miércoles, 8 de enero de 2020

Enamorado



A Miguel le sacudió un temblor que le erizó los pelos de la nuca. Iba en bicicleta por el carril bus del centro de su ciudad, soñando despierto, atrapado por la miel de sus recuerdos con Carmen. El temblor, ya te lo adelanto, no era precisamente de frío. Los días se habían amontonado en puestas y pospuestas de sol y de planes, pero él no podía olvidar ese aliento caliente posado en su nuca desnuda, respirando sin asma pero con dificultad el vello y el sudor de su piel. Nudo de cuerpos, almas que aplauden juntas, música celestial que murmuraba y retumbaba en su tímpano, aporreando ahí, en el centro exacto, haciéndole estremecer, creándole adicción. ¡Qué vicio era sentir el corazón crecido, inflamado por la felicidad de sus caricias! Todo su ser clamaba por un contacto, el de esa boca sobre su boca, por lo que casi no veía las líneas rectas de esa carretera que le iba a llevar hacía ella, prefería ir silbando, canturreando, improvisando versos como todo un Shakespeare de pacotilla:
“Que maravillosas las líneas que dibujaban tu sonrisa, que preciosa arquitectura la de tus tupidas pestañas, tu iris dorado es cómo un templo que flota sobre las rocas en un acantilado lleno de nubes mecidas por un viento suave. Allí quiere este peregrino vivir para siempre. La luz que desprendes enciende bombillas y me hace pedalear con ganas hacía ti. Ya voy en tu dirección después de estar pensándote toda la semana. ¿Y tú?, ¿estarás igual de ilusionada que yo sólo por la idea de verte? Me das un chute de electricidad, enciendes mi motor. Si yo fuese como tú las mariposas me seguirían en procesión, las margaritas se sonrojarían…”
Atravesó un cruce sin mirar, y sólo los pitazos de un camión le hicieron despertar, maniobrando con equilibrio para salvar la situación. La suerte le sonrió, y siguió su trayecto, confiado, sumido en empalagosos recuerdos. Hacía tan sólo una semana que ambos se habían declarado, y el amor le había hecho flotar en una nube todo ese tiempo. Menuda mofa se tenía su padre con la cara de panoli que se le había quedado; “eres un bobo y ya por fin la cara te acompaña”. Bien que se había burlado de su gesto soñador, quizá, creía Miguel haciendo de la duda sin evidencia sentencia, porque ya había olvidado lo que suponía estar enamorado.
“Él ya no hierve de pasión, ni siquiera recuerda el efecto que provoca la sangre caliente arremolinada en unas mejillas, ha metido todo eso debajo de la almohada igual que el pijama que usa todos los días”.
El camino se le estaba haciendo tan largo, y protestó cuando llegó a aquel semáforo en rojo. Intentó distraerse en el paisaje, en los rostros de los conductores, en la pena de la gota de la fuente del parque que caía lánguida por el grifo, en la alegría de los niños de los columpios levantando la arena con la punta de los zapatos, en el bullicio de las risas casi coléricas de los coleguitas de la plaza, en la olvidada rotonda de mas adelante y en su hierba rasa, en esa parejita acaramelada del banco…
Su garganta se convirtió en un arenal cuando en un destello la vio, allí, riendo con otro, besando a otro, haciendo con insolencia lo que una semana antes había hecho con él, enseñándole a besar. Y las margaritas se deshojaron cual vendaval, y las mariposas se trasformaron en murciélagos, y la bombilla se recalentó y explotó, y el templo que flotaba sobre nubes doradas en lo alto del acantilado cayó al vacío, rodando en ruinas hasta el fondo, ese fondo oscuro adonde se marchó su amor, y el corazón se le secó, y tiró al mar la llave de sus labios cerrados, y allí, esperando que el rojo se volviera verde, le creció una armadura de hielo y odio, y sintió pena del peregrino, ese que se extravió por el camino.


Música: Coti - La suerte

2 comentarios:

lopillas dijo...

Aysh qué penita me ha dado. Que me habías contagiado su locura bella y cataplof.
Cuántas emociones nos brinda la vida eh
Besitossss

Montse dijo...

¡Ah, la decepción, cuanto duele y qué bien la has expuesto!
Un beso enorme.

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