viernes, 8 de mayo de 2020

Esenciales (5)

Unos ronquidos rompen la monotonía sorda de la madrugada. Es un resoplido largo seguido de un espasmo al que le sigue un silencio abrupto, es un interminable segundo sin respiración en el que cabe una vida entera y que va a culminar con un petardeo de nariz. Marta ha oído esos ronquidos durante veinticuatro años, el tiempo que lleva casada con Pedro. Es curioso pero esos ronquidos le ayudan con su insomnio, salvo cuando está muy preocupada, entonces nada le relaja y se pasa media noche mirando al techo, recordando y pensando.
Conoció a Pedro cuando era una chavala que no pensaba en el futuro, y por eso se quedó embarazada por sorpresa y fue mamá a los diecisiete. No estaba en los planes pero siguieron adelante. Sus padres y suegros organizaron una atropellada boda, con vestido blanco incluido pero sin viaje de recién casados. Ellos estaban de acuerdo y firmaron el contrato vinculante con alegría, creyendo que sería divertido eso de vivir juntos, cuidarse, formar una familia.
Tuvo a Aralia cuando sus compañeras preparaban sus exámenes de fin de curso, pero ella no siguió estudiando. Fue duro convertirse en madre, y cómo quería ser algo más que eso al año de nacer su hija se puso a trabajar limpiando, ni siquiera se planteó que pudiera hacer algo más.
Marta es feliz, le gusta estudiar los ronquidos de ese cuerpo cálido y amado que se tiende a su lado cada noche, le gusta ese hombre despeinado de cejas pobladas, acento gallego, y ojos azules como el mar profundo. Es su héroe en zapatillas. Debido al estado de alerta tiene que teletrabajar en casa, es profesor de primaria y se pasa el día resolviendo dudas de matemáticas e inglés por teléfono. Marta le admira profundamente, nunca tiró la toalla ni en los peores momentos, cuando ambos tuvieron que seguir adelante a base de trabajos esporádicos y mal pagados, pero él terminó la carrera, y ella se siente dichosa de haberle ayudado en aquellos momentos porque fue cuando mas tuvo que dar el callo. Aún recuerda los extenuantes maratones limpiando escaleras en una comunidad de vecinos dónde nadie pagaba las cuotas, el sueldo regalado porque no le terminaron pagando. Aún recuerda sus trabajos como interna en una casa pudiente, esas miradas de superioridad de algunos inquilinos porque le obligaban a ponerse delantal y suecos blancos, la lucha contra algunos estereotipos y prejuicios sobre sus orígenes presuntamente étnicos, porque aun habiendo nacido en el mismo país siempre ha tenido que lidiar con el racismo. Nunca olvidará el menosprecio a su trabajo cuando estuvo unos meses trabajando como limpiadora en una universidad y esos niños tontos vaciaban las papeleras por los pasillos  para divertirse, como si la cosa fuese muy graciosa. Tampoco olvidará el tiempo trabajado en el hospital, la vez que tuvo una grave salpicadura en el ojo con detergente e hipocloruro sódico, la dificultad para respirar, el escozor, ni esa vez que por poco pisó una jeringuilla usada que en un descuido había caído al suelo de la habitación de un paciente. Y ahora, al verla con su uniforme blanco, también la aplauden a ella, que extraño se le hace que empiecen a valorar su servicio solo por la pandemia. Limpiar en el centro médico se convirtió en su primer trabajo estable y aunque eso la expone a toda clase de cosas, se siente realizada porque es una labor tan importante como fundamental. Mantener los espacios limpios, libres de virus, libres de bacterias, libres de amenazas.
Últimamente está tan nerviosa que ha vuelto a fumar, un vicio que ha dejado y retomado con intermitencia. Por la mañana antes de incorporarse al turno ella fuma un cigarrillo tras otro, a oscuras, en la calle, aferrada al bolso, esperando que den las siete para fichar. Ya no habla con las compañeras, se miran con cariño a un metro de distancia, algunas llevan mascarillas de alegres telas, y otras van con las que dispensa la farmacia que rondan el euro y que pierden color con la respiración. Esa mañana le van a hacer la prueba del covid-19 a todas, normas internas y de control. Marta no tiene síntomas, no debería tener miedo, pero ha escuchado que van a sacarles sangre, que van a meterles un hisopo hasta el fondo de la nariz, que hay gente que llora, que duele mucho, que hay gente que se marea. Marta tiene aprensión, siempre lo pasa fatal cuando se trata de la salud, se vuelve negativa y neurótica.
Esa mañana ya ha fumado cuatro cigarros, y su mechero de colores se queda sin gas. Lo ha estado encendiendo y apagando a cada rato, hipnotizada por la llama, en un tic extraño al que nadie hace caso. “¿Y si doy positivo y tengo que aislarme de mi familia?” piensa encendiendo la llama, “¿y si les he contagiado a ellos?”, y vuelve a encender la llama, “¿qué pasará si estoy enferma?, ¿cómo podré dormir por las noches sin sentir a Pedro a mi lado?”,  y para alejar la triste imagen enciende otro cigarrillo. La ceniza cae al suelo, el humo sale por su nariz, y así, entre calada y calada, embriagada por la nicotina que la envuelve piensa que ojalá ese humo frenara las amenazas y los miedos que se agitan a su alrededor.


