jueves, 3 de octubre de 2019

Mr. Dentonn

El corto Mr. Dentonn nos presenta a un personaje terrorífico que atemoriza a los niños. Se estrenó en 2014, y obtuvo 120 premios convirtiéndose en el corto más visto y más premiado hasta que en el 2016 el film “The Eve”, del italiano Luca Machnich, le arrebató el récord con más de doscientos galardones. El corto del cineasta Iván Villamel nos recuerda al estilo de John Carpenter al más puro estilo ochentero. 
Mr. Dentonn arranca en medio de una fría noche de invierno, cuando Laura está leyendo a su hermano pequeño David el cuento de un extraño ser que ataca a los niños y les roba su inocencia para su disfrute personal. En teoría, los dos están solos en casa pero, tras leer la horripilante historia, la joven siente un escalofrío que recorre su cuerpo y nota una extraña presencia que la inquieta...el hombre misterioso ha saltado de las páginas para perturbar la tranquilidad del hogar.
La historia, con guión del mismo Villamel y de escasos nueve minutos de duración, está protagonizada por Irene Aguilar, Ander Pardo y Kaiet Rodríguez.

viernes, 20 de septiembre de 2019

Herida



Avanzó por la habitación rastreando el agua de colonia de aquel muchacho, eso era lo llamativo, haber estado dormida trescientos años y despertar por ese olor tenía que significar algo. Bergamota. Ese nuevo mundo no era como el que recordaba, los hombres olían muy diferente, y eso era nuevo, fascinante, y bueno… Sintió un irrefrenable deseo de retenerle y él se dejó atrapar sin hacer ademán de sacar su espada, quizá los hombres de esa época ya no usaran espadas. Ella parpadeó cuando el hombre que apretaba gimió soltando un instrumento rectangular y oscuro. ¿Qué nueva arma era esa?
                –Llévatelo y no me hagas daño –murmuró el joven con ese gesto de pánico que a ella tanto le satisfacía.
                No se atrevió a tocar eso que brillaba en el suelo pero lo apartó con un pie de una patada y se volvió hacía él interesada. ¿Cómo había entrado ese hombre en la catacumba si llevaba clausurada cientos de años?
                –Mira, sólo quiero volver a la fiesta, ¿de acuerdo?, no quiero problemas con borrachas…
                Sintió una oleada de apetito cuando aquel hombre trató de apartar sus manos de él, y su risa, que no había oído en tanto tiempo, sonó silbante, cruel y cascabelera. El hombre alzó la mirada para protestar y debió encontrar un brillo de malicia en esos ojos de intenso color rojizo porque enmudeció, pálido como la luna llena. Ella le observó de cerca deseando comprobar si su sonrisa seguía siendo infalible y letal. Muy pronto lo descubriría, pero antes quería jugar un rato. Le daría tres segundos de ventaja, después de todo seguía algo oxidada por el prolongado sueño, ¡maldita maldición y maldito Helsing!
                –Corre  –dijo ella casi con dulzura, forzando las erres por su trasnochado acento húngaro.
Y su presa corrió dócil y obediente sin encontrar la salida de la catacumba, cada vez más nervioso y torpe, arañando las paredes de piedra, intentando escalar hasta una lejana ventana, aporreando las puertas cerradas, deseando desandar los pasos que le habían llevado hasta aquella ratonera cuando lo único que buscaba era el lavabo. ¡Maldita suerte!, era ridículo encontrarse con una vampira resucitada en un castillo perdido. Gritó y lloró al unísono cuando sintió que ella le mordía una mano, dejándole otra vez un poco de ventaja, que él desaprovechó al tropezar en un escalón. Entonces ella le hincó los colmillos en su pierna, perforando con sus dientes la tela del vaquero. Él cojeó anestesiado por el miedo escaleras arriba, hasta la salida. Una gruesa cortina de lluvia anegaba el exterior del castillo, llovía con virulencia cuando sintió que ella, apareciendo de golpe a su lado, susurraba en su oído:
–Corres muy mal.
El sintió un aliento gélido posarse en su nuca. Se estremecieron; ella de placer, él de dolor. Sus cuerpos y sus almas se correspondieron. La sangre y la lluvia emulsionaron.  Timbales y flautas parecían resonar en los oídos de la vampira sólo porque le sentía cerca, y su muerto corazón crecía, inflamado por la felicidad de su contacto. No estaba soñando, no era el coma de la maldición, él era real, existía, y estaba ahí, en sus brazos, junto a ella, enseñándole como entrar en un mundo etéreo en el que las almas y los labios se tocaban. Los vampiros no saben besar, por eso que ello estuviera ocurriendo era algo tremendamente especial
–Hazme volar, hazme flotar, no dejes que yo caiga en el vacío, en ese fondo abisal profundo que igual que una placa tectónica, tiembla de dolor –se oyó decir la vampira,  poseída por un extraño recuerdo, cursi, intenso–. Quiero tejerme a ti lo mismo que una araña a su presa.
Eran las palabras que le había dicho a Helsing antes de que él la condenara al silencio, al hambre y la oscuridad. ¿Cómo era posible que ella hubiera deseado doblegarse y entregarse al hombre que podía terminar con ella? ¿Cómo era posible que ella se cegara por ese hombre a cambio de nada?
Él asesinó su amor, asesinó su corazón, su poca humanidad…
Y ella, confundida por el odio, creyendo que el hombre que mecía entre sus brazos era aquel tramposo amante,  devoró su corazón.


