jueves, 28 de enero de 2021

Las victorianas joyas de Rosalind Mallowan 4

 


Carraspeando, prosiguió:

 -Pero vayamos al grano, ¡sí, lo hacía muy a menudo! Lo que no era tan normal era que estuvieran amparados en la oscuridad de los pasillos hablando como dos niños traviesos que comparten secretos. ¿Recuerda lo que dijo? ¿Recuerda haber pronunciado algo sobre un escondite? Pues lo dijo, ¿era para las joyas? También nombró algo sobre una coartada, lo mencionó varias veces, “nadie nos relacionará con esto” “tienes que hacerlo, ella tiene que…”, pero usted se interrumpía constantemente y la ama de llaves no supo a quien ni a qué se refería. Le aseguró a Smith que todo saldría bien, que todo saldría bien… ¿Qué tenía que salir bien? Ahora lo sabemos, un robo y un asesinato, un crimen que planificó al detalle, confiada, demasiado confiada, en el amor de su Smith.

»Señora Mallowan usted le dio el martillo y los guantes. El ama de llaves fue testigo del tráfico, del movimiento de sus manos, pero no supo bien lo que era, no lo podía ver. Pero lo que sí pudo ver y oír fue como usted le seguía a la habitación del mayordomo. “Guarda esto y utilízalo bien”. Sin embargo el señor Smith nunca pensó en utilizarlo, por eso no se lo llevó, por eso no lo sacó del cajón, por eso usted, estafada, ha entrado hoy en la habitación, consciente de que si seguía allí significaba que Nancy nunca aparecería muerta, que ella no cargaría con las culpas, que él nunca volvería, que no habría escondido el botín, que no se recuperarían las joyas ni se fugarían.

»Las criadas me contaron que usted le pidió al mayordomo que sacara el coche para que acompañara a la cocinera al pueblo a por unos comestibles…pero cuando yo le pregunté usted fingió y dijo que no recordaba aquel detalle. Y mintió, mintió deliberadamente, porque sabiendo que el señor Smith había ocupado el Sedan, el coche más grande de la casa, ordenó al chofer (cosa que a él le extraño muchísimo)  que se dispusiera el Dodge para los miembros del clan que esta misma mañana, a primerísima hora,  fueron recogidos en la estación de tren, (tres miembros de la familia, el albacea y el notario), un vehículo, que usted sabe, tiene un número de plazas insuficientes para que llegaran todos cómodos… Demasiadas contradicciones, madame, pero ¿por qué permitir que se llevara el coche más grande? Ya, el maletero, claro, un gran maletero para ocultar cualquier cosa…

 -¡Es imposible!, ¡él tenía que regresar! -gritó Clarissa, más descarnada que nunca, mas afilada y delgada. La pena, la rabia, la estaban consumiendo por segundos-. ¡Tendría que haber vuelto! ¿Y porqué, hombrecillo del demonio, tuvo que descubrirlo todo? ¡¿Por qué?!

Con ojos desorbitados se arrojó contra el sesudo inspector. El forcejeo fue débil, él la redujo sin problemas, más preocupado por su arrugada camisa y su pulcra chaqueta, que por aquellas uñas afiladas. Las lágrimas calientes no ensucian, pero el presumido señor Lemoine también temía que aquella enloquecida señora le despeinara y aplastara el bigote.

 -¡Cálmese! -profirió-,  usted ya no puede hacer nada…

 -Él dijo que volvería. Si le preguntaban, diría que no había visto a la cocinera desde que la dejó en el pueblo, que ella se habría valido de él para que la llevara hasta allí, que la habría estado esperando horas a que regresara de la tienda pero que no volvió, que todos éramos unos ilusos por haber creído en ella… unos…ilusos… ¡Él dijo que me quería y que volvería!

Aquellos oscuros ojos se volvieron dos pozos sin fondo, secos, fieros, dolorosos, impenetrables.

Sin nada que hacer ni añadir el inspector Lemoine se dirigió con aire marcial a la puerta. Un solo gesto alertó a un par de hombres uniformados, quienes habían estado aguardando al otro lado del pasillo, esperando instrucciones, al tanto de que sus servicios podían ser necesarios.

 -Llévensela, será interesante su declaración. 

 -¿Cómo?, ¿cómo me descubrió? -repitió ella frenética, delirante, intentando arañarle con las manos. Una conducta muy poco propia de una señora de su categoría.

 -Usted es sabia madame... –suspiró– "Las conversaciones son siempre peligrosas si se tiene algo que ocultar". Cuando hablamos y la interrogué usted misma se delató, pero olvidó un detalle, le dije que si no tenía nada que ocultar estaría libre de sospecha, pero usted ocultaba demasiado.

 

La sacaron de la casa esposada. La señora Mallowan intentó soportar el escándalo ante el sorprendido personal de la mansión, quienes en pleno le hacían el pasillo al verla pasar. Los murmullos, las miradas de reojo, los codazos, fueron demasiado para su nervioso ánimo: “era la amante de Smith” “que vergüenza” “dicen que es la cabeza pensante del robo” “la encerraran con Nancy y el otro fantoche, ¡si lo atrapan!” Oyó que decían los empleados, y perturbada, al borde de la histeria, censurada por las miradas de los que la reprobaban apenas llegó a la puerta y cayó desmayada. La sudorosa Clarissa Mallowan tuvo que ser llevada en volandas por los policías, quienes la tuvieron que meter en el coche policial con los pies por delante.