Música: Heroes-David Bowie.

sábado, 2 de mayo de 2020

Esenciales (4)



El silencio es denso en toda la casa, un tic tac apagado retumba en alguna parte de su mesilla, podría caer en trance si tuviese tiempo para esas cosas, las horas se amontonarían, todo se retrasaría, pero ese es un lujo que no puede permitirse. Aún adormilado oye el ronroneo de Cotton, su minino blanco de ojos verdes, que siempre acerca su hocico a su barba para darle los buenos días. Es en ese momento cuando más piensa en ella, cuando más nostalgia siente, la melancolía delatora de los amores que nunca se superan.
Mauro acaricia al gato, la única anestesia para su necesidad de contacto y cariño, y se pone en marcha sin más gasolina en el cuerpo que un café bebido a prisa y de pie ante el fregadero de la cocina.
Mauro es transportista. Hace años que su trabajo le hace ir por la vida a contracorriente, acumulando kilómetros a las espaldas y madrugadas solitarias. Cuando tiene tiempo escribe poesía, talla animalitos en las cascaras de las nueces, aunque su mayor pasión son los puzles. Le gustan los puzles. Es una tarea minuciosa, entregada, que requiere una concentración total, tres mil piezas verdes, mil azules, puede pasarse horas tratando de diferenciar tonalidades. A bordo de su pesado camión escucha audiolibros o podcats de todo tipo, con frecuencia en inglés o francés para entrenar el oído. Debido a la actualidad de la pandemia su esfuerzo se ha triplicado. El cansancio pesa y ha tenido que sustituir los audios por rock de los 60, Steppenwolf, Lynyrd Skynyrd, ritmos que aceleran su corazón y le mantienen despierto. Las carreteras son monótonas cuando las has recorrido tantas veces cómo lo ha hecho él.
Le asusta la repetición, le hace confundir la realidad, es el peor síndrome de los que siempre van y vienen. Hay una especie de letanía, en las líneas blancas, amarillas, en las señales de tráfico borrosas, en las luces de otros mensajeros y traficantes de mercancías. Su labor es imprescindible para el abastecimiento de empresas, supermercados, grandes superficies, la presión por cumplir con las entregas es su mayor fuente de estrés. No debería pasar nada para no llegar a tiempo, la circulación ha descendido debido al confinamiento de la población, pero después de tantas horas al volante su cuerpo necesita despertarse de nuevo, estirarse, levantarse. Debería descansar, terminar su turno, pero sus empleadores necesitan que esté al pie del cañón. Él es el que se la juega, pero sabe que le necesitan.
Le duelen las muñecas, el cuello, sus piernas se acalambran, necesita ir al baño, pero no hay establecimientos abiertos. Los bares de carretera han cerrado. Nadie ha pensado en las necesidades de los conductores por obligación como él. Y Mauro se desvía un segundo del camino sólo para parar un momento, bajarse  en medio de la nada, tomar aire, ver otro amanecer. Parado allí, ve las luces de los camiones, desfilan como balas, parpadean en sus retinas, le traen recuerdos fantasmas y fantasmas de la carretera, García Márquez hablando de los falsos recuerdos que eran tan convincentes que sustituían a la realidad. Bebe la última gota de su botella de agua y vuelve a ponerse en marcha. A veces le parece que está viviendo en una película de ciencia ficción, en alguna peli de sobremesa de antena 3, atrapado en el argumento más barato, más distópico, pero no es así, todo es real, está pasando.
Por delante aún tiene tres horas más de trayecto, cuatrocientos kilómetros, sabe que dentro de su guantera ya no queda agua, ni más comida que un par de chicles mentolados, una linterna sin pilas, un bloc de notas sin usar, un ovillo de hilo, un diente de tiburón que es una especie de amuleto de aquel viaje de novios que hizo veinte años atrás, pero nada que calme su sed. Ha llegado a un área de servicios con gasolinera de autopago cuando lo ve. Es un food track de aspecto clásico, abierto, alumbrado, apetecible, lleno de víveres, agua, zumos, snaks, fruta, termos de café, de té, todo gratis. Hay un cartel que dice, “Sírvase lo que necesite. ¡Que tenga buen día!”. Mauro muerde una manzana, toma un refresco, y deja de ver al mundo como un lugar árido y distópico, se siente agradecido, cuidado, enérgico, menos solo.