Música: The Curse

lunes, 9 de septiembre de 2019

Once… y muchas letras


Alguna vez he hablado de este peculiar planeta que es Bohemio Mundi, de su olor a tinta, a nube rosa, helado de limón y té de menta. La geología de su corteza terrestre es bastante peculiar, todo crece, se expande, la energía de su núcleo ya no parpadea como al principio, ahora la fuerza y el calor son constantes, tiene vida, aunque hay circunstancias muy irregulares pues su naturaleza es harto curiosa, y entre otras cosas las curvaturas de sus ríos se enroscan a placer sin que nada lo provoque. La orogénesis no responde a fenómenos naturales, volcánicos o tectónicos, hay algo más. Hay un ente, se la oye hablar como si recitara, ese ente es el que provoca las mareas del Mundi puesto que la verdad es que no hay satélites ni astros ni atracción en el Universo más que una magia extraña provocada por una especie de varita con una mina de grafito en la punta. Por si te lo cuestionas, la realidad es que los ríos se enroscan cuando ella estornuda.
Cada once años el Mundi sufre una transformación, parecida a la de los humanos cuando envejecen que aparecen surcos, canas, o líneas de expresión, y es la siguiente: las montañas cambian de sitio, saltan brincan, juegan... ¿Cuál es el propósito? Nadie lo sabe, pero pasa. Cada once años y durante once horas. Ya lo predijo una astróloga/quiromántica/clarividente/agorera y profeta. Los once años se cumplen hoy, y los habitantes de Bohemo Mundi, que son en su mayoría seres inventados (aunque ellos ni se lo huelen) de papel o bits proyectados a través de rayos catódicos, están muy alterados, algunos emocionados, por la aventura que supondrá que te crezca un Himalaya en medio de la cocina, o -teniendo mucha suerte- una colina en medio de la huerta tomatera, aunque afortunado va a ser el que la casa le aparezca en lo alto de una montaña de tres mil metros con un mar de nubes tocándole el balcón. Lo que se sabe, más bien se ha pronosticado, es que las montañas van a seguir un patrón y así se moverán, igual que las notas en un pentagrama tarareando el cumpleaños feliz, y eso es así porque lo dijo la agorera y nadie la contradice, igual que nadie cuestiona que  fabricación tiene once letras (te has parado a contarlas, ¿eh?) Once, el once es un número especial…
¿Qué se dice de este número? Pues que ofrece gran intuición y percepción espiritual, habilidades sobrenaturales, sensibilidad maximizada, así como también empatía e inteligencia natural, símbolo de enorme poder este es el primer número maestro de un total de tres : 11, 22 y 33. Llegado el momento ya te diré lo que dice la agorera sobre esto de los números repetidos…
Hoy Bohemio Mundi cumple once años de fabricación y aún seguimos en obras. Gracias a los bohemios visitantes y amigos por construir conmigo este planeta.





