El corto Mr. Dentonn nos presenta a un personaje terrorífico que atemoriza a los niños. Se estrenó en 2014, y obtuvo 120 premios convirtiéndose en el corto más visto y más premiado hasta que en el 2016 el film “The Eve”, del italiano Luca Machnich, le arrebató el récord con más de doscientos galardones. El corto del cineasta Iván Villamel nos recuerda al estilo de John Carpenter al más puro estilo ochentero.
Mr. Dentonn arranca en medio de una fría noche de invierno, cuando Laura está leyendo a su hermano pequeño David el cuento de un extraño ser que ataca a los niños y les roba su inocencia para su disfrute personal. En teoría, los dos están solos en casa pero, tras leer la horripilante historia, la joven siente un escalofrío que recorre su cuerpo y nota una extraña presencia que la inquieta...el hombre misterioso ha saltado de las páginas para perturbar la tranquilidad del hogar.
La historia, con guión del mismo Villamel y de escasos nueve minutos de duración, está protagonizada por Irene Aguilar, Ander Pardo y Kaiet Rodríguez.
Avanzó por la habitación rastreando el agua de colonia de
aquel muchacho, eso era lo llamativo, haber estado dormida trescientos años y
despertar por ese olor tenía que significar algo. Bergamota. Ese nuevo mundo no
era como el que recordaba, los hombres olían muy diferente, y eso era nuevo,
fascinante, y bueno… Sintió un irrefrenable deseo de retenerle y él se dejó
atrapar sin hacer ademán de sacar su espada, quizá los hombres de esa época ya
no usaran espadas. Ella parpadeó cuando el hombre que apretaba gimió soltando
un instrumento rectangular y oscuro. ¿Qué
nueva arma era esa?
–Llévatelo y no me hagas daño –murmuró
el joven con ese gesto de pánico que a ella tanto le satisfacía.
No se atrevió a tocar eso que
brillaba en el suelo pero lo apartó con un pie de una patada y se volvió hacía
él interesada. ¿Cómo había entrado ese hombre en la catacumba si llevaba
clausurada cientos de años?
–Mira, sólo quiero volver a la
fiesta, ¿de acuerdo?, no quiero problemas con borrachas…
Sintió una oleada de apetito
cuando aquel hombre trató de apartar sus manos de él, y su risa, que no había
oído en tanto tiempo, sonó silbante, cruel y cascabelera. El hombre alzó la
mirada para protestar y debió encontrar un brillo de malicia en esos ojos de
intenso color rojizo porque enmudeció, pálido como la luna llena. Ella le
observó de cerca deseando comprobar si su sonrisa seguía siendo infalible y
letal. Muy pronto lo descubriría, pero antes quería jugar un rato. Le daría tres
segundos de ventaja, después de todo seguía algo oxidada por el prolongado
sueño, ¡maldita maldición y maldito Helsing!
–Corre –dijo ella casi con dulzura, forzando las
erres por su trasnochado acento húngaro.
Y su presa corrió dócil y obediente sin encontrar la salida
de la catacumba, cada vez más nervioso y torpe, arañando las paredes de piedra,
intentando escalar hasta una lejana ventana, aporreando las puertas cerradas,
deseando desandar los pasos que le habían llevado hasta aquella ratonera cuando
lo único que buscaba era el lavabo. ¡Maldita suerte!, era ridículo encontrarse
con una vampira resucitada en un castillo perdido. Gritó y lloró al unísono
cuando sintió que ella le mordía una mano, dejándole otra vez un poco de
ventaja, que él desaprovechó al tropezar en un escalón. Entonces ella le hincó
los colmillos en su pierna, perforando con sus dientes la tela del vaquero. Él
cojeó anestesiado por el miedo escaleras arriba, hasta la salida. Una gruesa
cortina de lluvia anegaba el exterior del castillo, llovía con virulencia
cuando sintió que ella, apareciendo de golpe a su lado, susurraba en su oído:
–Corres muy mal.