Música: Lynyrd Skynyrd-Free bird

domingo, 26 de abril de 2020

Esenciales (3)


Las primeras luces clarean la ciudad, se arrastran por debajo de la persiana, acaban filtrándose en su dormitorio, el amanecer siempre llega, no es un eslogan del señor fantástico, es que así funciona el mundo. Que siga habiendo cierto orden natural, aunque sea en la hora en que amanece, le proporciona tranquilidad.
Malena ha aprendido a moverse por la casa compartida como un gato, sin hacer ruido, sigilosa. También ha aprendido a dejar su desgana y su miedo debajo de la almohada, a que no se le note que está agotada y asustada. Como cajera de supermercado está en primera línea del coronavirus, sus guantes, sus mamparas, sus medidas profilácticas se quedan en pañales para toda la carga vírica a la que puede estar expuesta, ni ella misma lo sabe. Han reducido el horario de apertura pero está trabajando más que nunca, sin embargo nadie premia su esfuerzo, su sueldo siempre ha sido bajísimo, pero la precariedad va mucho más allá de lo monetario. Está en los turnos extenuantes, en la demanda de proactividad de sus pagadores para enmascarar las multitareas de sus trabajadores, “repón mercancía, limpia, despacha fruta, no respires un segundo, que pueden pensar que te están regalando el sueldo”.
Malena se mueve a pie por la ciudad, su uniforme es como un salvoconducto, poco menos que la capa de Superman. A ella nunca le ha gustado; el polo lleno de bolitas por los lavados, los pantalones cargo con mil bolsillos donde aparecen chicles, notas, gomas de pelo, bolígrafos sin tinta, las botas reforzadas que tanto le aprietan… Es una chica presumida, pinta su boca de rojo aunque nadie repare en ello, las mascarillas ha enmascarado su sonrisa. Arregla sus uñas aunque se acaben rompiendo. Sus vaqueros viejos le quedan grandes, ella que tanto presumía de sus curvas no tiene tiempo de comer, quince minutos de descanso que se quedan en diez, en cinco, y que nunca le dan a tiempo, no hay nadie para sustituirla, ni siquiera para ir al baño.
Malena suele doblar turno, ella nunca dice que no, tiene que mandarle dinero a su madre, tiene que ahorrar. Le gustaría dedicarse a otra cosa, aunque tampoco lo tiene claro. Mientras tanto trabaja en la caja. En su tiempo libre se evade haciendo tiradas de tarot, las cartas son como ancestros con mucho que decir, y a ella le gusta escuchar. Otra cosa que le gusta son las baladas, se emociona cantando, aunque le da una vergüenza horrible que la oigan.
A Malena no le desagrada el trabajo, aunque últimamente eso ha cambiado, no soporta a la gente que rompe la barrera, ni a esos que lanzan las monedas con asco, ni entrar en un debate inútil con los ancianos que vienen todos los días a comprar dos cosas cuando están dentro de la población de riesgo, no le hace ninguna gracia esa gente de humor dudoso que le tose o estornuda encima sólo para hacer el chiste, ni puede con los comentarios malintencionados de las marujas que le dicen con tonillo eso de que por lo menos tiene trabajo.
A veces disimula la humedad de sus ojos, y la frustración, porque con los guantes puestos tampoco puede enjugarse los ojos. Semanas atrás le hacía gracia atender las llamadas alarmadas de los que creían que el desabastecimiento había llegado al papel higiénico, ahora a los que llaman con el mismo cuento tiene ganas de chillarles que sí: “Sí, claro que queda papel higiénico y cuando no llegue nada mas os lo podéis comer con un poquito de sal, al gusto eso sí, que si no se sube la tensión”.  Aunque aún más estresante es estar todo el día respondiendo a la razón de que no quede tal o cual cosa. “¿No vas a reponer?”, preguntan como si dieran por hecho que ella tiene que estar a mil cosas. “No, las estanterías están así para que les dé el aire”. Lo peor es que algunos se lo creen, cómo si la gente se estuviera acostumbrando al cinismo.
A pesar del aforo limitado se agolpan en su mostrador, Malena está cansada, y le pide a la mujer que se ha acercado más de la cuenta si se puede poner detrás de la línea. Ha sido educada, sin embargo el rostro de la desconocida se desfigura hasta tal punto que pronto empieza a proferir insultos y humillaciones contra ella. “Hedionda y apestada serás tú, si esto te jode haber estudiado, gilipollas de mierda”. Por un segundo Malena cree perder la entereza, ya ha tragado demasiada mierda, lo ha oído pero siente la mirada de su supervisor clavada en ella, y haciendo de tripas corazón hace cómo si no pasara nada y dirigiéndose a la cliente le pregunta si necesita una bolsa.