Música: "Ain't no Mountain High Enough"

miércoles, 21 de agosto de 2019

Correr el mundo



Pisa charcos grises en aceras grises bajo cielos grises, le acompaña el ritmo del planeta pero no siente vértigo a pesar de la velocidad con la que todo gira, el suelo siempre se mueve pero nadie lo percibe, las mareas suben y bajan, el sol parpadea porque le guiña un ojo a la luna, y el aire arrastra pétalos de flores sin espinas.
Él ve poesía en los días nublados. En su barba de tres días anidan las pelusas de su almohada. Enredados en la punta de sus zapatos lleva sus ganas de convertirse en estrella, de gastar suelas, de alcanzar lo más hondo y lo más alto. Le gusta dormir y más aún soñar. Le gusta esa curva de felicidad en los labios tibios de los desconocidos que se encuentra al pasar. Y le gustan las miradas que abrasan con fuegos llenos de caricias. Ama la luz y el color de sus mejillas cuando corre por el parque. Y ama las epidermis sin secretos. Y el aire, y el verde apagado de los ojos tímidos.
Rueda por el césped con los ojos brillando por la emoción del viento que en su murmullo le cuenta historias de mares verdes en orillas de cemento armado.
Morder espigas le mata el hambre, lo mismo que los hilachos sueltos de su mochila de trotamundos que a veces mastica sin darse cuenta. Y si le dejas hasta besa el polvo.
Tiene claro que la prisa no le va a ganar.
Inquilino del mundo, es un naturalista, un contemplador, un viajero del tiempo en el espacio presente que lanza suspiros al tiempo futuro con ganas de arreglar el mundo. No quiere descansar, que lo hagan otros con menos ganas. Él va a saltar muros y escalar montañas, él va a correr detrás de trenes, va a cruzar ríos y conquistar planetas sin más gasolina en sus venas que esa alegría contagiosa de su guitarra. Sólo porque es el momento, su momento, y no lo va a dejar pasar. Que sus dolores no son más grandes que los de su cartera vacía, lo que ni en exceso ni en apuro le importa, sabe que ligero de equipaje se llega más lejos, y es lo que le apetece, lo que anhela, salirse de los mapas, trazar los caminos, los desvíos, hacerle un atajo al aire que llegue hasta los pulmones amados, todo menos descansar de ese mundo que gira pesado.


