Los 29 de febrero me recuerdan a alguien, me recuerdan a él…
Cuando los días se ponían tristes y grises mi abuelo nos mantenía entretenidos contándonos una historia; la historia del señor Adivinanza.
Primero mullía su cojín, doblaba la gruesa manta de lana sobre sus rodillas, apartaba la humeante taza de té hasta la mesita auxiliar y carraspeando giraba el rostro hacía el cristal mojado de la ventana.
Con ojos de lluvia y ya cómodo, rebuscaba en su interior, como si hurgara dentro del almacén de sus recuerdos. Entonces, entonando el relato con cálida voz, nos susurraba lo siguiente:
“Era alto y barrigón, y el pelo y la barba ya se le habían matizado de gris. Nunca pisaba la ciudad, pues se decía que no disfrutaba del trato con las personas.
El señor Adivinanza vivía solo en una choza destartalada y su única compañía era la luna fría. Sólo bajaba al pueblo un día… cada 29 de Febrero. Un día especial, unas pocas horas nada más.
Antes de marcharse siempre dejaba una adivinanza, prometiendo resolverla a su regreso… Cuatro años tardaba, y ya nadie se acordaba de la cuestión, pero él sí, él siempre sabía la solución… había tenido tiempo para pensar”
Para acabar su relato el abuelo lanzaba un acertijo, formulando el deseo de que fuésemos lo suficientemente despiertos como para saber la respuesta. “¡La sabéis?, aún tenéis tiempo para responder, ¿cuatro años os parece bien?, ¡¿si?! Pues hasta entonces…”
Era su truco para mantenernos pensativos y callados, así de listo era.
Él hace tiempo que no está, pero cada 29 de febrero, en su honor, juego a las adivinanzas… ¿te atreves?
Ahí va:
Hay tres relojes en una habitación, el primero marca las 6:15, el segundo 8:45 y el tercero que está sobre la mesa marca las 7:19. ¿Qué hora es?
¿Sabes responder? No importa, no hay prisa, ¿verdad? Tienes cuatro años para pensar…