Música: Rozalén-Aves enjauladas

miércoles, 22 de abril de 2020

Esenciales (2)


Su radio-despertador perteneció a su padre, Martín lleva oyéndolo sonar 30 años, programado para encenderse con su emisora favorita que ahora está centrada en pasar partes de actualidad sobre la pandemia. Es un despertar crispado, desagradable, que le oprime el pecho. No es lo mismo levantarse con Marvin Gaye que con la cifra de contagiados. Ya desde ese momento su ánimo se tiñe de gris, no se colorea ni cuando su novia, a su lado en la cama, le rodea con los brazos la cintura desnuda, ni cuando se detiene en su nuca para aspirar con cariño el olor de su pelo revuelto. Él tiembla, por muchas cosas, frío, miedo, amor, y se aprieta contra ella que se endereza para dejarle llegar a la ducha, liberándolo del secuestro fallido de todas las mañanas.
“Hoy no tardare”, son las falsas promesas que rompe todos los días. Martín es policía y con frecuencia los operativos en los que se ve envuelto pueden complicarse demasiado. Ella ya no le pide que lo jure, sería un gasto de saliva inútil, y al momento le oye bajar a la carrera los tres tramos de escalera hasta la calle. Tan rápido se va que, sin querer, le da una patada a su bici de montaña, hace demasiado que está ahí, al lado de la puerta, cómo diciendo algo, con las ruedas desinfladas. No quiere detenerse demasiado pero se da cuenta de que el barro seco de las llantas le ha dejado una mancha en el pantalón oscuro. Ese barro tiene historia. Los caminos ya han tenido tiempo de secarse al sol de la primavera, pero ese barro aún es una huella del invierno, de antes de que todo se detuviera.
Martín va en coche al trabajo, así que acelera un poco, jugueteando con el dial de la radio, que salta nervioso por voces, ecos, hasta que encuentra la música con la que viajar fuera de todo esto, de la gravedad y la incertidumbre.
Dentro del coche policial asignado no suena nada que no sea la emisora policial o los avisos de emergencias y protección civil, a veces hay interferencias, cacofonías que no quieren decir nada pero que parecen mensajes del más allá. “¿Me copias?” Pero él se ha desconectado de la rutina, hasta que reciben un aviso y las sirenas rompen el techo de sus tímpanos.
Ya ha desbaratado algunos bares ilegales abiertos en garajes, o gimnasios que operan de extranjis a puerta cerrada, ya ha tenido que disolver misas y orgías, y tenido que multar a bañistas y ciclistas que egoístamente se saltan el confinamiento porque se creen por encima del virus, de las normas, del bien común, ya ha visto demasiada picaresca, demasiada desobediencia, demasiados irresponsables insolidarios, ya ha tenido que mediar en peleas conyugales, en agresiones, robos, asaltos, pero lo peor es la gente que se resiste.
Martín está preparado para actuar, no con guantes ni mascarilla, eso no se lo enseñaron en la academia, pero está entrenado para la gente que pierde los nervios. Cómo ese loco de esa tarde, ese que dice que si se acercan les va a escupir en la cara. Martin sabe que hay muchos enfermos que se escapan de los hospitales sin que les den el alta. ¿Puede este ser uno de ellos? El tipo está amenazando al empleado de una gasolinera para llevarse todo lo que quiere.  Tiene una actitud chulesca y agresiva. Se jacta, diciendo que está infectado y que va a hacer que mueran todos. En cuanto tratan de reducirlo, colocándole una bolsa de plástico en la cabeza, éste consigue lanzar algunos proyectiles de saliva, que desafortunadamente van a estamparse en la cara de Martín. Se le encoge el estomago, asqueado de lidiar con delincuentes, con tramposos, con esa maldad gratuita que es la que hiere al mundo, la que lo enferma.