Música: Otra forma de sentir-Pedro Guerra

viernes, 2 de agosto de 2019

Corcheas



Tu voz me llega con cada golpe que doy al piano, me llega como la respiración de un asmático, chirriando como si los pulmones fuesen una maquina vieja. Ay papá, me digo para mis adentros. Papá te fuiste sin contarme tu secreto. ¡Qué lejos estás ahora!, y que lejanos parecen aquellos días de mi infancia, yo sentado ante el piano y tú a mi lado, chimenea viviente, aplaudiendo cada vez que atinaba una melodía, con los dedos llenos de ceniza, con tu risa bronca y severa, con tus ojos ardientes como las colillas que siempre te rodeaban. Quiero recordarte y te veo como el humo, indefinido, una serpiente vaporosa que se deforma con el oxígeno de la habitación, ya te estabas muriendo y nunca lo vi, ¿cómo iba a verlo?, ¿cómo suponer que cada cigarrillo era una pequeña puñalada en tus pulmones sin aire? Garganta con arena era el mote que tus amigos te habían concedido que tú aplaudías con una mezcla de sátira y sarcasmo. Lo veías y no lo veías, no lo querías ver. Los días se te hacían largos cada vez que intentaste dejar el vicio y por eso nunca te animaste, no te alcanzaba el valor de enfrentar un día sin nicótica, tu narcótico, tu sedante, tu escape de ti mismo. Si te dolía sólo tú lo sabías porque nunca lo dijiste, igual que nunca me confesaste quien te enseñó a tocar el piano, tu primer vicio, tu profesión, tu pasión, y en tus últimos años de invalidez tu frustración, ¿qué hay de un pianista sin dedos? La vida arrolló lo que eras igual que aquella camioneta descontrolada tu cuerpo de cincuentón maltrecho. Le dedicaste esfuerzo y ganas a tu recuperación pero el vicio y el alcohol ganaron la partida, nunca volviste a reiniciar el juego aunque todos te lo echaran en cara. Y mamá se fue. No quería verte perder. Ya perdí mis manos, decías con dramatismo, y te dedicaste a ir por la vida haciendo equilibrios, sin aire, sin ganas, sin ganas de seguir enseñándome tu canción, perdiéndolo todo, peor, tirándolo a la basura. Y ya me ves ahora papá, un pianista sin inspiración, sin voz, sin emoción, sólo porque cada vez que me siento ante el teclado te oigo a ti, te siento a ti, y no puedo aguantar la idea, no la soporto, de que ya no estés en el mundo, ni tú, ni tu olor, ni esa nube de tabaco revoloteando siempre en tu cabeza, ni tu risa, ni tus aplausos desmesurados, ni esa historia que nunca me contaste, ni lo que nunca me enseñaste. 


Música: Pablo Ziegler-Oblivion

viernes, 28 de junio de 2019

17 de junio de 2019


Te fuiste por la mañana cuando el sol brillaba pero ya no podía darme calor, desde entonces conservo un frío extraño, ese frío intenso de la ausencia y el vacío. Te di un abrazo, sentí tu respiración con la misma ternura de siempre sin asimilar que ya no te acariciaría nunca más. Recibiste mi último beso en tu cabecita rizada, y con tus ojitos de amor profundo me despediste con una expresión extraña, ¿pudiste notar cómo me rompí por dentro en ese instante? Sí, igual que sabías que no estabas bien. No volviste a casa, y yo sabía que no regresarías a mí, que no volvería a tenerte entre mis brazos,  que nunca volveríamos a jugar juntos con tu pelota, ni a acostarme a tu lado, ni a arroparte con tu mantita, ni a decirte eres un perro bueno, eres lo mejor de mi vida, te quiero mi amor, mi bebé, mi Panchito.