El famoso inspector contempló la escena con cierto estoicismo. Heracles -famoso por su ánimo despierto y su burbujeante intelecto, siempre en funcionamiento, pleno de células grises- tuvo que admitir cierta aflicción,  al fin y al cabo, Clarissa no dejaba de ser una mujer traicionada, una mujer seducida, engañada y cruelmente burlada que no había acabado en la mejor de las situaciones.

Suspiró sonoramente y pensativo anduvo unos resonantes pasos hasta la puerta que conducía al salón. Todos tenían motivos para el robo, habló para sí, pero ahora la cuestión era: ¿quién tenía motivos para asesinar a la anciana? Porque la señora Mallowan, como bien revelaba el informe del forense que tenía en su poder, no murió de muerte natural… A no ser que se considere muerte natural el envenenamiento por arsénico y no era el caso, no, no, no.

Había llegado la hora de realizar el segundo arresto de la noche.

En cuanto el inspector hizo acto de presencia en el cálido salón, el nutrido grupo, de apariencia más que sofisticada y que se arremolinaba junto al fuego de la chimenea, le miraron expectantes… ¡Salvo aquellos ojos! Aquellos ojos sonrieron, bellos y verdes, creídos que nunca se sabría la verdad. Bastó un guiño del inspector para desbaratar esa falsa suposición, un guiño que ella interpretó bien, quedándose lívidamente suspensa. Heracles inspiró lentamente. No era lo que más le gustaba de su trabajo… continuaban las explicaciones.

martes, 26 de enero de 2021

Las victorianas joyas de Rosalind Mallowan 3

 


Sobre las seis de la tarde la enjuta señora Mallowan entró de puntillas en una oscura habitación que no era la suya. Al encender la lámpara se llevó un buen susto, no había esperado hallar allí al atusado detective.

 -¿Busca a alguien? -preguntó éste con su marcado acento-,  ¿alguien que no ha venido...? ¡Oh, es inútil!, no ha aparecido y no va a venir, Nancy tampoco, pero no tema ya están en busca y captura. No ponga esa cara, duele, ¡lo sé!, pero es mejor que se despida de él, igual que usted le va a decir adiós a su libertad, después de todo, ha sido cómplice de un ladrón…

 -¿Cómo lo sabe?, ¡¿cómo demonios lo supo?!

 -Fue por un pequeño detalle, su llavero, ese que aferra entre sus dedos, no es suyo, ¿verdad? había una S, de Smith naturalmente, ¿y porque iba a tener usted las llaves de su mayordomo si no era para entrar en su habitación siempre que quisiera? La historia que contaron sobre el lío entre la cocinera y su querido Smith era una fábula, el lío era con usted, usted lo quería y estaba dispuesta a fugarse con él, pero no iba a irse con las manos vacías, no después de soportar a su marido por veinte años, tenía que asegurarse una coartada, no podía permitir abandonar su hogar y que el robo la salpicase. Habría sido escandaloso. Lo calculó todo, pensó que podía fingir un robo, y abonó el terreno, le pidió a su querido Smith que coqueteara con la cocinera para imputarla más tarde, sería sencillo. Usted conocía a la perfección las dotes de seducción de su querido Smith, un hombre atractivo, fornido y deseable. Un hombre capaz de engatusar a cualquier mujer, de arrebatarla de tal manera que no le importase cometer un delito, ella lo haría por él, él la convencería de huir con las joyas. Era su plan, ¿verdad?, pero, algo pasó después, ¿no es así?, algo que la alertó, algo que la ha traído hasta aquí, ¿qué buscaba?

Clarissa cerró los ojos con fuerza, inspirando lentamente por la nariz, trastabillando con sus pies al retroceder, se sabía atrapada, así que, ¿para qué fingir más? Sería inútil.

 -Oh querida madame, sería lógico pensar que haríamos un registro de las habitaciones de los sospechosos, principalmente del fugado señor Smith. Usted lo sabía y tenía que precipitarse. ¿A que tenía miedo? ¿A qué encontrásemos aquí algo que la relacionase con él? Entre otras cosas sí, pero no fue precisamente eso la que la ha traído hasta aquí…

El detective esperaba ante ella, cómo un sabueso que parecía olfatearla sin descanso, esperando, aguardando a que hiciese o dijese algo que la delatara más, que la hundiera definitivamente en el  fango.

Clarissa no lo supo, pero sus ojos se posaron inconscientemente sobre la mesilla, desviándose rápidamente a otro lugar cuando sorprendida se percató de las hostigadores miradas del inspector Lemoine. Fue tarde, aquel baile de miradas despertó su interés. Atusándose uno de sus bigotes el hombrecillo sonrió y observó intrigado aquel mueble. Dirigiéndose a él sus manos tiraron del pomo, abriendo, sin parsimonia, el único cajón de la mesilla.

 -Tengo curiosidad -dijo y…

Sacó un par de guantes y un martillo. La señora Mallowan no pudo ocultar su gesto, tampoco su súbita palidez. Había algo en su mirada, ¿decepción tal vez? Sí.

 -¿Para qué quería esto? O… ¿o no lo quería?

Ella sofocó un gruñido, y mordiéndose el dorso de la mano, cayó derrengada sobre la cama. El cabello desordenado le caía sobre la cara, su respiración violenta sacudía los revueltos mechones de su cabello. Su gesto contraído delataba toda su rabia, toda su impotencia. 

