Su risa es como la serpentina, y seguro
que debajo de aquel disfraz su corazón brilla
como la purpurina.
En cada zapato un pompón rosa, en la
punta, no te creas que es cualquier cosa.
Por traje un harapo, remiendos papel seda
sobre algodón estriado.
El maquillaje siempre preparado.
Y en su bolsillo una corneta de plástico.
Del pelo mejor ni hablamos.
Una sonrisa puesta y un lunar dibujado.
Lleva confeti en las suelas, y entre las arrugas
de la camisa unas cuantas lentejuelas.
Plumas de mentira sobresalen de un
sombrero donde lleva dos o tres matasuegras. Por cierto, muy mal puestas.
No hay anillos ni demás abalorios, que lo
mucho pesa para meterse entre el jolgorio.
Último repaso por si acaso a su disfraz
de payaso.
Paso a paso, y vaso a vaso, por ahí, se
va el amigo calle abajo. En ademan de mojiganga va repitiendo su propaganda…
“¡Carnaval, Carnaval!”
La ilusión y la risa le hacen ir con
prisa para su cita anual, con su adorado Don Carnal.
Hay que ver lo que me gusta a mí este
payasete, tan gracioso y tan regordete, quien con tanta algarabía va llenando el
mundo de colorida fantasía.
Hay una canción de Celia Cruz que dice
que “no hay que sufrir, no hay que llorar, la vida es una y es un Carnaval, lo
malo se irá, todo se irá, la vida es una y es un Carnaval”, y con ese mensaje
me quedo para estos días. ¡Alegría!