Subiste al cielo en una nube tan esponjosa como lo eras tú, y esa tarde te busqué en ellas, sólo para saber que estabas en paz, que habías llegado bien al paraíso. Puede que los ojos me engañaran, tan llorosos e irritados que estaban, pero creo que te vi, estabas ahí, eras tú en la postura que ponías cuando llegábamos a casa de un paseo largo y te sentabas en la alfombra. ¿Ya te sentías como en tu casa? Sé que no estabas solo, ya te habías reunido con tus hermanos Brown y Homer. Entonces, por un segundo, mi corazón volvió a funcionar con normalidad, sólo porque sabía que estabas en buena compañía.
Hoy te escribo y te recuerdo en esta carta que te leeré en voz alta porque tú me entendías, ¿verdad?, porque me estás oyendo, ¿a que sí?
El amor más puro, el carriño mas autentico, la amistad mas incondicional ha venido de ti, mi bolita peluda, tú eres el amor, el amigo, el ser que nunca me falló y que nunca me hirió. Me diste catorce años de felicidad plena, y llenaste mi vida de alegría… y mucho pelo. Te quiero mi Pancho, mi gordito, mi bebé… eras mi bebé, mi niño mimado, mi consentido, te lo decía cada día retorciendo tus rizos con un dedo y pasando la mano por tu cabecita noble. ¡Cómo te pellizcaba, cómo una madre enamorada de su criatura! Te quiero tanto. Llegaste para revolucionarlo todo con tu genio, tu humor cascarrabias y tus trastadas. Nos enamoramos de ti, y tú de nosotros. Nos hicimos familia. Al principio tenías a tus hermanitos peludos Buba y Homy, pero al final sólo estabas tú, y para compensar el vacío que ellos dejaron al subir al cielo, te convertiste en el rey de la casa y de nuestras vidas. Y ya no estás.
Te añoro, te echo de menos, te extraño, me siento muy rara sin ti, cómo pérdida y hueca, muy triste, muy sola. No estás para iluminar la casa con tu luz interior, con las estrellas de tus ojos, con todo el amor que desprendía tu presencia. Esas ganas de protegerte y cuidarte crecen en mí pero ya no estás para recibirlo. Tu tiempo en el mundo a mí me ha pasado como un suspiro,  lo he sentido como un ciclo muy corto de la vida, y aunque era tu tiempo de partir, no quería que llegase ese momento, no estaba preparada, no lo estoy…
Dejarte ir fue el acto de amor más grande. Decirte adiós para siempre nos ha roto el corazón, y estamos desangrándonos poco a poco. Tenías la salud muy mal, tus pulmones, tu bazo, la próstata, el corazón, confiar en tu recuperación era confiar en un milagro. Y ese milagro no sucedió. No porque no lo merecieras sino porque tenías que ir a reunirte con otros dos angelitos de cuatro patas.
¡Qué duro es esto! Que difícil se me hace la idea de ya no verte, no tenerte más. Te llevas lo más bueno, bonito e inocente que quedaba, y aunque te has ido al cielo a mí se me han apagado las estrellas. Mis ojos están rojos, mi alma dolida, y mi corazón hecho trizas. Me estoy hundiendo en mis lágrimas y todo se empaña. El sol saldrá, calentará, pero hoy me parece que se ha perdido para siempre.
Fuiste el mejor perro, el mejor amigo, tus lametazos, tus caricias y nuestras vivencias contigo, a tu lado, son mi mejor legado, que atesoraré hasta que un día vaya a reunirme contigo.
Siempre te querré mi peludito, pórtate bien allá arriba.