Olvidándose de fingir, importándole muy poco la compostura, los rabiosos llantos no impresionaron al detective, curtido por años de profesión.

Él no la consoló, no era su deber.

 -No esperaba que él hubiese olvidado aquí esto, ¿verdad? No era lo que habían planeado. No, no, no… Ustedes habían quedado en que él le daría un golpe en la cabeza a la cocinera con el martillo, luego cuando estuviera muerta la dejaría tirada a un lado del camino. Por supuesto antes colocaría alguna joya menor en alguno de sus bolsillos, ¡un par de anillos, o tal vez algunos pendientes! Nada demasiado cuantioso. Pero, ¿qué pretendían con esto? ¡Qué respuesta tan sencilla! Hacer ver que todo había sido un plan desgraciado, una ladrona que es asaltada en el camino cuando huía con el botín, ¡tan sencillo como eso! Las demás joyas jamás aparecerían, ¡claro! Estarían ocultas, hasta que todo pasase, hasta que pudiera salir con ellas del país sin peligro. Un año, seis meses, podría esperar lo que hiciera falta sin miedo a las investigaciones porque nada la apuntaría a usted, después de todo, alguien había asesinado a la única sospechosa y ese alguien se había llevado todas las joyas. Un plan redondo… salvo por un detalle; su querido Smith jamás pretendió asesinar a nadie. ¡Sí!, ya sé que se lo hizo creer, pero esa no era su intención, él quería de verdad a esa mujer y junto a ella construyó un plan mejor. Usted al ver que el tiempo pasaba y no llegaban noticias sobre mujeres asesinadas en caminos no tan solitarios empezó a sospechar, a ponerse nerviosa, y decidió entrar en la habitación del mayordomo. Le apremiaba, ¡qué digo apremiaba!, necesitaba saber si el martillo que robó a su propio jardinero y que entregó a su amante seguía aquí, ¿qué más podía hacer si no comerse las uñas al ver que nada pasaba? ¡Y sí!, el martillo y los guantes siguen aquí, donde usted los dejó….

            -No lo entiendo….

 -¡Oh, es fácil señora Mallowan!, ha dejado demasiados cabos sueltos. Para empezar debió comprar un martillo en otra ciudad o utilizar cualquier otra cosa para su maquiavélico plan; una piedra por ejemplo. Pero no lo hizo y metió la pata. He estado hablando con el personal de la mansión, lo sabe, ¿verdad? Sí, claro que lo sabe. He estado haciendo preguntas, es mi tarea, digamos que así es mi profesión, uno va picando aquí y allá, intentando que algún pequeño detalle por muy pequeño que sea ayude a la resolución de un caso. Me llamó la atención un par de testimonios; el del jardinero para empezar, nada extraño había sucedido y no había visto nada, lo único raro que recordaba era que le habían desaparecido un par de guantes y un martillo, el mismo que usaba para el huerto, unos utensilios que, como es comprensible, echaba bastante de menos. Bueno, eso por sí sólo no tendría nada de raro, podría haberlos extraviado... Entonces hablé con la ama de llaves, es muy discreta como ya sabe, lo que no quiere decir que sea ciega o sorda, ¡y no está nada sorda, se lo aseguro! Sabía muy bien la relación que le unía a usted con el mayordomo. Me costó mucho hacerla hablar, pero yo insistí en que era importante, en que si sabía algo tenía que decirlo o se convertiría en cómplice, y ella, temerosa, no quería por nada del mundo acabar siendo cómplice de dos personas como… En fin, la otra noche hacía la ronda para apagar las luces cuando les vio…y les oyó. Cuchicheaban en la escalera uno muy cerca del otro. Era muy tarde, según dijo. Usted ya estaba en bata. Habría salido de la cama expresamente para reunirse con él, pero eso no era extraño, lo hacía a menudo, ¿eh?

Los ojos de Heracles destellaron como los de un zorro astuto.
CONTINUARÁ... 

domingo, 24 de enero de 2021

Las victorianas joyas de Rosalind Mallowan 2

 


              A solas el avispado detective garabateó algunas notas.

Tomaba el té en el cenador, a sorbitos, concentrado, leyendo con atención cada dato subrayado a lápiz, una y otra vez, recordando cada información, cada revelación, cada velada acusación… Llegó a la conclusión de que el clan Mallowan eran una pandilla interesante, un grupo sin pelos en la lengua, en especial para incriminar, delatar o atribuir faltas al que tuviera alrededor. Una familia muy al tanto de la obra y gracia de todos los demás….sobre todo de la obra.

Heracles se limpió concienzudamente el bigote con la servilleta (mas tarde se lo cepillaría y lustraría a conciencia) y echó una última ojeada al papel:

*Mr. John Mallowan: Arruinado. Miembro ilustre de una familia inglesa. Retirado de los negocios. Débil de apariencia. Casado con Clarissa. ¿Motivos? El señor Mallowan hizo firmar a su tía con disimulos una póliza de seguros a su nombre (el notario estaba al tanto de esto ¡!). Así, en caso de pérdida o robo de las cuantiosas joyas, sería el único beneficiado.

