martes, 11 de noviembre de 2014

“En una bandeja de plata”

Caen los velos, siete, uno tras otro, suave, dulcemente. Ella los hace flotar en el aire leve, etéreamente para después dejarlos caer como sin querer. Los pañuelos rubrican de colores el aire cargado de especias y aceites. La estancia contiene el aliento cuando magistralmente tardan apenas unos segundos en posarse en el suelo con delicadeza y sin ruido, como si no pesaran, como si importaran menos que aquella desnudez que ya se adivina. Lentamente la bailarina mueve los brazos haciendo tintinear unos pequeños platillos de bronce que parecen seguir los compases de sus piernas de odalisca. Sutilmente ella mueve sus caderas. Graciosamente contonea su cuerpo como prolongando cada golpe de tambor, es un movimiento seco, como un latido, mientras sigue despojándose del siguiente velo, el último, que vuelve a caer, expectante, a los pies del tetrarca, en el suelo…  


La seducción y el exotismo de Salomé obnubilaron el sentido de Herodes, tanto como para prometerle cualquier cosa:
 –“Querida, hermosa Salomé, la más bella entre las hijas de Judea, ¿qué queréis que os traigan en una bandeja de plata? ¿Qué queréis que os traigan en una bandeja de plata? Decídmelo. Sea lo que fuere, os será otorgado. Mis tesoros os pertenecen. ¿Qué queréis que os traigan, Salomé?”
–“La cabeza de Iokanaán… os pido la cabeza de Iokanaán”.
Y así fue, porque un juramento es un juramento, que el deseo le fue otorgado y Juan el Bautista perdió la cabeza, pero no precisamente por amor sino por venganza y despecho.
Unos dicen que fue siguiendo las instrucciones de su madre (Herodías, a la que Juan reprochaba convivir con Herodes a pesar de estar casada con Filipo, hermano de Herodes), otros que estaba enamorada de él (un hombre asceta y célibe que la había rechazado), lo cierto es que ningún baile, por muchos velos que llevara, fue pagado con algo tan escandalosamente visual, como la cabeza del Bautista en una reluciente bandeja de plata.
Oscar Wilde, se atreve a escribir en su novela, que Salomé beso los labios muertos de Juan, labios seguramente fríos, pero mudos para negar. La necrofilia es la forma de amor correspondida más segura y certera, ningún muerto rechaza o abandona.














Fuentes:
Wikipedia.

Grooveshark. Música: Nicos-Dream.

6 comentarios:

PODA dijo...

Vaya si te gusta la historia y los cultismos, so devadasi de Neith, Quetzalcóatl, Cerridwen, Imhotep, Tot, Menrva, Atenea, Ea, Minerva, Etsai, Hermes, Sophia, y Nayru también, que sé de buena tinta que eres freaky JiJiJi XPPP

Montse Martínez Ruiz dijo...

Disfruto muchísimo, no te puedes ni imaginar, con estas entradas históricas y de fabulosa recopilación. Hasta me parece ver a la bella Salomé deshaciéndose del último velo ¡buena descripción del momento!
Un beso grande, Ana.

Raquel dijo...

Una entrada muy interesante, que no se lee, como dijo Montse, se recrea en la mente gracias a las descripciones.
Buena historia, pero de una crueldad que asusta. Al leerla es inevitable pensar eso de que una mujer despechada es lo peor que hay.
Un beso Ana :)

Ana Bohemia dijo...

Hola Poda, gracias por tu aportación de ideas, anotadas quedan amigo, haré buen uso de ellas. Saludos de freaky a freaky.
:D

Hola Montse, que bien que te gusten las anécdotas históricas, hay sucesos muy interesantes que es bueno rescatar, a ver si seguimos haciéndolo.
Un abrazo
:D

Hola Raque, el despecho y la ira, mala combinación, y ese ánimo de venganza que siempre consigue provocar las peores atrocidades.
Un beso y gracias por acercarte por aquí.
:D

amparo puig dijo...

Terrible recreación, por despecho, por amor o por venganza. Pero la Salomé no deja de ser un mal bicho, porque ¿si el beso no es correspondido para qué sirve? Muy buena entrada.

Ana Bohemia dijo...

Hola Amparo, terrible sin duda pero es que la venganza también lo es, el peor de los deseos y sentimientos.
Gracias por seguir por aquí.
:)

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