El sintió un aliento gélido posarse en su nuca. Se
estremecieron; ella de placer, él de dolor. Sus cuerpos y sus almas se correspondieron.
La sangre y la lluvia emulsionaron. Timbales
y flautas parecían resonar en los oídos de la vampira sólo porque le sentía
cerca, y su muerto corazón crecía, inflamado por la felicidad de su contacto.
No estaba soñando, no era el coma de la maldición, él era real, existía, y
estaba ahí, en sus brazos, junto a ella, enseñándole como entrar en un mundo etéreo
en el que las almas y los labios se tocaban. Los vampiros no saben besar, por
eso que ello estuviera ocurriendo era algo tremendamente especial
–Hazme volar, hazme flotar, no dejes que yo caiga en el vacío,
en ese fondo abisal profundo que igual que una placa tectónica, tiembla de
dolor –se oyó decir la vampira, poseída por
un extraño recuerdo, cursi, intenso–. Quiero tejerme a ti lo mismo que una
araña a su presa.
Eran las palabras que le había dicho a Helsing antes de que
él la condenara al silencio, al hambre y la oscuridad. ¿Cómo era posible que
ella hubiera deseado doblegarse y entregarse al hombre que podía terminar con
ella? ¿Cómo era posible que ella se cegara por ese hombre a cambio de nada?
Él asesinó su amor, asesinó su corazón, su poca humanidad…
Y ella, confundida por el odio, creyendo que el hombre que mecía
entre sus brazos era aquel tramposo amante, devoró su corazón.
Alguna
vez he hablado de este peculiar planeta que es Bohemio Mundi, de su olor a
tinta, a nube rosa, helado de limón y té de menta. La geología de su corteza
terrestre es bastante peculiar, todo crece, se expande, la energía de su núcleo
ya no parpadea como al principio, ahora la fuerza y el calor son constantes,
tiene vida, aunque hay circunstancias muy irregulares pues su naturaleza es
harto curiosa, y entre otras cosas las curvaturas de sus ríos se enroscan a placer
sin que nada lo provoque. La orogénesis no responde a fenómenos naturales,
volcánicos o tectónicos, hay algo más. Hay un ente, se la oye hablar como si
recitara, ese ente es el que provoca las mareas del Mundi puesto que la verdad
es que no hay satélites ni astros ni atracción en el Universo más que una magia
extraña provocada por una especie de varita con una mina de grafito en la punta.
Por si te lo cuestionas, la realidad es que los ríos se enroscan cuando ella
estornuda.
Cada
once años el Mundi sufre una transformación, parecida a la de los humanos cuando
envejecen que aparecen surcos, canas, o líneas de expresión, y es la siguiente:
las montañas cambian de sitio, saltan brincan, juegan... ¿Cuál es el propósito?
Nadie lo sabe, pero pasa. Cada once años y durante once horas. Ya lo predijo
una astróloga/quiromántica/clarividente/agorera y profeta. Los once años se
cumplen hoy, y los habitantes de Bohemo Mundi, que son en su mayoría seres
inventados (aunque ellos ni se lo huelen) de papel o bits proyectados a través
de rayos catódicos, están muy alterados, algunos emocionados, por la aventura
que supondrá que te crezca un Himalaya en medio de la cocina, o -teniendo mucha
suerte- una colina en medio de la huerta tomatera, aunque afortunado va a ser el
que la casa le aparezca en lo alto de una montaña de tres mil metros con un mar
de nubes tocándole el balcón. Lo que se sabe, más bien se ha pronosticado, es
que las montañas van a seguir un patrón y así se moverán, igual que las notas
en un pentagrama tarareando el cumpleaños feliz, y eso es así porque lo dijo la
agorera y nadie la contradice, igual que nadie cuestiona que fabricación tiene once letras (te has parado a
contarlas, ¿eh?) Once, el once es un número especial…
¿Qué
se dice de este número? Pues que ofrece gran intuición y percepción espiritual,
habilidades sobrenaturales, sensibilidad maximizada, así como también empatía e
inteligencia natural, símbolo de enorme poder este es el primer número maestro
de un total de tres : 11, 22 y 33. Llegado el momento ya te diré lo que dice la
agorera sobre esto de los números repetidos…
Hoy
Bohemio Mundi cumple once años de fabricación y aún seguimos en obras. Gracias a
los bohemios visitantes y amigos por construir conmigo este planeta.