Música: The Heavy - What Makes A Good Man?

domingo, 19 de abril de 2020

Esenciales



“Otro día en la lucha”, pensó, lanzando un bostezo al techo, el mismo techo que había estado observando horribles minutos sin reunir las fuerzas para salir de su cama. “Catatónica”, se diagnosticó a sí misma con humor. “Catatónica e hipóxica, bonita enfermera estoy hecha”.
Manuela pertenece al colectivo sanitario, uno de los que recibe aplausos cada tarde pero al mismo tiempo miradas asqueadas por parte de algunos vecinos del bloque. Su trabajo con enfermos del covid19 la ha convertido en una intocable, en el miembro de una casta paria, uno de esos que debido a la impureza y contaminación de su ocupación deben aislarse en la otra orilla, dónde nadie ose pisar su sombra. Esa hipocresía le repatea, pero no tiene tiempo de enfadarse. Su agotamiento es más que físico, sus días son largos igual que sus noches, pero no puede detenerse en tonterías, la gente sigue muriendo.
Manuela no aplaza la alarma despertador de su teléfono móvil, entre otras cosas porque siempre se adelanta a la hora. No duerme bien, come con prisas. En el lavabo se limpia los dientes con un cepillo violeta que le recuerda al de su hija que vive lejos, con su ex. Sus ojos se nublan por un segundo, pero tiene que centrarse, es mejor así, piensa, buscando en el armario ropa limpia. Ya no se mira en el espejo. Antes de salir hacía la parada recuerda el bote de vitaminas, gira, lo busca de forma autómata, luego engulle dos comprimidos que mastica pesadamente y se va al hospital. 
El trayecto en bus dura treinta y cinco minutos, nadie se sienta a su lado, no pueden, pero a dos metros de distancia tampoco hay nadie, es la única usuaria, y a veces le parece que también lo es del mundo, que no hay nadie más a bordo del planeta, que esa hilera de edificios llena de ventanas y balcones están igual de vacíos que esa calle desierta, dónde sólo corren las hojas de los árboles. Y es en ese momento cuando peor se siente, tratando de vislumbrar alguna señal de vida en alguna parte, algún resquicio de normalidad, pero no lo hay. Y de pronto ha llegado al edificio gris, soberbio e imponente, dónde las ventanas sí que parpadean llenas de lucecitas, no son lucecitas agradables, las acompañan pitidos y goteos.
Obligatoriamente tiene que garantizar la salud y seguridad de los usuarios de su planta, también el de ella misma, así que debe llevar a cabo el protocolo de ponerse el equipo EPI. Ponérselo no es tan peligroso como quitárselo, de eso es consciente; polainas, bata, guantes, mascarilla, gorro, gafas... Se siente como una oruga que nunca llegará a convertirse en mariposa. Le cuesta respirar. Ya está acostumbrada al gel hidroalcohólico, que cada día se le hace más intenso, más cargado e industrial. Ese olor se mezcla con el de su propia respiración. Su aliento aún es fresco tras la mascarilla, ese filtro de cafetera como le dicen sus colegas que parece un salvaslip sin pegamento, ella por suerte aún no siente sed ni ganas de comer. Pero las horas se amontonarán, y su boca, su aliento, su garganta, parecerán un trapo usado.
En las habitaciones todo es frío, aséptico, los enfermos la miran como a un robot, así se siente; un ser mecánico, distante, sin nombre ni voz, sin identidad. Quiere apretarles la mano, sentarse a su lado, quiere sonreírles, aunque no haya motivo, pero sabe que no lo notarían, pues sólo pueden ver ese trozo de tela, esa mascarilla que lleva demasiadas horas puesta y que ya le ha robado su personalidad.
No lo sabe aún pero van a hablar en las noticias sobre esas mascarillas por televisión. Ya es tarde cuando, abatida, lee por Twitter que su capacidad de filtración solo dura tres minutos y medio. Sanidad está ordenando su retirada. Ella ha llevado casi doce horas eso en la cara, a pesar de la ducha caliente, el vapor, del jabón resbalando en un ramillete de encaje por su rostro, aún tiene la marca del elástico en la mejilla, y no puede llorar, está demasiado cansada para hacerlo.