*Brian Mallowan Knitgton: Sobrino de Rosalind Mallowan. Joven ocioso. Distinguido. Aventurero. ¿Motivos? Venganza. Su madre (Violet Knigton) fue abandonada y vilipendiada por la familia Mallowan. Era adultera, pecado que la vieja solterona consideraba una aberración y una ofensa al clan. Ésta consiguió, no sin mucho esfuerzo,  que su hermano Charles, padre de Brian, se divorciara de Violet y la dejara sin nada, echándola a la calle humillantemente. El robo sería un acto para devolver a su madre lo que le correspondía.

*Ada Templeton: Prima de Knitgton (clandestinamente enamorada de éste desde la infancia) Artista. Bonita. ¿Motivos? Era la favorita de la anciana, pero la odiaba secretamente por haberla separado de su madre a quien recluyó en un manicomio (Margaret Mallowan sufría depresión y ansiedad pero no estaba trastornada) y quien fue asesinada allí por una interna desquiciada. Ada pretendía fugarse con Brian M. Knigton (conjeturas reales), y los jóvenes amantes necesitaban dinero para empezar una nueva vida, pues el joven (el prometido de Ada parecía saberlo de buena mano) es abiertamente insolvente.

*Jonathan Evans: Prometido de la señorita Templeton. Ambicioso. Secretario de un gran hombre de negocios, un conde con enormes contactos en las altas esferas. ¿Motivos? No es quien dice ser, su verdadero nombre es el de Michael Miles, reconocido estafador de gente adinerada. (A pesar del sutil cambio de aspecto, lleva el mismo inconfundible alfiler en la corbata que en la foto en la que se pide su busca y captura, un dato cuanto menos curioso) Realmente enamorado de Ada. Celoso por sospechar -quizá saber- los verdaderos sentimientos de la joven hacía su primo. Resentido por ello, capaz de cometer el robo, aún así el menos sospechoso, nunca llegó a entrar en la habitación de la anciana.

*Coronel Walter Scott: Ayudó en el pasado a la vieja solterona a deshacerse de una mala prensa (la hermana de Rosalind se quedó embarazada sin estar casada, de esa relación nació Ada) Rosalind y el coronel fueron amantes un tiempo pero él quería dejarla para casarse con otra mujer rica. Ella lo impidió. Desde entonces le guardaba un rencor no confesado por haber arruinado su posición, su fortuna y su nombre, (y porque acabara convenciéndole para que se casara con una mujer enfermiza que nunca le dio hijos). ¿Motivos? A su muerte prometió dejarle algunas de sus joyas en herencia, (devolverle las que él le regaló en su juventud cuando eran amantes, y que pertenecían al abolengo familiar Scott) pero descubrió que no iba a ser así gracias a su amigo y notario A. Belling.

*Arthur Belling: Notario y hombre de confianza de Rosalind Mallowan. Aficionado a las plantas y los pájaros. ¿Motivos? Una manera de desquitarse. Durante años soportó el duro carácter de la anciana. Le tenía cierta inquina, la vieja insensible nunca le dio las condolencias por la desgraciada muerte de su esposa e hija en trágico accidente. Asimismo le debía algunos honorarios que se había negado a pagar (ella no se consideraba en deuda por un préstamo del pasado, un abuso que Belling jamás olvidó). Pensaba abandonar el país. (Scott sabía que Arthur Belling tenía arreglado un viaje al extranjero para cuando terminase de leerse el testamento de la difunta Rosalind Mallowan).

Et bien, esto se pone interesante… farfulló mentalmente para si Lemoine, porque bien mirado todos tenían los motivos y las oportunidades, todos podían ser los culpables.

Entonces, ¿quién?

CONTINUARÁ...

viernes, 22 de enero de 2021

Las victorianas joyas de Rosalind Mallowan

 


Cuando el sesudo inspector de policía llegó a la mansión Mallowan, el clan al completo se encontraba en una de las salas, desolados por lo ocurrido.

En medio de la habitación, sobre la mesa victoriana de madera maciza se encontraba la caja en cuestión, la misma que hacía muy poco había sido saboteada y desvalijada, la misma que había albergado las joyas más valiosas de la fallecida señora Rosalind.

Brillantes esmeraldas, rubís y gemas de las más importantes del mundo formaban parte del surtido de la venerable anciana, una increíble y deseada colección que era la envidia de media realeza europea, además de ser el objeto de codicia de muchos falsificadores y ladrones. Las joyas, de un coste exorbitado, habían desaparecido el mismo día que la familia Mallowan, herederos de la vieja solterona, tomaban posesión de las pertenencias de su amargada tía.

Heracles Lemoine, famoso detective e inspector, atravesó la puerta del salón acompañado por algunos hombres de uniforme quienes sin demora empezaron a tomar fotografías y a sacar huellas dactilares de la destrozada caja.

Una mujer enjuta lloraba afectada sobre un diván, hipando de rabia. Un hombre de apariencia ratonil trataba en vano de consolar a la despechada mujer, quien rechazaba melodramática el sugerente vaso de bourbon que este había preparado para ella. Junto al fuego un joven delgado y atlético contemplaba las llamas con cierto aire hipnótico. A su lado una muchacha alta y desgarbada ensayaba una mueca de pena, al tiempo que deslizaba una temblorosa e indecisa mano por el hombro del abstraído muchacho. Sobre uno de los brazos del sofá otro joven intentaba parecer ajeno a la situación pero enviaba miradas amenazantes a la escuálida chica, quizás molesto por la innecesaria muestra de afecto, o eso entrevió el maduro inspector, famoso por no escapársele ni el más mínimo detalle. Detrás, dos hombres de aspecto serio intercambiaban confidencias amparados en las caprichosas sombras que la luz de la chimenea proyectaba sobre la estancia. Se trataba del notario quien estaba acompañado del coronel Scott, gran amigo de la anciana y albacea de ésta.  Ambos se quedaron de piedra al ver entrar al famoso detective.

