Siempre me despertaba con la sensación de
que había estado gravitando alrededor de algún planeta, cada noche viajaba hacía
una llanura parcheada de brillantes puntos de luz que explotaban, pulverizando su
energía, salpicando gases, esparciendo polvo. Volaba sobre esa nebulosa cargada
de electrones que trastornaban mi sueño, y secretamente robaba un poco de esa materia
cósmica con la que me llenaba los bolsillos. Me impulsaba luego, penetrando en
el campo gravitatorio de cientos de meteoritos que apartaba como si fueran
canicas. Mi espíritu crecía al tiempo que mi cuerpo se alargaba, comprimiéndose,
adquiriendo un infinito espectro de colores. El universo entraba en mí, y no yo
en él.
Cada noche sentía lo mismo, que mi cuerpo
se elevaba y salía disparado como un cohete desde la cama, que paseaba por la Luna
y que luego bajaba con el polvo gris en los talones. No caía sobre el colchón
sino que me quedaba a pocos centímetros, flotando sobre él, hasta que el
aturdimiento del viaje se pasaba y yo caía a plomo sobre las sábanas. Por un
instante el espacio y las dimensiones seguían deformadas pero cuando todo se
normalizaba, cuando hasta el aire se arreglaba, yo lo sabía, lo sentía, era un
navegante en el cosmos, una estrella humana.
Para los que sueñan con ser cosmonautas…
Música: Shell
Suite-Chad Valley















