Yo era una niña con mucha imaginación,
que es como tener siempre a mano un patio de recreo, pero no uno pequeño, ¡qué
va!, uno inmenso, infinito. La imaginación es algo poderoso, construye puentes
y mundos, crea de la nada y hace posible todo. El mejor instrumento que tiene
la imaginación es la expresión, en forma, en color, en sonido, en palabras… las
palabras. Con las palabras se hacen muchas cosas. Aprendí a amar las palabras
igual que aprendí a leer. Intimé con los libros en esa estrecha relación de los
verdaderos amigos, profundicé en los personajes, las acciones, los diálogos.
Reí y lloré e imaginé. Los libros me enseñaron cosas que desconocía, me
educaron, me dieron una visión de cómo eran otros tiempos, otros mundos, otras
gentes. Los libros me abrieron los ojos al humor, al amor, al misterio, a la
fantasía. Los libros consiguieron que amara crear mis propias historias. Los
libros fueron mi camino, mi salida, mi entretenimiento, a veces un dialogo
interno, otras un reflejo, y en ocasiones una crónica, una invención, una
ficción, una realidad. Fueron muchas cosas. Pero siempre un amigo leal. Pienso
en lo que sería de este planeta llamado Tierra si no tuviésemos libros, y ya no
veo al Sol, así se me antoja, como un lugar oscuro, grisáceo, apagado, un lugar
lleno de horas perdidas, denso, aburrido, un sitio sin color, sin chispa, estéril,
uniforme y sin variedad. En definitiva un mundo peor. Como amante de los
libros, de la luz, del color, pero sobre todo de la imaginación (esa sí que
sabe llevarte lejos) sólo puedo agradecer, al Sol, porque siempre sale, y a los libros, porque siguen siendo grandes
amigos.