El revuelo fue mayúsculo. Todos conocían al atusado hombre de bigotes estrafalarios, así que todos sabían que de alguna manera aquel hombrecillo llegaría al final del asunto; su fama le precedía.

Como “mesié” Lemoine sólo conocía unos pocos datos de lo ocurrido, enseguida se puso manos a la obra y empezó a interrogar a todos los presentes y a examinar todas las pruebas.

En su investigación le quedó claro un punto: nadie había forzado la puerta principal, tampoco otras puertas ni ventanas, lo que significaba que el ladrón en cuestión no había necesitado forzar ningún acceso para entrar en la mansión. Además la habitación apenas había sido desordenada lo que insinuaba que el ladrón conocía el lugar en donde Rosalind Mallowan guardaba su caja fuerte.

 -¿Y eso que significa? -lanzó teatralmente el detective la pregunta a sus afligidos oyentes-. Significa -entonó con suficiencia después de un segundo de silencio-, que el ladrón tenía libre acceso a la mansión, afinamos un poco mas y digamos que la conocía bien, por lo que podía, ¿por qué no?, vivir aquí…

 -¿Acaso usted nos está acusando a todos? -reaccionó Clarissa Mallowan, la enjuta mujer, quien cambió rápidamente el llanto por aquel tono afilado.

 -Exactement querida dama, pero no tema, si no tiene nada que ocultar estará libre de sospecha.

En seguida se convocó al personal de la mansión. Y sirvientas, criados y jardineros fueron emplazados en el hall, al pie de la escalera. La sorpresa fue mayúscula cuando ni el mayordomo ni la cocinera estuvieron allí para la inspección. Las alarmas se dispararon, pues no era normal que aquellas personas tan eficientes abandonaran su puesto sin más. Los buscaron sin éxito. Y cuando los ánimos ya estaban revueltos se dio en decir que aquellos dos mantenían una relación secreta, y que iban a escaparse, y que necesitaban dinero. Así que el clan Mallowan alzó su terrible voz y acusó de robar a aquellos que se habían ido.

Heracles Lemoine sumido en sus cavilaciones sentía algunas dudas al respecto. Había observado a una de las tímidas doncellas, quien parecía estar mordiéndose la boca para no hablar. Como era natural en él, no tardó en hacerla desembuchar:

 -¿No recuerda señora Mallowan que usted encargó personalmente a Nancy que fuera a comprar la mantequilla que hacía falta para el pudding? -farfulló sin poder apenas mirarla a la cara-, ya sabe que la pobre no sabe montar en bicicleta así que el mayordomo, el señor Smith, se ofreció a llevarla en el coche, usted lo autorizó, ¿no se acuerda?

La enjuta señora Mallowan regañó con hastío la punta de su nariz, como si hubiera olvidado tal detalle. ¿De verdad lo había olvidado o había encontrado la ocasión perfecta para desviar la atención hacía aquellos que se habían marchado?

Las espabiladas células grises del inspector empezaron a burbujear. De todo el clan Mallowan la señora era la que parecía más culpable. Su fingido ataque de nervios, su actitud, esa ambigua mirada… Pero si algo le habían enseñado sus largos años de oficio era que a veces aunque parezca lo que parezca, nada es lo que parece… ¿o precisamente si era lo que parecía?

 -¿Puede decirme si la cocinera y el mayordomo se fueron antes o después de que se perpetrara el robo, señora Mallowan?

Ésta no dio una hora exacta y su testimonio fue bastante vago. El resto tampoco sabía nada; sólo que a las once, hora en la que el notario, el albacea y los señores Mallowan entraron en la habitación la caja ya estaba despedazada sobre la mesa.

Para sorpresa de todos, el detective no realizó más preguntas. Sus ojos parecían indicar, de alguna manera, que ya había obtenido lo que quería. Desconcertados, todos se retiraron a sus habitaciones a descansar. Y así, los Mallowan creyeron que por aquel día se habían deshecho del cargante “mesié” Lemoine.

CONTINUARÁ...

jueves, 31 de diciembre de 2020

Cerrando el 2020

 




Hace 365 días no sabíamos cómo iba a ser el 2020 que hoy despedimos. No podíamos prever nada de lo acontecido, porque lo que nos ha tocado vivir en este año ha sido tan inesperado, tan nuevo, tan aterrador al mismo tiempo, que parece la trama de una película de ciencia ficción, un argumento loco de un autor surrealista muy pasado de vueltas. Pero ha sido real aunque parezca mentira.

Miro atrás y pienso en esos primeros meses, en las primeras noticias sobre este virus llamado Covid-19 que conocimos este año. Y así es, hace un año no sabíamos que un virus tan letal y contagioso nos iba a atacar sin piedad, no sospechábamos que iba a ser tan duro, tan resistente, tan terrible... Y ahora, al correr de los meses, al ver cómo se han desarrollado los acontecimientos, al estar ya curtidos en esta batalla contra este enemigo sin rostro, nos damos cuenta que seguimos estando en desventaja, aunque contamos con muchas defensas, barreras, una vacuna, algo que hace unos meses ni siquiera existía.