Pisa
charcos grises en aceras grises bajo cielos grises, le acompaña el ritmo del
planeta pero no siente vértigo a pesar de la velocidad con la que todo gira, el
suelo siempre se mueve pero nadie lo percibe, las mareas suben y bajan, el sol
parpadea porque le guiña un ojo a la luna, y el aire arrastra pétalos de flores
sin espinas.
Él
ve poesía en los días nublados. En su barba de tres días anidan las pelusas de
su almohada. Enredados en la punta de sus zapatos lleva sus ganas de convertirse
en estrella, de gastar suelas, de alcanzar lo más hondo y lo más alto. Le gusta
dormir y más aún soñar. Le gusta esa curva de felicidad en los labios tibios de
los desconocidos que se encuentra al pasar. Y le gustan las miradas que abrasan
con fuegos llenos de caricias. Ama la luz y el color de sus mejillas cuando
corre por el parque. Y ama las epidermis sin secretos. Y el aire, y el verde
apagado de los ojos tímidos.
Rueda
por el césped con los ojos brillando por la emoción del viento que en su
murmullo le cuenta historias de mares verdes en orillas de cemento armado.
Morder
espigas le mata el hambre, lo mismo que los hilachos sueltos de su mochila de trotamundos
que a veces mastica sin darse cuenta. Y si le dejas hasta besa el polvo.
Tiene
claro que la prisa no le va a ganar.
Inquilino
del mundo, es un naturalista, un contemplador, un viajero del tiempo en el
espacio presente que lanza suspiros al tiempo futuro con ganas de arreglar el
mundo. No quiere descansar, que lo hagan otros con menos ganas. Él va a saltar
muros y escalar montañas, él va a correr detrás de trenes, va a cruzar ríos y
conquistar planetas sin más gasolina en sus venas que esa alegría contagiosa de
su guitarra. Sólo porque es el momento, su momento, y no lo va a dejar pasar. Que
sus dolores no son más grandes que los de su cartera vacía, lo que ni en exceso
ni en apuro le importa, sabe que ligero de equipaje se llega más lejos, y es lo
que le apetece, lo que anhela, salirse de los mapas, trazar los caminos, los
desvíos, hacerle un atajo al aire que llegue hasta los pulmones amados, todo
menos descansar de ese mundo que gira pesado.
Tu
voz me llega con cada golpe que doy al piano, me llega como la respiración de
un asmático, chirriando como si los pulmones fuesen una maquina vieja. Ay papá, me digo para mis adentros. Papá te fuiste sin contarme tu secreto. ¡Qué
lejos estás ahora!, y que lejanos parecen aquellos días de mi infancia, yo
sentado ante el piano y tú a mi lado, chimenea viviente, aplaudiendo cada vez
que atinaba una melodía, con los dedos llenos de ceniza, con tu risa bronca y
severa, con tus ojos ardientes como las colillas que siempre te rodeaban.
