que humeaba cantidad.
-¿En serio?, entonces eres muy vieejo…-observó la pequeña con unos ojitos enormes y brillantes.
-Sí, peque, soy muy vieejo, mucho después pusieron el tendido eléctrico, colocaron los postes de la luz y los cables.
-¿Y a que jugabais cuando se iba la luz?
-A muchas cosas, al escondite, al Antón pirulero, a la comba, a la goma y a las canicas. Mis juguetes eran de hojalata y de cartón, y lo que mas me gustaba era la pelota, mi sueño era llegar a ser un gran futbolista… ¡por supuesto no teníamos tele pero había una radio!
-¿Y que escuchabas?
-Mi madre siempre oía la radionovela y mi padre las noticias, ¡hay un archivo sonoro en mi cabeza!-Martín soñaba en voz alta y todos al completo soñaban con él, -la música de entonces era muy diferente, mi favorita siempre será “Blue moon” con ella, bueno mas bien bajo el influjo de ella, me enamoré.
Su hija Juana carraspeó rompiendo la magia creada y la concentración de todo el grupo, y alegó:
-¿Es que vas a contar de nuevo esa batallita?
Él la miró ofendido y dijo:
-¡Pero es que ellos no la conocen!- y volviéndose a sus nietos, preguntó, -¿la queréis oír?


CONTINUARÁ...


4 comentarios:

Chica de ayer dijo...

Tiene pinta de ser una historia muy bonita. Eso de irse a la luz que me recuerda a lo del Delta, a las riadas, el último temporal... No hay luz, de forma que nada de ordenador, de televisión, etc. Radio con pilas y da gracias. Y así el ambiente se hace mucho más familiar, más unión, complicidad...

Cómo me hubiese gustado poder disfrutar de un abuelo, que me contaste historias propias e inventadas.

¡Ya tengo ganas de seguir leyendo!

Angel dijo...

Dios qué ganas tengo de saber como sigue la historia!!!

No sabes el mal rollo que me dan los asilos, afortunadamente ninguno de mis abuelos ha estado en uno. Solo me acuerdo de mi abuelo por parte de madre y era una bellísima persona, lo recordaré toda la vida, por suerte pude disfrutar de él muchos años.

Oye quien es el nota de la foto que no para de moverse me está volviendo loco XDDD (¿es una venganza por mi hipnotizante david hasselhoff?)

Un abrazo!!

Raquel dijo...

Cuando lo leí por primera vez me enternecí con esta historia, porque ese abuelito se me recuerda a alguien. Es una pena envejecer y estar solo, o ver que nadie te hace caso, que eres poco más que un mueble. Aunque ya sé como acaba, tengo ganas de leer la segunda parte.
La canción me encanta, es muy inspiradora y mas en la voz de Ella Fitzgerald.
Besos.

Ana dijo...

Virginia: Escribí este relato hace unos meses, recuerdo que ese día se había ido la luz por unas horas, así que estábamos todos un poco como en vilo alrededor de la linterna. Como no tenía nada que hacer me puse a pensar en mis abuelas (ya que a mis abuelos nunca los conocí). Debía tener el día tonto porque me llegue a emocionar pensando en eso de la vejez, la soledad, los recuerdos, y en como tenía que sentirse al ver que todo iba cambiando.
Gracias por leerme, un beso.

Ángel: A mi también me dan muy mal rollo los asilos, mi tirria viene de lejos, cuando tenía 16 años tuve que hacer unas prácticas en un sitio horrible en donde muchas personas abandonaban a sus mayores, era triste ver la hilera de sillas y a los viejitos allí sentados horas y horas. Yo jamás conocí a mis abuelos, es una de las penas que tengo, aunque ahora me queda una abuela estupenda. El tío que se mueve sin parar se llama David Gilmour, del grupo Pink Floyd, en sus años mozos, y si, es un contraataque… “David contra David”
Gracias por leerme, un abrazo.

Raquel: Ya sabes a quien se te recuerda, así que me alegro de que te parezca una historia entrañable, eso pretendía, un homenaje a esas personas tan importantes de nuestra vida. La pena de envejecer es esa, sentirse como un trasto al que nadie hace caso. La canción también tiene la culpa de esto.
Gracias por leerme, besitos.

:)

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