Buscaba un espejo aunque no tuviera uno
cerca, cualquier superficie que proyectara su reflejo le servía: una cuchara, la
tapita dorada de su joyero, el escaparate de la floristería, la mansa fuente del
patio…
Vivía obsesionada consigo misma, con su
imagen, con ese ser infinito que allí aparecía como si la esperara dentro de
otra dimensión y tiempo, ese espejismo de ojos extraños y ardientes, ese ente efímero
que con despiadada fiereza le recordaba que no era inmortal, que ni siquiera su
reflejo permanecería estático para siempre.
La amenaza del tiempo, de la vejez, del
deterioro, se asomaba como una mueca indefectible de decadencia, la crudeza del
paso del tiempo la dejaba en evidencia ante el espejo, esa laguna pálida que la
sometía a la tiranía de la vanidad, y que la dominada por completo.
Ni siquiera un espejo te mostrará a ti
mismo, si no quieres ver.
“El «si» parece ser indispensable
preludio para la felicidad. Si fuera más alto, más delgado… Si tuviera un amor…
Si fuera un campeón, una estrella de la televisión… Si tuviera un trabajo, una
casa… Si me tocara la lotería…
El mundo de los «si» es como un
torbellino, una vorágine, un agujero negro. Basta con perder el equilibrio un
instante y se acaba dentro.
Pero, ¿es verdad que la felicidad está
solo ligada a las cosas que no poseemos?”
(Susanna
Tamaro)
Importante
cuestión, ¿tú qué opinas?
De
antemano tendemos a condicionar nuestra felicidad y hasta nuestro estado de
ánimo a lo material, a esas cosas que no son básicas y que realmente no
interfieren en nuestro bienestar real.
La
idea de conseguir todo lo que deseamos ¿nos hará automáticamente más felices?
La
vida nos enseña, y nosotros somos nuestros propios maestros.
Sin
ser una experta en esto (ni mucho menos) yo pienso que el secreto está en: ver la
vida con diferente prisma, interpretar bien el entorno, entrenar el optimismo,
no anclarnos a pesadumbres, pasados o circunstancias del ayer, aceptarnos,
mejorar, buscar el equilibrio, hallar lo que nos llena, lo que nos de la paz. Y
sobre todo, no hay que ir muy lejos para encontrar la felicidad ya que ésta
reside en nuestra propia mente.
La marca Youk Shin Won fue lanzada por
primera vez en Corea en el año 2005. Ésta se basa en el trabajo de una mujer
coreana del mismo nombre, Youk Shin Won, quien se considera una artista que
dibuja la felicidad.
Bajo esta firma lanzó una colección de
bolsos, ropa y accesorios que ofrecen pinturas de chicas guapas que sobresalen
por su personalidad juguetona y feliz.
Gracias a su talento se ha ganado una
enorme caravana de fans, que encantadas con sus diseños extravagantes se
sienten atraídas hacía las pinturas de Youk.
Según la artista la musa de sus pinturas
son mujeres de todos los ámbitos de la vida. Ella quiere que sus obras alienten
a las mujeres a soñar, y mostrarles que su naturaleza es ser bellas. Cada mujer es una princesa en el mundo de
Youk Shin Won, este es el espíritu detrás de sus obras de arte y los
productos que levan sus dibujos. Si visitas una de sus tiendas podrás encontrar
bolsos, billeteras, agendas, ropa y muchas cosas más. Cada pieza cuenta una de
las muchas pinturas con distintos personajes creados por Youk.
Es importante mencionar que sus pinturas
se han representado en varias exposiciones individuales y colectivas en Corea
del Sur. La propia artista ha sido entrevistada por la mayoría de los principales
canales de noticias de Corea y por distintos programas de variedades. Sus pinturas
y accesorios de moda también han aparecido en dramas coreanos como “Boys Before
Flowers”, pero especialmente en “Fated to love you” donde tuvieron un
protagonismo especial.