miércoles, 12 de junio de 2019

Sentimientos envenenados



Hay venenos rápidos como el amor, y hay venenos lentos como el desamor… que se vuelven mucho más efectivos con la ayuda de alguna grácil toxina, pequeñas gotas suministradas con la idea de no dejar rastro en el organismo, la habilidad más que especial de Betty que ella había perfeccionado después de cinco largos años de infeliz matrimonio. Esta destreza como envenenadora y potencial asesina le había dado un sentido a su vida, esa vida que se había quedado en pausa aquel fatídico día en que Bill la maltrató por primera vez.
Betty tenía veinticuatro años, eso creía, lo que ponía en su partida de nacimiento parecía un poco inventado, un papel grueso y borroso en el que se desdibujada la fecha 1905, aunque la tinta bien podía estar engañándola, ¿acaso un seis, un siete, en vez de un cinco?, lo mismo daba, ya no se sentía joven, Betty sentía que había perdido toda su frescura lo mismo que ese ajado y mohoso papel.
Bill era tres o cuatro años mayor, un chico antaño fuerte y bronceado que pertenecía al cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Ya no estaba en activo, su repentina y duradera mala salud se lo había impedido, lo que al mismo tiempo había agudizado una antigua lesión de guerra. Aquel incidente le había costado algo más que la movilidad de su brazo izquierdo, lo había trasformado en un monstruo que entraba en combate con su mujer siempre que podía. Los celos, la desconfianza, el alcohol, compañeros de cama y de vida, una multitud en la que no entraba nadie más…  de eso bien se ocupaba él.
Betty no era feliz, no era lo que quería, no era lo que deseaba para sí misma…
Ella quería más de la vida, más emoción, mas jazz, mas música, puede que algunas escapadas, un coqueteo espontaneo y eventual, sonrisas, proposiciones…
Betty no quería un trío con el odio, la rabia ni la posesión, que era lo que Bill le ofrecía, Betty quería recuperar su libertad, pero estaba atada, atada a esa vida desgraciada, a ese hombre que nunca le daría el divorcio, a ese ser sin corazón que estrujaba el suyo siempre que quería. Estaba cansada, harta de no ser ella misma, de solo ser una ama de casa y esposa ejemplar. Y fue así como descubrió las historias de Circe y Toffana, ¡que fascinación!, ¿si supiera Bill lo que su inofensiva mujer tramaba cada mañana en sus horas de biblioteca?
Lo que había empezado como una manera de amansar a la fiera se convirtió en la única manera de sentirse libre, su única salida, la forma más efectiva de cambiar de vida, acaso la más cruel, era cierto, pero prefería no pensarlo mientras escondía la botella con el cráneo y las tibias en cruz bajo el entablado de la cocina. Además los resultados la animaron a seguir…
Poco a poco Bill fue ablandándose, siempre estaba cansado y resfriado, dormido no era una amenaza, y ella empezó a proporcionarse todo tipo de diversiones sin disimulo ni cargos de conciencias. Hacía tiempo que ya no sentía nada por Bill por lo que no estaba en la obligación de cuidarlo, él no la había cuidado precisamente bien en los últimos años así que pensó que era el karma, ¡se lo merecía! Así fue cómo Betty fue endureciendo su corazón con cada gota de veneno vertida en la taza de Bill, y aquella chica se transformó, confiada en que nadie descubriría su secreto, en la excusa de que sólo se trataba de aplacar la furia de un monstruo.
Con el pretexto de olvidar su pecado salía cada noche a bailar, a beber a los clubs, a gastar el dinero de Bill, perdiendo la noción de la realidad. Pronto empezó a coquetear con personajes peligrosos, hubo flirteos y amantes, de alguna manera volvió a emplear sus dotes como envenenadora cuando algún tipo despechado empezaba a ponerse muy pesado. La mala salud quita las ganas de acosar. Aunque la dosis suministrada a su marido no había cambiado, éste, repentinamente, volvió a recuperar un poco sus fuerzas, las necesarias para darse cuenta del derroche de su mujer. Y no le dejó opción, Betty tuvo que doblar la dosis de veneno, esperando que la ponzoña volviera a amansar la furia interna de su marido. Funcionó tan bien que el monstruo se durmió para siempre. Ante la duda sobre qué hacer con Bill, sabiendo de antemano que cualquier autopsia revelaría su acción criminal, le pidió un pequeño favor a un mafioso del club dispuesto a todo por algunos dólares y otros pequeños favores, ¡impensable negarle algo a una envenenadora en deuda con lo rentable que sería tenerla en filas!, y éste se ocupó de  su marido con la misma disposición que quién se ocupa de deshacerse de una pequeña cucaracha muerta en la alfombra de la cocina.
Al que le preguntaba por su marido la respuesta era bastante sencilla, y creíble, porque nadie la cuestionó: Bill la había abandonado, vivía en algún lugar de la costa oeste, gastándose la pensión del gobierno en margaritas, típico de los marineros, típico de un hombre como él, con el corazón tan negro como el fondo del mar.
Ah, ¡que diferente fue todo desde entonces! Recuperada su libertad pensó que a la casa le vendrían bien algunos cambios, pintar un poco, sustituir esos muebles tan antiguos y baratos, por supuesto tirar todas las pertenencias de Bill, iba a necesitar ese espacio extra en el armario, quizás poner una valla que rodeara la parcela. Tenía tanto por hacer que se sentó un rato en el balancín del porche. Caía la tarde y la luz rebotaba en sus retinas, se sintió en calma persiguiendo con la vista el vuelo de una tornasolada mariposa. ¡Todo estaba cambiando! Y respiró profundamente, orgullosa de lo bonita que se veía la cicuta que nacía entre las hortensias del jardín.


Música: Beth Hart & Joe Bonamassa - Your Heart Is As Black As Night

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