Al despedir el año me es inevitable no hacer alusión a esta pandemia global, a esos meses confinados, a la labor indispensable de toda esa gente que actuaron en muchos frentes, en primera línea en los hospitales, a ellos especialmente va parte de mi pensamiento, exponiéndose a diario a esa carga viral que amenazaba su integridad. Por todo lo que vieron, sufrieron y lloraron es que sigo aplaudiendo su labor. Todos hicimos esfuerzos, el personal esencial y el que no lo era tanto. Muchos perdieron su trabajo, o vieron reducida su jornada, muchos tuvieron que reinventar sus negocios, adaptarlos o cerrarlos. Demasiada gente recordará este año con amargura. Porque el 2020 nos quitó muchas cosas, se llevó a demasiadas personas, con crueldad, con rapidez, deliberadamente, sin dar una oportunidad a los más mayores, a los más enfermos, pero también a los jóvenes, a los que el virus les cambió la salud, les dejó secuelas, les marcó para siempre.

No quiero teñir está despedida con esta crónica negra y triste, porque si algo nos ha dado este año ha sido una visión diferente de las personas que nos rodean, los que luchan unidos, los que son solidarios, que son la mayoría, los que siguen el esfuerzo de grupo por hacer las cosas bien y convertirse en soldados de esta batalla que aún libramos. La lucha sigue...

Para el 2021 quiero desearte, a ti que lees Bohemio Mundi, algo mejor que Felices Fiestas, quiero desearte ganas, ganas de cambiar el mundo; y tiempo, tiempo para vivirlo bonito y con plenitud, con libertad, viviendo ese instante de felicidad por dos, el que no pudiste celebrar del todo en 2020, y el que te mereces en el 2021. Ojalá este año nos traiga mucho bueno, lo que deseas, lo que quieres hacer y no te atreves, esas oportunidades ganadas, esos deseos que no se perdieron, esos planes que tienen que realizarse, esa locura buena que va de la mano del atrevimiento, porque hay que hacerlo, dejarse llevar por la marea, por el viento, por el camino que nace bajo los pies, hay que viajar con la mochila llena de sensaciones y sentimientos, cultivando recuerdos que digan: ¡vale la pena vivirlo, hacerlo, llegar!

Que no caminemos solos, que no deseemos solos, porque la única forma de vencer es hacerlo juntos, separados en la distancia física hasta que esa amenaza desaparezca claro está, pero juntos en el pensamiento de que nuestra parte es ser responsables. Así que este año prefiero desearte algo más importante que Feliz Navidad, prefiero desearte salud, salud para cuidarnos y cuidar nuestro mundo.


¡¡¡2021 AL VOY!!!

martes, 10 de noviembre de 2020

Sobre las vacunas

 


Desgraciadamente 2020 será recordado como un año siniestro, el año de la pandemia, el año en el que el mundo entero conoció el nombre del virus más contagioso, el  COVID-19 o Coronavirus. Y cuando pase 2020 lo recordaremos como el año de la crisis sanitaria y social. Ese año feo en el que no nos quedó de otra que enfrentar confinamientos, someternos a restricciones, soportar estados de emergencia, respetar la distancia social, familiarizarnos con las mascarillas, y rogar por una vacuna. Porque encontrar una vacuna que frenara cuanto antes la epidemia se convirtió en una carrera de fondo a nivel mundial. Aún lo es.

Leyendo un poco sobre las vacunas me ha parecido apropiado hablarte de cómo funcionan, de cuál fue la primera, de sus características y su importancia. Porque sin duda son muy importantes, se estima que su existencia evita 3 millones de muertes al año, 2,5 infantiles. Muchas de las enfermedades aparentemente erradicadas por las vacunas podrían reaparecer si se abandonara el plan de vacunación.

La vacuna, ¿qué es?: Es una preparación destinada a generar inmunidad adquirida contra una enfermedad estimulando la producción de anticuerpos. Por así decirlo es una llamada de atención para el sistema inmunológico. Se inocula en la sangre la misma bacteria o virus de la que nos queremos proteger pero de manera debilitada o ya muerta. De esta manera, el sistema se pone en marcha para matar al cuerpo extraño y desde ese momento “aprende” a hacerlo. Se desarrolla la “memoria inmunológica” y entonces el cuerpo es inmune a la enfermedad. Es por ello que en ocasiones las vacunas producen ciertas contraindicaciones como fiebre o malestar, puesto que el sistema inmune está en marcha. El sistema está luchando contra la enfermedad ya debilitada.

