En los tiempos en los que la picaresca no estaba bien vista, pues suponía un síntoma de libertad despreciable para aquellos enemigos del libre albedrío, los carnavales fueron duramente maltratados y prohibidos a través del tiempo.
La aversión
venía casi siempre de los gobiernos conservadores o las sociedades
reaccionarias pero principalmente de las esferas religiosas.
Para los detractores,
la fiesta constituía «la trasgresión de las normas establecidas, el
protagonismo de la burla, la sátira, el desenfreno, la promiscuidad, el exceso
también en lo culinario como preludio del hecho de desterrar la carne para
cumplir con la exigida abstinencia cuaresmal, y, en definitiva, una rebeldía
popular llevada en volandas a través del disfraz, de la máscara, de los
cánticos alegres, de la algarabía y de la broma ». Algo que a estos adversarios
de la libertad no le sonaba a guasa.
Quizás por todo ello hoy he querido asomarme a
la historia del carnaval de mi tierra y a las muchas prohibiciones a lo largo
de su historia:
Durante el reinado de Carlos
I se dictaron a petición de las cortes, leyes prohibiendo las fiestas de
carnaval y las mascaras. Igual
ocurrió con su hijo Felipe II,
que tampoco tenia sentido del humor, aunque no pudo evitar el uso de antifaces
en su propia corte. Felipe IV por el contrario, restauró la costumbre de las
mascaras y no sólo en tiempos de carnaval, famosa es la anécdota cuando hizo
vestir al Almirante de Castilla de mujer y a la reina de “obrero mayor”.
Felipe V y Felipe VI prohibieron estas expansiones
de una manera toral, aplicando duras penas y multas tanto a nobles como
a los plebeyos. «Cuatro años de presidio
para un noble que se disfrazara y el mismo tiempo de galeras para los plebeyos
además de multa de mil ducados a ambos».
En
Tenerife las primeras referencias escritas que se conservan sobre la fiesta
datan de finales del siglo 18.
Hablamos de manuscritos, algunas disposiciones oficiales, pero especialmente prohibiciones o regulaciones
que pretendían canalizar el desenfreno de esos días en evidente salvaguarda del
“orden social y moral” por parte de
la autoridad civil y eclesiástica.
En 1778, la clase más selecta de la sociedad santacrucera, (autoridades
militares, viajeros de importancia, personas de renombre) disfrutaban de unas veladas donde reinaba, a parte del juego, la música
y los bailes, las representaciones teatrales y las actuaciones de las primeras
agrupaciones citadas en distintos documentos como “comparsas”, que asaltaban
-de ahí la palabra “asaltos” para referirse a bailes de Carnaval- en las casas particulares de la llamada alta
sociedad, donde, tras ofrecer su actuación
o repertorio, se les invitaba a un refrigerio.
Evidentemente, las capas más populares de la población, vivían unos carnavales más
bulliciosos y participativos, con más ambiente festivo y despojado de toda etiqueta
y del encorsetamiento que se exigía en la alta sociedad, en sus celebraciones en
calles, plazas y tabernas. Sus divertimientos motivaron, por parte de la autoridad
pertinente, las disposiciones restrictivas y ciertas prohibiciones que
afectaban al uso de algunos artículos durante la fiesta, así como la regulación
de ciertas actitudes y hasta el uso de la máscara.
3ª.- Se prohíbe a las máscaras hacer parodias que
puedan ofender a la Religión, a la decencia y a las buenas costumbres, dirigir insultos
o bromas de mal género y usar de palabras o ejecutar acciones o gestos que sean
contrarios a la moral y al decoro.
Queda terminantemente prohibido que los
hombres se disfracen con traje de mujer.
4ª.- Se prohíbe a los enmascarados llevar armas o
espadas, aunque lo requiera el traje que vistan.

«La
máscara era un extraño paquete, envuelto en sábanas, viejos trajes o en un
disfraz. La máscara no enseñaba ni un pelo de su cabeza. La máscara va por la
calle con su voz de falsete rompiendo, con la estridencia de sus gritos, la
armonía del ruido generalizado. En otros tiempos dicen, arrojaban polvos de
talco que un día fueron prohibidos.»
Una serie de acontecimientos acondicionaron
(y truncaron) de algún modo la celebración del Carnaval en Santa Cruz: el desastre colonial del 98, la dictadura de
Primo de Rivera, el inicio de la guerra civil, el estallido de la primera
guerra mundial, los años de la posguerra…
*En
1929, cuando el régimen de Primo de Rivera daba sus bandazos finales, se
publicó una Real Orden según la cual, en adelante, o sea, a partir de 1930, se
consideraba un periodo de días festivos reducido, exclusivamente, al domingo de
Carnaval y domingo de piñata, quedando prohibida por tanto cualquier
manifestación carnavalera fuera de dichos días. Tras la caída de la dictadura parecía que tal
disposición iba a ser derogada por el nuevo gobierno presidido por Berenguer pero
no fue así, y, a propuesta del mismo, el Rey dispuso que se mantuviese su vigencia
y por ello el pueblo de Santa Cruz, resignado, dio por acabada la fiesta al
término del domingo de Carnaval.