SEGUIRÁ...

Música: Boikot-Resistiré

lunes, 13 de abril de 2020

Nos besamos



"Dentro de mi boca, más bien sobre mis labios, había algo, un peso, una sombra, una sensación abrasante, un recuerdo de palabras.
Mis labios, entumecidos, insensibles, tiernos, casi abiertos, sentían haber perdido una función importante: el cargo de articular palabras.
Mi boca ya no servía sólo para comer o hablar.
Mi boca era un templo, un lugar de deleite para su boca amante, esa boca suya, fresca y de dulzor refrescante que curiosamente me abrasaba el alma.
Y sólo su boca desnuda lograba desarmarme.
Juntos, apretados, en un menú de bocas que confortan, que llenan y sacian, íbamos rubricando sin palabras sobre la pulpa de esa fresa que no perdía su aroma ni su sabor. Nuestros labios se tocaban, llevaban haciéndolo horas, destilando gota a gota y poco a poco toda la grana que había en su rojo.
Nuestros labios apretaban, mordían, cantaban, sellaban, trazaban, silbaban, serpeaban, marcaban. Con la huella desgastada y ya sensible nuestras bocas se separaban, sólo para que el aire entrara a raudales entre nuestros espacios".

Extracto de "Atención pregunta", una historia que escribí hace un tiempo, y que hoy rescato para celebrar el #díainternacionaldelbeso. Forma parte del capítulo titulado "¿Por qué nos besamos?", y en ella la protagonista se cuestiona la razón de unir nuestras bocas, ¿no sería lo mismo  chocar las manos, juntar las orejas, soplarnos la cara o acoplar hombro con hombro? 
Obviamente no, ¿verdad?, ¿tú que opinas?