Debido a su gran popularidad en su país
ella se ha asociado con un banco para crear una serie de tarjetas de crédito y libretas
de ahorro que tengan estampados sus pinturas mas icónicas.
Para crear sus obras Youk Shin Won
utiliza materiales tradicionales y técnicas orientales, pues considera que esto
ayuda a crear un nuevo paradigma de la pintura coreana. El resultado es un
color profundo y rico que hace que los personajes se vean más animados y expresivos.
Hay
momentos de la vida que están teñidos en sepia, ella lo sabía, que el pasado
amarillea. Y sin embargo desconocía que eso no le pasa a los sentimientos, no
se destiñen, no se cuartean ni se parten pero sí que se desgastan y se acaban.
No sé sabe bien a que están unidos, pero se ajan, se marchitan, se deshojan
como los pétalos de una margarita. Ella lo aprendió a base de rodar por el
mundo, a base de gastar suelas en carreteras que parecían llevarla siempre a
ninguna parte.
El
amor nunca fue duradero para ella. No tuvo la ternura de una abuela, la
devoción de una madre, el cariño de un padre, la simpatía de una hermana. No
tuvo nada de eso, ni siquiera recuerdos de haberlos tenido. No poseía nada.
Nada que se hubiera vuelto amarillo por el paso de los años. La única lección
aprendida era su soledad, y con ella viajaba, espantando todo aquello que
pudiera transformarla, partirla, desarmarla de su propia orfandad.
Si
le habían enseñado a amar olvidó haberlo hecho, de la misma manera que había
olvidado quien era ella misma. Quedaba sólo esa cicatriz del pómulo. Esa marca
que no parecía pertenecerla, que no cuadraba con su fisionomía.
En
su piel aquellas marcas antaño rosadas se habían vuelto blancas. Otra lección
aprendida: cuando el cuerpo recuerda no se amarillea más bien pierde el color.
A
veces aquella cicatriz se oscurecía. Era como si le estuviera hablando. Le
hablaba de accidentes y de familias que no tuvo, de padres y madres, de
abuelos, de hermanos, de roturas. De sensaciones lúgubres que acudían en tropel
a sus sienes y que golpeaban en sus retinas con puños cerrados. Tenía miedo,
miedo a tener y a perder. Miedo a necesitar, a formar parte de algo. Y a
desgarrarse.
Un
día se dio cuenta de que no era que no pudiera recordar sino que había
desaprendido a vivir y en consecuencia ella misma había borrado lo vivido. Por
eso huía, para que el dolor no la encontrara otra vez. Limpió su mente y
ensució su alma. Y se hizo dura, dura como el rechazo, dura como el adiós
cuando se hace definitivo.
Fue
por eso por lo que rara vez decía hola, para no abrirse al mundo ni a esos
pocos que querían recibirla entre sus brazos. Inmunizada contra el amor
comprendió que era amnésica de los sentimientos. Pensando que la única solución
era seguir arrastrando sus traumas por otros escenarios vivió como un fantasma
porque así se sentía, como una muerta en vida en un tiempo prestado. Cada
latido de aquel corazón era una traición al recuerdo de la vida que perdió y de
las vidas que se perdieron. No quería reconocer que no era al amor a lo que
tenía miedo sino a la muerte. La muerte es el adiós definitivo. La rotura más
real y más palpable. Y entendió que ella no era más que una superviviente que
no sabía seguir adelante.
Rodó,
siguió rodando por su mundo día tras día y estación tras estación, hasta que
resolvió que su dolor era redondo, daba la vuelta cada vez y siempre aparecía
al girar en una esquina, atrapándola, acorralándola. La única forma de escapar
de aquel círculo que a veces parecía un lazo a su cuello era contraatacándolo
con su contrario. Cambiar la forma, cambiar la esencia. Anular el dolor con
felicidad, eliminar la tristeza con alegría, combatir la amargura con el
placer, y la soledad con el amor. Regar su vida, recuperar a la margarita,
dejar atrás al blanco y al negro, volver al color.
Música:
If You Want Me - Marketa Irglova + Glen Hansard