Un poema que hierve sobre el cuenco de la locura y el sinsentido. Palabras que tejen una aventura no vivida, sólo imaginada. Vocales que se deslizan en el terreno pedregoso del paladar y que azotan con su efecto fotoeléctrico la mecánica de la escritura y la inventiva.
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domingo, 26 de agosto de 2018
sábado, 23 de abril de 2016
“Libros, caminos y días…”
Yo era una niña con mucha imaginación,
que es como tener siempre a mano un patio de recreo, pero no uno pequeño, ¡qué
va!, uno inmenso, infinito. La imaginación es algo poderoso, construye puentes
y mundos, crea de la nada y hace posible todo. El mejor instrumento que tiene
la imaginación es la expresión, en forma, en color, en sonido, en palabras… las
palabras. Con las palabras se hacen muchas cosas. Aprendí a amar las palabras
igual que aprendí a leer. Intimé con los libros en esa estrecha relación de los
verdaderos amigos, profundicé en los personajes, las acciones, los diálogos.
Reí y lloré e imaginé. Los libros me enseñaron cosas que desconocía, me
educaron, me dieron una visión de cómo eran otros tiempos, otros mundos, otras
gentes. Los libros me abrieron los ojos al humor, al amor, al misterio, a la
fantasía. Los libros consiguieron que amara crear mis propias historias. Los
libros fueron mi camino, mi salida, mi entretenimiento, a veces un dialogo
interno, otras un reflejo, y en ocasiones una crónica, una invención, una
ficción, una realidad. Fueron muchas cosas. Pero siempre un amigo leal. Pienso
en lo que sería de este planeta llamado Tierra si no tuviésemos libros, y ya no
veo al Sol, así se me antoja, como un lugar oscuro, grisáceo, apagado, un lugar
lleno de horas perdidas, denso, aburrido, un sitio sin color, sin chispa, estéril,
uniforme y sin variedad. En definitiva un mundo peor. Como amante de los
libros, de la luz, del color, pero sobre todo de la imaginación (esa sí que
sabe llevarte lejos) sólo puedo agradecer, al Sol, porque siempre sale, y a los libros, porque siguen siendo grandes
amigos.
sábado, 12 de diciembre de 2015
Escribiendo
De niña y adolescente me gustaba escribir
desde la cama, con la libreta y mi bolígrafo, era un ejercicio nocturno y
prolífico, un poco incómodo para la espalda, molesto para el cuello,
desgraciado para las sábanas que corrían el peligro de un rayón de tinta, pero
agradecido para el alma soñadora.
De joven (bueno de más joven ;)) escribía
sin música, sin ambiente, sin mesa ni silla, en cualquier parte, para pasar el
rato, por hablar conmigo misma, porque sí. No importaban los ruidos o las
interrupciones, nunca perdía el hilo.
Recuerdo bien cuando cambié el boli por la máquina
de escribir, y la maquina por el ordenador. Recuerdo la fuerza con la que
tecleaba, una manía adquirida de quien por costumbre aprendió a mecanografiar
en una de esas antiguas máquinas con teclas recias, duras, desengrasadas y rotas.
Una de esas máquinas cantarinas, un poco musicales, con campanillas sonando al
final de cada margen, con tecla de retroceso, palanca, rodillo y tabulador. Una
máquina heredada, con historia, y un poco abandonada… hasta que yo la encontré.
Folios y más folios llenaba, a veces hasta
con tinta roja si la cinta entintada negra se gastaba. Nunca corregía mis
textos sobre la marcha, casi no los leía hasta que acababa, a veces ni puntos y
aparte ponía para ahorrar, no era de extrañar que el resultado fuese una densa maraña
negra, algo parecido a pequeñas hormiguitas recorriendo el papel. Si cerraba un
ojo y los miraba con el rabillo del ojo, me parecía que ahí se movían, en
aquellas sendas caleidoscópicas, muy vivos, entre esos pequeños espacios en
blanco, de un lado para el otro, mordiendo el papel con sus finos dientecillos.
El ruido de las teclas se me metía tan
adentro que creo que hasta me hacía delirar…
Cuando escribía sólo importaba la historia,
ni el frío ni el calor me sacaban de mi universo inventado. Sólo estábamos nosotros,
sólo éramos mis personajes y yo. No cabían los parones para ir a picar a la
nevera, ni el segundo o tercer descanso para roer la azucarada chuche, ni el
minutillo para mirar el móvil, ni el paseo hasta la ventana...