Existen diferentes tipos de vacunas en función de la enfermedad contra la que se quiera luchar:

Viva, atenuada: microorganismos que han sido cultivados expresamente bajo condiciones en las cuales pierden o atenúan sus propiedades patógenas. Suelen provocar una respuesta inmunológica más duradera y son las más usuales en los adultos. Ejemplos son: sarampión, paperas, rubéola…

Inactiva, muerta: microorganismos dañinos que han sido tratados con productos químicos o calor causando la muerte del patógeno, pero manteniendo su estructura. Este tipo de vacunas activa el sistema inmune, pero el agente dañino no ataca al huésped y es incapaz de reproducirse, ya que se encuentra inactivo. Ejemplos son: Poliomelítis, Gripe, Rabia,Hepatitis A…

Toxina inactiva (toxoide): son componentes tóxicos inactivados procedentes de microorganismos, en casos donde esos componentes son los que de verdad provocan la enfermedad, en lugar del propio microorganismo. Estos componentes se podrían inactivar con formaldehido. Ejemplos son: Difteria, tétanos…

Subunitaria: utilizan partes específicas del germen, como su proteína, polisacáridos o cápsula (carcasa que rodea al germen). Dado que las vacunas solo utilizan partes específicas del germen, ofrecen una respuesta inmunitaria muy fuerte dirigida a partes claves del germen. También se pueden utilizar en prácticamente cualquier persona que las necesite, incluso en personas con sistemas inmunitarios debilitados o problemas de salud a largo plazo. Ejemplos son: Hepatitis B, Influenza…


Mucha gente se pregunta cuánto se puede tardar en desarrollar una vacuna, y no hay respuesta contundente puesto que depende de un sinfín de factores. Se calcula que bajo condiciones normales el desarrollo de una vacuna puede llevar diez años. El desarrollo más rápido para una vacuna jamás conseguido fue la del ébola.

En el caso de la vacuna para el coronavirus, se estima que podría retrasarse entre 1 año y 18 meses gracias al esfuerzo y los recursos que se están dedicando a tal fin.

La primera vacuna:


A finales del siglo XVIII la viruela era una de las causas principales de muerte en toda la población. Se calcula que el 60% la padecía. Por entonces ya se tenía cierto conocimiento de que la inoculación del propio tejido enfermo funcionaba en algunos casos, pero era extremadamente peligrosa. Fue Edward Jenner a quien se le ocurrió la teoría que daría finalmente con la invención de las vacunas. Observó que las lecheras, que estaban en contacto con las vacas, eran muy a menudo inmunes a la viruela. Durante el ordeño, estas estaban en contacto directo con el pus de las ampollas víricas de las vacas, por lo que dedujo que este contacto las protegía de la propia enfermedad.

En 1796 inoculó a un niño de 8 años con el pus de una lechera que sí había contraído la viruela. Tras ello, trató de infectarle en varias ocasiones (técnica conocida como variolación), siendo imposible que contrajera la enfermedad.

Esta práctica llevada a cabo por Jenner se considera como poco ética, aunque también se considera que ha salvado a más personas que ningún otro hombre.

Y de ahí viene el nombre de vacuna por las lecheras que se creía contraían una variante menor de la viruela, a la que llamaban viruela vacuna, vacuna de vaca.




Fuentes:

https://es.wikipedia.org/wiki/Vacuna

https://canalhistoria.es/blog/6-cosas-no-sabias-acerca-de-vacunas/

martes, 27 de octubre de 2020

La casa Lavanda

 


En todo barrio que se precie o que tenga un mínimo de interés siempre existe el típico caserón siniestro y abandonado del que todo el mundo conoce alguna que otra leyenda. Una leyenda que por lo general habla de fantasmas y antiguos asesinatos acontecidos entre sus cuatro mohosas paredes. Hace mucho que la casa “Lavanda” se quedó huérfana de inquilinos. De un día para el otro fue abandonada sin que sus dueños vaciasen sus pertenencias, lo que provocó que durante un tiempo fuese frecuentada por saqueadores y personas de toda calaña que aprovechaban la indefensión de la propiedad para realizar actividades ilegales, fiestas, reuniones, rituales…

Alejada de la urbe por unos pocos kilómetros, lo que queda de la casa es una estructura tambaleante que conserva un aire tétrico y maquiavélico, posiblemente por la arquitectura que resiste en pie, y que pareciera mirar con ojos malvados a todo el que pasa a su lado. La  roña, la humedad, la maleza, han convertido el lugar en una fortaleza inexpugnable en el que muy de vez en cuando resuenan risas rastreras, como cascabeles que llaman a los espíritus.

Las últimas personas que vivieron en ese lugar fueron el matrimonio Sisniaga, Favio y Mariana, padres de dos niños pequeños, Oliver y Josué. La pareja había comprado la casa en una subasta pública apenas dos meses antes sin conocer demasiado de su historia hasta que al poco de mudarse allí comenzaron los sucesos extraños. Si hubiesen indagado en el historial de la casa “Lavanda” habrían descubierto la memoria que encerraba, espectros que se aparecían, objetos que se movían, cambios súbitos de temperatura sin causa aparente, fantasmas acosadores, y pesadillas que eran agujeros negros que tragaban la energía de los vivos para luego escupirlos hechos pedazos.

Cuando la situación se hizo desesperada para el matrimonio no les quedó más remedio que requerir los servicios del párroco de la iglesia más cercana, que sinceramente hizo muy poco por la pareja, porque ningún rezo con agua bendita hizo desaparecer la iniquidad que acechaba la casa.

Los Sisniaga movieron cielo y tierra para que alguien les ayudara hasta el punto de publicar su situación en una revista de asuntos paranormales. El caso llamó la atención de algunos parapsicólogos, entre ellos el de un hombre llamado Guix quién estafó algunos verdes a la estresada pareja sólo para “purificar” la casa con una cristal de cuarzo y quemando algunos salmos y hierbas.

El compungido matrimonio apareció en televisión para convertirse en el hazmerreir de sus vecinos.