Quiero recordarte y te veo como el humo, indefinido, una serpiente vaporosa que
se deforma con el oxígeno de la habitación, ya te estabas muriendo y nunca lo
vi, ¿cómo iba a verlo?, ¿cómo suponer que cada cigarrillo era una pequeña
puñalada en tus pulmones sin aire? Garganta con arena era el mote que tus
amigos te habían concedido que tú aplaudías con una mezcla de sátira y
sarcasmo. Lo veías y no lo veías, no lo querías ver. Los días se te hacían
largos cada vez que intentaste dejar el vicio y por eso nunca te animaste, no
te alcanzaba el valor de enfrentar un día sin nicótica, tu narcótico, tu
sedante, tu escape de ti mismo. Si te dolía sólo tú lo sabías porque nunca lo
dijiste, igual que nunca me confesaste quien te enseñó a tocar el piano, tu
primer vicio, tu profesión, tu pasión, y en tus últimos años de invalidez tu
frustración, ¿qué hay de un pianista sin dedos? La vida arrolló lo que eras
igual que aquella camioneta descontrolada tu cuerpo de cincuentón maltrecho. Le
dedicaste esfuerzo y ganas a tu recuperación pero el vicio y el alcohol ganaron
la partida, nunca volviste a reiniciar el juego aunque todos te lo echaran en
cara. Y mamá se fue. No quería verte perder. Ya perdí mis manos, decías con dramatismo, y te dedicaste a ir por
la vida haciendo equilibrios, sin aire, sin ganas, sin ganas de seguir
enseñándome tu canción, perdiéndolo todo, peor, tirándolo a la basura. Y ya me
ves ahora papá, un pianista sin inspiración, sin voz, sin emoción, sólo porque
cada vez que me siento ante el teclado te oigo a ti, te siento a ti, y no puedo
aguantar la idea, no la soporto, de que ya no estés en el mundo, ni tú, ni tu
olor, ni esa nube de tabaco revoloteando siempre en tu cabeza, ni tu risa, ni
tus aplausos desmesurados, ni esa historia que nunca me contaste, ni lo que
nunca me enseñaste.
Te fuiste por la mañana cuando
el sol brillaba pero ya no podía darme calor, desde entonces conservo un frío
extraño, ese frío intenso de la ausencia y el vacío. Te di un abrazo, sentí tu
respiración con la misma ternura de siempre sin asimilar que ya no te
acariciaría nunca más. Recibiste mi último beso en tu cabecita rizada, y con
tus ojitos de amor profundo me despediste con una expresión extraña, ¿pudiste
notar cómo me rompí por dentro en ese instante? Sí, igual que sabías que no estabas
bien. No volviste a casa, y yo sabía que no regresarías a mí, que no volvería a
tenerte entre mis brazos, que nunca
volveríamos a jugar juntos con tu pelota, ni a acostarme a tu lado, ni a
arroparte con tu mantita, ni a decirte eres un perro bueno, eres lo mejor de mi
vida, te quiero mi amor, mi bebé, mi Panchito.
Subiste al cielo en una nube
tan esponjosa como lo eras tú, y esa tarde te busqué en ellas, sólo para saber
que estabas en paz, que habías llegado bien al paraíso. Puede que los ojos me
engañaran, tan llorosos e irritados que estaban, pero creo que te vi, estabas
ahí, eras tú en la postura que ponías cuando llegábamos a casa de un paseo
largo y te sentabas en la alfombra. ¿Ya te sentías como en tu casa? Sé que no
estabas solo, ya te habías reunido con tus hermanos Brown y Homer. Entonces, por
un segundo, mi corazón volvió a funcionar con normalidad, sólo porque sabía que
estabas en buena compañía.
Hoy te escribo y te recuerdo
en esta carta que te leeré en voz alta porque tú me entendías, ¿verdad?, porque
me estás oyendo, ¿a que sí?
El amor más puro, el carriño
mas autentico, la amistad mas incondicional ha venido de ti, mi bolita peluda,
tú eres el amor, el amigo, el ser que nunca me falló y que nunca me hirió. Me
diste catorce años de felicidad plena, y llenaste mi vida de alegría… y mucho
pelo. Te quiero mi Pancho, mi gordito, mi bebé… eras mi bebé, mi niño mimado,
mi consentido, te lo decía cada día retorciendo tus rizos con un dedo y pasando
la mano por tu cabecita noble. ¡Cómo te pellizcaba, cómo una madre enamorada de
su criatura! Te quiero tanto. Llegaste para revolucionarlo todo con tu genio,
tu humor cascarrabias y tus trastadas. Nos enamoramos de ti, y tú de nosotros.