Sigo escribiendo (o lo intento), pero ni de
lejos con la misma intensidad y pasión que cuando lo hacía en aquellas libretas
escolares, de noche, en mi cama, con el boli bic de cristal azul. Mis
distracciones se han desatado, mis manías también: el clima me afecta, el runrún
de la gente que pasa, las voces que llaman, los pasos que vienen y van, el
perro que me mira, esa campanita siempre alerta del mundo virtual, ese buzón
entrante que no parpadea pero lo parece, el ruido de los aparatos eléctricos en
funcionamiento, sobre todo, odiosamente, especialmente, la secadora, infernal
artilugio que me saca de la atmosfera que de pronto me cuesta crear, tengo que
releer y corregir, y seguir corrigiendo lo corregido, y leer, y decirlo en voz
alta, y cambiar la voz, y… ¡no funciona!
He vuelto a escribir desde la cama, te
confesaré así ente nosotros que todo bien, como no hay ruido puedo
concentrarme, sólo hay un pequeño problema con el que no contaba (o que no
recuerdo que antes me pasara) … lo rápida, lo instantánea, lo indignamente que me entra el sueño cuando lo hago, ¡ay, creo que me estoy haciendo mayor!
Que va, si es que así no se puede.
Eso de las manías al escribir es tan
universal en el que tiene por diversión esto de juntar letras, que mira tú si
no…
–El conde de
Buffon sólo podía escribir vestido de etiqueta, con puños y chorreras de encaje
y con la espada colgando de su cinturón.
–Alejandro Dumas,
padre, solía vestir cuando escribía algo similar a una sotana de color rojo,
con amplias mangas y en los pies, unas sandalias.
–Chateaubriand
dictaba sus textos a su secretario mientras caminaba descalzo sin parar por la
habitación.
–Víctor Hugo
repetía una y otra vez, mientras caminaba por la habitación, las frases y los
versos, para correr a escribirlos cuando le sonaban suficientemente bien.
Para cumplir los plazos impuestos para
la escritura, Víctor Hugo le daba orden a su criado de que custodiara sus ropas
y no se las entregara hasta que hubiera acabado el plazo, por muy pesado que se
pusiera pidiéndolas.
–Jean-Jacques
Rousseau prefería trabajar al aire libre, en pleno campo, si era posible con
sol y para evitar los ruidos se ponía tapones en los oídos.
–Montaigne
escribía encerrado en una torre abandonada.
–Schiller, un poeta
alemán, escribía con los pies metidos en un barreño lleno de agua helada.
–A Lord Byron le
inspiraba el aroma de las trufas y por eso siempre solía llevar algunas con él
en sus bolsillos.
–Gustave Flaubert
no se ponía a escribir hasta haberse fumado, al menos, una pipa.
–Honoré de Balzac
se acostaba a media tarde y una criada le despertaba a medianoche. Entonces se
vestía con una túnica blanca y se ponía a escribir durante horas.
Balzac consumía
tazas y tazas de café mientras escribía. No es de extrañar que así alcanzara la
cantidad de obras que alcanzó, más de cien.
–Thomas Mann
reunía por las noches a su familia y les leía lo que había escrito a lo largo
del día. Su familia opinaba y discutían y a veces Mann cambiaba su texto en
base a ello.
–Galdós se ponía
una capa sobre los hombros, una boina azul y una manta sobre las piernas y
solía hacer pequeños dibujos en sus manuscritos, en los márgenes o entre las
líneas.
–Mark Twain
llevaba la cuenta exacta de las palabras que escribía y escribía el número cada
cierto número de páginas en sus manuscritos.
–Georges Simenon
marcaba ocho días en un calendario para dedicarlos exclusivamente a escribir, y
cuatro días para relectura y correcciones. Las ideas básicas las iba
escribiendo en una carpeta amarilla.
Georges Simenon
escribía sin parar y para ello tenía muchísimos lápices perfectamente afilados
en su escritorio. Su mujer era la encargada de sacar punta diligentemente a
aquel ejército.
–Muchos
escritores han trabajado habitualmente en cafeterías: Claudio Magris, Larra,
González Ruano, Ramón Gómez de la Serna, Sartre…
En cambio, otros
no han encontrado mejor lugar que su casa: Don DeLillo, Pío Baroja, Neruda,
Domenio Rea… Mario Benedetti, en cambio, necesitaba estar en casa para escribir
una novela pero podía escribir poesía en cualquier lado.
–Don DeLillo
asegura que escribir en el ordenador no le gusta porque echa de menos el
repiqueteo de la máquina de escribir. En cambio, Gabriel García Márquez
aseguraba que si hubiera tenido antes su ordenador había escrito cien libros y
cien veces mejores
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