Fue gracias al revuelo del caso y a la cadena de televisión, que un día, se presentó en el caserón un grupo de especialistas enviados por el programa con más audiencia de los domingos por la noche. A media tarde de un plácido sábado dos empleados, una médium y un técnico de sonido tocaron la puerta de la casa “Lavanda”. El inventario de tecnologías que cargaban estaba compuesto por un equipo móvil formado por cámaras fotográficas, cintas métricas, polvo para impresionar huellas, una cámara cinematográfica de 16 mm, filtros luminosos y acústicos, varios instrumentos de medición térmica, entre otros chismes para “cazar” fantasmitas.

El trabajo de campo duró dos días.

La primera noche no pasó nada, lo que hizo creer al equipo en la teoría (infundada o no) de que todo era una invención de la pareja para conseguir cierta fama y dinero a costa de la historia de moda.

El segundo día, en la mañana del domingo, la médium se indispuso. Disculpándose con la producción del programa, salió de la propiedad con premura. El resto de especialistas prefirieron pensar  que había sido sólo un agudo ataque de apendicitis, y aunque creían que su trabajo ya estaba hecho, decidieron quedarse en la casa unas cuantas horas más para filmar alguna toma y entrevistar a los Sisniaga. Y sí, las horas pasaron, las luces se apagaron, los niños se fueron a jugar al jardín, y el matrimonio se acurrucó en el sofá respondiendo preguntas morbosas que no encajaban con ningún rigor científico y que sólo respondían al interés farandulero que movía el engranaje de la televisión.

Cierto era que ninguno de los visitantes parecía tomarse en serio la serie de relatos que habían facilitado el matrimonio, ningún fenómeno les había alterado en aquellas horas planas, ni una sola cámara había captado imagen alguna que fuera sospechosa, no había habido variación térmica reseñable, ni una nube vaporosa se había formado con una aureola de luz en ningún punto o rincón donde la energía fuera destacable, tampoco lo sensores habían pitado ante algún movimiento, la tranquilidad era la nota dominante, hasta que uno de los técnicos rodó por las escaleras haciéndose un esguince en el tobillo y otro de sus compañeros fue el responsable de llevarlo al hospital, dejando en la casa al último empleado de la cadena, que decidió que desmontaría todo el equipo en cuanto se hiciera de día, ya era muy tarde.

Antes de que sus compañeros salieran por la puerta, se volvió para preguntar al herido en un susurro preocupado si acaso había sentido que alguien o algo lo había empujado…

-¿Estas pirado? –rió en un bufido su compañero aunque con ojos asustados–, son estos zapatos y los malditos cordones.

Esa tarde, el técnico, sacó una medallita con una cruz y se la colgó del cuello, lo hizo porque sí, porque había sido de su abuela, porque inmediatamente la sensación de pesadez desapareció. Acomodado en el salón hizo vida con los Sisniaga: sus horas de tedio ante el televisor, la cena, los juegos con los niños, el sueño temprano que le estaba venciendo, la siesta inoportuna en aquel sofá-cama antes de que la familia desalojara el salón. No debió, no había sido educado. Despertó con asma a las tres de la mañana, en la penumbra del salón, que sólo clareaba, al fondo, por el desvaído reflejo de la luz de la cocina encendida a aquellas horas. Tragó nudos, pero luego oyó esa cálida voz y se quedó más tranquilo. Sí, claro que estaba despierto, y sí, claro que tomaría ese té que le ofrecían, y puede que por esa vez pudiera mantener a raya el sañudo insomnio que con frecuencia le acechaba.

Y sin pretenderlo, el rato en la cocina, se alargó más de lo previsto.

A primera hora, antes del desayuno, ya había embalado las cámaras, los sensores, y todo el material de campo, quedando sólo despedirse de los Sisniaga con un agradecido apretón de manos.

-Ha sido un placer, y por favor, saluden de mi parte a la abuelita de los niños, ya me contó que ella también duerme mejor de día, fue muy amable de su parte al venir a cuidarlos, al preparar el té y al hablarme de los niños y la familia.

El matrimonio no pudo esconder el estupor, no había nadie más en la casa, ninguna mujer mayor, ninguna abuelita adorable, nadie que hubiera preparado té a las tres de la mañana, entre otras cosas porque odiaban el té y las infusiones, jamás compraban,  no había nada de eso en la casa, sólo una cafetera eléctrica apagada que en esos momentos humeaba un poco sobre el mostrador.

Fue al oír esa revelación que el recuerdo del técnico se aclaró, que la realidad se modificó disolviendo el confuso velo que había secuestrado sus sentidos: la abuelita ya no era una mujer desconocida, las facciones ya le eran familiares, como el olor del té, ese olor tan característico de ella, de su propia abuela.

El suceso le marcó profundamente. Tanto como descubrir el material sensible que si habían captado las cámaras, las grabadoras, y que el programa usó para alimentar la leyenda del lugar. La casa “Lavanda” era un faro para los espíritus, buenos y malos, cómo determinaron después. Si ningún mal ente lo atacó aquella noche fue por la cruz, ese objeto de su abuela, ese talismán que lo cuidaba. Pero los Sisniaga no tenían talismanes, y cuando los fenómenos se multiplicaron, y los ataques se recrudecieron, y los nervios del matrimonio se desbordaron, y el temor se hizo amenaza, la familia abandonó el caserón en medio de la noche sin mirar atrás, con todos los objetos de su hogar en el aire, atacándolos, expulsándolos, aterrorizándolos para siempre.

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