Música: Zoé- Bésame mucho

sábado, 4 de abril de 2020

Parcelas


Ya era una observadora silenciosa mucho antes de serlo por obligación. Debido a la inesperada pandemia a la población se la obligó a ejercer un confinamiento forzoso que enclaustró a mucha gente al tamaño de su parcela, pisos estrechos, casas desoladas, dúplex con jardín, metros cuadrados para salvarse del invisible pero peligroso virus para el que nadie estaba preparado.
Mirar a través de su azotea se convirtió en un grato espectáculo para ella. Y esas personas que apenas conocía empezaron a formar parte de su vida. Esos vecinos desconocidos que nunca habían tenido nombre fueron llenando sus horas, en el pasatiempo de mirarles.
Primero hacía un barrido con los ojos, como pasando lista. Si ella estaba, le gustaba mirar primero a su vecina más cercana. “Esa flor ha crecido, el tallo está más alto”, parecía que decía la mujer de los guantes amarillos y el pañuelo rojo en el pelo que se reclinaba ante sus macetas cómo una jardinera dedicada y meticulosa. Seguro que lanzaba piropos a sus plantas pues era evidente con cuánto interés y expectación las admiraba.
Esa misma expectación se la despertaba a ella los esbeltos dedos de un pianista virtuoso a dos casas de la suya. Lo único que se veía de él en aquel gran ventanal con cortinas blancas eran sus rápidos dedos, y ella sabía que era un chico porque a veces, por encima de las notas, le llegaba su tímido canto. ¡Qué bonito tocaba!, y a veces con que pena.
En el patio de la casa de abajo corrían varias gallinas parduscas. Pitas, pitas, coc, coc, coc. Un cubo de madera lleno de pienso había quedado abandonado a merced de las revoltosas gallinas como precipitadamente, la causa, seguramente, tenía que ver con ese humo espeso que salía por una puerta vieja y desgastada, y por el olor a pan quemado que flotaba en el aire, tanto, que no tardó en ser testigo de  las carreras de la mujer de pelo gris en el interior de una nublada cocina.
En la otra parcela un perro ladraba a un mirlo posado en la rama de una higuera fértil, la ropa tendida deslumbraba, casi transportando un embriagador olor a limpio.
Cortando la línea del horizonte estaba ese edificio punteado de ventanas tan borrosas en la distancia que sólo por la noche parecían cobrar vida, cuando parpadeaban luces encendidas, naranjas, cálidas, cual guirnalda de luces para una fiesta en una noche de verano.
En un balcón colgaban preciosos helechos y un collar de cuentas bailaba y cantaba con el viento, ¡que peculiar serenata producía con la respiración del mundo!
Alguien silbaba, pero repetía canciones. Luego de un rato se le oía decir: “¡Guapa, guapa!” Que ligón era ese loro parlanchín.
En una azotea próxima unos chicos hacían deporte con unas palas de pádel. Casi al lado, una señora con rulos limpiaba el cristal de un ventanuco. En el último piso de la casa de al lado una chica delgada con pelo del color de la miel dibujaba un corazón en un papel en blanco. En la ventana de abajo otra chica de aspecto similar tecleaba en una vieja máquina de escribir historias que pretendían ser cómicas, y sonreía soñadora, poniéndoles nombre a sus protagonistas.
¡Miauuuuuu! El gato que se había escapado de la casa del patio cruzaba el tejado a la carrera, desapareciendo entre el follaje de un campo de tréboles del descampado de atrás.
De pronto olía a sofrito de cebolla. Y ella, aún subida en su atalaya, recordó sus pies recorriendo el huerto para rapiñar una ramita de hierbabuena con que alegrar la sopa de fideos.
Ya no crecía la hierba en la veredita que llevaba al columpio donde cinco niños traviesos peleaban, al tiempo que el motor de una moto encerrada en el garaje parecía un carraspeo.
Que curioso se le hacía a ella ver a todos en su parcela, cada uno en su propio espacio, en ese perfecto escaparate para el observador lejano. Le intrigaban, y empezó a pensar en sus historias, en los nombres de toda esa gente. Se los inventó. Les puso sus propios nombres, y bautizó hasta el gato. ¡Que cerca estaban esas personas, pero que lejos también! A la mujer del pañuelo rojo la llamó María. María sólo quiere ver el mar, no sabe nadar pero le apetece tocar las olas con la yema de los dedos y dibujar su nombre en la arena. La mujer de pelo gris  se llama Jimena, se despista pero no quiere olvidar lo importante, la fecha remarcada con rotulador verde que se adivina en el calendario de la cocina. El chico del piano se llama Ernesto, un día dejó un pañuelo olvidado en la casa de su profesora, no sabe que la hija adolescente de ésta lo encontró y desde entonces lo usa de diadema, pues le gusta el olor que deja en su pelo. Para él es el recuerdo del último cumpleaños con su madre, ojalá pueda recuperarlo, es lo que piensa nostálgico, deslizando los dedos por el teclado del piano. La guirnalda de luces es de la habitación de Eva, de tres meses. Su madre, Estefanía, está loca porque llegue la hora de volver a clases, quizá el próximo trimestre, si vuelve la normalidad, pero no sabe si podrá. El loro se llama Walter, también tiene un sueño, fantasea con una selva llena de palmeras, pero vive en una jaula. Los chicos que juegan, David y Raúl, solo piensan en esos momentos normales ahora tan extraordinarios que han dejado de ser ordinarios, como quedar en la plaza. La señora de rulos, Maribel, anhela la belleza poética de un atasco con lluvia. Diana, la enamorada,  se pasa el día pensando en ese corazón de papel que no puede latir como el de la persona que anhela abrazando su cuerpo con necesidad y entusiasmo. Lucía, soñadora, escribe sobre el humor porque le hace llevadero el sentirse lejos, sola, aislada, se muere por ir al teatro, a reír, y a oír más risas, sonoras, estridentes, cerca de ella. Con los cinco niños se lució, quería que todos sus nombres comenzaran por A, y cómo son niños, se imagina que lo único que desearán será volver al colegio. Tantas son sus fantasías, que incluso cree que ese motor ronroneante de la moto tiene un deseo, llegar a la luna, porque necesita kilómetros por delante.
Ella también se muere por hacer más kilómetros, por saber más de la gente que vive en esas parcelas, por dejar de espiar, por romper la barrera. Y esa tarde, sin dudar, se acerca a la tapia que separa su casa de la del vecino, encarama un pie sobre una piedra, se asoma, y dice, hola…


Música: Foreigner-Girl on the moon

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