*Durante
el transcurso de la guerra civil española fue suspendida, como puede suponerse,
cualquier manifestación o actividad de diversión colectiva, y, por supuesto,
las fiestas de Carnaval. El
pueblo, precisamente, no estaba entonces para fiestas.
En febrero de 1937 se publicó en la
prensa una Orden del Ministerio de la Gobernación comunicando la absoluta prohibición
de la celebración de los carnavales.
Todo hizo pensar que se trataba de una
medida coyuntural, o sea, mientras duraba la contienda bélica, pero no fue así.
*En el periodo comprendido entre 1940
y 1960, la veda y persecución de la fiesta persisten, aunque prima la
tolerancia en sus expresiones callejeras, populares y clandestinas. Existen bailes de disfraces en sociedades, y
en la calle los más pícaros, -las mascaritas y las murgas-, retan la suerte y a
la autoridad para salir corriendo en cuanto ven aparecer a la autoridad competente
evitando así el tener que pernoctar en comisaría. La complicidad de la mayoría
de la población se daba por contado para dar el chivatazo a los callejeros carnavaleros
si aparecían los grises, aunque la
represión y contundencia de la acción policial ejercida en la fiesta no fue realmente
excesiva, e, incluso, se hacía "la vista gorda" en la mayoría de las
ocasiones,
Los carnavales del año 1954 fueron los
más restrictivos.
El gobernador
civil Carlos Arias Navarro dispuso (entre otras cosas) lo siguiente:
-Primero: Queda prohibido rigurosamente el uso de caretas, antifaces,
dominós y disfraces, tanto en las calles y lugares públicos, como en los bailes
y festejos que se celebren en locales cerrados.
-Segundo: Queda igualmente prohibida la celebración de los llamados “bailes
de carnaval”. Sólo serán autorizadas las sociedades que así lo soliciten (…)
siendo responsables los directivos de las mismas, de los actos que se cometan
al infringir, por el uso de caretas y disfraces la prohibición establecida.

El
Carnaval de esta época, como queda dicho, se desarrollaba, en mayor o menor
grado, según el parámetro de tolerancia de los distintos gobernadores. Pero ya
hay mayor tolerancia y apertura por parte de los mandatarios.
Y
cambiaron de nuevo las cosas y se volvió a celebrar la fiesta con cierta normalidad
a pesar de continuar en vigencia la prohibición, y el carnaval santacrucero va tomando,
poco a poco, una línea ascendente en participación ciudadana y regocijo popular.
La autoridad gubernativa se vuelve más
indulgente con el transcurso de los años, sin duda alguna por el buen
comportamiento y actitud cívica y sana que los chicharreros demostraban año
tras año en el disfrute de la fiesta.
El entusiasmo y
comportamiento fue la pieza fundamental para que años más tarde, otras
poblaciones tinerfeñas y de otras islas del archipiélago iniciaran sus
esfuerzos en resurgir el Carnaval en sus municipios.
Aquellos primeros pasos fueron la base
para poder dar despegue definitivo al Carnaval de Santa Cruz de Tenerife -tras
el paréntesis de la guerra civil y el Carnaval clandestino vivido en la
posguerra -, aunque, y como excusa para
la permisión de su celebración, encorsetado en un marcado carácter turístico, consiguiéndose
logros de extraordinaria relevancia como el que fueran declaradas en 1967 "Fiestas de Interés Turístico
Nacional", para que, en la actualidad y desde el día 15 de enero de
1980, ostenten el rango de "Fiestas
de Interés Turístico Internacional".
A día de hoy pocos recuerdan aquella
época donde la celebración se disfrutaba con el riesgo de multas y prisiones, donde
la fiesta supo disfrazarse a si misma con el eufemismo de “Fiestas de Invierno”,
donde todo se hacía de tapadillo. Ahora la cita con el ritmo y el color se
grita a los cuatro vientos. Como dicen por mi tierra el carnaval da puntapiés a
la vida convencional, y la gente sale a la calle devorada por la alegría, en el
remedo del jolgorio para gastar madrugadas antes de que salga el sol. La
música, el arte, la cultura, la risa y el disparate están permitidos.
Fuentes:
Rincones
& Recuerdos de Tenerife, Gilberto Alemán.
Imágenes: