Me
gustan las cosas originales y con carisma, me gustan los artistas con
personalidad y que aportan cosas fuera de lo común o que se salen de lo ya
visto, así que si eres como yo estoy segura que el arte de Paula Bonet te va a entusiasmar…
Paula Bonet, 1980. Licenciada en Bellas Artes por la
Universidad Politécnica de Valencia, completa su formación en Santiago de Chile,
Nueva York y Urbino. Inicialmente trabajó las técnicas de pintura al óleo y
grabado (calcográfico, xilográfico, litográfico), pero a partir de 2009 se
centrará en la ilustración y desde entonces trabajará en ese campo.
En 2013 ilustra “Léeme” (Andana Editorial) y el poemario de
Estel Solé “Si uneixes tots els punts” (Editorial Galerada). “Qué hacer cuando
en la pantalla aparece The End” es el primer libro con texto e ilustraciones de
su autoría (marzo de 2014, Lunwerg Editorial). En septiembre de 2014 publica
“La pequeña Amelia se hace mayor”, un álbum ilustrado pop up (Editorial
Combel). “813” es el segundo libro del que es autora tanto del texto como de la
imagen, se trata de un homenaje ilustrado al cineasta francés François Truffaut
y a un fragmento de su filmografía (La Galera, febrero 2015).
Su obra ha sido expuesta en Barcelona, Madrid, Valencia,
Oporto, París, Londres, Bélgica, Urbino y Berlín.
Su trabajo, cargado de poesía, tiene multitud de
ramificaciones, desde la ilustración en prensa (Diari Ara, Revista Kireei,
Revista Calle 20, Ling, ESCAC, Caràcters, Le Cool), la escenografía, el
cartelismo (The Black Keys, Vetusta Morla, Jacko Hooper) o la pintural mural.
Han pasado ocho años desde que Bohemio Mundi existe. Se
dice pronto, pero ¡¿cómo ha podido pasar tanto tiempo?! (Pausa para suspirar) Y
sin embargo, sí, los calendarios han caído durante ocho años, nada más y nada
menos. Una parte de mí se sigue sorprendiendo de lo rápido que gira el mundo,
incansable, imparable, como una loca carrera que no sabes cuándo concluirá…. Pero
hoy nada de eso importa, ni el tiempo, ni la velocidad, ni el espacio.
Hoy recorro este pequeño planeta y me paro a contemplar sus
verdes llanuras, hay un rincón muy fresco en donde la hierba es alta y verde,
se está bien allí, cerca hay un pequeño riachuelo cuya música transporta
versos, palabras, pensamientos, ideas y proyectos… Creo que es la voz de la
imaginación, hay días que suena más apagada pero de vez en cuando se entona, y
se la oye sin problemas reverberando en las esquinas de este mundo chiquitito.
Si esa voz suena las flores brillan, es un fenómeno extraño, pero muy mágico,
brillan como farolillos, alegres y festivos. Entonces la tierra se mueve como
un gigante que se despierta de un letargo soporífero. Algo te sacude por
dentro, como un sentimiento de alegría contagiosa, supongo que la culpa la
tienen esas partículas de imaginación que flotan como pétalos amarillos, impregnándolo
todo, bañándolo todo. ¡Que alegría me da cuando esa maquinaria productiva se
pone en funcionamiento! Eso sí, hay que alimentarla, de lo contrario no hay
manera. No es que sea muy exigente, sólo hay que darle un poco de paz, de
calma, de tiempo, no le importan las dosis, pero sí que tenga un poco de cada
cosa. Quiero cuidarla, hago lo que puedo, pero a veces me es complicado
encontrar esos ingredientes que me demanda; la calma, el tiempo, la paz…
Sin embargo mientras Bohemio Mundi y yo tengamos un poquito
de esas cosas seguiremos cuidando del planeta…
¡A por 8 años más!
Para despedirme tengo que darle las gracias a los
habituales bohemios por seguir visitando mi mundi, gracias por cuidar de que
los caminos que llevan a él no se pierdan ni se sequen. Paz.
Tommy sabía sobre mareas que brillan, sobre fosos marinos
que albergan secretos como restos de otras civilizaciones o centros
gubernamentales de cooperación extraterrestre, bien puede que eso no fuese real
más bien una conjetura, pero conocía lo suficiente sobre fondos abisales donde
no ha penetrado la luz y triángulos misteriosos como para hacerse una idea de
que, lo que había allá abajo, en el fondo, fondo, fondo del mar, era
poderosamente desconocido y considerablemente fascinante.
Su fascinación por el mar era tan inmensa como el propio
mar, le venía de siempre, corría por sus venas como el agua salada lo hacía por
la quilla de un barco. Y por eso mismo conocía las historias que había que
conocer. Pertenecía a una estirpe de marineros y hombres de mar ¡todo un estilo
de vida! Además su madre era una de las pocas mujeres fareras que seguían en
activo.
Tommy vivía en un litoral famoso por sus hundimientos,
donde las conversaciones normales giraban en torno a barcos partidos por la mitad como astillas, olas
cual paredes de más de 40 metros de alto obviamente creadas de la fantasía, y
leyendas de fantasmas de ahogados, que se sumaban a las otras historias que
contaban los más ancianos para enfrentarse al mar, leyendas de los
supersticiosos, agüeros que a él no le provocaban ningún temor ya que su
barquita no estaba hecha para manejarla con miedo. Y a eso se dedicaba Tommy
casi todo el tiempo: a bogar al amor de las mareas bajo la sombra del faro.
Los días de tormenta su madre le prohibía navegar y lo
varaba en tierra. Lo malo del caso era que ella consideraba tormenta a
cualquier lluvia que cayera hasta la más insignificante. ¡Qué sentimiento tan cruel era para Tommy no
sentir el viento lleno de sal en la cara! Era tal la nostalgia que a Tommy no
le bastaba con corretear por los astilleros ni jugar entre los esqueletos y
estructuras de los barcos viejos para aliviar su necesidad, el arrullo de las
olas le llamaba como el canto de una sirena.
Aquella noche de tormenta cayeron más de 300 relámpagos en
la costa. Unos buscaban al faro igual que polillas atraídas por la luz, otros
perforaban la rizada superficie marina que por unos instantes se quedaba blanca
y lívida por el sobresalto. Los brillos nocturnos del mar habían sido algo que
Tommy había estudiado mucho, con bastante contemplación y detenimiento. Desde
su ventana, redonda igual que la estructura del faro, descubrió
como unas persistentes luces azuladas parpadeaban a la deriva. No eran luces mecánicas,
no procedían de ningún dispositivo, lo que brillaba ─determinó prismáticos en
mano─ era algo vivo que emitía su propia luz. Estudió el destello durante
horas, esperando. Quedaban apenas un par de horas para el amanecer cuando se
decidió. La tormenta había cesado pero aún se percibía cierta nota eléctrica en
el aire, especialmente por el olor que éste desprendía, tan característico como
el del ozono. Muy de vez en cuando los silenciosos relámpagos coloreaban de
malva la oscuridad, luz que por un momento complementaba a la de su linterna.
Con el chubasquero cerrado hasta las orejas Tommy sostuvo sus utensilios de
pesca, especialmente comprobó el estado de su red, y de un salto se sentó en la
bancada del bote, aferrándose a los remos, ¡no había tiempo que perder! Avanzó
con determinación hacía la luz. Algunos minutos después, cuando le parecía que
estaba a punto de alcanzarla, ésta se
apagó. Tommy la buscó a la desesperada hasta que descubrió que algo iluminaba
el bote desde abajo. Alongado sobre el costado de popa se percató de que se trataba
de su luz, luz que cambió del azul al rojo y otra vez al azul, luz que no pertenecía
ni a un calamar ni a una medusa ni a un alga, era algo que nunca había visto,
sin duda una especie nueva, o una especie vieja, pero algo completamente
extraño y fascinante. Dudó unos instantes pero terminó lanzando la red. Lo que
subió a bordo le maravilló. ¿Qué podía ser eso? ¿Una cría de kraken, tal vez? ¿Algún
ser mitológico perdido en medio de la evolución? ¿O se trataba de otra cosa, algo
que no era de ese mundo, algo que venía de más lejos, de más hondo? Tommy lo
introdujo con cuidado en el agua de su cubo, tenía que llevárselo a su casa
para estudiarlo mejor.
El sol clareaba la madrugada cuando amarró la barca y
corrió con torpeza por el pantalán con el cubo en ristre. No hizo ruido al deslizarse
escaleras arriba hacía su habitación. Se sentía realmente excitado. Temblaba cuando
decidió cambiar de recipiente al espécimen, metido en ese cubo de goma no
podría estudiar con fundamento aquella fisionomía, y era vital que lo hiciera. Lo
apropiado sería buscar una pecera pero él no tenía ninguna. Pensó en algo que
pudiera servirle para tal fin, algo que fuera ancho, no muy grande, y por
supuesto de cristal. Clavando los ojos en la estantería encontró la solución, y
no pudo esperar. Al introducirlo en el antiguo jarrón de cristal de su madre
aquella cosa de un solo ojo cambió de color, esta vez su luz era amarilla,
amarilla y perturbadora, tanto que Tommy se sintió algo cegado y mareado.
Sentado en la cama, incapaz de moverse, descubrió aterrado que lo que él había
metido dentro del jarrón empezaba a cambiar de tamaño... y que obviamente no
era sólo un pez, un pez no caminaba sobre sus aletas.
“Mamá vendrá a ayudarme”, imaginó, “en cuanto oiga el ruido
de los cristales aparecerá”, se dijo a sí mismo para calmar la angustia de presentir
que lo que él había robado al mar era menos insignificante y más peligroso de
lo que se figuraba.
¡Cuánta paz respiraba aquel lugar! El rítmico y acompasado
sonido del mar, las olas llegando a la orilla mudas y cansadas, lentas y
pesadas, mareas que han viajado kilómetros sólo para besar aquellas rocas
apiladas, agrupadas en racimos descontrolados sobre el litoral.
Las piedras negras están moteadas de verdor, el verdor ambarino y oxidado que dan las algas.
Y a eso huele el aire, a alga verde y a sal.
El mar es azul y va surcado de ondas dinámicas que se
mueven y oscilan y arañan las retinas con el brillo de la luz del sol que
parpadea y fascina. Da la sensación de que hay diamantes a la deriva, botines
piratas perdidos, gemas extraviadas del joyero de una sirena.
El mar es penetrante, de un azul degradado. Al fondo en la
línea plana e infinita del horizonte está más remarcado, es en la costa cuando
sus tonalidades son mas verdes hasta que estalla en espumas blancas. ¡Cuánto
poder tiene el agua!
Aquí la playa es de piedra, rocas cuadradas y dentadas que
apenas dan paso a un escueto reducto de arena, altar de los bañistas. En la
arena negra hay guijarros hundidos en dónde la espuma del mar se enreda y
burbujea, marcando al retirarse la ola un camino de uniformadas burbujas
blancas en un desfile hacia el mar. Justo arriba, en las montañas que se asoman
al océano, plano y azul, hay tabaibas. Las tabaibas aguantan secas en una
costra marrón, las temperaturas y el sodio tragado las han secado. Más allá hay
cuatro palmeras típicamente canarias, algunas enredaderas y flores de hibisco. Una familia de cangrejos se ha instalado sobre
una piedra. Son negros y se camuflan. Se mueven como si bailaran un vals. A
pocos metros, en el remolino del agua un pez alargado y picudo como una espada
bucea girando con las olas picadas. Casi enseguida el pez consigue escapar del
trombo de agua tibia y hacia allá se va, hacia mar abierto. Lo persigo sin
dudar, guiada por un impulso, ni siquiera me he ajustado las gafas y el tubo.
Me sumerjo. Mi corazón se detiene, no hay palabras, ¡no las hay!, me he quedado
sin ellas después de descubrir el inmenso y colorido mundo nuevo que encuentro allá
abajo. Es fascinante que aquel paisaje pudiera superar en tanto al de arriba…
Hay un dicho africano que dice que aquéllos
que llegan antes al río encuentran el agua más limpia. Así recuerdo a Makeba,
como la mas rápida de las niñas de mi hacienda, la primera en llegar al río y
en saltar a él, poco importaba la ventaja que me concediera, ella siempre me
superaba, incluso si yo hacía trampas ella siempre llegaba al agua antes que yo.
Han pasado cincuenta años pero si me esfuerzo la veo como aquella muchacha
desgarbada que fue, aquella niña adornada con coloridos retales y aretes
dorados que siempre reía con unos ojos radiantes e intensos como el atardecer.
Nuestras pieles eran distintas, nuestras
sonrisas iguales, eso era lo que nos unía. Aunque también ese sano espíritu de
la niñez, el de querer salir al mundo, el de querer explorar lo que nos rodeaba,
y el de que nada nos parara.
A mis once años Makeba representaba la
libertad, la aventura, la osadía, todo eso que a mí no se me permitía. Con ella
descubrí el valor de la naturaleza. Junto a ella viví en la propia naturaleza.
Los mejores recuerdos, al menos lo mas dorados, pertenecen a mi infancia junto
a Makeba: las largas tardes al sol persiguiendo insectos, nuestra manía de
descubrir peligrosas madrigueras y de incordiar a sus azarosos moradores,
nuestras acampadas bajo las estrellas, sus improvisados platillos cocinados sobre
las llamas de una fragante hoguera, el vértigo de trepar a los arboles más
altos sólo por el gusto de llegar arriba, nuestras excursiones por el rio sobre
una insegura canoa de corteza, su pacifica presencia cantando una distraída
nana por las noches en su cabaña, ese aire terso y sano de la meseta…
Hace mucho que mis pies no recorren África,
esa parcheada piel hecha de muchos paisajes, hace mucho que dejé atrás a Makeba
y a la niña que fui, pero una parte de mí nunca dejará de guardar la esperanza
de que algún día nuestros caminos vuelvan a cruzarse, porque “las huellas de
las personas que caminaron juntas nunca se borran”.
Hay otra cosa que sé, y es que la tierra
en donde el sol siempre quema tiene mil nombres, pero yo siempre la llamaré mi hogar.
Era como un peso muerto sobre el edredón, boca arriba,
boqueando de dolor y de fuego. Ardía dentro de sí mismo con tal intensidad que
le quemaban los ojos. Nunca antes había experimentado tal dolor. Mil abejas
podrían picarle en ese instante y las sentiría como una caricia. Así de
lacerante era la sensación.
Se sintió morir. Sintió que algo se ramificaba en su
garganta, en su cerebro. ¿La muerte? No, era algo peor, para él era peor, el
rechazo era lo peor, un “sin adiós” era lo peor, verla desaparecer sin más era
lo peor.
Se estaba muriendo. Sintió ganas de gritar, de gruñir, de
pelear, de arrancar con las uñas el papel pintado de la pared. Y sin embargo no
podía moverse, no podía salir de aquella cama, no podía abandonar ese colchón
que nunca compartieron. Se estaba convirtiendo en piedra. Estaba hecho de
granito, un pedacito de hielo en su estado sólido, un títere desmadejado y
descosido, un desecho, la roña que se seca en un plato usado… una sobra.
Se les había ido de las manos, a los dos, pero ya era
irreparable.
¿La quería?, le asaltó la duda. ¿La quiso alguna vez? Ese
pensamiento correteó por su cerebro, pinchándole como la punta de una lanza. Y
ella a él, ¿le quiso, le amó? El tormento le hizo apretar los parpados con
fuerza, cerrando los ojos, como si apagando sus sentidos, desconectándose de la
realidad, como si de esa forma fuera más sencillo no pensar en lo que siempre
fue: una parte del menú.
Sus rígidos dedos arañaron las pequeñas incisiones de su
cuello. ¿Por qué le había dejado hacerlo aquella primera vez de hacía cuatro
meses? ¿Era por su aliento embriagador? No, no había aliento. ¿Era por lo que
provocaba su traspiración?, ¿por su palpitante respiración?, ¿por el calor de
su piel?, ¿o por sus pupilas profundas y oscuras, hipnóticas, intensas? No,
nada de eso, ella no sudaba, ni respiraba... ni era caliente. ¿Cuál era el secreto
para que le volviera loco de aquella manera?, ¿para qué sacudiera su mundo entero,
para que removiera cada espacio, cada nervio de su ser?
“¿Volverás a hacer
que caiga la noche a mí alrededor? ¿Volverás a hacer que caiga en la oscuridad atrapándome?”
Volvió la vista atrás,
maldiciendo su ingenuidad. La conoció por casualidad en la barra de un bar. Fue
difícil no percatarse del apetito con que le observaba desde las sombras. Eso
le aturdió e intrigó, así que no tardó en propiciar un acercamiento. Nunca
imaginó hasta que punto ella tenía hambre ni de qué. De todas formas no puso
mucha resistencia y se dejó arrastrar hasta el rincón más oscuro del callejón
más siniestro para descubrir maravillado y horrorizado la importante dimensión
de aquellos besos.
Fue al separarse cuando lo vio, como la punta de su lengua
asomó ligeramente para saborear la sangre que moteaba sus exquisitos labios,
fue un gesto fugaz, casi imperceptible, pero tan intenso que se grabó a fuego
en sus retinas. El recuerdo de aquella lengua paladeando con gusto el brillante
líquido que antes corría libre por sus venas le persiguió como un sueño
imposible. Sangre, sangre, sangre. Era su sangre, viscosa, metálica, obscena,
real, roja. Aquel ejercicio de poder y de dominación le conquistó, tal vez
también lo hicieron sus ojos de vampira, su melena negra y su boca desafiante.
Se enamoró de la mujer que profanaba su yugular lujuriosamente cuando se le
antojaba. Por supuesto él se dejaba, se sometía, se rendía a su molesta sed. Para
ella era un refresco, para él el único ritual de su intimidad.
—Sacaré
un poquito de ti y lo meteré en una botella, quiero beberte, quiero
emborracharme de ti siempre…
Casi todos en la familia de Claire Keane son
artistas, su padre, su abuelo, su tío y su hermano están relacionados con el
mundo del dibujo y la animación, e incluso sus dos hijos pequeños han heredado
su pasión por los lápices de colores. Se puede decir que por sus venas más que
sangre corren litros de tinta y acuarela.
Claire estudió diseño gráfico en L'Ecole
Supérieure d'Arts Graphiques en París, Francia. Ya en Estados Unidos, trabajó
para Disney Feature Animation durante 10 años diseñando para Tangled, Frozen y
Enchanted, entre otras películas.
En 2013 decidió trabajar de forma
independiente, dando el salto a escribir sus propias historias, cómo no compartiéndolas
a través de palabras e imágenes.
Su primer libro para niños “Once Upon A
Cloud” salió al mercado en 2015, y su segundo libro “Little Big Girl” se
publicará en este mismo año.