Nos hicimos familia. Al principio tenías a tus hermanitos peludos Buba y Homy,
pero al final sólo estabas tú, y para compensar el vacío que ellos dejaron al
subir al cielo, te convertiste en el rey de la casa y de nuestras vidas. Y ya
no estás.
Te añoro, te echo de menos, te
extraño, me siento muy rara sin ti, cómo pérdida y hueca, muy triste, muy sola.
No estás para iluminar la casa con tu luz interior, con las estrellas de tus
ojos, con todo el amor que desprendía tu presencia. Esas ganas de protegerte y
cuidarte crecen en mí pero ya no estás para recibirlo. Tu tiempo en el mundo a
mí me ha pasado como un suspiro,lo he
sentido como un ciclo muy corto de la vida, y aunque era tu tiempo de partir,
no quería que llegase ese momento, no estaba preparada, no lo estoy…
Dejarte ir fue el acto de amor
más grande. Decirte adiós para siempre nos ha roto el corazón, y estamos
desangrándonos poco a poco. Tenías la salud muy mal, tus pulmones, tu bazo, la
próstata, el corazón, confiar en tu recuperación era confiar en un milagro. Y
ese milagro no sucedió. No porque no lo merecieras sino porque tenías que ir a
reunirte con otros dos angelitos de cuatro patas.
¡Qué duro es esto! Que difícil
se me hace la idea de ya no verte, no tenerte más. Te llevas lo más bueno,
bonito e inocente que quedaba, y aunque te has ido al cielo a mí se me han
apagado las estrellas. Mis ojos están rojos, mi alma dolida, y mi corazón hecho
trizas. Me estoy hundiendo en mis lágrimas y todo se empaña. El sol saldrá,
calentará, pero hoy me parece que se ha perdido para siempre.
Fuiste el mejor perro, el
mejor amigo, tus lametazos, tus caricias y nuestras vivencias contigo, a tu
lado, son mi mejor legado, que atesoraré hasta que un día vaya a reunirme
contigo.
Siempre te querré mi peludito,
pórtate bien allá arriba.
Hay
venenos rápidos como el amor, y hay venenos lentos como el desamor… que se
vuelven mucho más efectivos con la ayuda de alguna grácil toxina, pequeñas
gotas suministradas con la idea de no dejar rastro en el organismo, la
habilidad más que especial de Betty que ella había perfeccionado después de
cinco largos años de infeliz matrimonio. Esta destreza como envenenadora y
potencial asesina le había dado un sentido a su vida, esa vida que se había
quedado en pausa aquel fatídico día en que Bill la maltrató por primera vez.
Betty
tenía veinticuatro años, eso creía, lo que ponía en su partida de nacimiento
parecía un poco inventado, un papel grueso y borroso en el que se desdibujada
la fecha 1905, aunque la tinta bien podía estar engañándola, ¿acaso un seis, un
siete, en vez de un cinco?, lo mismo daba, ya no se sentía joven, Betty sentía
que había perdido toda su frescura lo mismo que ese ajado y mohoso papel.
Bill
era tres o cuatro años mayor, un chico antaño fuerte y bronceado que pertenecía
al cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Ya no estaba en activo, su
repentina y duradera mala salud se lo había impedido, lo que al mismo tiempo
había agudizado una antigua lesión de guerra. Aquel incidente le había costado
algo más que la movilidad de su brazo izquierdo, lo había trasformado en un
monstruo que entraba en combate con su mujer siempre que podía. Los celos, la
desconfianza, el alcohol, compañeros de cama y de vida, una multitud en la que
no entraba nadie más…de eso bien se
ocupaba él.
Betty
no era feliz, no era lo que quería, no era lo que deseaba para sí misma…
Ella
quería más de la vida, más emoción, mas jazz, mas música, puede que algunas
escapadas, un coqueteo espontaneo y eventual, sonrisas, proposiciones…
Betty
no quería un trío con el odio, la rabia ni la posesión, que era lo que Bill le
ofrecía, Betty quería recuperar su libertad, pero estaba atada, atada a esa
vida desgraciada, a ese hombre que nunca le daría el divorcio, a ese ser sin
corazón que estrujaba el suyo siempre que quería. Estaba cansada, harta de no
ser ella misma, de solo ser una ama de casa y esposa ejemplar. Y fue así como
descubrió las historias de Circe y Toffana, ¡que fascinación!, ¿si supiera Bill
lo que su inofensiva mujer tramaba cada mañana en sus horas de biblioteca?
Lo
que había empezado como una manera de amansar a la fiera se convirtió en la
única manera de sentirse libre, su única salida, la forma más efectiva de
cambiar de vida, acaso la más cruel, era cierto, pero prefería no pensarlo
mientras escondía la botella con el cráneo y las tibias en cruz bajo el
entablado de la cocina. Además los resultados la animaron a seguir…
Poco
a poco Bill fue ablandándose, siempre estaba cansado y resfriado, dormido no
era una amenaza, y ella empezó a proporcionarse todo tipo de diversiones sin disimulo
ni cargos de conciencias. Hacía tiempo que ya no sentía nada por Bill por lo
que no estaba en la obligación de cuidarlo, él no la había cuidado precisamente
bien en los últimos años así que pensó que era el karma, ¡se lo merecía! Así
fue cómo Betty fue endureciendo su corazón con cada gota de veneno vertida en
la taza de Bill, y aquella chica se transformó, confiada en que nadie descubriría
su secreto, en la excusa de que sólo se trataba de aplacar la furia de un
monstruo.
Con
el pretexto de olvidar su pecado salía cada noche a bailar, a beber a los
clubs, a gastar el dinero de Bill, perdiendo la noción de la realidad. Pronto empezó
a coquetear con personajes peligrosos, hubo flirteos y amantes, de alguna
manera volvió a emplear sus dotes como envenenadora cuando algún tipo
despechado empezaba a ponerse muy pesado. La mala salud quita las ganas de
acosar. Aunque la dosis suministrada a su marido no había cambiado, éste,
repentinamente, volvió a recuperar un poco sus fuerzas, las necesarias para
darse cuenta del derroche de su mujer. Y no le dejó opción, Betty tuvo que
doblar la dosis de veneno, esperando que la ponzoña volviera a amansar la furia
interna de su marido. Funcionó tan bien que el monstruo se durmió para siempre.
Ante la duda sobre qué hacer con Bill, sabiendo de antemano que cualquier
autopsia revelaría su acción criminal, le pidió un pequeño favor a un mafioso
del club dispuesto a todo por algunos dólares y otros pequeños favores, ¡impensable
negarle algo a una envenenadora en deuda con lo rentable que sería tenerla en
filas!, y éste se ocupó de su marido con
la misma disposición que quién se ocupa de deshacerse de una pequeña cucaracha
muerta en la alfombra de la cocina.
Al
que le preguntaba por su marido la respuesta era bastante sencilla, y creíble,
porque nadie la cuestionó: Bill la había abandonado, vivía en algún lugar de la
costa oeste, gastándose la pensión del gobierno en margaritas, típico de los
marineros, típico de un hombre como él, con el corazón tan negro como el fondo
del mar.
Ah,
¡que diferente fue todo desde entonces! Recuperada su libertad pensó que a la
casa le vendrían bien algunos cambios, pintar un poco, sustituir esos muebles
tan antiguos y baratos, por supuesto tirar todas las pertenencias de Bill, iba
a necesitar ese espacio extra en el armario, quizás poner una valla que rodeara
la parcela. Tenía tanto por hacer que se sentó un rato en el balancín del
porche. Caía la tarde y la luz rebotaba en sus retinas, se sintió en calma
persiguiendo con la vista el vuelo de una tornasolada mariposa. ¡Todo estaba
cambiando! Y respiró profundamente, orgullosa de lo bonita que se veía la
cicuta que nacía entre las hortensias del jardín.
Música: Beth Hart
& Joe Bonamassa - Your Heart Is As Black As Night